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«LA LUCIDEZ IMPLACABLE» 

RISALÂT AL-MALÂTIYYA

 

  SULAMÎ - Y.I.A.L.M.

 CAPITULO VI:  Cartas de los Hombres de la Reprobación.-

 

¡ALABADO SEA ALLAH, que ha escogido entre Sus servidores a hombres que ha establecido como guías espirituales (imam] en la tierra! Por efecto de la adoración que le profesan, ha colmado de belleza ¡o que ellos manifiestan de su persona en su comportamiento y, gracias al conocimiento (rna'rifa) que tienen de Él y al amor (mahabba) que Le manifiestan, ha iluminado su ser íntimo. Les ha hecho comprender la naturaleza de su alma carnal (nafi), haciéndoles capaces de dominarla e instruyéndoles en sus ardides, y les ha ayudado a tratarla con desdén y desprecio. Así, ellos son los sabios ('ulama') en todo lo que concierne a Allah (s.w.t) y a las reglas (ahkám) que Él ha promulgado, y son ellos quienes mantienen el orden (amr) que El ha establecido y quienes comprenden sus favores, «y Allah reserva especialmente Su misericordia a quien quiere» (Corán, II, 105 y III, 74).

 

Tú me habías pedido -¡y que Allah te asista!- que se expusiera cuál es la vía espiritual seguida por los hombres de la reprobación, así como sus principios morales y sus estados místicos (afywáf). Debes saber que no han escrito ningún tratado doctrinal, ni redactado ninguna obra biográfica; no se encuentra a su respecto más que moral, virtudes y disciplina espiritual (riydda). No mencionaré pues, en la medida de mis medios y posibilidades, más que algunos elementos relacionados con todo esto, pero que pueden sugerir lo que hay más allá y que atañen a su actitud interior y a sus estados místicos.

 

         Sabe -¡y que Allah te asista en la vía recta!- que los maestros en materia de ciencias y estados espirituales se reparten en tres categorías:

         La primera comprende a aquellos que se consagran a las ciencias de las reglas generales y que se desvelan por compilarlas, guardarlas, difundirlas y legarlas (a la posteridad). Pero no tienen ninguna competencia en lo que es el dominio de la élite espiritual (al-khawasf), los hombres de las prácticas místicas, las experiencias interiores y la contemplación. Son sabios en lo que respec­ta al aspecto exterior del Islam, y son maestros consumados en lo que se refiere a los puntos de divergencia y las cuestiones jurídicas; es así como se hacen guardianes de las bases de la Ley y de los fundamentos del Din (camino del Islam). A ellos hay que remitirse cuando se trata de verificar la corrección de las prácticas en el seno de la comunidad y de determinarlas en función del Libro santo y las tradiciones del Profeta. Son por tanto los sabios de la Ley y los guías del Din del Islam, pero sólo en tanto que las vanidades de este efímero mundo inferior no se mezclen en sus actos y los ensucien en razón de sus tendencias naturales, pues entonces no se les podría seguir y ya no serían dignos.

 

         La segunda categoría comprende la elite de aquellos a quienes Allah ha reservado especialmente el conocerle y a los que ha separado definitivamente de todas las preocupaciones y de todos los deseos que son el lote de los demás hombres. Para esos seres escogidos, Allah es la única preocupación y el único deseo. Al contrario de los demás, no participan en ninguna de las realidades de aquí abajo, cuyo valor es más que relativo. No tienen la menor aspiración con respecto a este mundo que los envuelve por todos lados, o, más exactamente, sus aspiraciones se reducen a una, gracias a Él y orientada hacia El. La compañía del mundo no podría significar para ellos el menor reposo, mientras que para los demás es imposible que así sea. Para ser aún más preciso, ellos constituyen «la elite de la elite» (khatvá al-khawá), aquéllos a los que Allah reserva especialmente todo tipo de experiencias excepcionales (o «carismas», karámctf), y son ellos a quienes en lo más íntimo de sí El ha sustraído a las realidades creadas, de manera que no existen más que para El, por El y hacia Él. Y esto sucede después de que hayan seguido íntegramente la vía de las prácticas espirituales y se hayan preservado de su alma carnal por medio de grandes esfuerzos. La parte secreta de su ser mira hacia la Realidad divina (al-Haqq) y se vuelve hacia los misterios divinos {al-ghuyúb}, mientras que sus miembros están revestidos con la belleza de las actos de adoración que realizan. Exteriormente, nada en ellos está en desacuerdo con las reglas de la Ley, aunque interiormente no dejen de contemplar el mundo oculto. Es a ellos a quienes se aplican estas palabras del Profeta: «A aquel que ha reunido sus aspiraciones en una sola, Allah le colma de saberes». Estos son «los hombres del conocimiento de Allah».

         La tercera categoría está representada por aquellos a quienes se ha dado el nombre de malámatiyya, a los que Allah ha revestido con la belleza interior de Sus favores excepcionales, como el hecho de ser gratificado con Su «proximidad» (qurba), con el honor insigne de ser admitido en Su presencia (zulfa) y de ser unido a El. En el secreto más profundo de su ser, han realizado verdaderamente todo lo que implica la noción de «unión» (jam), puesto que en el estado en que se encuentran toda separación se ha hecho para ellos imposible. Confirmados en los grados sublimes de la unión, de la proximidad, de las relaciones íntimas (uns) con Allah y del «enlace» (ivasla) con El, son entonces objeto de los cuidados celosos del Ser divino. Es así como El los oculta al mundo, no mostrando de ellos a las criaturas más que su aspecto exterior, lo que implica que aparezcan como separados de , dedicados a las ciencias exotéricas, al estudio de las disposiciones de la Ley y de las buenas costumbres (adab), y a las prác­ticas islámicas (ibadas) asiduas, al tiempo que se salvaguarda su estado de «proximidad» y de unión total (jam' al-jam) con el Ser divino. En virtud de ese estado espiritual sublime, la realidad interior de su ser no deja ninguna huella en el exterior. Así ocurrió con el Profeta, que  elevado a los más altos grados de la proximidad divina y del acercamiento a Allah (duna), «a la distancia de dos arcos, o incluso más cerca todavía» (Corán, LUÍ, 9), pero que, después, cuando volvió hacia las criaturas, no habló con ellas más que de cosas externas sin que ningún rastro de ese acercamiento y esa proximidad apareciera en su persona. El otro estado espiritual del que hemos hablado anteriormente a éste es, por su parte, comparable al de Moisés, cuyo rostro nadie pudo mirar después de que Allah le hubiera hablado. Es semejante al de los sufíes, que constituyen la segunda categoría que hemos mencionado, y que dejan manifestarse las luces con las que su ser íntimo avía sido gratificado.

 

         Cuando aquellos que aspiran a Allah (murídün) se convierten en discípulos de los hombres de la reprobación, éstos les recomiendan el comportamiento que ellos mismos adoptan de cara al exterior: cumplir con diligencia los actos de obediencia a Allah (s.w.t), actuar según las prescripciones de la Tradición en todo momento y respetar tanto exterior como interiormente las reglas de las buenas costumbres, constantemente y en todas las circunstancias. No les dejan la posibilidad de tener pretensiones espirituales, de hablar de signos milagrosos o de cansinas (de que ellos podrían ser objeto), ni de referirse a ello para argumentar, sino que les sugieren vigilar la corrección de su actitud y seguir con sus mortificaciones. Es así como el novicio sigue la vía que es suya y como se educa según sus propias reglas. Si constatan que concede una importancia exagerada a alguna de sus acciones o a un cierto estado místico, le muestran claramente las faltas que le mancillan y le recomiendan que las evite. De esta forma, los discípulos no pueden complacerse en ninguna de sus acciones ni apoyarse en ellas. Cuando un novicio pretende, ante ellos, un cierto estado interior o una cierta «estación espiritual» (maqám), le llevan a minimizar su importancia en tanto la sinceridad de su voluntad no está verdaderamente confirmada y los estados espirituales no han aparecido realmente en él. Le recomiendan entonces que adopte el que es su comportamiento propio, mantener ocultos los estados interiores y no mostrar nada más que el respeto a las reglas que se refieren a los mandatos de Allah y Sus prohibiciones, pues es así como se puede verificar la realidad de las estaciones espirituales en el discípulo durante su período de noviciado (iráda). Para ellos, de la rectitud del noviciado se deriva la corrección de las estaciones espirituales, sin hablar de «la estación del conocimiento» (maqám al-ma’rzfa). Cuando aquel que aspira a Allah es educado por otros maestros, éstos le abandonan libremente a sus pretensiones durante su noviciado. Él se atribuye entonces sin que ellos lo sepan los estados interiores de los más altos guías espirituales, y después los reivindica. Y con el tiempo se desvía y se aleja cada vez más de los caminos de la verdad divina. Ésta es la razón por la que Abú Hafs de Nishpúr, el sheikh de este grupo de espirituales, afirmaba: «Los discípulos de los hombres de la reprobación experimentan la “virilidad espiritual” (rujúlzyya) sin el menor peligro para ellos, y les es imposible hacer aparecer nada que pertenezca a esta “estación”, pues su comportamiento exterior está al descubierto mientras que su realización interior (baqá ‘iq) permanece oculta. No sucede lo mismo con los discípulos de los sufíes que manifiestan las groseras ilusiones de sus pretensiones y carismas, ridículas para todo espiritual sagaz. Sus pretensiones son grandes, pero apenas hay en ellos nada de realización verdadera». Esas palabras me fueron referidas por Muhammad ibn Ahmad ibn Hamdn según su padre “, que las había escuchado de la boca de Abú I-Iaf. Sé de .Almad ibn ‘Isá, según Abú-l-Hasan al-Qannád, que se planteó a Abú I-Iaf  la pregunta: «¿Por qué os habéis puesto ese nombre?», y él Muhammad ibn Ahmad ibn l-lamdan, más conocido por el nombre de Abfi ‘Amr ibn Ilamdán, informador de Sulami pero sobre todo del biografo Abú Nu’aym de Ispahán, que le cita doscientas setenta veces en su Hilya. Murió en Nishapúr el año 987/376, según Ibn alIm, Shadharslt III.
Sin duda se trata más bien de Abú Ahmad ibn ‘Isá, informador de Sulami mencionado en sus Tabaqát, en la Risdia de Qushayri, entonces respondió: «Los hombres de la reprobación tienen cuidado de preservar los momentos privilegiados (awqát) en los que están con Allah y de mantener el control de sus secretos más íntimos, prohibiéndose a sí mismos el manifestar nada relacionado con sus grados de proximidad y sus estados de adoración. En consecuencia, no muestran de sí mismos al mundo más que las apariencias desagradables, ocultando lo que el mundo podría aprobar».»Es así como el mundo les reprueba a su vez por signos puramente exteriores, mientras que su propia reprobación no se dirige sino a las realidades interiores que sólo ellos conocen. Allah les ha gratificado con el desvelamiento de los misterios, el conocimiento de diversas realidades ocultas, el don de clarividencia (firdsa) respecto de las criaturas y la manifestación de Sus favores excepcionales para con ellos. Pero ellos han mantenido oculto todo lo que así les llegaba de Allah, no mostrando primero más que la reprobación de su propia alma y su oposición a sus deseos, y luego, pensando en los otros hombres, lo que podía mantenerlos apartados, para que el mundo les rechace y quede así preservado su estado de intimidad con Allah. Ésta es la vía de los hombres de la reprobación.» Ahmad ibn Al mad el malámati me ha transmitido esta información de Ibráhtm al-Qannd: «Pregunté a Hamdn al-Qar qué era la “vía de la reprobación”, y ésta fue su respuesta: “Es, en cualquier circunstancia, renunciar a agradar al mundo y no buscar su aprobación en el ámbito de la moral y del comportamiento, sin dar motivo, no obstante, a la menor reprobación en lo que se refiere a Allah ». Preguntado sobre los hombres de la reprobación, ‘Abd Allah ibn Manzil los definió así: «Son hombres cuya espiritualidad no deja aparecer ante el mundo ningún signo externo, que en su interior no tienen ninguna pretensión respecto de Allah, y cuyas relaciones con Él están en un secreto que escapa al conocimiento (limitado) de su alma y de su corazón». Oí a mi abuelo Ismá’il ibn Nujayd decir respecto de ellos: «Nadie alcanzará su grado espiritual en tanto que todas sus acciones no aparezcan a sus propios ojos como hipocresía y todos sus estados interiores como pretensiones vanas». Se preguntó a uno de sus maestros por dónde había que empezar para ser de los suyos, y he aquí su respuesta: «Dominar el alma carnal, tratarla con desprecio, prohibirle todo lo que le procure tranquilidad, reposo o confianza, y estimar al prójimo y tener buena opinión de él, dar prueba de benevolencia respecto de lo que puede ser desagradable en él, considerándose a sí mismo vil y despreciable y teniendo la peor opinión de sí».

 

Según el relato hecho por un sheikh que acompañaba a Ilamdún al-Qassár en una reunión, se estaba hablando de uno de sus compañeros, mencionándose sus abundantes invocaciones de Allah (dhikr). «“Sí, pero está constantemente distraído”, dijo entonces Ilamdún. “E No debe dar gracias a Allah por los beneficios que le concede y de la manera más apropiada, como es invocarle con la lengua?”, observó uno de los asistentes. “E No debe ser consciente ante todo de la imperfección de la que se hace culpable por la falta de atención de su corazón en la invocación?”, replicó Ilamdún.» En una carta dirigida por Abú al-Kirmni, he reparado en este pasaje: «Sabe, querido hermano, que aquel que desconoce la indigencia y la debilidad de su alma en el cumplimiento de todos los actos de obediencia, ¡los impregna de hipocresía! Carece igualmente de perspicacia respecto de su alma quien no cuida de protegerse de ella conjurándola y, así, la mantiene firmemente controlada en toda circunstancia. Sabe sin embargo muy bien que bajo apariencia de docilidad ella incita por naturaleza al mal (Corán XII, 53) y que no se somete al acto de obediencia más que disimulando su rebeldía, por lo que es necesario oponerle la reprobación en todo momento y no dejarla nunca en paz». Se cuenta esta sentencia de Yaiy ibn Mu’ádh: «A aquél cuya sinceridad para con Allah es pura no le gusta que se vea su persona, ni que se repitan sus palabras». Se había preguntado a uno de ellos sobre la situación espiritual de los hombres de la reprobación, y ésta fue su respuesta: «Allah se ha encargado de preservar sus secretos y de ocultarlos tras la cortina de la apariencia exterior. Cuando están con el mundo, es teniendo en cuenta el punto de vista del mundo, y no se distinguen de los demás hombres, (mezclándose con ellos) en los mercados y en sus medios habituales, y cuando están con Allah, es teniendo en cuenta el punto de vista de la verdad profunda (de su ser, baqiqa) y de la investidura divina (tawaih) de la que son objeto. Lo que en ellos es interior, reprocha entonces a su persona aparente la complacencia respecto de los hombres y del mundo al asumir las características del común de los creyentes, mientras que su ser exterior reprocha a su persona íntima que permanezca en la cercanía del Ser divino sin prestar atención a las realidades hostiles en las que se encuentra inmerso. Tal es la situación de los más grandes maestros y de los señores de la espiritualidad». Se preguntó a Abú Yazid cuál era el signo más notable del verdadero gnóstico (‘árif): «El dijo, que le veas comiendo y bebiendo en tu compañía, bromear contigo, venderte o comprarte algo, mientras que su corazón está en el Reino de la santidad divina (Malakút al-Quds). Ése es el signo más prodigioso». Según dijo también Abú Yaztd: «Aquel que ha realizado verdaderamente la libertad (urrzyya) en la unión perfecta (‘ayn al-jam) mantiene constantemente sus miembros en el respeto a las reglas que impone la condición de servidor (‘ubúdiyya), mientras que su visión interior (basíra) contempla al Ser divino, pero el que está en estado de separación total (‘ayn al-ftiráq), aunque para realizar esta servidumbre (perfecta hacia el Señor) reuniera todos los esfuerzos de aquellos que se mortifican, no conseguiría absolutamente nada».

 

 

Sé por Abd al-Raimn ibn Mubammad, que habiendo preguntado a ‘Abd Mlh al-Khayyt, sobre la «reprobación», había obtenido la respuesta siguiente: «Aquel que establece una diferencia entre la reprobación que se dirige a sí mismo y la que le dirigen los otros y cuya reacción interior e instantánea no es la misma en ambos casos, está todavía en la ceguera grosera que le ata a su naturaleza y no puede haber alcanzado el grado de los hombres espirituales». Uno de ellos, al que se le preguntó cómo era el hombre merecedor de que se le atribuyeran las virtudes de «la caballería de la fe» (al-Jiítuwwa), lo definía así: «Es aquél en quien se encuentra el arrepentimiento implorante de Adán, la integridad en la devoción de Noé, la fidelidad a la palabra dada de Abraham, la sinceridad de Ismael, la pureza total en la intención de Moisés, la paciencia de Job, las lágrimas de David, la generosidad de Muhammad, la bondad de Abu Bakr, el ardor de Omar, el pudor de Othmán y la ciencia de Alí. Es aquel que, además de todo eso, desprecia su propia persona, considera insignificante lo que le concierne. Pensamos, que se trata de un nuevo error de los copistas y que el informador de Sulami es en realidad el sheikh ‘Abd Mlh ibn Muharnmad ibn ‘Abd al-Pahmn al-Rzi al-Sharlnt, al que dedicó una nota en sus Tabaqát, págs. 451-453. Pensar que la situación en la que se encuentra tenga alguna importancia o pueda ser motivo de satisfacción. Es aquel que ve los defectos de su alma y las imperfecciones de sus actos y, al mismo tiempo, la superioridad de su prójimo sobre él en cualquier circunstancia». Abix IIafs vio a uno de sus discípulos criticando la vida de este mundo y a los hombres, y le dijo: «Acabas de mostrar lo que era decoroso que ocultaras; en estas condiciones, no participarás en nuestras asambleas y ya no serás nuestro discípulo». Abú Almad ibn ‘Isa me refirió estas palabras que había oído de boca de Abú Zakariyy’ al-Sinji: «Los estados místicos, para quienes son gratificados con ellos, son como depósitos confiados a su cuidado, y si los muestran, se salen de los límites asignados a los depositarios». Sobre este tema, Muliammad ibn al-Hasan citó los versículos siguientes:

         1. No se volverá a tener confianza en aquél a quien se hubiera comunicado un secreto y lo haya desvelado públicamente, y jamás se le volverán a hacer confidencias.

 

         2. Se le mantendrá separado, no volverá a gozar de la dicha de unas relaciones familiares y la intimidad para con él se trasformará en frialdad distante.

 

         3. Por tanto, no se puede elegir a nadie que divulgue los secretos; el afecto respecto de él quedará en adelante excluido, ¡completamente excluido!’

        

Sé por Abú Thir Ahmad ibn T.hir que, según Abú-l-Ijasan al-Sharld y Mahfúzl Abú Haf consideraba reprensible para sus discípulos la práctica de los viajes fuera de la obligación de la peregrinación (a La Meca), la participación en expediciones militares, la visita hecha a un maestro espiritual o la búsqueda de la ciencia (de las tradiciones del Profeta). Los que consideraba reprensibles eran, pues, los viajes que responden a un deseo (de satisfacción puramente personal). Decía que la «virilidad espiritual» implicaba la clarividencia respecto de los deseos. IIamdún al-Qa.r le objetó: «No ha dicho Allah «“¿No han recorrido la tierra y reflexionado (en cómo terminaron sus predecesores)?”» (Seis veces en el Corán, por ejemplo, XXX, 9). Abut Hafi le respondió: «Ese viaje sólo está destinado a los que no pueden reflexionar más que por ese medio, pero para quien la vía (espiritual) se ha abierto de manera estable, viajar equivale a abandonar el camino y desviarse». Debía renunciar a ganarse la vida con su trabajo (kasb); su respuesta fue la siguiente: «Conserva tus medios de existencia! Me complace más que se te llame Abd AIIah “el barbero” que “el gnóstico” o “el asceta”». Un maestro maldmat! fue interrogado sobre la humildad (khushú’); su interlocutor le dijo: «Consideras condenable mostrar cualquier cosa de los estados espirituales, pero ¿puede la humildad hacer otra cosa que manifestarse fisicamente?». «Desdichado, ésa es una concepción muy alejada de la realidad de las verdades espirituales! Existe humildad cuando una instrucción divina surge en la parte más secreta del ser, que la recibe con sumisión, y todo lo que es exterior en el hombre se pliega entonces a la disciplina de esa instrucción. Piensa en estas palabras del Profeta: “Cuando Allah se manifiesta a un ser, éste se somete a El humildemente . ¿Hay entonces revelación divina únicamente para la parte secreta del ser? En realidad, cuando ella se somete humildemente a la teofanía (tajaií), engendra en todo lo que es exterior en el hombre el respeto de lo que conviene en tal caso». Uno de ellos afirmó igualmente: “La mejor compañera del hombre es la ciencia espiritual (‘ilm), que recoge los ejemplos que hay que seguir; el alma carnal y egoísta de ninguna manera puede encontrar cómo satisfacerla, puesto que la ciencia se dedica a contrarrestar las tendencias naturales. Y la peor compañera es la devoción exhibida (nisk), pues el hombre no deja de pavonearse y ocuparse de ella, cuando mirarse así, complacientemente, no es sino orgullo y glorificación de uno mismo. Ved cómo los malaikas, que acompañaban a los actos de obediencia, escaparon de toda ostentación mediante estas palabras: “Glorificamos Tu alabanza y proclamamos Tu santidad” (Corán II, 30); y, cuando hubieron alcanzado el grado de la ciencia espiritual, ved lo que dijeron: “No tenemos ninguna ciencia (salvo la que Tú nos has enseñado)”. Por eso, la mejor compañera del hombre es la ciencia, y la peor compañera, la devoción que se exhibe». Se preguntó a Abú Yazid cuándo un espiritual alcanzaba el nivel de los «hombres verdaderos» (rijdl) y él respondió: «Cuando conoce los defectos de su alma y la vigila atentamente sin mostrar debilidad». Según otro maldmatt, «quien quiera sustraerse definitivamente al sentimiento de orgullo que experimenta respecto de sí o a la consideración que otorga a lo que posee, que sea consciente de esto: de dónde viene, dónde está, cómo está, a quién pertenece, de quién ha salido y a dónde va. Cuando tenga un verdadero conocimiento de estas circunstancias relativas a él mismo, su propia persona dejará de tener importancia para él y le parecerá indigna de interés. Verá además que es de naturaleza censurable y que todas las acciones que realiza están manchadas de faltas. Nada exterior le llenará en lo sucesivo de orgullo y nada de lo que está en él dará ya motivo a la ilusión seductora».

Uno de ellos dijo también: «En materia de fe (fmán), el servidor de Allah no alcanzará el nivel de los hombres espirituales más que cuando deje de pensar en el pasado y en el futuro y viva el momento presente en conformidad con la voluntad de Aquél al que pertenece. Y este comportamiento tiene por efecto suspender la responsabilidad (takltf) del servidor de Allah ante la Ley». El hombre perfecto en sus actos es aquél cuya actitud exterior, ofrecida a las miradas de los novicios, permanece conforme a la disciplina ligada a la condición de servidor de Allah, para que ellos la tomen como modelo a seguir y la adopten a su vez. Y, al mismo tiempo, el secreto de su ser y su estado interior se ajustan, para aquellos que persiguen el mismo objetivo que él, al buen orden que rige los estados espirituales y a lo que conviene a la contemplación, condiciones en las que el secreto del ser puede contemplar la verdad divina en todo momento. Aquel que lo consigue se aniquila en ello aun sin dejar de asistir al espectáculo de las criaturas y siendo consciente de ellas. Es así como la parte más íntima de su ser es modelo para la realización espiritual de los gnósticos y, al mismo tiempo, su comportamiento externo es modelo para la disciplina de los novicios. Tal situación es alcanzada por guías espirituales sinceros. Un ejemplo pertinente es el proporcionado por estas palabras del Profeta: «Mis ojos duermen, pero mi corazón vela». El Profeta nos avisó así de que la parte exterior del hombre duerme y está en estado de sueño espiritual, pero su parte mas secreta tiene la facultad de permanecer constantemente despierta, de estar en la proximidad de Allah y contemplarle. Preguntaron a un matiimatiyya «,Por qué, para vosotros, las almas necesitan la reprobación a cada momento?)>. «Porque son -respondió- (por su naturaleza, comparables a las manos (atadas), una de las cuales estaría hecha de orgullo, hundida en la matriz de las tinieblas opacas y prisionera de los testimonios (admirativos) del vulgo, mientras que la otra estaría hecha de ignorancia, hundida en la matriz de la ceguera estúpida y prisionera de las redes de los deseos insaciables. El remedio que se debe administrar es separarse de ellas; la disciplina que hay que imponerles es la de contrarrestar los deseos; las medidas de precaución que hay que adoptar consisten en vigilarlas para reprobarlas.» Y añadió: «Allah ha sustraido a Sus profetas y Sus enviados a la consideración complaciente que incluso ellos pudieran tener respecto de sus propios actos. Ved lo que sucedió a Moisés, el interlocutor de Allah (al-Kaltm), cuando dijo: “Para que (mi hermano Aarón y yo) Te glorifiquemos abundantemente” y Allah le respondió: “Ya una primera vez hemos sido benevolente contigo” (Corán XX, 33 y 37). Ahora bien, aquí se sobreentiende: “Cómo podrías prevalecer junto a Mí con tus alabanzas y glorificaciones, olvidando todos los favores que has recibido de Mí favores incluidos en las palabras: “Yo te he unido a Mí, reservándote especialmente Mis beneficios”.

Se planteó a uno de ellos esta pregunta: «,Por qué humilláis vuestra alma y no mostráis de ella mas que lo que os acarrea la reprobación del mundo?». «El dijo: porque el alma fue creada en partir de un “líquido vil” (Corán XXXII, 8 y LXXVII, 20) y de un “lodo al que dio una forma” (XV, 26, 28, 33), y son las palabras que le ha dirigido el Ser divino principio en un estado despreciable, a las que le han comunicado una cierta nobleza. El alma se enorgulleció de ello, desconociendo que lo que hay de noble en ella le es sobreañadido y confiado en depósito, y no forma parte de su naturaleza innata. Si el alma es abandonada a sus instintos ávidos, se hunde en la ceguera, se extralimita en sus derechos y se sume cada vez más profundamente en sus tendencias naturales. El hombre al que Allah asiste con Sus favores es aquel que muestra a su alma lo que ella vale exactamente y le hace comprender que todo lo que le concierne, acciones o estados, es reprobable. Hace así para que nada la tranquilice ni sea para ella motivo de orgullo, puesto que todo lo que tiene de noble pertenece a Allah y forma parte de lo que Él le ha confiado generosamente, de los favores que Su atención benevolente le ha concedido y de las preciosas instrucciones con las que la ha gratificado». Según otro matiimatiyya «Que aquel que desee conocer el grado de ceguera de su alma y el estado de corrupción de su naturaleza, preste oídos a los elogios que se le dirigen; si descubre entonces en su alma la menor reacción anormal, es que no está hecha para la Verdad divina, puesto que da crédito complacientemente a unas alabanzas desprovistas de todo fundamento y se conmueve con una crítica tan realmente inmerecida. Pero si trata a su alma en todo momento con el desprecio que le es debido, ningún elogio tendrá ya efecto sobre él y no prestará la menor atención a las críticas; es entonces cuando accederá a la condición espiritual de los hombres de la reprobación». Abú Yazid decía: «Durante doce años he sido el herrero de mi alma, y durante otros cinco, el espejo de mi corazón. Al año siguiente, consideré el resultado de lo que había sucedido en ese tiempo y descubrí que un cinturón de infidelidad (zunnár: el cinturón de los mazdeos, símbolo del dualismo) se había anudado en mí. Tras cinco años de esfuerzos tratando de cortarlo, tuve una revelación y fue entonces cuando las criaturas se me aparecieron como cadáveres. Hice sobre ellas el salat de los muertos, con los cuatro takbír». Esto es conforme con la palabra divina: «Son muertos, y no vivos, que no saben» (Corán XVI, 21). Abíi Yazid es el guía y el jefe de los «hombres de conocimiento» y lo que así confía de sí mismo y de su caso personal es un ejemplo de los signos distintivos de esos espirituales y de sus virtudes. Todo lo que había hecho y la disciplina que se había impuesto hasta el momento en que las criaturas se mostraron a sus ojos en su naturaleza caduca y dejó de interesarse por ellas y de tratar de agradarlas, todo esto, digo, pertenece a los grados espirituales más elevados. Citemos a este respecto estas otras palabras de Allah (s.w.t): «Aquel que estaba muerto y a quien hemos devuelto la vida...» (Corán VI, 122), es decir, «que estaba muerto en razón de su alma y de su interés por las criaturas y a quien hemos devuelto la vida sustrayéndole a las criaturas, a cambio de Nosotros mismos». También según Abú Yazid: «Aquellos que están más “velados” por relación a Allah se agrupan en tres clases, según el objeto que constituye su velo: el sabio con su ciencia, el devoto con su culto y el asceta con su renuncia». Si el sabio fuera consciente del valor real de lo que sabe, si se diera cuenta de que el saber poseído por todas las criaturas juntas y referente a todo lo que allah (s.w.t) ha hecho aparecer en el mundo no representa más que una sola línea de lo que la Pluma divina ha trazado sobre “la Tabla bien guardada” (Corán LXXXV 22), si considerara luego cuál es su ciencia respecto de la suma de los conocimientos comunicados por Allah a las criaturas, comprendería que glorificarse y vanagloriarse de ello es una total aberración por su parte. Si aquel que se impone la ascesis mantuviera presente en su mente la palabra divina que califica la totalidad de este mundo inferior de “poca cosa” (Corán IV, 77), si fuera consciente de lo que representa lo que él posee de esa “poca cosa” y del valor de aquello a lo que así renuncia, sabría que ese despojamiento no debe ser para él materia de orgullo. En cuanto al devoto, si reconociera que el culto que Le dedica no ha sido posible más que por la pura bondad de Allah (s.w.t), la importancia que atribuye a su devoción desaparecería completamente ante la consideración de todos los beneficios con que allah le gratifica». Se preguntó a un maestro malámatí: «,Cómo hacer para que el cumplimiento de una obra piadosa no acarree la presunción ni la visión complaciente de uno mismo?». «Cuando el hombre se mantiene ocupado -respondió- a la vez por la alegría de cumplir una orden y por el pensamiento de que ese mandato procede del Ser divino, nace entonces en su corazón un temor respetuoso. El temor mezclado con la alegría, ambos suscitados por el mandato de Allah, separan entonces su atención de todo lo que se pueda referir a las apariencias y las manifestaciones de su persona.» Se planteó a uno de ellos la pregunta: «Cómo es posible que esas gentes (los hombres de la reprobación) no reconozcan a su alma ningún estado espiritual, que no hagan caso de ninguno de sus actos de obediencia, que no le atribuyan nada de valor y la abandonen?». «,Cómo reconocerle algo, puesto que nada es, nada le pertenece, desprovista está de todo y condenada a perecer? Y si un don divino se le concede al hombre, ninguna necesidad tiene de manifestarlo, pues la realidad espiritual, aunque se mantenga oculta, habla por sí misma. ¿No ha dicho un sabio bondadoso antiguo: “Poco falta para que el rostro del creyente diga lo que se encuentra en su corazón”». Ésa fue su respuesta. La mayor parte de los maestros prevenían a sus discípulos contra el hecho de encontrar placer en los actos de devoción y de obediencia; ésa era para ellos una falta grave. Desde el momento en que el hombre de espiritualidad se complace en algo y se deleita en ello, eso adquiere importancia en él y en su espíritu, y quien entre los discípulos se felicita de sus propias acciones, se complace en ellas o las considera con mirada satisfecha, pierde el rango de aquéllos a los que se respeta. Sé por ‘Abd al-WMiid ibn ‘Mí al-Sayyri, a través de su tío materno al-Qsim ibn al-Qsim al-Sayyári, las siguientes palabras de (su maestro): «En toda circunstancia, ¡estad sobre aviso con el alma (carnal y egoísta)!». Así, un malámatt saludará a quien le va a contestar de mala manera y dejará de hacerlo con quien respondería gustosamente a su saludo. Por la misma razón, renunciará a la compañía de aquel que se alegra de su presencia y dará preferencia a la compañía de un hombre que le desprecie. Dirigirá sus peticiones a aquél que le rechaza y no pedirá nada a quien le concede satisfacción. Irá al encuentro del hombre que se aleja de él y a la inversa. Dará a aquel que no le ama y se abstendrá de hacerlo con el que le ama. Preferirá permanecer junto a alguien que le encuentre desagradable antes que junto a aquel que desea su presencia. Frecuentará a quien le detesta y no a quien siente afecto por él. Comerá lo que le inspira disgusto y no lo que le abre el apetito (variante textual: «Comerá en compañía de alguien que le inspire disgusto antes que de un invitado que excite su apetito»). Si desea permanecer allí donde está, viajará, y si le entran ganas de partir, se quedará donde está. Y así sucesivamente. En toda circunstancia, los malámatiyya escogerán deliberadamente contrariar al alma, renunciando a tener en cuenta nada que la distraiga y le procure tranquilidad. Por otra parte, se esfuerzan cuanto pueden por arruinar su reputación y desacreditarse a los ojos de quienes les respetan. Adoptan un comportamiento que les expone a las críticas, incluso si queda, respecto del Din más allá de lo permitido, como el hecho de mantener relaciones con individuos que no pertenecen a su nivel social o frecuentar lugares que les desacreditan. Todo esto está destinado a ocultar su condición espiritual y a preservar los momentos privilegiados (de sus experiencias interiores) de todo lo que podría obstaculizarlos, sin hablar de la humillación y el abatimiento que se infligen mediante tales apariencias. Conforme a las recomendaciones de sus maestros, es así como aseguran la protección de sus «estados espirituales» y de los secretos de su relación con Allah (s.w.t) contra toda indiscreción.

 

(Seguiremos en nuestro próximo boletín de octubre 2004)