Abú ‘Abdallâh Muhammad ash-Sharafî
Este
shaykh hacía siempre sus cinco salat en la gran mezquita de ‘Udays, en Sevilla.
Se ganaba la vida vendiendo opio[2],
que recogía en la buena estación y que vendía a personas íntegras, cuyo dinero
sabía que había sido ganado honradamente.
Se quedaba
tanto tiempo de pie realizando sus salat que sus pies se hinchaban y, en ese
estado, las lágrimas le corrían por la barba como perlas. Vivió en la misma casa
durante cuarenta años, sin encender nunca ni fuego ni luz, entregándose con
fervor a las obras de adoración.
Un día me
sorprendió retrasándome por mirar al loco del barrio que estaba en medio de la
muchedumbre. No le había visto, pero me cogió por la oreja, me llevó aparte y me
dijo: “¿Eres tú el que obra así?”. Ante estas palabras, me sentí totalmente
avergonzado y me dirigí con él a la mezquita.
Solía
anunciarme los acontecimientos antes de que se hubieran producido y todo ocurría
siempre como había pronosticado.
En la
mezquita, nunca ocupaba un lugar determinado ni hacía su salat dos veces en el
mismo sitio. Como nadie se atrevía a pedirle abiertamente que rogara por él, el
que quería beneficiarse de sus súplicas[3]
le acechaba cuando entraba en la mezquita para saber dónde iba a hacer su salat;
entonces iba a ponerme a su lado. Cuando el shaykh se sentaba después del salat,
la persona que deseaba su ayuda efectuaba su súplica (du’á) en voz alta y el
shaykh añadía su “Amin”; esa era su manera de suplicar. Un día, le pedí que
rogara por mí y lo hizo, empezando incluso la petición en mi lugar, alabado sea
Allah!. Siempre me dirigía la palabra el primero, pues sentía ante él un temor
reverencial. He sacado un gran provecho de su compañía.
Por lo que
respecta a sus gracias espirituales, observé que ante la proximidad de su
muerte, abandonó su morada diciendo que quería hacer un viaje. Se marchó hacia
su pueblo natal de Aljarafe, a dos parasangas[4]
de Sevilla. Cuando llegó, se murió. Que Allah sea misericordioso con él!
Un día vio
a un niño pequeño con un cesto de semillas de hinojo sobre la cabeza; el chico
parecía profundamente afligido. El shaykh le miró con asombro y se apiadó de él.
Este le pidió entonces una oración mientras la gente se amontonaba a su
alrededor. “¿Que te ocurre, hijo mío?”, le preguntó el shaykh. “Mi padre ha
muerto, dejando a mi madre y a mis hermanos sin recursos. Hoy nos hemos
levantado sin tener nada para comer y, como mi madre conservaba estas semillas
de hinojo, me dijo: ‘Cógelas, hijo mío, y vete a venderlas; si es suficiente,
tráenos con qué comer todo el día”. El shaykh lloró e, introduciendo la mano en
el cesto, sacó algunas semillas. A continuación dijo: “Es una buena mercancía,
pequeño. Ve a decirle a tu madre que tu tío de Aljarafe ha cogido algo, y que
está en deuda con vosotros”. Entonces un comerciante cogió el cesto y dijo:
“Ahora que el shaykh ha cogido, estas semillas tienen su bendición”. El
comerciante fue a buscar a la madre del chico y le dio setenta dinares mu’min[5]
por la cesta. El shaykh había obrado de esta forma por misericordia para con
ellos. ¡Que Allah esté satisfecho con él!.
Ad-Durrat al-fákhirah
[6]
Siempre
estaba ausente del país en la época de la peregrinación (hayy). Un grupo de
peregrinos de Sevilla le vieron.[7]
Un día, estaba con él para el
salat de medio día en la mezquita de ‘Udays, cuando observó una gran
concentración de personas. Me preguntó lo que venían a hacer y le dije que el
juez los había reunido para ratificar el nombramiento de un nuevo muhtasib[8],
ellos se habían pronunciado por aI-Irnâq. Al oír eso, sonrió y dijo:
“Cuando haya terminado el salat
del medio día, verán que les han impuesto a un hombre que ellos no habían
elegido”. Le pregunté quién podría ser, pero me contestó que lo sabría después
del salat. Entonces realice el salat con él y, cuando terminamos, el juez
anunció que había decidido nombrar a at-Talabî para el cargo. Luego se marchó.
El shaykh me dijo: “Ves, se ha comportado con ellos como un hombre inteligente
con su mujer: le pide su opinión, pero no actúa de acuerdo con sus pretensiones’
Las súplicas (du’â’) son invocaciones dichas fuera de las oraciones
canónicas y que a menudo van inmediatamente después. Aunque se consideran
una forma de oración personal y pueden decirse en una lengua distinta al
árabe, generalmente se componen de fórmulas árabes transmitidas por el
Profeta, sus Compañeros o algún gran santo, pues así es como transportan su
influencia espiritual.
La parasanga (farsakh),
medida de distancia de los antiguos persas, corresponde a un trayecto
recorrido en una hora por un caballo al paso; se ha evaluado en unos 5.250
metros.
Son los dinares acuñados
por ‘Abd al-Mu’min (muerto en 1163), sucesor del Mahdî Ibn Tûmart y fundador
de la dinastía mu’minide. Los almohades gobernaron en España hasta 1212.