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El primer sufí que encontré por el Camino de Allah fue Abû Ja’far Ahmad
al-’Uryanî. Este maestro vino a Sevilla cuando yo empezaba a adquirir el
conocimiento de este noble Camino.
Fui el primero en acercarme a él; al entrar en su casa, hallé a alguien dedicado
a la invocación (dhikr)
.Me presenté y supo de inmediato la necesidad espiritual que me había conducido
hasta él.
Entonces me preguntó: “¿Estás firmemente decidido a seguir el
Camino de Allah?” Y yo le respondí: “El siervo puede tomar la decisión, pero es
Allah quien decide”. A continuación me dijo: “Cierra tu puerta, rompe tus lazos,
toma al Generoso como compañero (al-Wahhâb), El te hablará con claridad”.
No cejé en mi empeño hasta que obtuve la Apertura.
Aunque este hombre del campo era iletrado y no sabía ni
escribir ni contar, bastaba con escuchar sus enseñanzas sobre el conocimiento de la
Unidad (at-tawhîd) para apreciar su nivel espiritual. Dominaba los
pensamientos (al-khawâtir) con su energía espiritual (him mah)
y podía superar los obstáculos de la existencia con las palabras. Se le veía
invocar en estado de pureza ritual, vuelto hacia la
quiblah
y casi siempre en ayunas.
Un día, los cristianos
le hicieron prisionero. Como sabía lo que iba a suceder, incluso antes de salir,
había advertido consecuentemente a los miembros de la caravana en la que viajaba
de que serían apresados todos al día siguiente. Por la mañana, como había
previsto, el enemigo les tendió una emboscada y los apresó. Con todo, tuvieron
mucha consideración con el shaykh y pusieron a su disposición un alojamiento
cómodo y servidores. Poco después, consiguió que lo liberaran a cambio de la
suma de quinientos dinares y se puso en camino hacia nuestro país.
A su llegada, le propusieron que recolectara el rescate entre dos o tres
personas. Y replicó: “No, me gustaría recibirlo de todas las personas posibles.
Si pudiera, lo obtendría de cada uno en pequeñas sumas, pues Allah me ha hecho
saber que, en cada alma que ha de ser pesada en la Balanza el Día del Juicio,
hay algo que merece salvarse del Fuego. De esta forma, obtendría el bien de cada
uno para la comunidad de Muhammad”.
Cuentan que, estando todavía en Sevilla, alguien fue a
informarle de que la gente de la fortaleza de Kutâmah
necesitaba lluvia. Aunque la fortaleza estaba separada de nosotros por el mar y
por un viaje de ocho días a través del país, se puso en camino con uno de sus
discípulos llamado Muhammad. Antes de su salida, le sugirieron que pidiera he
hiciera Du´a por
ellos sin emprender el viaje, pero contestó que Allah le había ordenado que se
dirigiera a ellos en persona. Cuando llegaron, no les dejaron entrar. Sin
embargo, incluso ignorado, realizo el
istisqâ
y Allah les envió la lluvia poco después. A su regreso, vino a vernos antes de
entrar en la ciudad. Su discípulo Muhammad nos contó más tarde que, cuando Allah
envió la lluvia, ésta cayó alrededor de ellos, pero que ni una gota les había
tocado. Al expresar al shaykh su sorpresa por el hecho de que la misericordia
divina no hubiera descendido sobre él también, el shaykh gritó y dijo: “Así
habría sido si yo lo hubiera pensado! “.
Un día estaba sentado junto al
shaykh, se presentó un hombre
con su hijo. Le saludó e indicó que hiciera lo mismo. Por aquella época, nuestro
shaykh había perdido ya la vista. El hombre le dijo: “Oh, Sîdî, este es mi hijo,
que se ha aprendido el Corán de memoria”
Al oir esto, la actitud del shaykh cambió por completo, bajo la influencia de un
estado espiritual (hâl). Entonces dijo al hombre: “Lo Eterno lleva
consigo lo transitorio. Que el Corán nos guíe (yahfizhy) y nos proteja (yahfizhy),
a nosotros y a tu hijo!”. Esta anécdota es un ejemplo de sus estados de
Presencia espiritual (hudûr).
Era inquebrantable en el Din de Allah e irreprochable en
todas las cosas. Siempre que iba a verle, me recibía con estas palabras:
“Bienvenido sea un hijo filial,
pues todos mis hijos han carecido de franqueza hacia mí y han renegado de mis
favores, excepto tú que siempre los has recibido y que siempre te has mostrado
agradecido por ellos. Allah no lo olvidará”.
En una ocasión le pregunté sobre los inicios de su vida
espiritual. Me informó de que el sustento de su vida espiritual. Me informó de
que el sustento de su familia para un año era de ocho medidas de higos
y que cuando estaba en recogimiento espiritual, su mujer vociferaba contra él y
le injuriaba, diciéndole que se moviera y que hiciera algo para satisfacer las
necesidades de su familia. Estas reprimendas le turbaban y entonces se ponía a
implorar: “Oh, Señor, estos asuntos se interponen entre Tú y yo, pues mi esposa se
obstina en importunarme. Si quieres que permanezca en Tu compañía, librame de
sus reproches, sino, dímelo”. Un día, Allah le llamó interiormente: “Oh,
Ahmad,
permanece en Mi compañía y ten por seguro que, antes de que el día termine, Yo
te proporcionaré veinte medidas de higos, lo suficiente para dos años y medio”.
Continuó su relato diciéndome que, en menos de una hora después, un hombre se
presentó en su casa para ofrecerle una medida de higos. Allah le dijo que esa era
la primera de las veinte medidas. Así, antes de la puesta de sol, dejaron veinte
sacos en su casa. Su familia estaba gozosa y su mujer, satisfecha, le dio las
gracias. El shaykh se entregaba mucho a la meditación y sus estados espirituales
le proporcionaban mucha alegría y esperanza
.
En el momento de mi última visita que Allah sea misericordioso
con él! estaba con mis compañeros. Cuando entramos en su casa, estaba sentado;
uno de nosotros tenía la intención de hacerle una pregunta pero, nada más
entrar, levantó la cabeza y dijo: “Examinemos un problema que ya te he expuesto, Abü Bakr (se refería a mí), pues siempre me ha sorprendido esa palabra de Abü
al-’Abbâs b. al-’Arîf
:
“...hasta que se extinga lo que no ha sido y
permanezca lo que nunca ha dejado de ser”
.Todos sabemos que lo que nunca existió se extingue (fâna) y que persiste
(bâqa) lo que nunca ha dejado de existir; pero, ¿qué entendía él por eso?
Como ninguno de mis compañeros estaba en condiciones de responderle, se dirigió
a mí. Aunque era capaz de tratar este asunto, me quedé en silencio, evitando
hablar de ello. El shaykh lo sabía y no repitió la pregunta
.
Guardaba su ropa para dormir
y no se turbaba durante las sesiones de samâ
, pero cuando oía recitar el Corán, abandonaba todo recato y se ponía muy
inquieto. Un día, estaba haciendo el salat de la mañana en su compañía, en
casa de mi amigo Abú ‘Abdallâh Muham mad al-Khayyât
,
apodado el Almidonero (al-’Accád), y de su hermano Abâ al-’Abbâs Ahmad
al-Harârî
el imân
recitó la surata “El Anuncio” (an-Nabâ)
Cuando llegó el versículo: “¿No hemos dispuesto la tierra como un lecho y las
montañas como pilares
?”, me distraje del relato del imán y ya no escuché nada más. Interiormente vi a
nuestro shaykh Abû Ja’far que decía: “El mundo es el lecho y los creyentes son
los pilares, los creyentes son el lecho y los cognoscentes los pilares, los
cognoscentes son el lecho y los profetas los pilares, los profetas son el lecho
y los enviados son los pilares
….” Enumeró otras verdades espirituales (haqâ’ iq) y después mi atención se
centró de nuevo en la salmodia del imán, que recitaba: “...y ha dicho la
verdad. Es el día de la Verda”.
Después del salat, le pregunté sobre lo que había visto y me di cuenta de
que sus pensamientos respecto a ese versículo habían sido idénticos a los que
había oído expresar en mi visión.
Un día, un hombre armado con un cuchillo se abalanzó sobre él
con la intención de matarlo. El shaykh ofreció tranquilamente su cuello. Sus
discípulos quisieron dominarlo, pero les dijo que le dejaran hacer lo que había
venido a hacer. No había hecho más que levantar el cuchillo para degollarlo,
cuando Allah hizo girar el arma en la mano del hombre, quien se asustó y la arrojó
al suelo. Luego se derrumbó a los pies del shaykh, lleno de remordimientos.
Si no fuera por falta de espacio, habría relatado otras
muchas cosas admirables sobre este shaykh, sobre sus sentencias alusivas y sobre
las charlas que tuvimos respecto a temas espirituales.
Este shaykh se volvió hacia Allah asistiendo a las sesiones
(majlis) del shaykh Abû ‘Abdallâh b. aI-Haw wâc al que conocí y con el que
trabé una verdadera amistad; no hablaré de él porque no entra en la categoría de
las personas consideradas en esta obra.
Al-’Uryanî era conocido por practicar el dhikr, tanto en
estado de vigilia como de sueño; yo mismo observé cómo se movía su lengua en la
invocación mientras estaba dormido. Sus estados espirituales eran intensos y las
gentes del lugar estaban tan mal avenidas con él que uno de los notables de la
comunidad llegó a hacerle desterrar.
Así fue como llegó a nuestra casa en Sevilla.
A raíz de su acción, Allah envió a las gentes del lugar un jinn,
llamado Khalaf, quien penetró en la casa del notable en cuestión y lo expulsó de
ella a la fuerza. Ese jinn se quedó y llamó a las gentes del lugar. Después de
llegar a la casa, oyeron cómo le preguntaba a uno de ellos si había desaparecido
algo de su casa y si sospechaba de quién lo había cogido. Al contestar el hombre
afirmativamente a las dos preguntas, el jinn le dijo que sus sospechas no tenían
fundamento y que el nombre del verdadero culpable era Fulano, el cual se había
quedado prendado de su mujer y había cometido adulterio con ella. El jinn le
ordenó que fuera a asegurarse en persona, y pudo comprobar que todo lo que le
había dicho era cierto. Continuó de esta forma descubriéndoles, igual que a sus
hijos, los males y vicios ocultos, hasta que quedaron reducidos a la
desesperación. Cuando le suplicaron que les dejara en paz, les contestó que
había sido ‘Abdallâh (al-’Uryanî) quien les había impuesto su presencia. Se
quedó entre ellos durante seis meses. Después fueron a buscar al al ‘Uryanî y le
suplicaron que regresara a su ciudad, implorando su perdón por lo que le habían
hecho. El shaykh reconsideró la decisión y se marchó con ellos para librarlos
del jinn. El hecho se hizo célebre en toda Sevilla.
Un día que yo estaba con él, pidió algo para beber.
Uno de sus discípulos se levantó y le trajo, en una bandeja de cobre, una jarra con un tapón de cobre. Cuando
bebió, exclamó: “No deseo beber lo que está contenido entre dos cosas maléficas.
Le llevó otra jarra. Allah hacía de cada cosa que le comunicaban sus sentidos un
medio de enseñar alguna sabiduría.
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Cf. Futûhât, I, pág. 186; II, pág. 177; III, pág. 539, donde aparece como
Abû al-’Abbâs. En la Durrah, le llaman ‘Abdalláh. (Cf. Etudes
Traditionnelles, 1962, pág. 169 y nl 12. Para referimos a esta revista,
emplearemos en lo sucesivo la abreviatura E.T.).
Llegó a Sevilla seguramente antes del
580/1184. Cf. Futûhâr, 11, pág. 425.
Recuerdo e invocación del nombre de Alá.
[4]
Los khawâtir son “palabras que vienen súbitamente y de forma no deliberada
al pensamiento” (cf. E.T., 1962, pág. 167 y n[ 5). Sobre la himmah “energía
espiritual” o “aspiración concentrativa”, cf. Futûhât cap. 229 y
E.T.. 1961,
pág. 89, n 28. Jurjânî en sus Ta’rîfât, la define como “la orientación y la
resolución del corazón que concentra todas sus energías espirituales hacia
lo Verdadero (al-Haqq) para alcanzar la perfección, ya sea para él mismo o
para otros” (trad. J.L. Michon).
[5]
La qiblah es la dirección de la Meca. Condición necesaria para la plegaria
ritual (calah); se recomienda, además, para cualquier obra de adoración, de
invocación (dhikr) o de lectura del Corán (cif, infra, pág. 127), pues esta
orientación espiritual representa simbólicamente la dirección de la
intención (miyyah); cf. R. Guénon, Le Roy du Monde, cap. VIII y Le
Symbolisme de la Croix, cap. VIII.
[7]
En la versión más detallada de esta historia en la Durrah, sus compañeros de
viaje y él cayeron en una emboscada apenas a tres kilómetros de su ciudad
natal, al venir de Sevilla. También se dice en ella que permaneció preso
seis meses.
Al-Qacr al-Kabîr. Cf. Archives Marocaines, II, 2 pág. 19.
Esta historia también se relata en la Durrah. En esta versión, al-‘Uryanì
recibe de Alá la orden de no entrar en la fortaleza y es el propio Ibn
‘Arabi el que le pregunta al shaykh por qué la lluvia no le ha caído a él.
Cf. Esad Ef. 1777, f. 93 b. La lluvia se asimila al descenso de las
influenciascelestes; no obstante, al no haber considerado más que el alivio
de los habitantes de la fortaleza, afectados por la sequía, al-’Uryani no se
había mencionado seguramente en su oración y por ello no había podido
aprovecharse de esa modalidad de la misericordia divina.
Al
decir al shaykh que su hijo es “de los que llevan el Corán (en su memoria)”
(Min humalati-l-qur’ân que es hafizh al-qur’án, el hombre emplea dos
expresiones que sirven normalmente para designar a quienes se han aprendido
el Corán de memoria. La frase contiene así los verbos hamala, llevar, y
hafizha, guardar (en la memoria), preservar, proteger.
El
parentesco es de índole espiritual aquí. La célebre Fâtimah de Córdoba dijo
un día a la madre de Ibn ‘Arabi que éste era, espiritualmente, su padre.
El
autor explica aquí que cada saco de higos pesaba cien rotl, y cada rotl
equivale aproximadamente a una libra.
Este célebre Sufí andaluz es el autor de Mahâsin al-majâlis, traducido y
editado por Asin Palacios.
Ibn ‘Arabî volverá sobre ello en su Livre de l’Exiinction dans la
Contemplation, traducido por M. Vâlsan; cif. E.T., 1961, pág. 39.
La
audición, como principio general, es el despertar de los estados
espirituales por la fuerza interior de un sonido exterior. De forma más
específica, el samâ’ consiste en escuchar música o poesía para provocar
díchos estados, como se practica en algunas hermandades sufíes. Cf.
Hujqîrî,
Kashf al-mahjûb, pág. 393 Ss.
El
que preside la oración hecha en común.
Estas meditaciones sobre los versículos
coránicos expresan una concepción jerárquica del universo. “Todo enviado
(rasûl)
es profeta (nabî) por su grado de inspiración: con todo, no es “enviado” más
que el profeta que promulgo una nueva ley sagrada” (nota de T. Burckhardt en
su traducción de la Sagesse des Prophetes de Ibn ‘Arabî, 1955, pág. 46).
El Corán. LXXVIII, 38-9.
Procedía de ‘U1ayâ ahora Lulé, cerca de
Silves,
en el Algarve.
Los jinns son seres de naturaleza sutil y pueden ser bien intencionados
hacia los hombres u hostiles.
La
palabra para designar el “cobre”, nuhâs, viene de la raíz nahisa, que
significa ser siniestro o de mal agüero, traer desgracia. Los dos planetas
maléficos en astrología, Marte y Saturno, se llaman an-Nahisân.

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