| ISLAM Y AL-ANDALUS - HISTORIA DE AL-ANDALUS |
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GUICHOT, JOAQUÍN Y ALEJANDRO. (ANDALUCISTAS HISTÓRICOS)
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No es un problema de espacio lo que nos induce a escribir de forma conjunta sobre estos dos insignes andaluces. La gran obra y actividad que Alejandro Guichot, hijo, realizó en defensa de nuestra denodada tierra tiene su raíz en aquella vida ajetreada y, a la vez, romántica, evocadora del pasado legendario y poético de Joaquín padre; así como éste, también encuentra la continuación de su expresión vital, investigadora y cultural en su hijo.
Cuando Alejandro Guichot se aparta progresivamente de la enseñanza paralela; cuando pone todo su empeño en la creación de una universidad popular andaluza o cuando decía en el manifiesto de fundación de la Sociedad de folklore andaluz que "había que poner de manifiesto ante el mundo entero el alma de esta privilegiada y originalísima raza andaluza cuyos secretos móviles informan esa poesía y ese saber y ánimo donde los poetas y los sabios tienen que recurrir siempre", venía a expresar, de forma más concreta y elaborada, lo que ya el pensamiento y actividad de su padre le había ido induciendo desde su juventud.
Es evidente que los llamados andalucistas históricos poseían una visión más amplia y compleja de nuestro pueblo andaluz, como para que su pensamiento se constriñera sólo al aspecto teórico de la ideología, en su ánimo de demostrar y defender esa identidad andaluza. Sabían que Andalucía contaba con unas raíces más profundas, enormemente vitales, legendarias. Había que tocar otros aspectos, pero sin olvidar aquello que Alejandro recoge en sus palabras. "…se ha impuesto a Andalucía por la fuerza, por la violencia y por la confabulación de los dos partidos gobernantes un estado de irredención política y social. Si recorremos Andalucía, sus costas, sus campos, sus montañas, encontraréis en todas partes el grito de dolor, de ira, de protesta". Evidentemente, una de las motivaciones más claras de los andaluces para recobrar su identidad nacía y, aunque nos duela, en gran medida sigue naciendo, de "ese ambiente social de indiferencia fatalista y desesperación anárquica".
Una gran sensación de impotencia tendría que correr por las venas de Alejandro Guichot, cuando afirma que "el pueblo andaluz está moribundo, porque sólo en este estado se concibe que un pueblo se resigne, limitándose a encogerse de hombros, sin una protesta enérgica a tan deprimente modo de pensar y vivir". Quizás por esta sensación que en algún momento sintió, pero por la que nunca se dejó abatir, pensaba que había que ahondar más en esta lucha. El llegaba a la conclusión de que sin tener conocimiento exacto del estado intelectual y moral de un pueblo, al propio tiempo que material, en vano se podría comprender su estado, su respuesta, sus aspiraciones: "no se podría aprender lo que el pueblo sufre, lo que cree, lo que desea". Alejandro había sentido como el socio-folklorista italiano Gramsci que la distinción de una cultura popular en el marco de una nación y de su civilización, no es el hecho artístico ni el origen histórico, sino su modo de concebir el mundo y la vida, en contraste con la sociedad oficial.
Lleva razón un andalucista de hoy, José María Ruiz Lagos, cuando afirma que "sería un grave error levantar la reivindicación andaluza sobre la simple depauperación económica, olvidando la etnia y el hecho psicosocial y vivencial de un país que si siempre fue sometido, y mucho, en su capacidad económica, aún lo fue más en la relación de su destino comunitario como colectividad cultural". Alejandro partía de esta concepción, cuando entendía que en la base de un proyecto de recuperación de identidad, subyace la reivindicación de un concepto de la historia, distinto al usual de entonces; "la historiografía oficial, no es capaz de explicar el mecanismo más sencillo, sino que se empantana en una empalagosa e indigesta erudición".
La fuerte reacción absolutista de Fernando VII y sus intransigentes contra aquellos primeros brotes del liberalismo constitucional de las cortes de Cádiz, va a ser el marco social donde nace y pasa su primera juventud Joaquín Guichot. Nace en Madrid en 1820, hijo de un francés de Pau llegado a la Península en tiempos de la invasión napoleónica, conocido por su carácter liberal y progresista, e hijo de una malagueña, que será la que funde en esta familia el carácter abierto e imaginativo andaluz, con las ideas progresistas de su marido.
Joaquín Guichot se quedaría huérfano de padre desde temprana edad, y su familia, conocida por sus ideas abiertamente liberales, tendría que huir de Madrid y refugiarse en Andalucía, cuando las tropas de la Santa Alianza destruyen el sistema liberal y representativo. De Abril a Mayo de 1823 residiría la familia Guichot en Sevilla, para emigrar más tarde, por temor a represalias, primero a Gibraltar y después al Mediodía Francés. Joaquín ingresa en el colegio de Enrique IV de Burdeos, donde también recibían educación por entonces, los hijos de los exiliados liberales de la Península. Todos estos avatares de la infancia y juventud de Joaquín, van a ser los que impregnen durante el resto de su vida el carácter progresista y liberal, y a la vez, romántico del que, de forma activa, hizo gala durante toda su existencia.
A los quince años regresa a la Península. Eran los días en que la primera guerra carlista ardía en el Norte, y la entrada era difícil. Todo este ambiente y vicisitudes, propios de una época romántica, despertaría en el joven Guichot la atención sobre obras que habían sobrevivido al impulso de los años. Se lanza pues a estudiar viejos monumentos, pinturas, esculturas e historia; reliquias de un pasado evocativo y legendario. Ya por entonces Assa, los Madrazas, Amador de los Ríos, Estévanez y varios más levantan un movimiento de investigación y reconstrucción de nuestra historia, desempolvando documentos y estudiando nuestras artísticas. Guichot colabora activamente con este movimiento. En 1846 se instala de forma definitiva en Sevilla de donde no había de salir; lo vemos reproduciendo con lápiz los detalles de antiguos monumentos y visitando todos los lugares donde podían existir restos del pasado. A este tiempo pertenecen varios de sus estudios de paisajes y figuras: Castillo de Alcalá, San Juan de los Teatinos, El tajo de Ronda, El molino de la Aceña, La montaña de los Angeles, y el Arul de Alcalá de Guadaira.
En 1848, Joaquín Guichot comienza a ejercer su profesión de periodista, entrando a formar parte de la redacción del periódico El Porvenir. Durante veinte años sin interrupción fue autor de diversas publicaciones políticas, literarias, históricas, satíricas, etc. Trabajó en el Diario de Sevilla desde 1850, en El Centinela de Andalucía en su segunda época (1852), en Galgo Negro, la Ilustración Bética, El Eco de Andalucía; en El Artista que dirigió en 1850, en El Teatro que fundó con Asensio en 1851, y en La Andalucía y El Tio Clarín por los años 1861-64. Era un periodista sosegado y tranquilo que escribía, fundamentalmente, artículos de fondo bien nutridos de doctrina. Fue eminentemente periodista político y llenó columnas y columnas en defensa de la política liberal y en contra de los gobiernos moderados y sus medidas. Manuel Chaves cuenta de él que "era de aquellos que escribían en la redacción con el uniforme de ‘miliciano nacional’ en ratos que le dejaban libres la obligaciones de servicio, y de aquellos que en los días de revueltas, soltaba la pluma para correr al ‘cuerpo de guardia’ o a las barricadas, teniendo enfrentamientos a cada momento con las autoridades por su concepción de la prensa".
Durante este tiempo de periodista, comienza a ejercer lo que era su actividad preferida, los estudios históricos, publicando en la prensa sevillana varios artículos de este tipo: Reseña histórica de la torre de la catedral, El dos de Mayo, La cárcel de Sevilla. En 1869 aparece su primer tomo de Historia General de Andalucía, donde narra el pasado histórico andaluz, desde los tiempos más remotos hasta 1870. La obra consta de ocho grandes volúmenes y tuvo una gran acogida a su salida, siendo considerada hoy como una de las fuentes necesarias donde hay que acudir para cualquier estudio relacionado con nuestro pasado. Posteriormente aparecía la Historia de la Ciudad de Sevilla, considerada como la más importante obra de Joaquín Guichot, y en la que sobresale su estudio sobre la Sevilla musulmana. Manuel Chaves diría que desde los Anales de Zúñiga, no se había escrito una historia tan completa, ordenada, extensa e imparcial. En 1866 deja de pertenecer a la redacción del diario El Progreso y dirige la Revista Hispano Ultramarina. Más adelante en 1874 dirigirá La Asamblea y El Eco de Andalucía; colaborará además en la Revista Sevillana y en la Ilustración Bética.
Era director de La Asamblea cuando, el 30 de Junio de 1874, el Ayuntamiento de Sevilla le nombra cronista de la ciudad. La Diputación también le nombraría cronista de la provincia el 6 de agosto de este mismo año. En 1879 es propuesto para que ocupe una plaza en la academia de Buenas Letras de Sevilla. El 26 de Febrero de 1872 toma posesión de una plaza como individuo de número en sesión pública.
El discurso inaugural trató sobre el carácter de Don Pedro I de Castilla. Guichot y Parody tuvo particular predilección por este monarca justiciero. Lo trata en la Historia de Andalucía, en la de Sevilla, en este discurso y posteriormente en su libro Don Pedro. Se mostraba decidido partidario de este rey, al que la historiografía lo presentaba de forma muy contradictoria. No lo trata como una consecución de las vicisitudes de su reinado, sino que coge los hechos más importantes y que más polémicas han levantado, estudiándolos y analizándolos con detenimiento y minuciosidad.
Con respecto a su obra histórica, el gran crítico sevillano Manuel Chaves diría: "Pocos, muy pocos de los defensores del hijo de Alfonso XI, han desplegado más ingenio, ni han apurado más hábilmente cuantos detalles pudieran prestarse a su objeto como Guichot y Parody lo hizo, al relatarnos la triste historia de la reina Doña Blanca de Borbón, la muerte del rey Bermejo de Granada y la del infante Don Fadrique que el Alcázar sevillano…".
El 16 de Marzo de 1906, a los 86 años de edad, el anciano cronista muere en la casa número 5 de la calle Lirio. Hombre conocido y admirado en toda Sevilla, la prensa de la ciudad le dedica a su muerte un amplio homenaje de reconocimiento a su intensa labor.
Toda la obra de Joaquín Guichot estuvo animada de una clara intención: el reavivar y rescatar el pasado del pueblo andaluz. Este fue el mayor mérito e importancia de su extensa obra. Los avatares románticos de su pasado, le hacen, no ya colaborar, sino ser pionero de un "movimiento de protesta general" contra un centralismo que, a ojos vista, se manifestaba totalmente inoperante. En gran medida, su obra recuerda que existió un pasado floreciente y propio del pueblo andaluz, y esto sería una de las bases, junto al problema de la tierra de donde partiría el nuevo movimiento regionalista andaluz de principios de nuestro siglo.
Hubo un pasado y una conciencia propia del pueblo andaluz, y había que buscar las bases sobre las que se generase de nuevo la conciencia andaluza. Era la respuesta que Andalucía daba en ese movimiento de la periferia contra el centralismo borbónico y la deficiente clase política que había generado. El siguiente paso sería la búsqueda de un Ideal Andaluz que no sólo revitalizara toda esa corriente socio-política e ideológica, que de forma subterránea, intuitiva o clandestina había ido conservando el pueblo andaluz, sino que sentara las bases de una nueva dinámica social propia del pueblo andaluz. Esta sería la continuidad que Alejandro Guichot daría a la obra de su padre.
Alejandro Guichot y Sierra nace en la Sevilla de 1860. Sería como su padre, un gran estudioso y polifacético: escritor, dibujante, político, activista, sociólogo y gran investigador. A los diez años ingresa en el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Sevilla donde su padre era catedrático. En 1877 acaba los estudios de Enseñanza Media y se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, obteniendo la licenciatura en el año 1880. Muy pronto se incorporaría al movimiento cultural sevillano, y lo hará participando en la fundación y desarrollo de la Sociedad del Folklore Andaluz.
El folklore comprendía para los folkloristas de esta Sociedad no sólo lo que el pueblo sabe, sino todo lo que el pueblo cree. Distinguían entre la ciencia y la creencia, pero había que tenerlos en cuenta por igual, "y si el refrán, en cierto modo, cae bajo la primera esfera, sin otra limitación que la de que los conocimientos que en él se expresan no están ordenados sistemáticamente, las supersticiones caen de plano bajo la segunda esfera y son un ramo interesantísimo del Floklore (…) y como uno de los aspectos más interesantes del Floklore precisamente es estudiar y penetrar los sentimientos del pueblo, en tal concepto, con igual razón, podría llamarse nuestra ‘sociedad’ el ‘sentir’ del ‘saber popular’".
Los folkloristas sevillanos, además de la recolección de materiales y preparación de estudios, realizaron tan activa propaganda de organizaciones folklóricas y fomento del cultivo de estas materias, que fue conocida no sólo en Andalucía, sino en los demás pueblos de la Península y en el extranjero.
El tradicionalista Menéndez y Pelayo, diría en la Real Academia acerca de esta sociedad: "Lo que Fernán Caballero había realizado por instinto y sentimiento poético, lo emprendió con miras científicas no siempre loables, -de alguna forma tendría que manifestar su carácter neoescolástico, nacional-católico y tradicionalista-, pero con un ardor y entusiasmo a toda prueba, y en una dirección metódica que es justo agradecer a la Sociedad del Floklore Andaluz".
La experiencia de Alejandro en la Sociedad del Floklore Andaluz, fue decisiva en la formación de su pensamiento acerca de cómo enfocar un proyecto de Ideal andaluz. A pesar de la escasa vida que tuvo esta sociedad (algo más de un año), fue suficiente para sembrar y extender la inquietud por lo autóctono y popular de nuestra cultura andaluza. Su objetivo estaba en deslindar un proceso como pueblo en realización. "Con lo dicho basta y sobra –diría Alejandro- para comprender los fines de esta Sociedad, a saber: recoger materiales para la verdadera historia de estas provincias, hasta ahora, no escrita todavía (…) Por esta obra vamos a ejercer un acto trascendentalísimo de justicia; por ella vamos a reconocer el derecho que tiene el pueblo a ser considerado un factor importante en la historia humana…".
El aspecto de la cultura, de las tradiciones populares, de su ciencia, de su sentir los consideraba Alejandro elementos necesarios para la reconstrucción del Ideal Andaluz. Había que cohesionar toda la expresión vital y a la vez diferenciadora del Pueblo Andaluz como un arma que diera respuesta a su tan deplorable situación. Para esto era necesario llegar a conocer y comprender lo que el pueblo siente o sufre, su dinámica, su mundo interior, su carácter. Alejandro propone todo un programa de investigación y estudio que permitiera llegar al fondo de estos aspectos. Era la forma de llegar al conocimiento del pueblo desde la cultura. Lo divide del siguiente modo:
- Literatura Popular que recogiera todo lo que había sobre refranes, romances, canciones, cuentos, leyendas, fábulas, adivinanzas, comedias y tradiciones en general. - Gramática Popular, con locuciones, giros, frases hechas, modismos, y todo lo que se refiera al habla y fonética en general. - Nomenclatura Popular. Nombres y designaciones de sitios y lugares de grupos y poblaciones, de piedras, plantas y animales. - Mitología Popular, que tratara de las creencias en general: mitos, cultos y ritos, supersticiones, manifestaciones demo-psicológicas, etc. - Ciencia Popular. Se refería a todos los conocimientos vulgares de los oficios y de las ciencias. - Etnografía Popular, que trata de las costumbres en general: usos e instituciones, ceremonias y juegos, manifestaciones demobiográficas y etnológicas. - Arte Popular. Estudio de las distintas artes e industrias.
Para la realización de este programa, y para que su labor fuese productiva, Alejandro era consciente de que necesitaba contar con el concurso, no sólo de eruditos y literatos, sino también, y de forma especial, de toda la gente del pueblo, de obreros y representantes de todas sus ciudades y pueblos. A ellos se dirige: "...obra de verdadera trascendencia social, porque nos lleva a reconocer a todos los hombres sin distinción de clases, partidos ni opiniones, en ella caben todos y a todos llamamos a llevarla a cabo; todos tienen título de andaluces o de vivir bajo este hermoso cielo, derecho a ocupar un puesto en la Sociedad del Folklore Andaluz; a todos acudimos porque todos nos son necesarios...". Había que salvar la contradicción que veía Alejandro en que "una cosa era lo que el pueblo sabe y hace de por sí, y otra cosa lo que nosotros deducimos y sabemos del pueblo".
Alejandro se encargó fundamentalmente del estudio de las supersticiones populares, apareciendo su primer libro de investigación folklórica con el título de Supersticiones populares andaluzas. Más tarde, en 1922, escribiría un verdadero manual para el estudio del folklore, titulándolo Noticia histórica del Folkore. Trabajaría activamente en las secciones de Dibujo y Mitología de esta Sociedad, y desarrolló una intensa labor de propaganda, viajando por varios pueblos y ciudades andaluzas, extendiendo esta inquietud y organizando Sociedades provinciales y locales.
El proyecto era ambicioso y se planteaba a largo plazo. Toda esta recopilación de materiales y de tradición oral exigía la formación de un amplio equipo de folkloristas de la cultura andaluza como Machado Alvarez, Cejador, José Gestoso, Sales y Ferré, Javier Lasso de la Vega, Antonio García Blanco, Luis Montoto y varios más animaron activamente este proyecto desde sus comienzos, pero, imperativos de siempre, la gran aberración con que la dictadura de Primo de Rivera trataba el desarrollo de la cultura y más, de las culturas autóctonas, impidieron tal realización. El control gubernamental de esta dictadura pudo frenar y hacer desaparecer estos centros de cultura, máxime cuando veían claro que la existencia de la cultura del pueblo andaluz, llevaría a plantear problemas político-autonómicos.
La experiencia que Alejandro tuvo en esta Sociedad, le sirvió para definir su proyecto de Ideal Andaluz, recogiéndolo en dos artículos que publicó en los números 1º y 2º de la revista Bética. Para él todo ideal de pensamiento elevado y bien sentido tiende a dos resultados principales: a la mejora de los caracteres que deben ser perpetuados (reforma), y al modelo de los nuevos que deben ser introducidos (renovación). Cuando se reúnen reforma y renovación, el ideal es completo. Pienso, además, que cualquiera que sea su posición entre los linderos extremos, opuestos, de la práctica y de la utopía, con más o menos relaciones de presente o más o menos tendencias de futuro, siempre el ideal de una luminosa y atrayente dirección intelecto-afectiva de perfección. En tanto no llega el proceso de realización, el ideal es meramente filosófico; cuando, interviniendo la voluntad, se va realizando, el ideal resulta sucesivamente histórico.
Para Alejandro, un ideal total de vida, de alternativa social, había existido en la época andalusí; "hubo ideal potente –escribe-, de vida total árabe-andaluza, que terminó en el siglo XV (…). Después de la conquista de Granada, el ideal árabe andaluz decaído, quedó oculto, como aspiración de represalia y de renacimiento, en el corazón de los musulmanes bautizados a la fuerza, moriscos, que vivieron en la sierra granadina en el siglo XVI hasta que fueron destruidos unos y expulsados otros a principios del siglo XVII… Posterior a dicho ideal –subraya-, hubo ideal cristiano de conquista del suelo andaluz, que terminó con su objeto en el siglo XV." Después no ha habido manifestación alguna de ideal andaluz, exceptuando la situación político-administrativa de 1873.
En la actualidad no existía un ideal sentido de forma externa en el pueblo andaluz, pero subyacía en el "exilio nostálgico y emocionante de algunas comunidades andaluzas norteafricanas o ubicados en comunidades sefarditas", pero sobre todo, "en Andalucía y en su pueblo hallamos factores psicológicos y artísticos tan importantes cuanto que son productos directos del carácter andaluz y bases para el ideal. De estos factores, algunos escapan a la función de la llamada conciencia colectiva de masas, conservándose tradicionalmente unos no comprometiéndose otros por la muchedumbre, quedando solamente para los cerebros de los pensadores; pero todos ellos son susceptibles de crecimiento y de acción intensiva sobre otros, y así constituyen materia a discernir entre lo que se deba retirar y lo que pueda servir de elemento de integración de ideales".
Alejandro veía que en la actualidad de su tiempo, no estaban conformados todos los elementos que hicieran del Ideal Andaluz una voluntad de transformación y regeneración, pero ante la pregunta de que si este ideal se podía formar, decía: "…es indudable que la respuesta debe ser afirmativa. En tanto un pueblo vive es posible la formación de sus ideales de reforma y de renovación, con los elementos básicos con que cuente y con los elementos básicos con que cuente y con los que cree, en la doble acción dinámica de lo existente histórico y de lo concebido futuro. El pueblo andaluz vive, trabaja y desea, luego es posible la formación de ideales particulares y de ideal andaluz".
Para la formación de este ideal, Alejandro veía la necesidad de profundizar en las especifidades y particularismos del pueblo andaluz; y como consecuencia había que tener en cuenta la influencia del medio natural, social e histórico. A este respecto diría: "…como compendio de aspiraciones y guía de actividades que desean conseguir productos de la dinámica social, e ideal de un pueblo susceptible de las influencias del medio ambiente natural, del territorio habitado, del suelo y del clima y de la naturaleza toda, del espacio, que en conjunto es una unidad común y fija; y más directamente el ideal experimenta las acciones básicas del medio ambiente social, o sea del complejo político, gobierno, leyes, historia, que es el tiempo, la unidad externa y variable, y del complejo étnico, raza, idioma, costumbres, artes, ciencias, el sujeto íntimo, la unidad interna y permanente…".
Esta psico-sociología del Ideal Andaluz que para Alejandro se concreta en algo tangible, de acuerdo con las influencias del medio natural, social y del propio individuo andaluz, suponen, tanto para él como para los regionalistas de su época, un concepto claro de que las autonomías o los procesos de los pueblos no se podían asentar sobre el uniformismo u homogeneidad que –curiosamente como ahora- concebía el Estado central, sino que debían de estar sujetas a la propia voluntad del pueblo andaluz y a su libre autodeterminación.
El sujeto creador de este ideal sólo podía ser el pueblo andaluz, dependiente de su expresión histórica en el tiempo y de su perfeccionamiento en el futuro; "…ese ideal –diría- tiene que ser sentido y moldeado por los andaluces y desenvuelto en el territorio de Andalucía, puesto que sin andaluces ni Andalucía el ideal sería de otros sujetos o de otras regiones… y no sería ideal andaluz. Base necesaria, pues, del ideal andaluz, y de los ideales andaluces que se conciban o se formen, es el carácter andaluz; importando mucho para el estudio, ver dónde se haya expresado el carácter, según antecedentes históricos y manifestaciones reales, y cómo hemos de confirmarlo…".
Ante la pregunta de cómo iniciar la formación de este ideal o cómo convertirlo en una voluntad transformadora, Alejandro refiere: "procurando que hablen y convengan y se reúnan los amantes del ideal y las voluntades se traduzcan en oleadas de propaganda, que lleven el entusiasmo a los lectores y a los oyentes de toda Andalucía. Hágase el libro iniciador del ideal andaluz, conteniendo las voces de presencia de Jaén, Almería, Granada, Sevilla, Cádiz, Huelva, Córdoba y Málaga. Reúnanse en acto solidario los representantes andaluces, en congreso nacional… acuérdese un programa ejecutivo y sea llevado por los representantes a las ocho capitales de Andalucía, para que de ellos irradie el ideal a todos los municipios, y comience en la conciencia popular la labor de cerebro y de corazón que exigen las grandes transformaciones sociales, cuando hay energías suficientes para vencer obstáculos y elevar las obras a la espléndida esfera de los brillantes ideales sentidos".
Como muchos de los intelectuales de su época, Alejandro veía que una de las mejores armas para enfrentarse a ese estado social de indiferencia o a ese gran atraso cultural a que el centralismo había sometido al pueblo andaluz, era la enseñanza. A ella se dedica con insistencia, no sin encontrar continuos choques con los estamentos oficiales, como él mismo refiere en algunas ocasiones.
De 1884 a 1891 estuvo al frente de la escuela de aprendices de la Fundación de artillería. Allí enseñó Aritmética, Geometría, Proyecciones y Dibujo Industrial.
Terminó esta enseñanza en 1891 por diferencias de criterios en una disposición dada por el coronel director, como el mismo refería en una conferencia dada tiempo más tarde en esta misma escuela. "No más que esto –diría- motivó la desavenencia: por parte del director, la natural reserva militar en que se mantuvo; por mi parte, un exceso de energía y carácter. Y así perdí aquella enseñanza".
Posteriormente en 1895, y tras diecisiete años de asiduo trabajo, perdió también la plaza de auxiliaría de las clases de dibujo del Instituto de Segunda Enseñanza, "no por exceso de energía de carácter, -diría-, sino por una de las reformas de enseñanza, que en aquellos días se hacía a granel por los gobiernos".
A partir de 1900 comenzó a perder la enseñanza que daba en las Academias Preparatorias y en la esfera particular; él mismo diría, "Comenzó a hacerse el vacío alrededor de mí por elementos tradicionalistas, la acción tan general y tan usada en estas sociedades humanas de desvío por las diferencias de doctrinas, hasta que se anuló mi trabajo y me vi privado de la enseñanza retribuida…". Esta adversa situación, no debilitaría su interés por la enseñanza. "Pero no se ha podido evitarme –continúa- la enseñanza gratuita, la de labor social que hace años dedico al pueblo trabajador andaluz; labor social y de instrucción de materias de Historia, de Filosofía popular, de Sociología, de política social".
Su actividad cultural se extendería a otras esferas, pero dando siempre prioridad a la labor educativa. Socio fundador del Ateneo, del que fue secretario en la primera Junta Directiva, trabaja intensamente en el desarrollo de este centro al que considera necesario para la promoción y extensión de la cultura. Aprovecha también esta institución para continuar su actividad pedagógica. Miembro del Partido Republicano Federal, utilizará, también, los centros republicanos como plataforma de instrucción de los obreros.
Su actividad educadora estuvo siempre acompañada de una activa participación en la política. Desde su juventud universitaria empieza a mostrarse como arduo político, destacando su actuación en las tertulias de El Porvenir, donde se reunían los elementos más progresistas. Persona muy conocida en la vida sevillana, y considerando como uno de los más prestigiosos miembros del Partido Republicano, tuvo que ceder a la insistencia para presentar su candidatura a las elecciones municipales por la minoría republicana.
Elegido concejal, destacó con una actitud de intransigencia contra la corrupción administrativa y caciquil que por este tiempo imperaba en los ayuntamientos. "Para el cacique –diría- no hay más ley que la orden que recibe de Madrid. Amparado por el gobernador, no repara en la acción de toda suerte de fracciones legales y de toda clase de delitos. Se falsifica, se roba, se encarcela. Al terminar unas elecciones, los enviados del poder central, son perfectamente presidiables. Pero ante los delitos electorales, la justicia se cruza de brazos y se da así al pueblo esta tremenda lección de impunidad…". Desde su concejalía impulsa, también la labor social y educativa. Su estancia en el Ayuntamiento sería corta; tuvo que presentar su dimisión, convencido, quizás, de la imposibilidad de una actuación coherente y transformadora en un organismo anulado totalmente por la práctica caciquil del poder central. Un periodista de la época comenta su dimisión como un caso de "asfixia moral".
Fuera del Ayuntamiento, el interés de Alejandro por la enseñanza no disminuye, al contrario, proyecta uno de sus planes más ambiciosos de enseñanza popular: la creación de una Universidad Popular Andaluza. "En Enero de 1905 –diría en una de sus conferencias-, reunidos en comisión un doctor en Medicina, tres licenciados en Derecho (uno de ellos director de un popular diario), y un licenciado en Letras, proyectamos constituir una liga de amigos de la enseñanza para organizar una Universidad Popular…". Los comienzos no estaban exentos de un gran entusiasmo y actividad, "…publicamos las bases, celebramos sesiones públicas preparatorias y comenzamos los trabajos de organización…". A pesar de que todos los andalucistas de esta época colaboraron activamente con el proyecto, la gran escasez de medios y los grandes obstáculos oficiales, dieron al traste con él. Equiparable en intensidad a la labor educativa, fu su actividad literaria, publicando gran número de obras, folletos y artículos diseminados en varias publicaciones: trabajos de folklore dedicados fundamentalmente a Sevilla, Córdoba y Granada, varias monografías históricas, manuales y estudios pedagógicos, obras de municipalización con estudios sobre la vivienda, el agua y reformas que necesitaba la ciudad de Sevilla. Entre sus obras publicadas destaquemos la Ciencia de la Mitología, en 1903; la Antroposociología, 1911; Como habla Ancián, 1913, que es una visión crítica sobre diversos aspectos de las sociedades civilizadas. Obras dedicadas más concretamente a Sevilla: Una pinacoteca sevillana, 1922; y en sucesivos años salieron los dos tomos de El Cicerone de Sevilla, compendio del arte sevillano desde las manifestaciones arquitectónicas hasta la artesanía de bordados y encajes.
El 16 de Febrero de 1835, el ayuntamiento de Sevilla le otorga el título de Hijo Ilustre de Sevilla. Ese mismo año, con ocasión de las fiestas de la República el 14 de Abril, el gobierno le concedía la Banda de la Orden de la República. Siendo Presidente de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, muere en 1941 con ochenta y dos años.
Su gran capacidad de trabajo, austeridad e integridad están animados por un mismo motivo, su amor a la tierra y al pueblo andaluz. Inmerso en el movimiento regeneracionista de su época, lo interpretará desde la óptica que le da su conciencia andaluza: trabajar para sacar a Andalucía de su estado de atraso y marginación, para convertir el Ideal Andaluz en una voluntad histórica del Pueblo Andaluz. A ello dedica su larga vida, y de la forma radical que él entendía: "…en todas las manifestaciones de la vida social –diría-, lo que aparece hoy revolucionario resulta mañana normal y corriente. La marcha sucesiva de la sociedad, de la historia, de la vida, no permite quedar al sol con los brazos cruzados, y obliga a trabajar necesariamente tanto más cuanto que se acercan momentos de hondas transformaciones sociales".
De la labor investigadora sobre nuestro pasado que realizó Joaquín Guichot, Alejandro sacaría sus propias conclusiones: "…así como cuatro siglos de historia nacional, de historia nacional equivocada, ha hecho de nuestro pueblo (…) un pueblo sumido en el atraso, influenciado por el elemento clerical y la política de medro, que llevaron como natural consecuencia grandes daños en todos los órdenes de la vida a nuestras provincias…".
Su labor en pro de la cultura popular no se detiene. Colabora en la fundación de la Casa del Pueblo, constituida el 5 de Febrero de 1905 y de la que es nombrado Presidente Honorario. "Parte del plan de conferencias –diría- ideado para la proyectada universidad, fue aplicado, en años sucesivos, en la grande cooperativa de consumo obrera denominada Casa del Pueblo, que inicié pensándola como escuela de educación popular (…) Continúe la labor de conferencias educativas, principalmente, en los gremios obreros y los centros populares a instancias de los mismos…". Más adelante, en 1922 colaboró en la fundación del Ateneo Popular junto con otros andalucistas como José Andrés Vázquez, Muñoz San Román, y Blas Infante. Con este último le unió una estrecha amistad por sus afinidades ideológicas.-
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