|
(Algunas fotos están tomadas de la Fundación Blas
Infante)
En
1983 el
Parlamento de Andalucía aprueba por unanimidad el Preámbulo del Estatuto de
Autonomía para Andalucía, que reconoce a
Blas Infante "como Padre de la
Patria Andaluza e ilustre precursor de la lucha por la consecución del Estatuto
de Autonomía para Andalucía".
En aquella época, se necesitaba un “icono” y unos símbolos que aglutinaran a los
andaluces en torno a la clase política. En la incipiente democracia, tras una
transición no exenta de problemas y de concesiones por parte de los partidos de
izquierda, el Partido Socialista Andaluz (P.S.A.), consigue meter un gol a los
partidos centralistas con el nombramiento de Blas Infante como “Padre de la
Patria Andaluza” y la aceptación de los símbolos adoptados por él en la Asamblea
de Ronda. Como “icono”, reunía todas las características exigibles: mártir,
asesinado por la derecha “españolista” y representante de aquel intento
autonomista que la dictadura del general Franco truncó.
Pero si
rompemos el “icono”, el “cliché” de Blas Infante que los políticos nos han hecho
llegar, nos encontramos con una obra y un pensamiento, acompañados de acción
social, política y cultural, que seguramente, ni a los políticos de ahora ni a
los de antes les resulte cómodo. En todos los órdenes de la vida, Blas Infante
fue un “revolucionario” que vivió y pensó a “contracorriente”, renunciando a los
privilegios de los que su clase social disfrutaba. Perteneciendo a la burguesía
andaluza, abraza la causa de los jornaleros, de los descendientes de aquellos
moriscos que la terrible conquista Castellana dejara sin tierras. Tras recibir
una formación académica donde la historia de Andalucía no existía, sino a través
de la visión sesgada e interesada de los colonizadores castellanos, la revisa,
dándonos las claves y el camino para la recuperación de la memoria histórica,
oculta tras quinientos años de aculturación. Y por último, lo que más puede
molestar a los representantes de las instituciones, del poder, de la enseñanza,
un Blas Infante que naciendo cristiano se reconoce musulmán, recuperando el
“Din”(camino del Islam) de sus antepasados, la fuerza impulsora de Al-Andalus.
Hoy, 15
de Septiembre, se cumple el 81 aniversario de la “Shahada” de Blas Infante
Pérez. Este acto de la “Shahada”, supone su reconocimiento como musulmán. Para
muchos, este dato resultará increíble, falso, o un intento de un grupo de
“moros” para hacernos creer que el “Padre de la Patria Andaluza” es miembro de
su “secta”. Debido a innumerables prejuicios, les gustaría un Blas Infante
cristiano, ateo o incluso masón. Para otros, resulta políticamente incorrecto,
emparentarnos con el Islam a través de un Infante “moro”, relegando toda la obra
de Infante a un tercer mundo al que nadie quiere volver la vista.
Si nos quitamos los velos que sobre nuestra mente han colocado los prejuicios
culturales que 500 años de “guerra contra el moro” y una educación
“uniculturalista” que nos han impuesto, veremos y comprenderemos a través de los
datos y argumentos que a continuación exponemos, el proceso y las motivaciones
que condujeron a Infante por un camino que solo podía llevarle al Islam. Esta
“metamorfosis” que sufre Infante: nace “cristiano” hasta llegar al “Islam”, no
es exclusiva de él, pues antes y después, han sido innumerables los andaluces
que han seguido el mismo camino, aunque el caso de Blas Infante es muy especial
por estar marcado por una cualidad nada común en el ser humano: la intuición.
Blas Infante, no inventó nada, no creó nada, pero su intuición le llevó a
descubrir todo un Universo que los andaluces teníamos velado tras la conquista
Castellana. No
nos estamos refiriendo solamente a la historia, tan diferente de
aquella que nuestros conquistadores nos han contado, sino a filosofía, ciencia,
literatura, arte, espiritualidad…en definitiva, Identidad. Nadie desde la
conquista cristiana tuvo la capacidad de compilar la esencia de Andalucía, la
identidad perdida. Solo la INTUICIÓN de Infante fue capaz de rescatar lo que
nuestros conquistadores, con tanto afán intentan ocultarnos.
"Los regionalistas o
nacionalistas andaluces -sentencia Infante- nada vinimos a inventar: nos hubimos
de limitar, simplemente a reconocer en este orden lo creado por nuestro pueblo,
en justificación de nuestra Historia".
Las
recientes investigaciones en numerosos campos de la ciencia han confirmado las
Intuiciones de Infante, así como revalorizado su obra al confirmar la certeza de
las intuiciones a las que nos hemos referido.
La
Intuición de Andalucía lleva a Blas Infante al Islam, al descubrir, al intuir,
la importancia y la influencia del Islam en el movimiento revolucionario que a
partir del siglo VII comenzó a provocar el despertar del genio andaluz, hasta el
afloramiento de esa civilización que denominaron Al-Andalus, orgullo de todo
andaluz y objeto de la envidia universal.
Blas
Infante fue un “buscador”, en el plano personal y en el colectivo. Nunca dejó de
hacerse preguntas, de buscar respuestas que le condujeran a él y a su gran
pasión, Andalucía, por el camino de la liberación. Ese camino de liberación, le
lleva a volver la mirada a la historia, a buscar un punto de partida,
encontrándolo en el periodo histórico de más brillo cultural, científico, social
y político: Al-Andalus, descubriendo lo que él llama “el enriquecimiento de
motivos para la voluntad de ser”. Infante quería dotar al pueblo andaluz del
orgullo y la identidad perdida, como instrumento de liberación, por lo que la
primera tarea que se impone es la de rescatar la historia, la de dotar a
Andalucía de una interpretación histórica desde su propio ser, sin mentiras y
sin intereses extraños a ella, con valentía y sin prejuicios ni complejos.
Infante
empieza a “saborear” Al-Andalus en las obras de Ribera y Tarragó, Asín Palacios,
Dozy, Levy Provençal, etc. En 1921, estudia la historia de Al-Mutamid, el Rey
poeta de Sevilla y Córdoba, escribiendo el drama teatral “Mutamid, último Rey de
Sevilla”. La “metamorfosis” ha comenzado. El joven notario de Casares es
abducido por el Universo andalusí, no conformándose con ser un mero espectador,
queriendo participar de la experiencia de Al-Andalus, buceando en su ser,
interiorizando la esencia de la filosofía que despertó al genio andalusí,
bebiendo de los orígenes intelectuales de Al-Andalus, convirtiéndose en
protagonista de su drama teatral, para lo cual comienza a preparar el viaje que
le llevaría hasta la tumba de Al-Mutamid en Agmhat, población cercana a
Marrakech.
|
 |
 |
|
Blas Infante a la usanza occidental |
Blas Infante a la usanza
mora |

Blas Infante con un descendiente de
Boabdil (enmedio) y un amigo
Una vez
tomada la decisión de viajar hasta Agmhat para dar continuidad a las
peregrinaciones que se hacían desde Al-Andalus para rendir homenaje a Al-Mutamid,
último rey de Sevilla, comienza a preparar el viaje. Seiscientos años después
del último andaluz que peregrinó a la tumba de Al-Mutamid, Ibn al-Jatib, hayib
de Granada, otro andaluz estaba dispuesto a recuperar el homenaje a un hombre
que representó y aún hoy representa la esencia de Andalucía, de ese Islam
andaluz, ortodoxo, aunque muchas opiniones interesadas, desde el norte y desde
el Sur, nos quieran convencer de que la ortodoxia islámica es ese conjunto de
dogmas asfixiantes que las tradiciones de los pueblos llamados “islámicos” nos
quieren imponer. Andalucía, tierra a la que el Islam llevó las herramientas con
las que forjar la libertad, basada en el respeto a todas las formas de entender
la vida y la espiritualidad, se encuentra presionada y encorsetada por los
terribles fundamentalismos de los pueblos del Norte y del Sur, que en tiempos de
Al-Mutamid en Sevilla y de Boabdil en Granada, terminaron con el sueño de un
pueblo, que una mañana fría, en Enero del año 1492 se levantó esclavo del odio y
de la envidia de los bárbaros pueblos del Norte.
Con la
ilusión del que busca un tesoro, Blas Infante inicia los preparativos del viaje
que le llevaría tras la huella de Al-Andalus, de esa Andalucía, que en nuestra
tierra está semi-oculta bajo la bota de quinientos años de genocidio físico y
cultural, pero que en Marruecos aún perdura en sus edificios construidos por
Andaluces y en unas formas culturales heredadas por cientos de años de
influencia andalusí.
Así,
Blas Infante, persona disciplinada y organizada, que todo lo anotaba, nos dejó
en uno de sus manuscritos el horario en el que dividía su tiempo:
“De 10 a
11.- Religión y filosofía.
De 11
a 1.- Estudio: peregrinación.
De 1 a
2.- Revistas.
De 2 a
3.- Idiomas.
De 5 a
7.- Notaria.
De 7 a
8.- Música.
De 8 a
9.- Clase.
De 12
a 2.- Escribir.
El
documento no tiene desperdicio. Nos muestra el interés de Infante por conocer lo
que él intuía como el motor del cambio que generó esa civilización que ya
admiraba, Al-Andalus. Nos estamos refiriendo al Islam. Ese Islam que nos
encontramos cada vez que buceamos en la historia de Al-Andalus, o cuando
intentamos conocer las motivaciones que llevaron a nuestros antepasados a
producir ese cambio “revolucionario” que dándole la vuelta a las estructuras
económicas, políticas y sociales impuestas por la minoría Visigoda, sacaron a
Andalucía de la negra Edad Media para anticipar el Renacimiento que siglos más
tarde y gracias a la influencia Andalusí, llegaría a Europa.
Cada
día, dedica Infante una hora para el estudio de Religión, refiriéndose sin duda
al Islam y al Corán, del que fue un gran conocedor, como lo demuestran los dos
Coranes de su biblioteca, manuscritos en los márgenes con sus comentarios.
Juan
Antonio Lacomba en “Anuario de Investigaciones”, hace una llamada a “cuestiones
fundamentales de su trayectoria interna, su historia, la historia que vivió,
estudiar más su propia vida en sus múltiples dimensiones, su vida personal”.
Aquí, acertadamente, Juan Antonio Lacomba nos llama la atención para indagar con
profundidad en la vida íntima y espiritual de Blas Infante…un estudio que
inevitablemente debe pasar por su relación con el Islam y con las Ibadas
(prácticas) islámicas.
Otra
hora del día, la dedica a estudiar “peregrinación”. En este apartado, tiene una
gran importancia la lectura del libro de Mariano Pano “Viaje a la Meca”, en el
que detalla todos los pormenores de la peregrinación a la Meca, desde su
vertiente espiritual o mística hasta lo referente a los diferentes ritos y
significados.

Mausoleo de
Al-Mutamid
Y en
este “Master” islámico, no podía faltar el estudio del idioma en el que fue
escrito el Corán, el árabe. Este punto es de una gran importancia, habiendo sido
pasado por alto por todos los estudiosos de la obra de Blas Infante, que por
desconocimiento del Islam, no han podido valorar la importancia del dato. Un
occidental, no estudia la lengua árabe para comunicarse con los pueblos del
Magreb… estos no hablan árabe, sino un dialecto del mismo, con el que
defectuosamente se entienden con los habitantes de la península Arábiga y con
los pueblos que hablan el árabe clásico. El árabe, lengua del “Corán”, vehículo
de transmisión de la “revelación Muhammadiana”, es la herramienta de la que se
dota el Islam para impedir la tergiversación de los textos coránicos. No existe
un Corán en Inglés o en Español. Las traducciones del Corán a otros idiomas que
no sean el árabe, no son “Corán”, pues una traducción es siempre una
interpretación, por lo que a todo
musulmán
le
es
recomendado leer el Corán
a ser posible en árabe
para poder interpretarlo de forma directa, sin
intermediarios. Una de las palabras que más se repite en el Corán es la de
“IKRA” (lee), que intenta evitar la instauración de una casta sacerdotal que nos
imponga su interpretación de los textos coránicos, que como hemos visto a lo
largo de la historia, deviene en la manipulación y en la tergiversación de los
textos para el beneficio de una ideología o de una interpretación de los mismos
que excluya al resto.
Infante,
había aprendido el árabe con gran perfección, como lo demuestra el relato de la
hija de Blas Infante, Luisa Infante y que Enrique Iniesta lo recoge en su obra
“Blas Infante, toda su verdad”:
“De un
aduar perdido, salieron varios hombres con espingardas amenazantes, que iban
derechos a los tres viajeros (Infante, García Vidal, y Ben Moussa, chofer
conocedor del chelba y oraní), don Blas agarró el brazo de José Luis: ¡calma
Vidalito!. Y se dirigió en árabe a los atacantes, que se inclinaron ante el
nombre de Mutamid y le invocaron con el título de “sultán de los sultanes”. Lo
cuenta Luisa Infante”.
Lo que
en principio era un viaje cultural para rendir homenaje al último hombre que
reinó en una Sevilla libre, se convirtió en algo mucho más íntimo…¿quizás en su
particular “Hayy”, (peregrinación a Meca) con el objeto de cumplir con uno de
los pilares del Islam?

Lápida y tumba de
Al-Mutamid
Enrique
Iniesta lo cuenta de esta forma: “El viaje lo transfigura en peregrinación.
Supera el interés cultural sin olvidarlo. Deja toda frivolidad turística. Va con
todo el respeto a rendir su homenaje al Rey cumpliendo el ritual dispuesto en el
Islam”.
En
aquellos años, España estaba inmersa en la ocupación colonial del norte de
África, encontrándose con gran resistencia por parte de las tropas de AbdelKrim,
que infringieron numerosas derrotas al ejército español e innumerables bajas,
por lo que la habitual ruta desde Tánger resultaba impracticable, optando por la
ruta marítima Lisboa-Casablanca.
En los
siguientes manuscritos de Infante, podemos ver el ánimo con el que se enfrenta a
este peligroso viaje. Es el ánimo de un morisco andaluz, ávido de encontrarse
con parte de su historia, con aquella que por serle ocultada es la más querida:
“Más
de un millón de hermanos nuestros, de andaluces expulsados inicuamente de su
solar -las causas de los pueblos jamás prescriben- hay esparcidos desde Tánger
a Damasco, según comunicaba hace un año uno de nuestros más esforzados
paladines, el infatigable y culto Gil Benumeya. El recuerdo de la Patria (…)
lejos de esfumarse, se aviva cada día. Ellos constituyen, con el reconocimiento
de los pueblos fraternos, que los mantienen en su hospitalidad, la élite de la
sangre y del espíritu de esos países. Yo he convivido con ellos, he sufrido con
ellos, he aspirado con ellos la esperanza de nuestra común redención porque esta
redención o será común o no será nunca.
El año
1924 me determiné a reanudar las peregrinaciones que nuestros padres hicieron
durante algún tiempo a la tumba de uno de los hombres más representativos del
espíritu de nuestra tierra, Abu-l-Qasim ibn Abbad, rey verdadero de Sevilla,
Córdoba, Málaga y el Algarbe. El último peregrino había sido un hijo de mi
serranía de Ronda, Aljatib, ministro del sultán de Granada, en el siglo XIV.
Seis siglos sin que Andalucía enviase ya su “saudad” por uno de sus hijos al
sepulcro del Rey poeta que murió en el destierro lejano invocándola en sus
versos dolorosos.
Merced a una
serie de coincidencias afortunadas (…) pude llegar a encontrar la tumba del Rey
en el derruido cementerio de Agmhat, al sur de Marraquech, en la vertiente sobre
Marruecos del Alto Atlas.
En mi viaje, me
acompañaba un intrépido muchacho catalán, gran espíritu, hoy residente en Oporto.
Llegamos a Agmhat el día 15 de septiembre. Allí no había europeos, civiles o
militares cuyas líneas francesas habíamos dejado atrás”.
“Solos, con un
guía que nos prestó una kabila próxima y un intérprete oraní, sin cartas de
presentación ni de referencia, no llevábamos más armas ni más guardas ni más
brújula que nuestro entusiasmo y el nombre de Al-Andalus que desvanecía recelos,
apaciguaba las irritaciones que nuestra audacia despertó alguna vez y nos abría
las puertas de aquellos campesinos montañeses que tan pródigos fueron en su
hospitalidad”.

BLAS INFANTE Y
DESCENDIENTES DEL REY AL-MOTAMID
En el contacto
con ese pueblo marroquí, que añora Al-Andalus por considerarse descendiente y
heredero cultural de aquellos moriscos que contra su voluntad emigraron al
Magreb para conservar su lengua, costumbres y prácticas islámicas, es donde
Infante encuentra el eslabón perdido entre la mítica y añorada Al-Andalus,
velada a los andaluces por el manto de la conquista castellana, y la Andalucía
de su época. Aquí, en Marrakech, ante innumerables e impresionantes vestigios
del arte andaluz, y en compañía de descendientes de moriscos Andaluces, Infante
encuentra la verdadera dimensión de pueblo, de nación:
“El pueblo
andaluz fue arrojado de su Patria (…) por los reyes españoles y unos moran
todavía en hermanos, pero extraños países y otros, los que quedaron y los que
volvieron, los jornaleros moriscos que habitan el antiguo solar, son apartados
inexorablemente de la tierra que enseñorean aún los conquistadores. Y es preciso
unir a unos y otros. Los tiempos cada día serán más propicios. En este aspecto,
hay un andalucismo como hay un sionismo. Nosotros tenemos, también, que
reconstruir una Sión”.
"
Llevaba
encima la historia de ocho siglos de Islam andaluz y español, siete millones de
población andalusí en el siglo X por 45.000 castellanos leoneses, León con 500
habitantes y Córdoba con 90.000, Sevilla con 80.000, Toledo con 32.000, Granada
con 25.000, Valencia y Málaga con 15.000 tal como descubre Thomas F.Glick. Cela
escribía del Rey Ordoño de León: en Medina Azahara, se quedó pasmado en sus ojos
de rey pobre. Estos datos sorprenden y se han callado siempre en los espacios
abiertos de la divulgación. Seria una puerilidad lanzarlos como proyectiles en
cualquier sentido. O negarlos. La Historia era así y, en base a aquella verdad,
nadie podrá suponer futuribles. “¡Hoy, España, Andalucía, sería qué sé yo que si
no hubiera sucedido entonces qué sé yo qué…!”. Pero aquello merecería otro trato
después de los estudios serios de la escuela de arabistas españoles. (Enrique
Iniesta).
Blas Infante, no
solo llevaba encima la historia de ocho siglos de Islam andaluz, sino la
admiración y las ansias de recuperar la esencia de aquella civilización, la
esencia de Andalucía. Con esta admiración, escribía sobre Al-Mutamid:
“Fue el último
Rey indígena que representó digna y brillantemente una Nacionalidad y una
cultura intelectual que sucumbieron bajo la dominación de los bárbaros
invasores. Túvose por él una especie de predilección como por el más joven, como
por el benjamín de esta numerosa familia de príncipes poetas que habían reinado
en el Andalus. Se le echó de menos como a la última rosa de la primavera”.
“Ni los
cristianos del Norte ni los fundamentalistas del Sur eran andaluces. Si la
opinión vulgar admite y repite el carácter extranjero de las huestes africanas,
debiera en lógica
simetría llamar igual a aquellos “ifranyi”, que se decían herederos de la
Bética cuando descendían a gritos de los bárbaros invasores godos que hundieron
Roma. Tomás de Aquino llegó a Aristóteles gracias a nuestro Averroes. Todo un
símbolo. Y el Dante…”
El día 15 de
Septiembre de 1924, Blas Infante llega a Marrakech. Impresionado por esta ciudad
escribiría:
“Caminando hacia el Sur, en la desierta llanura mogrebina, se aparece la enorme
ciudad de Marrakech, como el centro de un oasis rodeado de palmeras, al pie del
Alto Atlas que se extiende más allá de la ciudad, a lo largo del horizonte como
una rígida muralla bermeja, primera de la ciudadela de montañas que, antes del
gran desierto, defiende los senos africanos.

Mezquita Kutubia en Marrakesh
La
Kutubia se adelanta en la visión ofreciéndome una emoción de hogar, anulando
ante mi sensibilidad motivos o impresiones de extranjería (…). Una asociación de
ideas modula y contesta la pregunta de la grácil torre acerca de sus dos únicas
hermanas en la familia de las grandes torres almohades: la sevillana Giralda
cubierta con el gorro del cautiverio de la pesada cúpula cristiana que sustituye
el airón del minarete y la inconclusa que parece mutilada rabatí de Muley Hasan.
Yo no
soy forastero en Marrakech. Los moros andaluces predominan en la constitución
étnica de la medina musulmana. Presidiendo la soterrada construcción psíquica
que mi recuerdo excava ahora, los espíritus de los andaluces ilustres
inspiradores de los Califas más cultos del Mogreb que aquí tuvieron su centro
imperial, la sombra acogedora de Ibn Tufail, el insuperable viviente hijo del
vigilante, discierne aún hospitalidad a los peregrinos que vienen de su tierra
andaluza (…). El pensamiento de Averroes (…) La silueta dulce de Ibn Arabi
musita esta inquietante plegaria en la Puerta de la Ciudad (…) Marrakech es para
mi peregrinación, el límite de la tierra Santa, del Templo. En las formas de mi
espíritu, ahora, los ritos viven. El alma ahora tiene oración, se ha
encendido un religioso fervor. Ha vestido el “hizam” del “alhinchante”
(peregrino). Hago una ablución en la fuente de la historia, con fecundos
valores, hijos de una cultura que se pretendió cegar y que se hizo subterránea y
de oscuro discurso”.
El 15 de
Septiembre de 1924, Blas Infante culmina su viaje ante la tumba de Al-Mutamid.
Lo que en un principio fue un viaje cultural, tras la huella histórica de
Al-Andalus, se ha convertido en un encuentro “espiritual”, un viaje que
podríamos denominar “iniciatico”. A partir de aquí, Blas Infante no volvería a
ser el mismo. Se ha encontrado con la riqueza de un Al-Andalus vivo en los
descendientes de moriscos andaluces, y un Islam que no estaba solamente en los
libros, que estaba lo suficientemente vivo como para sentirlo, en la manera en
que solo un “mumin” (creyente) puede hacerlo, intuyéndolo con el corazón del que
se abandona en Allah. Ante la tumba de Al-Mutamid, Infante repite el ritual que
se realiza en Meca, como su particular forma de dar cumplimiento a uno de los
cinco pilares de obligado cumplimiento en el Islam: el
Hayy o peregrinación.
Así, Infante da siete vueltas a la tumba de Al-Mutamid, en sentido opuesto al de
las agujas del reloj, a semejanza de las siete vueltas que los peregrinos
musulmanes
dan en
la
Meca en torno a la Kaaba.
Pero,
Blas Infante, que era una persona extremadamente comprometida con sus ideales,
no podía conformarse solamente con este acto de homenaje a Al-Mutamid y a las
creencias de aquellos hombres y mujeres que durante ocho siglos elevaron a
Andalucía y al Islam a las más altas cotas del conocimiento. Su convencimiento
le lleva al compromiso.
Muhammed Ali
Cherif Kettani en su libro “Inbia’t al Islam fi Al-Andalus”, escrito en lengua
árabe, cuya traducción podría ser “El
resurgimiento del Islam en Al-Andalus”,
editado por la Universidad de Islamabad en el año 1992, lo relata de la
siguiente forma:
15 de Septiembre de 1924...“hace la “Shahada” en una pequeña mezquita de Agmhat", adoptando
el nombre de Ahmad.
-“Ibn Al-Arabi, el gran maestro
sufi andalusí, dice que el
significado de esta raíz (se refiere a la raíz del nombre Ahmad) es poner en
acto algo que estaba en potencia” (Antonio Medina, Cervantes y el Islam)-,
“Sus testigos del acto por el
que se reconocía musulmán,
fueron dos andalusíes nacidos en Marruecos y descendientes de
moriscos: Omar Dukali y otro de la kabila de Beni-Al-Ahmar”.

Sus dos
amigos y testigos de su Shahada le regalaron una
chilaba y una daga bereber que conservó durante toda su
vida.
La chilaba se la regalaron como símbolo para la recuperación
de Al-Andalus
y la daga como referencia al valor
que se necesita para liberar a su pueblo.
A su
regreso a Andalucía, y una vez asimilados todos los pormenores de este viaje “iniciatico”,
relataría la vivencia íntima de su experiencia espiritual de la siguiente forma:
“ Y
lo más particular es que en los términos o realidades subjetivas que se
desarrollaron en mi peregrinación a Agmhat, averiguo actos interiores que se
expresaron con autenticidad gracias a las ceremonias o exterioridades del Ritual
de los Alhiches (peregrinos) a la casa de Dios, la prohibida, la Caaba. Es
decir, que, inversamente, los ritos muslímicos de la peregrinación a la Meca,
son para mí la traducción mágica en actos materiales, o la aprehensión mimética
externa (sin sentido para algunos como tales exterioridades culturales de
cumplimiento mecánico) de hechos interiores plenos de significado profundo,
expresivos del dinamismo espiritual que se verifica durante el transcurso de
toda verdadera peregrinación”.
» Limpia la
boca, pura es ahora la palabra de mi conciencia. He penetrado hasta lo más
íntimo y desinteresado de mi ser, allá donde se abre la flor del primer
imperativo que manda vivir, ser, para cada vez más ser. He visitado como todos
los peregrinos el sepulcro de Eva al cual se allegan en aquel límite los
alhinchantes del Islam», (AAK, 4‑7).

y testigo de su Shahada
Estos textos,
demuestran una extraordinaria sinceridad de Blas Infante, relatándonos su
experiencia en Agmhat, “peregrinación” y “Shahada”, como actos vividos con una
intensidad que solo pueden ser fruto de su convencimiento y su compromiso con
una forma de entender la espiritualidad. La metamorfosis ya se ha producido,
encontrándonos a un Blas Infante “musulmán”.
El
camino que lleva a Infante al Islam, puede parecer extraño para muchos. Para
otros, puede parecer una extravagancia que solo se le puede permitir a los
genios, producto de la ensoñoración y el embrujamiento que Al-Andalus ha
ejercido en muchos personajes a lo largo de la historia, o un intento de imitar
a aquellos reyes andalusíes, a los que Infante tanto admiraba.
Pero los
que hemos seguido el mismo camino que Blas Infante, -Al-Andalus nos ha llevado
al Islam-, sabemos de la fuerza interior del Islam y de los efectos que produce
al interiorizar toda una filosofía y una forma de entender la vida, la creación
y la espiritualidad, en base al compromiso con unos valores.

Su
relación con el Islam no se queda en Agmhat. Continuaría durante toda su vida,
en sus escritos, en su forma de entender la vida y en sus actos, con un
compromiso reforzado para con su gente, su patria, su Din
(camino del Islam), que le llevaría a
vivir la etapa más productiva de su vida, tanto a nivel literario como político,
y en la faceta en que más hincapié hacia: la divulgación de la historia y
cultura andaluza, en su intento por librar la batalla en el campo en el que los
conquistadores más daño nos habían hecho, el campo de la cultura:
"La historia del Islam
peninsular ha sido descuidada durante mucho tiempo por el historiador
profesional, el medievalista; quizás como resultado de la pervivencia, a través
del nacionalismo (español) moderno de la vieja idea de "reconquista", que tendía
a considerar la presencia del Islam en la península como un accidente incapaz de
sustentar derechos adquiridos de ningún tipo. Esto, unido a la falta de
documentación adecuada, justifica el retraso de la investigación histórica sobre
AI-Ándalus".

El afán de estudio por el
esplendor de Al-Ándalus, le lleva a estudiar la lengua árabe. Aprendizaje que
realiza con una suficiencia como para ejercer de docente en los salones del
propio Alcázar de Sevilla. La abundancia de textos manuscritos en lengua árabe y
que tratan temas islámicos en su legado de inéditos, nos da idea del interés de
la persona sobre el tema. (Manuel Ruiz).
Su interés por rescatar la
cultura andalusí le lleva a la creación de los Centros Andaluces:
En este primer Centro
se crean secciones de Historia, Arqueología, Música, Literatura, Bellas Artes,
un Instituto de Estudios Americanistas, la Orquesta Sinfónica de Sevilla, se
imparten clases de Filosofía Andaluza, Historia, Dibujo y Pintura, e incluso se
dan clases gratuitas de árabe que imparte el propio Blas Infante y el magrebí
Abd El-Kader , y que llega a tener 60 alumnos mientras en las escuelas de
estudios árabes de Madrid y Granada apenas llegaban a la docena. En esta gran
labor cultural incluyen una discoteca andaluza, trabajos arqueológicos sobre la
cultura de Tartessos , una Biblioteca y publicaciones periódicas como la revista
Amanecer desde 1933, que curiosamente editan bilingüe en castellano y en árabe
para, según decían en su Editorial "enseñar a los moros la aspiración del Centro
Andaluz relativa a llegar a restablecer con ellos nuestra antigua comunidad
cultural, y a que nos llegase a servir de instrumento de hermandad con los moros
andaluces (...) por ser los más cultos de todo el litoral africano norteño",
pidiendo al gobierno la entrega de la Sinagoga de Toledo a la Comunidad Hebrea y
la Mezquita Aljama de Córdoba a la Islámica.
Incluso, en 1.931, las Juntas
Liberalistas inician una campaña a favor de la construcción de una mezquita en
Sevilla "no con ánimo de hacer profesión o confesión de una religión
determinada, sino con el objeto de afirmar la libertad y pluralidad religiosas,
elementos de síntesis de la Historia de Andalucía". Para ello, elaboran un
cuestionario para los lectores: "¿Qué lugar de Sevilla seria el más a propósito
(sic) para situar el templo musulmán?. ¿De cuáles medios pudiéramos valernos
para allegar los necesarios recursos?".
Evidentemente, Infante no podía
hacer público su Din islámico por las consecuencias profesionales, políticas y
familiares que ello le acarrearía, viviendo su Islam en “Taquilla”,
practicándolo y viviéndolo en su intimidad, sin hacerlo público, -tal como lo
hicieron cientos de miles de moriscos desde la conquista castellana-, excusando,
no sin convencimiento, la construcción de la Mezquita de Sevilla por motivos de
“libertad y pluralidad religiosa”. No olvidemos que en estos tiempos, la iglesia
católica tenía un gran poder, unido a los prejuicios contra el “moro” que
quinientos años de aculturación habían impregnado al pueblo andaluz, sin
olvidarnos que la “Santa Inquisición” había estado presente hasta mediados del
siglo anterior.
En el “Congreso de los
Pueblos sin Estado”, celebrado en Delhi (India), en el año 1930, al cual fue
invitado Blas Infante, no pudiendo asistir, delegando su presencia en el poeta
Abel Gudra, al que entregó un manuscrito de su puño y letra para que este lo
leyera ante los congresistas:
“La revolución india es un
mero episodio de la gran batalla. Las agitaciones de África lo son también.
¡Desengañaos! Nada conseguirán los pueblos esclavizados de Afro-Asia mientras
que el despertar no venga a abrir los ojos, en la tierra sagrada de España, de
nuestra cabeza, Andalucía”.
“¿Qué nos queda del Islam?. Nos
queda del Islam el sentimiento de poder de Allah y su equilibrio. El Islam no es
solo espiritualidad, es también movimiento. Vivir no es solamente una idea, sino
un conocimiento, y este conocimiento es nuestra experiencia de Al-Andalus en su
época de esplendor”.
" El Profeta de nuestros antepasados de Al-Andalus que, como todos los profetas, será nuestro profeta,
(se refiere
Blas Infante
a Muhammad
-s.a.s.-),
y el de todos los hombres libres en tanto cuanto digan la verdad, anunció esta
verdad incontrovertible: “¡Ay del día en que un espíritu no comprenda a otro
espíritu. Porque el espíritu es espíritu como la luz es luz!" Trabajemos con
suma cautela en estos principios para que Andalucía vuelva a ser inspirada por
su propio genio y porque su libro vuelva a ser el Al-Korán como dice la Sura III:
“Aquellos a quienes les hemos dado Al-Korán y lo leen como deben leerlo".
(Blas Infante: Manuscritos Inéditos)
Que estas líneas sirvan de homenaje a un musulmán sincero, a un hombre que con
su lucha y su pensamiento iluminó un sendero por el que muchos andaluces de
conciencia, musulmanes o no, estamos andando en busca de un ideal que consiga
que “los andaluces volvamos a ser lo que fuimos”.
Él, recuperando nuestro pasado nos ha mostrado el camino hacia el futuro. Que su
“Baraka” nos de la luz necesaria para seguir su camino.

|