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LOS ANDALUCES |
JUAN DE LA CUEVA |
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BOLETIN Nº30 - SEPTIEMBRE 2004 |
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Poeta y dramaturgo sevillano del siglo XVI. Ve por primera vez la luz en la ciudad del Betis, el 23 de Octubre de 1543. Fallece en Granada en 1612, según asegura José María Reyes, quien de paso desmiente la teoría mantenida hasta ahora, que situaba la muerte del poeta andaluz en la ciudad castellana de Cuenca, hacía el año 1609.
Al igual que muchos de sus coetáneos, cultiva diversos géneros literarios, entre los que destacan los poemas líricos, pastoriles, mitológicos, épicos, los romances, y epístolas..., si bien sus incursiones por los vericuetos de la poesía tienen un interés menos si se las compara con sus dramas y comedias, por las cuales es hoy conocido la figura de Juan de la Cueva. Hallase el poeta imbuido de las corrientes literarias difundidas por el Renacimiento, que cobran especial arraigo en Andalucía en la segunda mitad del siglo XVI, siendo tal vez Petrarca el autor de quien más influencia recibe. A Juan de la Cueva se le ha visto siempre como a través de un halo difuso que ha contribuido en buena parte a distorsionar su verdadera imagen; siendo así que su obra, víctima del injusto disfavor de la crítica, ha sido hasta ahora mal leída y estudiada.
La interesante monografía que sobre el poeta ha realizado José María Reyes Cano, arroja luz sobre la oscuridad que durante siglos se fue tejiendo en torno a la figura del literato; pudiendo hoy afirmarse, que Juan de la Cueva fue un innovador del teatro, creando una importante escuela que más tarde sería secundada por el prosista y dramaturgo madrileño Félix López de vega y Carpio.
Miguel de Cervantes escribió sobre Cueva en El Canto de Calíope de La Galatea, unos versos encomiásticos que transcribimos a pesar de su dudosa calidad:
Dad a Juan de la Cueva el debido lugar, cuando se ofrezca en ese adiento pastores, que lo tiene merecido su dulce musa y raro entendimiento Sé que son obras del eterno olvido, a despecho y pesar violento curso del tiempo, librarán su nombre quedando con un claro alto renombre.
Se ha especulado con los apellidos de Juan de la Cueva, toda vez que su madre se llamaba Juana de las Cuevas, siendo su padre, Martín Núñez de la Cueva. Sin embargo algún crítico le designa con el nombre de Juan de la Cueva de Garoca, probablemente por alusión a unos versos del propio autor en los que dice llamarse así:
¿Por cierto a mi m’altera y alboroca cosa por donde dexe en mengua mía, de ser Juan de la Cueva de Garoca?
Pero Garoca es una palabra de origen aljamiado que al parecer, ha estado sujeta a una serie de derivaciones e interpretaciones más o menos peregrinas que mucho nos tememos hayan llegado a desvirtuar su verdadera acepción. Pese a todo ello, o precisamente por ello, no es aventurado apunar que Juan de la Cueva era de origen morisco.
En 1574 a la edad de 31 años viaja el poeta a México en compañía de su hermano Claudio. Su estancia en tierras americanas se prolonga durante tres años, al cabo de los cuales regresa a su ciudad natal por la que siente una gran añoranza, como ponen de manifiesto estos versos impregnados de nostalgia, que reflejan la pesadumbre del insigne andaluz al hallarse lejos del dulce y patrio nido.
Los alegres plazeres an huydo, i el descanso que siempre nos seguía, Claudio, desd’el postrero i cierto día que partimos del culce i patrio nido.
Emos a tales terminos venido que nos congoja i pena el alegría, pues en tierra ni en mar hallamos vía por donde ir a buscar el bien perdido.
La memoria nos daña con su arte, pues ella nos presenta ante los ojos lo qu’el mar con tendido barco parte.
Esfuerza nuestras lágrimas i enojos i no ve que no es gloria en esta parte mostrar a los vencidos los despojos.
Tras su regreso a Sevilla en 1577, prosigue con denuedo su tarea literaria, que, sin embargo, no se ha interrumpido en México; como lo prueba el hecho de que sea allí, precisamente, donde aparecen sus primeras poesías fechadas en 1577.
La puesta en escena de buena parte de su obra, se lleva a cabo entre 1579 y 1583 en La Huerta de Doña Elvira, El Corral de Don Juan, y El Corral de las Atarazanas: nombres de lugares sevillanos donde sus dramas y comedias alcanzan notable éxito.
De entre su extensa producción dramática cabe citar La tragedia de los siete Infantes de Lara, El Degollado, La Constancia de Arcelina, El Infamador, Comedia del Príncipe Tirano y otros.
En cuento a su quehacer poético, tan abundante como heterogéneo, reseñamos: Batalla de ranas y ratones, de tipo burlesco; poemas mitológicos como Llanto de Venus a la muerte de Adonis, y su Ejemplar Poético, en le que da a conocer una interesante teoría sobre la interpretación escénica.
A comienzos de 1601, el Cabildo de Sevilla publica una de sus obras más famosas: La Conquista de la Bética, poema épico que trata sobre la conquista de la ciudad andaluza por el rey castellano, Fernando III, eufemísticamente apodado El Santo.
El año 1607, Cueva abandona nuevamente Sevilla para fijar su residencia en Cuenca, ciudad ésta a la que su hermano es destinado como Inquisidor. Más tampoco aquí se siente feliz; lo que ciertamente constituye una circunstancia lógica, pues ¿cómo un hombre del Sur, un andaluz, podría amoldarse a los insanos rigores de una climatología tan extrema? Pero veamos estos versos que hablan por sí solos en su muda elocuencia:
(…) Este clima de Cuencia me destruye, el templado de Híspalis me sana, Xúcar me sigue, ¡Betis se me huye (…)
También a Canarias viaja Cueva junto a su inseparable Claudio, a quien llama mi Pylades, lo que hace suponer que él asume el papel de Orestes (I) (Pílades y Orestes son dos héroes de la mitología griega que ocupan un destacado papel en la leyenda clásica, cuyas aventuras narran en sus tragedias algunos autores de la antigüedad. En nuestros días aparecen como prototipos de la amistad verdadera).
Juan de la Cueva es un hombre atemperado y sobrio, de carácter poco dado a chanzas y regodeos; lo que no significa que sea huraño, toda vez que las personas con quienes se relaciona en Sevilla y aún fuera de la ciudad, se cuentan por docenas.
Mantiene un conjunto de creencias y sentimientos religiosos, comunes a la mayoría de hombres ilustres de la época, que se precian en estos versos en los que alude a los motivos que en razón de su cargo llevan a su hermano a Canarias:
(…) vino siguiendo al pérgido Arriano en el oficio que exerció el divino San Pedro Mártir contra el Luterano (…)
Y estos otros, bellísimos, que revelan una honda preocupación de tipo moral.
Estas ansias que viven por matarme ¡yo, porqu’ellas vivan tengo vida qu’en medio de su horrible ardor se annida el alma, ya cansada de aguardarme (…)
Pero sin duda la nota dominante que mejor define su carácter sea su amor, diríase desmedido y hasta apasioando, por Sevilla, por Andalucía. Para Juan de la Cueva supone un verdadero sacrificio abandonar estas tierras, como puede constatarse en una de las epístolas fechada en Canarias y dirigida a Don Gaspar de Villalta en que se trata cuánta mejor sea la quietud en su patria, que andar peregrinando por varias regiones.
Yo dexé del gran Betis la ribera en compañía de mi caro ermano mi Pýlades i onor de nuestra era (…) Así que destas causas sobrevino vuestra venida y lamía a Canarias, sin poder evitarse este camino
Aquí nos truxo la suerte viaria el disponer i aquí nos tiene opresos la deidad que a los justos es contraria.
Otro de sus viajes, éste a Aracena, en las estribaciones de Sierra Morena a su paso por la provincia de Huelva, lo realiza por puro placer y al mismo tiempo para alejarse del ajetreo con la bucólica paz de un pueblo rural andaluz perdido en la sierra nemorosa, cubierta de encinas y alcornoques.
En Aracena permanecerá algún tiempo en estrecho contacto con la población, andaluces sencillos y amables:
Aquí sin alborotos ni pendencia vivo en una llaneza descuidada sin oyr Señoría ni Excelencia (…) Yo me hallo a plazar con esta gente i mientras vos sugeto a esa señora me voy de guerta en guerta y fuente en fuente. Salgome junto al pueblo, i en una ora mato un par de perdizes o un conejo, sin andar trasnochado ni a desora
Siéntome en estos poyos del consejo: viene el Jurado, el Regidor i Alcalde, con el Vicario, qu’es sabio i viejo (…)
Poco se sabe de su vida sentimental. Algunos autores, entre ellos Gomez Aceves, han querido ver en Doña Brígida Lucía de Belmonte el gran amor del poeta, hasta el extremo de pretender que estuvo a punto de perder la razón a consecuencia del dolor que le produjo la trágica muerte de la referida dama, que, sin embargo, nadie explica cómo murió.
Otros autores por el contrario, ponen en tela de juicio la veracidad de tales episodios. José María Reyes por su parte habla de Doña Felipa de la Paz como la mujer que acaparó los desvelos amorosos de Juan de la Cueva.
Lo que no está probado es que la dama recibiera con agrado las muestras de pasión que le prodigara el poeta, no existiendo entre las composiciones de éste, ninguna referencia clarificadora que decida la cuestión en el sentido de si fue o no correspondido por ella.
Son frecuentes en La Obras las alusiones a Doña Felipa de la Paz, pero todas adolecen de las vaguedades y los tópicos propios del género petrarquesco que Cueva cultivó.
Veamos estos versos en que el nombre de su amada aparece en acrósticos:
FE, muestras con pena i tu miedo i en la LID coracon firme i seguro, por donde con ti Pasión de doi seguro que serás DE LA PAZ galardonado.
Así pues la interrogante queda en el aire. Pero a pesar de todo nos inclinamos a creer que la dama (que quizá fuera mujer casada con alguno de los hidalgos sevillanos que frecuentaban el trato de Cueva, y que en honor a su estado no podría comprometer su reputación), debió corresponder de algún modo a los amores que le prodigaba el poeta, habida cuenta de que toda mujer es susceptible de responder siquiera sea como el alma, a los nobles sentimientos que inspira en un hombre enamorado.- |