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«LA LUCIDEZ IMPLACABLE» 

RISALÂT AL-MALÂTIYYA

 

  SULAMÎ - Y.I.A.L.M.

 

CAPITULO VII :   Principios de Los hombres de la reprobación

Consideran politeísmo (o «asociacionismo», shirk) el hecho de alardear de un acto externo de devoción, y apostasía, el alardear de un estado interior).  

- Tienen por norma evitar toda manifestación de orgullo al recibir los dones (materiales) que les son otorgados (por la Providencia) y pedir con humildad. Si se les pregunta cualquier cosa sobre este tema, dirán que si bien es cierto que mendigar supone humillación, en los dones gratuitos de los que uno se beneficia hay lugar para el orgullo. No sucede así con el alimento, que se come humildemente, puesto que la condición de servidor (bajo la dependencia de Allah (s.w.t) no puede ser objeto de orgullo. Los malmatiyya se apoyan en estas palabras del Profeta: «No soy mas que un servidor, y como del mismo modo que comen los servidores». Se podría objetar que ese principio está en oposición aparente con lo que nos enseña la Tradición, cuando el Profeta dijo a Omar: «Ese dinero que Allah (s.w.t) te envía (sin duda en el momento de repartir el botín distribuido por el Profeta al regreso de una expedición) sin que tú lo hayas pedido ni codiciado, ¡acéptalo!». Se responderá que Omar consideraba su aceptación como una ocasión de mostrarse orgulloso y que el Profeta, le aconsejaba que se opusiera a esa reacción personal y se sustrajera al orgullo. La frase del Profeta significaría entonces: «Que esto no sea para ti ocasión de enorgullecerte)>. Rechazar la mansedumbre de la que se es objeto es, en efecto, una manifestación de amor propio y engendra orgullo.

         Satisfacer los derechos (del prójimo) sin exigir (a cambio) la satisfacción de los propios.

 - Si deben desposeerse de un bien, prefieren que esto le suceda de la forma más penosa para ellos, en lugar de lo contrario, para evitar, por ejemplo, toda complacencia personal en el hecho de hacer generosamente un donativo, o porque se avergüenzan de hacerlo precisamente de mala gana. Es así como se me refirió que un sheikh maliimati había sido despojado de su dinero y que decía (para ocultar su satisfacción) a quienes se apoderaban de él: «Este dinero es ilícito (se sobrentiende “para mí”) y no es lícito para vosotros». Se le preguntó por qué lo había declarado ilícito (barám) y respondió: «En realidad, no han hecho más que cogerlo.

 Este párrafo puede ser aclarado por la tradición referida por    Nawáwi en sus Rxiád al-Sálihín, pág. 195, no 563. «La    legitimidad de tomar aquello que no se ha pedido ni ansiado.    Se precisa allí que Omar había comenzado por rechazar el don del Profeta diciéndole: Da a alguien que necesite más que yo».

. Pensamos aquí en estas palabras de Vladimir Jankélévitch: (Paradoxe de la morale, pág. 166) y en éstas de Emmanuel        Lévinas: (Ddk Liberté, pág. 39), que les pertenecía, nada era mío, pero es de esta forma como lo que se debe le es tomado a aquel que lo da a regañadientes». Por su parte, este comportamiento se fundamenta en estas palabras del Profeta: «El voto (nadhr) no puede dispensar de lo que se debe, no sirve más que al avaro que rezonga al satisfacerlo».

-Según ellos, es la falta de atención (ghafla) lo que permite a los hombres mirar con complacencia sus propios actos y su condición espiritual. Si pudieran considerar atentamente lo que Allah (s.w.t)  les aporta, tendrían como despreciable en toda circunstancia lo que procede de ellos mismos y comprenderían que lo que se abona de positivo en su cuenta representa muy poco en comparación con lo negativo.

- A aquellos que les testimonian aversión, oponen el dominio de sí, la paciencia, la humildad, la indulgencia y la benevolencia, sin esperar que se les devuelva lo mismo. Y se apoyan para esto en unas palabras que  Allah (s.w.t) dirigió a Su Profeta: «Responde a cambio con una acción todavía mejor!)> (Corán XXIII, 96 y XLI, 34)

- Mantener el alma bajo sospecha en todas las circunstancias, muestre o no diligencia, dé prueba o no de obediencia, y, nunca, aprobarla ni ponerse de su parte.

 La misma expresión significa en árabe dialtal y en árabe moderno: «Actúa con dulzura y moderación».

- Según ellos, igualmente, cuando una experiencia interior del espíritu se manifiesta en el «secreto» (sobre la jerarquía de los niveles de la conciencia, véase nuestra Introducción), éste se atribuye con complacencia su apariencia. Cuando una experiencia interior del secreto se manifiesta en el corazón, se transforma para el secreto en apropiación idólatra (shirk). Cuando una experiencia interior del corazón se manifiesta en el alma, se transforma en polvo (Corán XXV, 23). Cuando un hombre hace alarde de sus obras y de sus experiencias interiores, eso es efecto de la ceguera estúpida de su naturaleza y del Demonio que se burla de él. Para aquel que desdeña esos engaños, no habrá sino progreso, y su ascensión a través de los diferentes grados de las experiencias interiores no se interrumpirá. Se elevará desde el nivel del secreto hasta el del espíritu sin que el corazón sepa nada de ello; se elevará desde el nivel del corazón hasta el del secreto sin que el alma sepa nada de ello; y se elevará desde el nivel del alma hasta el del corazón sin que su naturaleza (inferior) sepa nada de ello. Será para él la revelación: mirará de sí mismo lo que quiera y lo contemplará tal cual es. Su corazón, a su vez, será dotado de visión, y le serán comunicadas informaciones referentes a las realidades ocultas. Pero la contemplación obtenida por el espíritu y el secreto se hará sin que exista ya, en ningún caso, apropiación por parte del corazón y del alma. Al mismo tiempo, su persona exterior permanecerá firmemente unida a la ciencia (de las prácticas de la Ley) manteniendo asiduamente a su alma bajo sospecha, acusándola de estar en la ilusión engañosa y de dejarse arrastrar a las trampas. Es así como este hombre evitará comprometerse con ella y perder entonces el rango de los Justos). Preguntado por lo que caracteriza a los hombres de la reprobación, uno de ellos respondió que es la sospecha (tuhma) continua. Su circunspección (muhádhara) es en efecto constante, y aquél en quien está sólidamente establecida rechaza fácilmente todo lo que es dudoso y no comete actos impíos. Muhammad ibn alFarr’ me transmitió esta respuesta, que había escuchado de boca de ‘Abd Allh ibn Manzil, a la pregunta de si un malámatí podía formular exigencias: «,¿Qué le pertenece para arrogarse tal derecho?» ‘Abd Allh ibn Mulhammad planteó a ibn Nujayd la pregunta: «¿Tiene el malamati alguna característica que pueda definirle?», y su respuesta, tal como me la repitió, fue la siguiente: «Por supuesto! Exteriormente, está desprovisto de toda afectación; interiormente, está desprovisto de toda pretensión y nada (de este mundo) podría habitarle». Abd Alh me refirió igualmente que en otra ocasión había preguntado sobre el significado de la expresión «hombres de la reprobación,> a Ibn Nujayd, y que éste le había dicho entonces: «Se deriva necesariamente de los calificativos que han sido atribuidos al ser humano (por el Corán): El hombre ha sido creado de impaciencia” (Corán); “En verdad, el alma es la inspiradora constante del mal” (XII, 53); “El hombre tiene demasiada prisa” (XVII, 11); “En verdad, el hombre está lleno de ingratitud hacia su Señor” (C, 6); “El hombre ha sido creado versátil” (DCC, 19). Un ser cuya naturaleza es tal, ¿merece alabanzas o reprobación? Eso es lo que significa la denominación “Ahl al-Maidma”». A sus maestros les gusta asumir aspecto de mendigos aunque actúen como hombres virtuosos, y recomiendan igualmente a los discípulos que permanezcan en los zocos, que estén presentes físicamente en tales lugares aunque escapen mentalmente de allí. Mi abuelo (Ibn Nujayd) me repitió lo que le había confiado Abík Muhammad al-Jawni; éste le había dado el siguiente consejo: «Sigue en el zoco para asegurarte un medio de existencia, pero guárdate de utilizar lo que allí ganes para alimentarte, repártelo entre los pobres y, para poder comer, ¡mendiga!». Al-Jawni añadió: (Pero, cuando pedía limosna, exclamaban: “¡Ved a este hombre insaciable y codicioso! ¡Trabaja todo el día y además mendiga!”. Esto se prolongó hasta que llegó a sus oídos lo que se me había ordenado y, en ese momento, me otorgaron sus dones. Después de esta experiencia, Abu Hafs me dijo entonces que renunciara a trabajar para ganarme la vida y a practicar a la vez la mendicidad, y eso es lo que hice». Abu Hafs había exclamado: «Las gentes hablan de “proximidad”, de “unión”, de grados espirituales elevados, y yo, todo lo que le pido a Allah es que me muestre la vía a seguir, aunque sólo sea el primer paso». Y Abí Yazid afirmaba: «La gente cree que el camino que lleva a Allah (s.w.t)  es más claro y conocido que el sol, y yo todo lo que Le pido es que me conceda aunque sólo sea el conocimiento equivalente a la cabeza de un alfiler!». Cuanto más perfectas y elevadas son las relaciones que tienen con Allah (s.w.t), mayores pruebas de humildad dan los sheikh y menos caso hacen de su condición espiritual y de su propia persona. El efecto de esta disciplina es que será seguida por los discípulos y, al mismo tiempo, la realización perfecta de sus relaciones con el Ser divino les evitará dirigir su atención sobre otra realidad que Él y ser entonces privados de la «estación» espiritual que han alcanzado. Se dijo a uno de ellos: «Cómo es posible que sea tan rara la presunción entre vosotros?». Y se le respondió: «Las pretensiones no son sino una estúpida ceguera y un absurdo ridículo! Si quien las profiere se volviera hacia sí mismo, se daría cuenta de que su alma está desprovista de todo lo que él alardea y a cien leguas de todo lo que afirma. ¿No se encontraría entonces en la situación descrita por el poeta: “Hay desolación en los ojos de aquel que tiene sed y busca el agua con la mirada, cuando está cortado el camino que le llevaría a ella”?» Yo pregunté a Mubammad ibn al-Farrá’ cuál era la regla fundamental de los hombres de la reprobación, y ésta fue su respuesta: «Cuanto más perfecta es la realización de sus relaciones con Allah y más elevada es la naturaleza de la experiencia que viven en un momento privilegiado, más buscan refugio (en Él), más suplican humildemente, más unidos permanecen a la vía del temor y el espanto, pues temen que la condición en la que se encuentran sea ocasión de dejarse llevar a una trampa. Son como los compañeros de los profetas descritos por Allah (s.w.t)   cuando dice: «¡Cuántos profetas, junto a los cuales combatieron (o “fueron matados”, según otra lectura coránica) numerosos discípulos, sin perder el valor y sin desfallecer ante los golpes sufridos en el camino de Allah!» (Corán HL 146). He aquí cuáles eran sus cualidades, tal como Allah (s.w.t)  las ha enunciado, y Su Palabra es la Verdad. Pero luego, Él ha evocado su testimonio respecto de su propia persona a pesar de su condición espiritual anterior. Sus únicas palabras eran: “Señor! ¡perdona nuestros errores y las desviaciones de nuestra conducta, afirma nuestros pasos y socórrenos contra el pueblo de los infieles!” (Corán III, 147)». Recordemos a este respecto estas palabras del Profeta: «No soy más que un servidor, y como del mismo modo que comen los servidores» (cf. nota 20, p. 51). Se puede comparar con esta actitud lo que decía Abú IIaf, que me ha sido relatado por Alí ibn Bundr* según Malifu: «Desde hace cuarenta años, lo que experimento en mis relaciones con  es Allah (s.w.t) que Él me lanza la misma mirada que a los réprobos (Ahi al-shaqáwa) y todas mis obras muestran ¡que estoy destinado a la desdicha eterna!» El método seguido por Abú I-Iaf y sus discípulos consistía en exhortar a los novicios a la realización de obras piadosas y mortificaciones, ponderando sus nobles méritos y sus buenas acciones y animándoles así al cumplimiento sin descanso de las prácticas espirituales y a la lucha incesante consigo mismos. (A la inversa,) el método de Irlamdún al-Qar y sus discípulos era restringir a los ojos de los novicios el alcance de esas prácticas y mostrarles los defectos que las mancillan, a fin de que no fomentaran su vanidad, lo que sería deplorable para ellos. En cuanto a Abú Uthmán, se mantenía en su justo medio, adoptando una postura intermedia. Decía esto: «Los dos métodos son buenos, pero hay un momento para cada uno. Cuando el novicio viene a vernos, al principio le recomendamos la realización perfecta de las prácticas espirituales para que se aplique con asiduidad al cumplimiento de las obras y se atengan firmemente a ello. Cuando sucede así, y el novicio da prueba de perseverancia y su alma ha encontrado la quietud, es cuando le revelamos los defectos de sus prácticas. Mediante la revelación de las insuficiencias que hacen imperfectas sus obras a la mirada de Allah (s.w.t), aborrecerá esas faltas. De esta forma, permanecerá firme en el cumplimiento de las obras, pero sin sufrir su seducción engañosa. Si no lo hiciéramos así, ¿cómo podríamos mostrarle los defectos de unas obras que no habría realizado? Se trata, pues, de descubrirle las faltas de aquello a lo que (anteriormente) se haya aplicado con convicción». Éste es tal vez el método más equilibrado. Otra respuesta a la pregunta sobre «la vía de la reprobación» es la siguiente: «El maidmati trata de no destacar en nada que pudiera distinguirle de otros hombres, sea (por ejemplo) en su forma de vestir, en su manera de andar o de estar en una reunión. Igualmente debe respetar los preceptos de la vida exterior cuando está en compañía de los demás, pero siempre manteniendo una perfecta vigilancia que le mantendrá en un aislamiento íntimo. Lo que manifieste de su persona no presentará ninguna diferencia aparente con la de ellos; así, nada le distinguirá de los otros, pero su realidad interior no se plegará a esa conformidad. Se asociará con personas para todo lo referente a las cosas ordinarias y la vida normal, y es de esta forma como nada le diferenciará de los otros». «¿Qué es la reprobación?» y alguien dio esta definición: «Es no alardear de lo que hay de bueno en ti y no disimular lo que hay de malo». Se preguntó a un malámatí’: «¿Cómo es que no participáis en las sesiones de samá’ (reuniones místicas, acompañadas de cantos, que terminan con trances extáticos)?». «No es —respondió él— porque nos disgusten o las desaprobemos, sino porque tememos que desvelen a nuestro pesar los “estados interiores” que mantenemos secretos, y eso sería muy grave para nosotros.» Sé por Muhammad ibn Ahmad al-Sahmt, según Ahmad, hijo de Hamdún, que este último, preguntado en otra ocasión sobre la reprobación, había dicho: «Es el temor de los qadaritas y la esperanza de los murptas». Por lo que se refiere a las sesiones de samá’, la asistencia a ellas no les parecía recomendable más que para aquellos que fueran dueños de sí mismos. Esta frase sólo es comprensible si se da a la palabra «qadaritas» el sentido de «Mu’tazilitas» (algo así como teólogos racionalistas). Se trata aquí de los qadaritas en el sentido mas antiguo, es decir, de aquellos que creían en la omnipotencia divina y en la predestinación (qadar). En cuanto a los «murptas’, su tesis principal venía a decir que basta la fe, sin necesidad de las obras.

-Según ellos, hay cuatro tipos de invocación a Allah (s.w.t)  (dhikr): por la lengua, por el corazón, por el «secreto» y por el espiritu. Si la invocación del espíritu se realiza perfectamente el secreto y el corazón se callan, y es la invocación de la contemplación (musháhada). Si la invocación del secreto se realiza perfectamente, el corazón y el espíritu se callan, y es la invocación del temor reverencial (hayba). Si la invocación del corazón se realiza perfectamente, la de la lengua cesa, y es la invocación de los favores y las gracias; pero si el corazón está distraído, la lengua se ocupa de invocar y es la invocación rutinaria. También según ellos, cada una de esas diferentes invocaciones implica un riesgo. El que amenaza la invocación del espíritu es la mirada de codicia del secreto. El peligro para la invocación del secreto es la mirada de codicia del corazón, y para la del corazón es la mirada de codicia del alma. El riesgo de la invocación del alma (!) es que ésta considere su adquisición con complacencia y le conceda una importancia exagerada. El alma puede buscar también en la invocación una recompensa, cómo llegar por ese medio a una «estación» espiritual. El hombre mas mediocre (en semejante caso) es aquel que querría mostrarla a los otros y atraerlos a él gracias a ella o a lo que ella implica, y ésa es (la señal de) la disposición natural mas vil y mas baja. Un malamati dijo esto: «Al crear a los hombres, Allah revistió de belleza a algunos de ellos: les otorgó los dones de Sus luces, les concedió el contemplarle y estar en perfecta armonía con Él, y les prodigó lo que El había dispuesto para ellos con solicitud desde toda la eternidad. Colocó a otros en las tinieblas: las de su alma, sus tendencias naturales y sus pasiones. Aquellos a los que ha adornado son «los hombres del Tasawwufi (cf. la Introducción). Sin embargo, ellos han mostrado al mundo los favores excepcionales (o los «carismas») de Allah para con ellos y han comenzado a alardear y a hablar de ellos, descubriendo a las criaturas los secretos del Ser divino. Pero existe una tercera categoría, la de los hombres de la reprobación: ellos no muestran a los otros más que lo que les conviene —prácticas religiosas, conducta moral o actividades naturales— y se guardan de que nadie pueda lanzar una mirada o tener acceso a las valiosas realidades ocultas que son propiedad del Ser divino y que Él les ha confiado en depósito, evitando así obtener con ello respeto y consideración. Más aún, vigilan con celoso cuidado todas sus virtudes y sus obras meritorias, temiendo mostrarlas y sabiendo el partido que el alma sacaría de ello. En consecuencia, no dejan ver a los otros más que lo que puede desacreditarles a sus ojos y procurarles humillación y rechazo. De esta manera, desaprobados por el mundo, salvaguardan a la vez la pureza de sus obras exteriores y la de su realidad interior. Citemos a este respecto las palabras de uno de ellos: «La vía de la reprobación consiste en mostrar a las criaturas la condición de la “separación” (tafriqa) y en mantener oculta la realización interior de “la unión perfecta’ con Allah (‘ayn al-jam)».

-Uno de sus principios es reprimir el placer que  le procuran los actos de obediencia, pues existe ahí un veneno mortal.

-Igualmente, tienen como regla exaltar la importancia de todo lo que, en ellos, pertenece a Allah (s.w.t) en el ámbito que sea, y tener por poca cosa lo que procede de ellos cuando se reafirman en Su voluntad y cumplen actos de obediencia. En sus relaciones con Allah, se dedican a respetar los límites que les son impuestos y a no pronunciar deliberadamente palabras que les descubran ni a revelar un estado místico que debe permanecer secreto. En relación con ese principio, se pueden citar las siguientes palabras de Muhammad ibn Mús al-Farghnt (al-Wsiti): «Allah creó a Adán con Su mano y le insufló Su Espíritu, dijo a los ángeles que se prosternaran ante él y le enseñó todos los nombres (de los seres), pero luego le advirtió: “No depende más que de ti no sufrir hambre ni desnudez” (Corán XX, 118; alusión a las consecuencias de la tentación y la caída). Le hacía saber de esa manera lo que estaba en su poder para que no excediera los límites de su condición>). Se me han referido estas palabras de uno de sus maestros: «Aquel que no se apoya más que sobre sí mismo, da prueba de desmesura y será víctima del relajamiento». Conozco por Mansúr ibn bd Allah al-Isfaháni, por medio de ‘Umayy al-Bistmí, estas palabras de Abú Mansúr ibn ‘Abd Allah al-Isbalalni, uno de los informadores        de SulamI más frecuentemente citados por él. Sin duda el que es mencionado por Shadhart, y que murió en 1010-1011/401. Umayy   (Ammúya) al-Bisulnsi era hijo de Abü Músá  hijo de      Adam, hermano mayor de Abu Yazid. Abú Míist fue el principal transmisor de las frases de Alsá Yazid, del  que era discípulo.

Yazid: «Aquel que no considera que lo que está presente en su conciencia (sháhid) es un fenómeno que se impone a él con una necesidad natural, que los acontecimientos que se producen en él en ciertos momentos pertenecen al ámbito de la ilusión engañosa (ightirár), que sus experiencias interiores son trampas que se le tienden, que sus palabras son mentiras y que su devoción es desvergüenza (o “un acto interesado”, según una variante textual), ese hombre, digo, tiene una visión falsa». Muhammad ibn alFadl escribió a Abú ‘Uthmn para preguntarle cuáles eran para el servidor las obras y las experiencias interiores absolutamente puras, y ésta fue su respuesta: «Sabe —y que Allah te honre con Su satisfacción!— que sólo son así las que Hallah permite realizar al servidor sin la menor afectación por su parte y sustrayéndole a la consideración complaciente de sí mismo y de los que le miran; en cuanto a las experiencia   interiores, sólo será absolutamente pura para él la del secreto íntimo de su ser, que no es conocida más que por los grandes espirituales. Según las palabras divinas: “He aquí (lo que está prescrito), y quien respete las leyes de Allah, para él son entonces objeto de la piedad del corazón” (Corán XXII, 32). Esto significa para mí —pero Allah es más sabio— que aquel que respeta las leyes divinas es el ser que sigue el Libro de Allah y la Tradición de Su Profeta, y que es en su corazón donde respeta todo esto, hasta que le es imposible no conformarse a ello y no renunciar a su libre albedrío (ikhtiiár). Es el signo de los hombres sinceros, y eso es lo que nos pedía nuestro maestro Abu Hafi y recomendaban sus más eminentes discípulos». Mansitr ibn bd Alláh me ha referido, según ‘Umayy y el padre de este último, estas palabras de Ab Yazid: «Si pudiera recitar con total sinceridad las palabras sagradas: “No hay absolutamente ninguna otra divinidad sino Allah”, no tendría que preocuparme de nada más). Se cuenta que Abú Hafs habría dicho: «Los actos de obediencia prescritos son en apariencia una fuente de satisfacción personal, cuando en realidad eso procede de una ilusión. Lo que era del orden de la predestinación (maqdúr) puede en efecto formar parte de las prescripciones, y aquel que se regocija en cumplirlas se encuentra por tanto bajo el imperio de la ilusión». También habría dicho: «El alma ha sido creada enferma, su enfermedad son sus propios actos de obediencia, y el remedio que ha sido previsto para ella es no contar más que con lo que ha sido decretado por Allah desde toda la eternidad. Es así como el servidor no dejará de ejecutar los actos de obediencia, apartándose de ella». He leído en el libro de Ruwaym titulado “La   prueba de los gnósticos” un capítulo que se acerca mucho a la posición adoptada por los malámatiyya. Efectivamente, se le planteó la siguiente pregunta: «Cómo puede el hombre librarse de toda responsabilidad en el “reposo” y el ‘movimiento” (términos utilizados por  la escolástica musulmana, en la problemática de la acción), cuando ha sido hecho “reposando” y “moviéndose”; o también, cómo puede estar desprovisto del libre albedrío cuando ha sido hecho «optando voluntariamente” y “dando prueba de discernimiento”?». Y ésta fue la respuesta de Ruwaym: «No puede estar exento de responsabilidad en tanto que su «movimiento” no provenga de otro que él mismo y en tanto que su “reposo” no sea atribuible a nadie mas que a él mismo; y no puede estar desprovisto del libre albedrío en tanto éste no se encuentre en perfecta conformidad con el libre albedrío del Ser divino en él y respecto a él. Si éste es el caso, “reposo” y “movimiento” le pertenecerán según las apariencias, pero en la realidad profunda ni reposo ni movimiento le son atribuibles, y sucederá lo mismo con el libre albedrío, puesto que éste será el libre albedrío del Ser divino respecto de él». Ésa es una de las condiciones espirituales más sublimes, cuyo conocimiento oculto está muy cerca de las enseñanzas que los hombres de la reprobación mantienen en secreto sin divulgar nada de ellas.