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JUTBA 3:
Primera Parte
Ramadán es el mes del Corán, es el mes en que fue revelado el
Libro, es el momento en que se manifestó el Islam, y por eso durante este
mes todo es más intenso, el Islam se hace omnipresente, se materializa...
El Corán enseña que lo más importante en las ‘Ibâdas -en las prácticas
islámicas- es el Dzikrullâh, el Recuerdo de Allah: wa la-dzikru llâhi
ákbar, “el Recuerdo de Allah es lo más grande...”, y el ayuno
de Ramadán es una ‘Ibâda que dura sin interrupción un mes, y de ahí su
intensidad, su fuerza, y el por qué los musulmanes estiman tanto este mes
y son pocos los que no cumplan con sus exigencias mínimas.
A lo largo de este mes nuestra sensibilidad se acrecienta, y es algo fácil
de notar: estamos más excitables, para bien y para mal, y eso es bueno.
Nos conocemos mejor durante este mes que es Karîm, que es Noble y
Generoso, porque es un tiempo de la verdad, de lo auténtico. Debemos
prestarnos atención durante este mes en el que todo es revelado y nosotros
nos revelamos a nosotros mismos. Por eso decimos que Ramadán es
generosidad, porque todo se nos da, todo se nos ofrece, y nuestro carácter
más recóndito se nos muestra, se nos entrega, nos presenta la oportunidad
para descubrirnos. Ramadán es una ocasión única: al mostrarnos nuestras
aristas nos permite limar nuestras asperezas. Realmente, aprovecha su
ayuno aquél que sale de Ramadán con una idea más clara de lo que él mismo
es y de lo que debe hacer para mejorar como ser humano.
Ramadán es un obsequio. Ciertamente, es duro. Durante él nos privamos de
cosas que nos apetecen y nos abstenemos de cosas a las que estamos
acostumbrados, y siempre es pesado romper con la rutina. Y, además,
Ramadán fatiga al cuerpo: éste se cansa pronto, se vuelve perezoso cuando
no se le da lo que quiere. Pero a cambio de esa debilidad momentánea, a
pesar de esa fatiga física, el ayuno de Ramadán comunica fuerza. Es como
el ejercicio que agota pero fortalece, nos cansa pero a la vez comunica
vigor y energía al cuerpo. Ramadán es un obsequio porque nos da mucho más
de lo que nos quita. Privando al cuerpo del alimento que lo fortalece,
simultáneamente le está comunicando una fuerza más poderosa, porque
alimenta la voluntad. Y la eficacia de esto la advertimos cuando
recordamos que cientos de millones de personas ayunan con nosotros, sea
cual sea su condición, y superan las dificultades porque en ellos hay algo
poderoso.
Esto último es algo muy importante que nos enseña Ramadán y que después,
lamentablemente, olvidamos pronto. Lo que nos hace superar las
dificultades que nos plantea Ramadán, esa voluntad poderosa que nos empuja
y nos permite afrontar privaciones con tal de cumplir con algo como
Ramadán, esa voluntad es capaz de trastocarlo todo. Tenemos en nosotros el
germen de lo que podría trasformar nuestra realidad y conducirnos adonde
queramos. Si somos capaces de superar el ayuno, podemos, sin duda,
alcanzar las metas que nos propongamos. Y esta es la gran enseñanza que
debemos extraer del esfuerzo que estamos haciendo ahora para cumplir con
rigor las duras exigencias de este mes que es extraordinariamente generoso
porque nos está regalando la posibilidad de algo infinitamente mejor
siempre, de crecer hasta donde podamos, sin que nada nos detenga.
En realidad, si lo pensamos con detenimiento, el Islam entero se basa en
la confianza en la fuerza de la voluntad humana. Por ello, el verdadero
cimiento del Islam es el Yihâd, es el esfuerzo, la lucha, el combate. El
Yihâd es la esencia del sendero por el que caminamos hacia Allah. El Yihâd
es lo que hace del Islam algo vivo, en movimiento, en constante
efervescencia, y es porque los musulmanes son formados en la conciencia
clara de que el ser humano existe para actuar, para ser y para hacer, para
conquistar metas y alcanzar cumbres. Sólo el desarraigo de las
generaciones actuales está haciendo olvidar a los musulmanes estas
esencias de su Islam, y es un desarraigo planificado para rendirlos ante
dioses que nuestros antepasados jamás hubieran aceptado...
Ramadán tiene una envergadura enorme. Es difícil hacer una valoración
justa de todas sus implicaciones. Sus beneficios son infinitos, pero lo
más grande de Ramadán es el Recuerdo de Allah, y a este punto es al que
siempre hay que retornar. Recordar a Allah es asomarse a la eternidad, es
arriesgarse a lo descomunal, y ahí es donde el ser humano, al perder de
vista los límites que nos condicionan, saborea la grandeza de la Verdad
que lo hace ser. Es ahí, en esa rendición absoluta a su Señor, donde el
hombre se agranda. Cada instante del musulmán debe ser Recuerdo, debe ser
‘vivir en Allah’, pero durante Ramadán no hay excusas para faltar a esa
gran exigencia del Islam. Y es como si todo fuera conjugándose para hacer
de ese Recuerdo algo inevitable. Por eso hablábamos al principio de esta
charla de la densificación del Islam en este mes de ayuno. Hasta nuestro
cuerpo es abatido por la fuerza de Allah. Ojalá fuéramos tan sensibles
como nuestro cuerpo, porque entonces sentiríamos el Poder de Allah
haciéndonos ser, estructurándonos, y en esa sensación entraríamos en
comunicación con la existencia entera: ahí desaparecerían nuestros miedos,
nuestros fantasmas, ahí se diluirían nuestras frustraciones, ahí se
apaciguaría nuestro dolor, y nuestra existencia pasaría a ser un Jardín,
que es lo que Allah ha prometido a los suyos.
La base del Islam es el Tawhîd, la Unidad y Unicidad
de Allah, y el Tawhîd es también un camino: el camino hacia la
integración de esa Unidad en nuestra existencia. Quien realmente ‘sabe’
que su Señor es Uno queda trasformado por la fuerza de esa Verdad. ‘Saber’
que Allah es Uno no es una ‘declaración’, es una conquista, y por eso, ese
saber es logrado por quien está constantemente en Yihâd, en lucha y
esfuerzo. Sólo derribando dioses el ser humano profundiza en el
conocimiento de su verdadero Señor. Quien ‘ayuna’ de dioses, quien se
abstiene de ellos, quien los deja atrás, avanza en el Tawhîd, se
adelanta hacia Allah.
El musulmán ha abandonado la idolatría. Eso era fácil. Rasûlullâh (s.a.s.)
advirtió sin embargo que había una forma de idolatría sutil de la que no
se libra tan fácilmente el musulmán. Ash-shirk al-jafí, la
idolatría invisible: ésa es la forma de idolatría que debemos combatir
con más ahínco. Se trata de la arrogancia, la adoración de nosotros
mismos. Y esta lucha interior es perfectamente simbolizada por este mes de
Ramadán, en el que privamos de alimento a nuestro egoísmo. En Ramadán nos
sujetamos a nosotros mismos, nos poseemos, en lugar de abandonarnos a
nuestros caprichos, y podemos aspirar entonces a algo más elevado. Ojala
seamos conscientes de todas las implicaciones del ayuno, al igual que
somos conscientes de sus exigencias, y al igual que cumplimos con éstas,
ojalá alcancemos las metas que nos muestran.
du‘â ...
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