|

|
LOS SUFIS DE AL-ANDALUS
|
POR
IBN
ARABI |
|
|
|
|
ABÛ
YAHYÂ AC-CINHÂJÎ
Era un
ciego anciano
que había sido imán en la mezquita de Zubaydi hasta su muerte. Lo enterramos en
Almonteber y pasamos la noche sobre su tumba.
Le
frecuenté y le vi siempre aplicado a las obras de adoración; era un hombre que
tenía sólidos conocimientos en las disciplinas y ciencias espirituales. Nunca le
vi sentarse en otra parte que no fuera un pequeño taburete.
Murió
entre nosotros en Sevilla, ¡que Allah tenga misericordia de él! y, así, tuvimos
la prueba de su carisma. El viento no dejaba nunca de soplar en la montaña en la
que lo enterramos; aquel día, Allah aplacó el viento. La gente consideró eso
como un buen presagio y fueron a pasar la noche sobre su tumba para recitar el
Corán. Cuando abandonaron la montaña, el viento volvió a soplar como antes.
Yo era, como se sabe, uno de
sus compañeros.
Era de los que llevan una vida errante (min ahl as-siyâhât),
viajaba sobre todo a lo largo de las costas, buscando aislarse de los hombres.
“El errante (as-sâ’îh)
dice Ibn ‘Arabî, es el que circula por la tierra para extraer de ella temas
de meditación y, con ello, aproximarse a Alá, siguiendo un gusto por el
aislamiento que nace de su propia inclinación hacia la sociedad”. Cf.
Futûhât, cap. 174 y 175, traducidos por E. Dermenghem en Les plus beaux
textes arabes, 1951, pág. 279-84.
La khalwah, o el
hecho de aislarse de los hombres y del mundo, es una característica
importante de toda la espiritualidad tradicional. Algunos sufíes la han
practicado durante la mayor parte de su vida y otros no han recurrido a ella
más que en algunas épocas para restaurar esa integridad que el contacto con
el mundo debilito inevitablemente. Ibn ‘Arabi escribió un tratado sobre el
tema en el que da instrucciones para el retiro intensivo: Kitâb al-khalwah,
Aya Sofya, 1644. Sobre el mismo tema, ver Futûhâr, cap. 78 y 79, traducido
por M. Vâlsan, E.T., 1969, pág. 77-78.
|
|
|
|