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LOS ANDALUCES |
MARIANA DE PINEDA |
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BOLETIN Nº30 - SEPTIEMBRE 2004 |
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La figura de la heroína liberal
se ha mantenido incólume en el tiempo, sostenida por la Historia y la
leyenda popular. Su carisma, que encarna la lucha por la libertad hasta
dar la vida, simboliza toda una época. En la mañana del jueves 26 de mayo de 1831
era ejecutada Mariana de Pineda en Granada, donde había nacido, en
el seno de una familia noble, el 1 de septiembre de 1804. A los quince años
contrajo matrimonio con el liberal Manuel de Peralta y Valte,
y a los dieciocho quedaba viuda, con dos hijos de corta edad. La joven
mujer abrazaba entonces la causa liberal en la que militaba el marido. En 1831 Granada
era una ciudad de 65.300 habitantes.
Una población
un tanto recoleta, de acusado espíritu religioso, en la que se levantaban
veintitrés parroquias, tres monasterios y dieciséis conventos de
frailes, diecinueve conventos de monjas, una importante colegiata y media
docena de ermitas. Una población de contrastes, ya que al mismo tiempo
era extremadamente librepensadora. En esta Granada
llena de inquietudes, de temores y conspiraciones, de feroz persecución a
los liberales que se mantienen fieles a los principios de la derogada
constitución,
va a culminar
en 1831 La contumaz militancia de Mariana de Pineda contra el gran aparato
represivo del sistema absolutista,
con cárceles hacinadas de presos políticos
durante largos años o, por el contrario,
sometidos a juicios sumarísimos. La mujer se sabe vigilada de cerca por
Ramón Pedrosa,
subdelegado principal de Policía y alcalde del crimen de la Real Chancillería, figura principal de la política granadina. Mariana,
por su militancia, estaba implicada en otras causas y sometida a
vigilancia, a pesar del estrecho círculo en que se la va encerrando a
partir de 1823 al
quedar abolida la Constitución. Se inicia entonces la llamada «década
ominosa», en la que son suprimidas las libertades y atropellados
los legítimos derechos del pueblo, entablándose una sorda lucha entre
los dos partidos, blancos y negros, liberales y absolutistas. Mariana
visita a los presos llevándoles auxilios, sirve de enlace con los
exiliados de Gibraltar, esconde en su casa a gente comprometida y prepara
la fuga de la cárcel de un condenado a muerte. Mientras tanto, en Granada se vivían jornadas
cruciales. Ante el fracaso de Manzanares y el clima de terror reinante en la ciudad, Mariana de Pineda
creyó oportuno suspender el bordado de una bandera que había mandado
coser a dos bordadoras del Albaicín. Una de ellas mantenía relaciones con un sacerdote, y por una inconfidencia del
religioso a su padre seria denunciado
por éste a Ramón Pedrosa, revelándose la existencia de una
bandera para el proyectado alzamiento, destinada a plasmar los sueños
constitucionales de los liberales granadinos. La policía obligaba a las bordadoras a llevar la bandera a casa de
Mariana, y seguidamente se presenta a hacer un registro. Mariana adivina la maniobra y esconde
precipitadamente la bandera en el hueco de una hornilla, donde a encuentra
la policía. Era un tafetán de seda morado, con un triángulo verde en
medio, en el que estaban a medio bordar
las palabras «Libertad, igualdad y ley»; esta prueba inconclusa iba a ser el pretexto legal
que la
conduciría al cadalso. Mariana de Pineda queda arrestada en su casa, de la que a los pocos días
intenta fugarse bajo un disfraz de anciana, pero su ausencia es
descubierta y reconocida en plena Calle por la guardia
que vigilaba la casa, siendo detenida y encarcelada en el beaterio de Santa María Egipcíaca. El decreto de 1 de octubre de 1830 sirvió
de base para la aplicación de la pena
capital impuesta a Mariana «... por conspiración contra la
seguridad del Estado y los legítimos derechos del trono». La causa se
vio a puerta cerrada, «sin citación ni audiencia de la interesada».
Fernando VII estimó la condena justa y arreglada
a la
ley y firmó la sentencia de muerte. Su cumplimiento sería en la forma ordinaria de garrote
vil. Al conocer la
sentencia, la mujer replicó: «El recuerdo de mi suplicio hará más por
nuestra causa que todas
las banderas del mundo". El 24 de
mayo de 1831, la condenada fue trasladada a la Cárcel
Baja, para entrar en
capilla. Francisco Tadeo Calomarde, ministro de justicia, había autorizado
indultarla al juez Pedrosa, quien había perseguido siempre a la mujer
como hombre y como político, si Mariana accedía a dar los nombres de sus
correligionarios. Al oír su proposición reaccionó vivamente: «Nunca
una palabra indiscreta», le dijo, «escapa de mis labios para comprometer a nadie. Me sobra firmeza de ánimo
para arrostrar el trance final. Prefiero sin vacilar una muerte gloriosa a
cubrirme
de oprobio delatando a persona viviente”. La lealtad iba a ser su
gesto legendario. Mariana, horas antes de subir al cadalso,
escribía a sus hijos pidiéndoles
que permanecieran fieles a la causa por la
que iba a morir. Sin embargo, sus ejecutores no solo le prohibieron que
los viese por última vez, sino que se negaron a entregarle las cartas por
considerarlas subversivas. A
media mañana del 26 de mayo se abrieron las rejas de la celda de Mariana,
y en ella apareció el verdugo rodeado de los hermanos de la caridad. En
una bandeja de plata portaban el traje de la reo: un birrete y un sayal
negros. Rodeada
de curas y frailes, precedida del verdugo, llegó Mariana, con las manos
atadas, por la puerta principal de
la cárcel. El pregonero
público, tras un redoble de tambor, anunció la sentencia del
crimen de traición. Terminado el pregón ayudaron a Mariana a montar en una caballería
preparada
con jamugas. En atención a su noble ascendencia, iría al patíbulo
montada en mula. El cortejo se puso en marcha; tiraba del ronzal de la mula el verdugo, precedido del pregonero,
un piquete de caballería y un receptor a caballo, seguido de un piquete
de infantería con cajas destempladas. A lo largo del recorrido, se detuvo
varias veces la comitiva para que el
pregonero repitiera la sentencia. Al llegar al patíbulo, instalado en el
Campo del Triunfo, el pregonero, tras un redoble de tambor, leyó por última
vez la sentencia, mientras Mariana subía serenamente a un tablado de «cinco
pies de altura», cubierto de bayetas negras. Las gentes lloraban. Mariana rezaba con más entereza que el anciano
sacerdote que la asistía, el cual no hacía aún veintisiete
años
la había bautizado en la iglesia de Santa Ana. Instantes después, la reo
se sentaba en el banquillo y el verdugo le ajustaba la «gargantilla de
hierro en sus bodas con la
muerte”. |