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Es agresivo,
rápido, colérico... Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de EE.UU., es
comparado con «Darth
Vader» por su propensión a amenazar y a «cortar»
cabezas.
En otro tiempo
conoció a Sadam Husein y vendió material nuclear a Corea del Norte
Sus
contactos empresariales son:
G.D.
Searle/Pharmacia, General Instrument/Motorola, Gulfstream Aerospace,
General Dynamics, Tribune Company, Gilead Sciences, Amylin Pharmaceuticals,
Sears, Roebuck&Co, Allstate, Kellogg y Asea Brown Boveri.
Después de desempeñar el cargo de Secretario de Defensa durante el mandato
de Gerald Ford en 1977, se unió al sector privado como Director General de
G.D. Searle, compañía farmacéutica, que en la actualidad es una filial de
Pharmacia. Fue también Director General de
General Instrument,
empresa proveedora de componentes de telecomunicaciones que sería comprada
por Motorola.
En
los últimos años, Rumsfeld ha sido miembro del Consejo de Administración
de varias compañías:
Gilead Sciences,
novel compañía biotecnológica; el gigante de la prensa
Tribune,
dueña de Los
Angeles Times y Chicago Tribune;
de
Amylin Pharmaceuticals,
la firma suiza
Asea
Brown Boveri, Kellogg, Sears y Allstate.
Como
director de Gulfstream Aerospace, sus acciones de la compañía estaban
valoradas en 11 millones de dólares cuando ésta fue absorbida por General
Dynamics
¿Quién diablos es este Donald Rumsfeld? ¿De dónde ha sacado esas ínfulas
de matón del mundo? ¿Por qué estrechó la mano de Sadam en 1981?
¿Por qué le odia tanto ahora? ¿Qué tiene contra la vieja Europa? ¿Qué
tenemos contra él, que tanto nos altera y nos provoca?
No ha terminado la guerra y ya despunta el gran
favorito a malo de la película. Las bravatas de Bush son balas de fogueo
en comparación con la artillería mayor de Rumsfeld, que un día habla de
matar a Sadam, otro amenaza con apuntar a Corea del Norte y otro advierte
de que soltará armas nucleares si le atacan.
«La lucha agresiva por una causa justa es el deporte
más noble del mundo», dice su cita favorita de Teddy Roosevelt, grabada en
bronce en el despacho del Pentágono. Aunque su frase predilecta y secreta,
la que mejor le define, pertenece a su paisano Al Capone: «Consigues
muchas más cosas con buenas palabras y una pistola que con buenas palabras
sólo».
De Rumsfeld sabemos que nació en Chicago, hijo de un
piloto de la Armada que le inculcó, sin duda, la fascinación por lo
militar y le adiestró en los combates de la vida. Fue campeón juvenil de
lucha libre, capitán de fútbol americano, estudiante en Princeton y
aguerrido aviador de la US Navy. Se casó con Joyce Pierson; tuvieron tres
hijos.
Por su carácter lo conoceréis. «Más que la fuerza de
las armas importa la fuerza del carácter», celebérrima frase suya. Podría
haber sido general, pero prefirió la corbata de civil y la auténtica vara
de mando: secretario de Defensa (el más joven y el más veterano en la
historia de Norteamérica) por partida doble.
Setenta años tiene ahora el señor de la guerra,
aunque no los aparenta. Se siente comodísimo en su piel y en sus gafas de
montura ligera. La cámara le quiere, y prefiere prodigarse en sonrisas y
en sarcasmos antes que exhibir esa cólera que le caracteriza de muros
hacia dentro.
«Donde quiera que vaya se produce una tormenta»,
apunta su delfín, Paul Wolfowitz. «Yo no me enfado; me pongo enérgico», se
defiende el jefe. Aunque sus aires huracanados le han servido para ganarse
no pocos enemigos con galones en el Pentágono, donde lo comparan con Darth
Vader, el malo de La guerra de las galaxias, por su propensión a proferir
amenazas y cortar cabezas.
Una cosa parece cierta: su agilidad mental y su
dominio de la escena se han refinado desde que volvió al cabo de 27 años,
dando un portazo, a su garita del Pentágono. El estilo Rumsfeld ha dado
incluso título a un libro (The Rumsfeld Way) que arrasa como manual de
instrucciones para el liderazgo y la dirección de empresas.
ESPIRITU GUERRERO
«Rumsfeld es agresivo, determinado y pragmático»,
apunta el autor, Jeffrey Krames. Pero lo cierto es que los episodios que
jalonan el libro nos dibujan a un hombre cruel, colérico e insolente, con
la violencia a flor de piel.
Según Krames, el «espíritu guerrero» anidó en
Rumsfeld de joven y está seguramente muy relacionado con su condición de
hijo putativo de la Guerra Fría. «Rumsfeld siempre está pensando el
próximo movimiento del ajedrez, planeando sus futuras batallas», escribe
Krames.
Otra de sus señas de identidad, como si llevara a
mano un cronómetro en permanente cuenta atrás, es el «sentido de la
urgencia». Cuando Bush dice que «el tiempo se acaba», es que Rumsfeld le
está apremiando con su taquicárdico tictac.
Si por él fuera, las primeras 3.000 bombas de
precisión habrían caído antes sobre Irak . Un año antes. En plan
preventivo y unilateral. Sin las pamplinas de la ONU y demás subterfugios
de su antagonista, y sin embargo amigo, Colin Powell.
A Rumsfeld le puede la impaciencia, y en el Pentágono
se cuenta la anécdota de una vez que le pidió a un funcionario que le
entregara urgentemente el informe que le pidió hace dos meses. «Señor
secretario, me lo encargó hace dos días», replicó el subordinado. Y se la
tuvo que tragar.
Todo fue rápido, demasiado rápido, en la vida
intrépida de Donald Rumsfeld, Rummy para sus amigos y enemigos. A los 30
años le teníamos ya como congresista republicano, simpatizante del ala
ultraconservadora del partido. Y en el 69, cuando otros se dejaban melena,
se enroló con Richard Nixon, que le mandó de embajador a la OTAN.
La distancia le salvó del naufragio del Watergate. Le
rescató para la posteridad Gerald Ford, que primero le nombró jefe de su
gabinete y después, con 43 bisoños años, le ascendió a secretario de
Defensa. Eran otros tiempos, y su misión no era salir a conquistar mundo,
sino replegar al Ejército norteamericano e inyectarle pólvora y moral
después de la debacle de Vietnam.
Su reto ahora es dejar encarrilada la papeleta de
Irak antes de cumplir los 71. Sus planes iniciales de guerra eran siete
días de bombardeos intensos y algunos más de invasión.
Su ganas de resolver la guerra por las bravas
quedaron ya bien patentes en Afganistán: 12 días después del 11-S, los
comandos especiales estaban allanando el terreno. La guerra la resolvió en
poco tiempo el general Tomy Franks, pero Rummy perdió los estribos en más
de una ocasión durante la ofensiva área, ante la «falta de resultados».
Frente a las cámaras, sin embargo, todo discurrió
según el guión.A Rummy Superstar lo compararon con Reagan por sus dotes de
gran comunicador. Los partes diarios de guerra se convirtieron en un éxito
de audiencia en las televisiones matinales, que decidieron trasmitir sus
cuerpo a cuerpo con la canallesca.
De la guerra contra los talibán, a las páginas del
Vanity Fair...Donald Rumsfeld disfrutó apenas unos meses de su recién
conquistada popularidad. En la trastienda, meses antes del 11-S, llevaba
ya tiempo cociéndose la madre de todas sus batallas. Objetivo: Sadam.
Rumsfeld no ha querido volver a hablar en público de
aquel lejano encuentro, 12 de octubre de 1981, cuando tuvo ocasión de
estrechar la mano del entonces amigo y aliado, Sadam Husein.
Rumsfeld había decidido volver a la política después
de 15 años al frente de la farmacéutica G.D. Searle & Co. La revista
Fortune le eligió como uno de los 10 jefes más duros de América, y con ese
prestigio recién ganado ingresó en las filas de Ronald Reagan, que le hizo
miembro del Comité Asesor del Control de Armamento y, más tarde, le nombró
enviado especial a Oriente Medio.
El eje del mal estaba encabezado entonces por Irán, y
Sadam era precisamente el dique de contención del fundamentalismo
islámico. Con la ayuda impagable del amigo americano, el dictador iraquí
pudo poner en marcha sus programas de armas químicas y emplearlas contra
el enemigo durante la sangrienta guerra que duró de 1980 a 1988 y que se
cobró más de un millón de víctimas.
AYUDA
A IRAK
La visita de Rumsfeld a Sadam, con ese testimonio
gráfico imborrable que rarísima vez se atreven a airear los medios
americanos, se produjo en los primeros lances de la guerra entre Irán e
Irak.Por las mismas fechas, la Agencia de Inteligencia de Defensa llegó a
destinar 60 oficiales a un programa secreto de ayuda militar a Sadam.
Los oficiales iraquíes y americanos trabajaron juntos
en la preparación de las tácticas de ataque y de las ofensivas aéreas.
Según el New York Times, varios miembros de los servicios de inteligencia
se pasearon por los campos de batalla para certificar e incluso marcar
sobre el terreno las zonas en las que se habían empleado armas químicas.
Colin Powell, que también se curtió en la
Administración Reagan, fue de los pocos en condenar el uso de gas mostaza,
sarín y VX por parte del Ejército iraquí. Todos los demás, incluido
Rumsfeld, callaron. El programa secreto de ayuda a Sadam Husein siguió
adelante.
Durante la década Reagan, Rumsfeld contribuyó a la
puesta en órbita de la Guerra de las Galaxias. Ya por entonces comenzó
también a dinamitar desde dentro los tratados de no proliferación de
armamento y a rumiar el cambio a la estrategia del ataque preventivo.
En el ocaso de la era Reagan tuvo un fugaz destello y
decidió anunciar su candidatura a las presidenciales de 1988, en liza con
George Bush, padre, y con el jugador de fútbol americano Jack Kemp.
Durante unos meses, el nombre de Rumsfeld sonó fuerte en las apuestas, e
incluso viejos rivales como Henry Kissinger le dieron su voto de
confianza.
«Donald Rumsfeld tiene lo que hay que tener para ser
un presidente fuerte», escribió Kissinger, que alabó su genio y figura.
Pero Rummy no tardó en renunciar por razones estrictamente prácticas,
atribuibles a la pésima herencia económica de Ronald Reagan: «El déficit
público de miles de millones de dólares es una plaga. «No estoy dispuesto
a presentarme a la presidencia para llevar las riendas del país con un
déficit tan gigantesco».
A modo de despedida, y con un deje de despecho,
Rumsfeld envió un cheque de 100 dólares a George Bush, padre: «No es que
apueste por usted; les he enviado el mismo dinero a los otros candidatos».
De modo que el guerrillero se cubrió en retaguardia,
precisamente en vísperas de la Guerra del Golfo, y pese a la presencia en
primera línea de fuego de su viejo amigo Dick Cheney, a la sazón
secretario de Defensa. Poco imaginaban entonces que volverían a estar
juntos al cabo de una década, combatiendo en el mismo frente y en el
nombre del hijo del padre.
Pero antes, el paréntesis Clinton, con Rumsfeld
subido a la burbuja económica y explotando astutamente sus influencias
políticas. En el 94 arrima el ascua a Newt Gingrich, fugacísima estrella
de los republicanos. Y dos años después está a punto de probar suerte como
vicepresidente en el carro perdedor de Bob Dole, del que se baja a tiempo.
Los republicanos le dan nueva vida y le ponen al
frente de la Comisión de Evaluación del Riesgo de los Misiles Balísticos,
rebautizada como Comisión Rumsfeld. De allí saldrá la secuela de la Guerra
de las Galaxias que Clinton decidió guardar en el cajón hasta que llegara
su sucesor.
VUELTA AL PENTAGONO
Entretanto, Donald Rumsfeld cierra filas con sus
colegas Paul Wolfowitz y James Woolsey y escribe en 1998 una carta
premonitoria a Bill Clinton, sugiriendo una «estrategia para derrocar del
poder a Sadam Husein, aunando esfuerzos diplomáticos, políticos y
militares».
Esa carta sería el embrión del Programa para un Nuevo
Siglo XXI Americano, urdido por Wolfowitz y por el propio Rumsfeld, y en
el que se habla a las claras del neoimperialismo en ciernes y de la
doctrina del ataque preventivo.
En plena campaña, cuando Bush anunciaba un repliegue
y hablaba de la «humildad» a la americana, las águilas imperiales del
viejo establishment afilaban ya sus garras y desplegaban sus alas a la
conquista del mundo. «EEUU ha sido muy blando y es hoy por hoy un objetivo
muy vulnerable», le confiaba Rumsfeld al presidenciable Bush, antes de
consumarse la carambola que le llevó hasta la Casa Blanca.
Con 68 años, y ganas de guerra, Donald Rumsfeld
volvía al puesto de mando del Pentágono con dos misiones urgentes: elevar
la moral y los salarios de la tropa y modernizar el Ejército más poderoso
del mundo. Pero los asuntos de intendencia no impidieron que su credo
unilateralista empapara las primeras y polémicas decisiones de la
Administración Bush: escudo antimisiles, renuncia al tratado ABM, renuncia
al tratado de prohibición de ensayos nucleares...
La presencia de su viejo amigo Dick Cheney como
eterna sombra de George W. Bush fue la mejor garantía de línea directa con
el presidente. La entrada de Condoleezza Rice como consejera de Seguridad
sirvió para completar la terna de halcones, malamente compensada por la
paloma Colin Powell en el otro extremo de la rama.
Y en esto llegó el 11-S. Donald Rumsfeld estaba como
de costumbre en su despacho a las 6.30 de la mañana e interrumpió sus
quehaceres tempraneros para celebrar un desayuno de trabajo. Eran poco más
de las 8.30 cuando el secretario de Defensa tomó la palabra y advirtió a
los presentes: «En los próximo dos, cuatro, seis, ocho, 10 o 12 meses
ocurrirá algún incidente lo suficientemente impactante para hacernos
recordar lo importante que es tener un fuerte Departamento de Defensa».
Minutos después, el impacto que hizo temblar las
paredes del Pentágono. Rumsfeld se levantó sobresaltado y preguntó qué
había pasado. Alguien abrió la puerta y empezó a entrar humo. Se había
estrellado un avión. A Rumsfeld se le cayeron los galones que no tiene y
corrió a socorrer a sus compañeros. Murieron 180, y 3.000 más en las
torres.
El secretario de Defensa, que tan sólo tres días
antes había tenido que desmentir los rumores sobre su prematura dimisión,
se armó del coraje y de la determinación que tanto tiempo llevaba
predicando y se puso a pergeñar la guerra, mano a mano con el general
Tommy Franks. Juntos concibieron la operación Justicia Infinita (idea
original de Rumsfeld), que sobre la marcha fue rebautizada con el nombre
menos vengativo Libertad Duradera.
Rumsfeld hizo coro a Bush y pidió la cabeza de Osama
Bin Laden, vivo o muerto, y prometió sacar a los terroristas con humo de
sus cavernas. El presidente y el secretario de Defensa interpretaron a
partir de entonces el mismo guión con ligeras variaciones. Arrancaba la
«primera gran guerra del siglo XXI», la guerra contra el terror.
El impacto reciente del 11-S y la rápida derrota de
los talibán no permitieron calibrar en su momento el alcance de las
palabras a dúo de Bush-Rumsfeld, que pronto acuñaron aquello del eje del
mal y se subieron a la tanqueta del militarismo sin fronteras.
Con el tablero afgano aún abierto, y con Osama Bin
Laden lejos del jaque mate, Donald Rumsfeld decidió cambiar de partida. Y
empezó a planearse el ataque a Irak en el tank donde se reúnen las mentes
más privilegiadas del Pentágono. Pero el propio Rumsfeld decidió
prescindir de ellos, pasar por encima del jefe de la Junta de Estado
Mayor, Richard Myers, y echar directamente un pulso con el general Franks.
No es ningún secreto que cuando Tommy Franks vino al
cabo de varias semanas, con un mal remedo de la operación Tormenta del
Desierto, Rumsfeld le desbarató la jugada y le pidió que fuera más
imaginativo. Por su cuenta y riesgo diseñó su propio plan, decidió que con
100.000 hombres bastaba y comprimió al máximo los tiempos para que la
guerra no durara más de un mes.
A fuerza de tesón -todos los días despachan tres o
cuatro veces- Franks logró convencer a Rumsfeld y la estrategia final ha
surgido de un improbable matrimonio entre ambos. La suerte estába echada
en la mente del secretario de Defensa, convencido de que tenia en sus
manos una victoria mucho más fácil de lo que sus estrategas pronostican.
COREA
DEL NORTE
Tanto es así que Rummy aún saca tiempo estos días
para desenterrar el hacha de guerra contra Corea del Norte y recordar que
EEUU y sus aliados no pueden pasar mucho más tiempo cruzados de misiles y
de brazos ante «el mayor productor de armas de destrucción masiva del
mundo».
Lo que Rumsfeld tendrá que explicar algún día será su
implicación, hace cuatro años, en la venta de dos reactores nucleares por
200 millones de dólares a Corea del Norte, cuando formaba parte del panel
de directores de tecnología del gigante ABB. La venta fue posible gracias
al acuerdo de 1994 que permitía a Corea del Norte poner en marcha dos
reactores para fines civiles a cambio de congelar sus programas de armas
nucleares. Los expertos americanos aseguran ahora que el material
radiactivo generado por esos reactores puede servir para fabricar bombas y
acabar en manos de los terroristas...
«Debemos atacar», palabra de Rumsfeld, octubre de
2001. «La única forma de tratar con los terroristas es ir a por ellos...
Mucha gente hablará de venganza o ira, pero yo no lo veo así, porque lo
que ellos han atacado es nuestra libertad. Y la única opción que tenemos
es atacar».
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