ABÛ AI-HAJJÂJ Y’ÛSUF ASH-SHUBARBULÎ
Era
originario de Shubarbul, pueblo del Aljarafe, aproximadamente a dos paransangas
de Sevilla. Pasó gran parte de su vida en lugares desiertos. Era compañero de
Abû ‘Abdallâh b. al-Mujâhid
y se ganaba la vida trabajando con sus propias manos. Entró en el Camino antes
de haber alcanzado la pubertad y lo siguió hasta su muerte. Ibn al-Mujâhid, el
maestro de nuestro Camino en este país, sentía por él mucho respeto y, cuando
venía a verle, acostumbraba a decir: “Pedid a Abú al-Hajjâj ash Shubarbulî que
ruegue por vosotros”. Es el propio Abú al Hajjâj el que me lo ha contado.
Me contó
también que visitaba a Ibn al-Mujâhid todos los viernes y que una vez lo
encontró delante de una pared de su casa que se había caído y que estaba
arreglando para poner a su familia a cubierto. “Después de haberme saludado, Ibn
al-Mujâhid me dijo: ‘Abû al-Flajjâj, hoy es jueves, has venido en un día
desacostumbrado’. Yo le contesté que estábamos a viernes. Y al oírlo, I al-Mujâhid
golpeó con sus manos y exclamó: ‘Pobre de mí! Y todo eso porque tenía ese
trabajo que hacer. ¿Qué habría ocurrido si hubiera tenido más?’. Se lamentó y
lloró, sintiendo el tiempo que había perdido
Al contármelo, el propio Abû al-Hajjâj también lloraba; luego añadió: “Así es
como se afligen los nuestros, siempre que han perdido la felicidad de la
presencia de Allah”.
Aunque Abû
al-Hajjâj era, sin duda, el más eminente de nosotros, continuó alimentándose del
trabajo de sus manos hasta que se volvió demasiado débil y tuvo que contar con
los donativos piadosos. Cuando se volvió viejo y demasiado débil para
desplazarse, lloraba y me decía: “Hijo mío, Allah me ha concedido el favor de
recibir muchas visitas a casa, pero de esta forma El me expone a la tentación;
pues, ¿Quién soy yo para creerme digno de todo eso? Ojalá tuviera buena salud,
preferiría con mucho visitar a la gente en sus casas mejor que recibirlos”.
Era
realmente una misericordia para el mundo. Cuando las gentes del Sultán venían a
verlo, me decía: “Hijo mío, estos hombres son los ayudantes de la verdad (al
haqq) ocupados en los asuntos del mundo; Allah pide que se ruegue mucho por
ellos para que El conceda la verdad (al-haqq) a sus actos y los ayude”. El
Sultán tenía muchas deferencias con él.
Fuera cual fuera la cantidad de
personas que vinieran a visitarlo, él les ofrecía toda la comida que poseía, sin
apartar nada para él. Un día, delante de unos señores, me
dijo: “Hijo mío, tráeme la
cesta”. Se la llevé, pero no encontré nada en ella más que un puñado de
garbanzos; los puse delante de ellos y se los comieron.
Fuí
testigo de numerosas pruebas de su gracia espiritual; era de esos que pueden
caminar sobre las aguas.
Había un
pozo en su jardín, de donde sacaba el agua para las abluciones. Habíamos
observado que, al lado del pozo, había un gran olivo cubierto de hojas y de
frutos, con el tronco fuerte. Uno de nosotros le preguntó por qué había plantado
un olivo en aquel lugar, pues dificultaba el acceso al pozo. Levantó la cabeza
hacia nosotros, pues la edad había curvado su espalda, y dijo: “Me he criado en
esta casa y, por Allah!, os aseguro que nunca había notado ese olivo hasta hoy”.
Tal era la intensidad de la ocupación de su corazón.
Siempre
que uno de nosotros entraba en su casa, le encontraba leyendo el Corán. No leyó
otro libro hasta su muerte.
Este
shaykh tenía una gata negra que dormía sobre sus rodillas y que nadie podía
coger o acariciar. Una vez me contó que la gata podía reconocer a los Amigos de
Allah (awliyá, los querido por Allah ) y me explicó que esa actitud huidiza no
era natural en ella, pues Allah la volvía muy afectuosa con los Amigos de Allah.
Yo mismo la vi frotar su cara contra las piernas de algunos visitantes y huir de
otros. El día en que nuestro shaykh Abú Ja’far al-’Uryanî
fue a verle por primera vez, la gata estaba en la otra habitación. Antes de que
se sentara, entró y le miró; entonces dio un salto, echó sus patas alrededor de
su cuello y frotó su cabeza contra su barba. Abû al-Hajjûj se levantó para
recibirlo y le hizo sentarse, pero no dijo nada. Después me confesó que nunca
había visto la gata comportarse de aquella manera y que había continuado así
mientras duró la visita.
Un día que
yo estaba con el shaykh en una sesión, un hombre vino a verle; padecía un dolor
de ojos tan fuerte que chillaba como una mujer de parto. Había gritado tanto al
entrar que había molestado a las personas presentes; el propio shaykh palideció
y se puso a temblar. Levantando entonces su mano bendita, la puso sobre los ojos
y el dolor cesó. El hombre quedó tendido en el suelo, como muerto. Finalmente,
se levantó y abandonó la casa con los demás, completamente curado.
Este
shaykh siempre estaba acompañado por un jinn virtuoso y creyente.Un
día, le visité con nuestro shaykh Abû Muhammad al-Mawrûrî
y le dije: “Oh, Sîdî! este es uno de los compañeros de Abû Madyan”. Entonces
sonrió y dijo: “Qué maravilla! También ayer, Abû Madyan estuvo en mi casa. Qué
excelente shaykh!”. Hay que decir que en aquella época, Abû Madyan vivía en
Bougie, aproximadamente a cuarenta y cinco días de camino. Así que la visita de
Abûu Madyan a Abû al-Hajjâj se había producido de forma sutil; a mí me solía
ocurrir lo mismo con Abû Ya’qûb.
Abú Madyan, por otra parte, hacía mucho que había dejado de viajar.
Hay muchas
cosas que recuerdo y que no puedo relatar aquí, cosa que también ocurre con los
demás. Solamente he escrito sobre ellos para demostrar que mi época no estaba
desprovista de hombres de espiritualidad (rijâl).
Ad-Durrat al-fâkhirah
Un día oí
una voz que recitaba el Corán al estilo del Shaykh. Le informé de ello y le dije
que se trataba de un jinn creyente que me había pedido que le dejara compartir
mi compañía; había insistido en ello y me había comprometido con un juramento.
Mantuve el compromiso y le permití que se sentara conmigo para estudiar el
Corán.
Abû al-Hajjâj como su propio
shaykh, siempre era complacido cuando efectuaba una invocacion (du’â’) y tenía
el poder de caminar sobre las aguas.
Una noche,
unos ladrones entraron en su casa y se llevaron algunas cosas. Mientras robaban,
el shaykh estaba en su estera realizando el salat (postración del musulmán cinco
veces al día), demasiado absorto en sus devociones para darse cuenta de su
presencia. Cuando los ladrones quisieron abandonar el lugar, no pudieron
encontrar ninguna salida y la pared parecía crecer ante sus ojos. Entonces
devolvieron los objetos y encontraron la puerta. Uno de ellos se quedó cerca de
ella y los demás regresaron a buscar los objetos que habían sustraído. Nada más
hacerlo, de nuevo no pudieron encontrar la salida. Cuando preguntaron a su jefe,
les aseguró que no se había movido del sitio, pero que ya no podía ver la
puerta. Repitieron la operación varias veces, pero sin éxito. Cuando se dieron
cuenta finalmente de lo que ocurría, devolvieron los objetos robados a su sitio
y salieron de la casa arrepentidos. Fue uno de los ladrones el que me contó esta
historia.
Me quedé
con él hasta su muerte, habiendo sido su compañero durante cerca de diez años.
Futûhât, I, pág. 206. Ibn Abbâr,
Takmilah, n. 2083.
La contribución de Ibn al-Mujâhid se explica
sobre todo por el hecho de que se trata de un viernes pues, además de su
importancia para todo musulmán debido a algunos ritos como la oración del
viernes (calâr al jum’ah) realizada en común en la mezquita, este día
comporta cierto número de gracias y de virtudes que deben ser percibidas
normalmente por la atenta sensibilidad de un hombre del Tacawwuf.
Los jinns son seres de naturaleza sutil
(“hechos de fuego”); algunos son impíos mientras que otros pueden ser
judíos, cristianos o musulmanes. Cf. El Corán, LI, 56 y LXXII, 1-15.
Aquí
se sitúa el relato del pozo y del olivar. Cuando Ibn ‘Arabi le pregunta,
responde: “Igual que hablar demasiado, también es censurable mirar demasiado
a su alrededor”.
Murió en el 587/21191, cuando ibn ‘Arabî tenía veintiséis años,