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Abfû 'Abdallah
Muhammad b. Ashraf ar-Rundi
(202)
Era uno de los siete
Abdal (203).
Viviendo en las montañas y a lo largo de las costas, evitó los lugares
habitados durante cerca de treinta años. Tenía una profunda intuición, lloraba y
meditaba mucho y guardaba silencio perpetuo. Con frecuencia, absorto en su
meditación, trazaba líneas en el suelo con el dedo, luego levantaba la
cabeza
y respiraba profundamente haciendo un ruido
sordo con su pecho. Su dominio estático (wajd)
(204)
era intenso y sus lágrimas abundantes.
Fui compañero suyo y lo visité cierto tiempo.
Estaba contento con mis visitas y se alegraba al verme llegar.. Procedía de una
familia rica y noble.
Un día salí de Sidonia y me dirigí hacia la
costa con el fin de conocer a otros hermanos. Me había llevado conmigo a un
muchachito que aspiraba a mi compañía. Por el camino, vi a dos hombres delante
de nosotros. Uno de ellos, alto y con la piel oscura, era ´Abd as-Salân as-Sâ'ih,
que viajaba siempre y nunca se quedaba en un lugar; el otro se llamaba Muharnmad
b. al-Hajj, de los Banû Jawâd. Aunque estaban bastante lejos delante de mí y
caminaban a buen paso, los alcancé y los adelanté, apresurando la marcha. Como
era viernes, me detuve en la ciudad de Rota para esperar la hora del salat en
común (205). Entré en la mezquita e hice dos
rakatas206. Este lugar, visitado por los santos
(ac-câlihûn) durante la noche, había sido el fortín de Hasan, hombre cuya
barakah era célebre. Y en ese lugar se me ocurrió una cosa interesante.
No llevaba mucho tiempo cuando Abû 'Abdallah b.
Ashraf llegó. Cuando entraba, los dos hombres a los que había adelantado por el
camino le reconocieron y se levantaron para ir a saludarlo. Mientras tanto, yo
estaba tumbado de costado y me golpeaba el pecho recitando estos versos:
Risa de perlas
Cara de luna resplandeciente
El tiempo no puede cogerlo
Pero mi corazón
(cadr) lo contiene
(207).
El shaykh se acercó después hacia mí, me levantó
y dijo: "¿Intentas disimular tu identidad?" A lo que yo contesté:
"¿No haces tú lo mismo?" y era verdad.
El jefe del pueblo vino a invitarme a
romper el ayuno en su casa y añadió que podía llevar a quien quisiera. Pero el
shaykh me dijo: "No toques esa comida. Sigue mejor a los hermanos y, cuando
ellos coman, tú vendrás a romper el ayuno conmigo". Y eso hice.
Me informó de muchas cosas y me prometió que
lo volvería a encontrar en Sevilla. Después de haber estado con él durante tres
días, le dejé. Anteriormente, me había predicho exactamente lo que me iba a
ocurrir después de mi partida y todo sucedió como él había pronosticado.
Después de llegar a Sevilla, Allah me
metió en la cabeza que fuera a visitar a ese shaykh para que una vez más me
beneficiara de su compañía. Era martes y mi madre me había dado permiso para
salir. A la mañana siguiente, oí que llamaban a la puerta; al abrir, vi a un
hombre del desierto que me dijo: "¿Eres Muharnmad Ibn 'Arabi?". Le respondí que
sí y añadió: "Mientras caminaba entre Marchena y Purchena, conocí a un hombre
que me inspiró un temor reverencial (haybah). Con voz ronca me preguntó
si iba a Sevilla. Como me dirigía allí, me dijo: 'Busca la casa de Muhammad Ibn
'Arabi; encuéntralo y dile que su compañero ar-Rundí le saluda. Dile también que
contaba con venir a verle, pero que de pronto se le ocurrió la idea de viajar a
Túnez. Que viaje en paz y, si Allah quiere, me encontrará en Sevilla cuando yo
vaya"'.
Todo ocurrió como él había dicho, puesto que al
día siguiente salí para Túnez para verle, así que estuve ausente durante algún
tiempo. Uno o dos días después de mi regreso a Sevilla, lo encontré en casa de
Abíl 'Abdallah al-Qastîlî (208)
y pasé la noche en
su compañía.
Una de las cosas que le han dado la fama son sus
prolongadas permanencias en una montaña cerca de Morón. Una noche, un hombre que
se encontraba en los alrededores, vio erigirse una columna de luz tan
deslumbrante que no podía mirarla fijamente. Cuando se acercó a ella, se dio
cuenta de que se trataba de Abû 'Abdallâh que estaba haciendo el salat. El
hombre se marchó a contarle a la gente lo que había visto.
Se ganaba la vida cogiendo manzanilla de
la montaña para venderla después en el pueblo.
Le vi hacer cosas inauditas. Un día, le
sorprendieron unos salteadores mientras estaba sentado cerca de una fuente y le
amenazaron de muerte para que les diera su ropa. Ante estas palabras, lloró y
respondió: 'Por Allah! No puedo permitirme el facilitaros vuestra desobediencia.
Si queréis algo, cogedlo vosotros mismos!". El ardor de la fe se apoderó de él y
les lanzó su famosa mirada. Los salteadores huyeron inmediatamente.
Otro día, mientras paseábamos al borde
del mar, me preguntó sobre este versículo: "No deseo de ellos ninguna
subsistencia y no deseo que Me alimenten"
(209). No respondí, luego le dejé. Cuatro años después, le volvía a
encontrar y le dije que ya tenía la respuesta a su pregunta. "Dámela, me dijo,
pues después de cuatro años ya va siendo hora". Entonces le di mi respuesta y me
admiré de que se acordara del versículo.
Llevaba mucho tiempo deseando presentarle a mi
compañero 'Abdalláh Badr al-Habashâ; así, cuando vinimos a Andalucía, nos
detuvimos en Ronda. Mientras estuvimos allí, hubo un entierro al que asistimos
y, durante el salat, vi que Ablû 'Abdallâh estaba delante de mí. Yo le mostré a
mi compañero e hice las presentaciones, después regresamos al lugar en que yo
vivía. Al-Habashi expresó el deseo de ver un ejemplo de su carisma. Cuando llegó
la hora de la puesta de sol, hicimos el salat; luego, como el propietario de la
casa tardaba en encender la lámpara, mi compañero pidió luz. Abû
'Abdalláh asintió; en ese
momento cogió un puñado de hierba que encontró por la casa y, ante nuestros
ojos, la tocó con su índice diciendo: "Aquí hay fuego!". La hierba se
encendió inmediatamente y prendimos la lámpara. A veces cogía fuego de la estufa
con su mano y, aunque el fuego se pegaba a él, no le causaba ni dolor ni
quemaduras.
Era analfabeto. Una vez le pregunté sobre sus
llantos y me respondió: "Había hecho el juramento de no invocar nunca a Allah
contra nadie; sin embargo, un día lo hice con un hombre que me había irritado, y
murió. Todavía hoy me estoy arrepintiendo".
Era que Allah esté satisfecho de él! una
misericordia para el mundo. He aprendido muchas cosas de él, pero el tiempo
apremia y debo detenerme aquí.
Ad-Durrat al-dkhirah
(21O)
Nos estábamos preparando para hacer el salat
fuera de Marchena, cuando surgió una diferencia respecto a la
qiblah
(211).
Entonces indicó la dirección buena con su dedo diciendo: "Ahí está la Ka'bah!".
Hicimos el salat y vi el Templo Sagrado con las personas que cumplían sus viajes
rituales; en realidad, hasta percibí a un conocido entre los que estaban cerca
de la Ka'bah. De esta forma, realizábamos el salat con toda certeza. Después del
salat, la Ka'bah desapareció.
Un día me hizo enrollar tres dirhams en una
larga mata de pelo. Me lo guardé todo en el bolsillo porque debía viajar de
noche. Al caminar por la ruta, oí a unos hombres. El lugar era peligroso. Al
llegar a su altura, vi que uno de ellos sufría un violento dolor. Me suplicaron
en nombre de Allah que empleara algún remedio para curarlo.
Recordé en ese momento que uno de nuestros
shaykhs había afirmado que bastaría con aplicar un dirham auténtico sobre un
dolor para que éste desapareciera inmediatamente. Así que tomé uno de los
dirhams y les aconsejé a aquellos hombres que lo colocaran en el
lugar
del daño. Nada más hacerlo, el sufrimiento desapareció; el hombre se levantó y
se marchó con sus compañeros.
Antes de irse, me pidieron que les dejara
el dirham; yo acepté y reemprendí el camino. Cuando llegué a mi
casa
en Sevilla, recibí la visita de Muhammad al-Khayyar y de su hermano Ahmad, del
que ya he hablado (212). Y me dijeron: "Vimos que
habías regresado la noche anterior, pero no teníamos nada para ofrecerte como
hospitalidad; así que danos los dos dirhams que quedan para que,compremos
algo para comer esta noche”
NOTAS
202.- Cf., Futûhat, II, pág.
7;
203.- Cf., supra, n. 197.
Remitirse a La Parure des Abdâl de Ibn 'Arabi, trad. M. Valsan, 1951
(aparecida en los E.T. en 1950).
204.- El wajd, traducido
normalmente como "éxtasis", designa una noción bastante compleja de definir,
mucho más todavía al ser inseparable de otras tres palabras: tawajud, wijdân
y wujûd, derivadas todas de la raíz wajada, cuyo principal
sentido es "hallar". El tawâjud es la "búsqueda del wajd", por
ejemplo con motivo de una sesión de "audición espiritual" (sama'), que
podrá facilitar la súbita obtención del qajd que es, según Ibn 'Arabi,
"lo que encuentra (cadafa/wajada) el corazón en el momento de la visión,
en el plano de los estados ocultos". (Ictaliâhât, s.v.). Las circunstancias
y las modalidades de esta "influencia estática" pueden darle una apariencia de
emotividad, pero, como subraya Hujîrî, esta marca afectiva no está realmente
presente más que cuando el conocimiento o el dominio de sí son débiles. Esto
puede ser también, a un nivel más elevado, la tristeza y el
desarraigo del que, como Junayad,
avanza al encuentro ineludible de Otro distinto a sí mismo, pues. en el sentido
fuerte del término, el wajd implica la pérdida de los atributos humanos
(kasf al-majhûb). De este modo podemos decir que el wajd es al
mismo tiempo un estado de extinción debido al choque del encuentro de estados
bruscamente descubiertos, y la revelación súbita de una visión que provoca en el
ser una desposesión de sí. Si el wajd se prolonga, de tal forma que se
saboree su fruto, es el wijdân, luego, cuando la embriaguez y el estupor
dejan su sitio a la sobriedad y a la estabilidad, el ser llega a la
"realización" (al-wujûd), que es "la consumación de lo Verdadero en el
dominio estático (wijdân al-Haqq fi-l-wajd) (Ictilâhât, s.v., trad. M.
Vâlsan en E.T., 1961, pág. 40, n. 17). El término wujûd tiene aquí
evidentemente un sentido profundo que es preciso diferenciar del sentido general
de "existencia", especialmente de existencia condicionada, como vemos en este
verso de Junayd: "Mi realización (wujûd) es la ausencia de la
existencia
(wujûd)
gracias a lo que se me presenta en la visión (shuhûd).
205.- Cf. M. 111.
206.- Esta visita a Rota tuvo lugar
en el 590/1193, después de su regreso de África. En el camino, tuvo un encuentro
con al-Khadir.
207.- Se refiere aquí al hadith
qudsi: "Mi Cielo y Mi Tierra no pueden contenerme, pero el corazón de Mi siervo
creyente Me contiene".
208.- Cf., infra, pág. 151.
209.- El Corán, LI, 57.
210.- Esad Ef. 1777, f. 95 b.
211.- CF., supra, n. 5.
212.- Cf., Supra, pág.
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