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«LA LUCIDEZ IMPLACABLE» RISALÂT AL-MALÂTIYYA |
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CAPITULO I : Bagdad y Nîshâpûr.
La historia del conocimiento y la mística musulmana está marcada por la aparición, en el siglo IX —siglo III de la hégira— de una nueva forma de espiritualidad, habitualmente designada por la expresión «vía de la reprobación» y que se distingue de lo que se denomina «vía del sufismo». Sus representantes, los malâtiyya u «hombres de la reprobación», son todos originarios de la ciudad de Nishápur, capital de la vasta provincia irania de Khorasán, y cuya irradiación intelectual y espiritual comenzaba ya a rivalizar con la de Bagdad. Los hombres de Nishápur desarrollaron, en el curso de los siglos IX y X, los principios de un ideal de vida que recibirá el nombre de «mística khorasaniana» para oponerla a la mística extática de los sufíes, calificada de «iraquí» o «de Bagdad». Y son esas nociones y esas nuevas reglas las que el célebre escritor y biógrafo Sulami —natural también de Níshápür, ciudad en la que murió en 1021/412 de la hégira— expone en esta obra. Quizá no sea inútil recordar brevemente en primer lugar, los orígenes del sufismo. A finales del siglo VIII/IX La denominación colectiva de «sufíes» habría designado, en principio, a un cierto grupo de buscadores de conocimiento ascetas de Kufa, sin duda porque se caracterizaban por llevar un vestido de lana (sûf) blanca. Un siglo después, la palabra se aplicó a la corporación de los místicos de Bagdad, como Junayd, « señor de la tribu espiritual» (muerto en 911/298) y Halláj (muerto en 922/309). Su enseñanza, «la ciencia del tasaw-wuf» o sufismo, se basaba, como todo en el Islam, en el saber y las enseñanzas de los antiguos maestros transmitidas oralmente por una «cadena:" que se remonta hasta el Profeta (s.a.s), pues tanto la espiritualidad (faaqiga) como la Ley (sharí'a) forman parte del mensaje coránico y tradicional que debe ser transmitido (según las palabras formuladas por Muhammad (s.a.s), en el momento de la «peregrinación de despedida», poco antes de morir). Los sufíes creían en la posibilidad de una experiencia interior, designada por las palabras ahwâl haqâ'iq al-ahwál, o también tahqïq era el objetivo de su búsqueda mística. Su punto de partida era el pacto iniciatico (baya, mubâyaa) por el que el sheikh concedía su bendición al discípulo y le autorizaba a practicar, bajo su dirección y salvaguarda, la invocación de Allah (dhikr), sin la cual la «realización» de una experiencia interior se consideraba imposible. A los ojos de los sufíes, los prodigios y los fenómenos extraordinarios (karâmât) eran los signos visibles de la realización de los hombres sabios (walâya, a la vez «amistad divina» y «proximidad de Allah»). La invocación podía hacerse colectivamente y estar acompañada de la recitación de poemas místicos o de cantos, y a veces también de danzas. Estas sesiones de sama' («audición espiritual») podían llegar al éxtasis (wajd), y esta práctica se ha mantenido hasta nuestros días en las cofradías musulmanas, especialmente en la de los «derviches giradores». Los malâmatiyya de Nishápür defendieron la opinión contraria a la mayor parte de las tesis y prácticas de los sufíes. Comenzando por la regla de no distinguirse exteriormente de los otros musulmanes: nada de vestiduras especiales, ni «hábito blanco» (süf), ni «túnica remendada» (muraqqaa), que pudieran llamar la atención y mostrar que es una especie de monje que vive con austeridad; nada de devociones supererogatorias y excesivas, que serían ostentación si se hicieran en público; una extremada reserva respecto de las sesiones de samâ y de éxtasis provocado; una desconfianza no menor por lo que respecta a las experiencias interiores (ahwál) y los signos extraordinarios (karâmât) que, para ellos, no prueban nada. La mayor parte de los biógrafos considera como sabio (waly) al hombre «cuyos salat y du´as (peticiones) son atendidas»; pero para los «hombres de la reprobación» ése es más bien un signo inquietante, un «ardid» o una «trampa». Si sucede que uno de ellos se beneficia de relaciones particulares con Allah, éstas deben permanecer totalmente ocultas y al abrigo de cualquier indiscreción. Esta disciplina implacable del arcano contrasta con la experiencia mística manifiesta de los sufíes extáticos y justifica el calificativo de umans («depositarios dignos de confianza») que los malámatiyya se esforzaban por merecer. A sus ojos, la verdadera vida interior era «un secreto entre el Señor y el servidor» que Allah (s.w.t.) le confiaba y que él debía guardarse de revelar. Es notable que el Sheíkh al-Akbar («el más grande de los maestros»), Ibn 'Arabi (muerto en 1240/638), coloca, como Sulamí, a los malámatiyya por encima de los sufíes, y los designa con el término umaná. Igualmente en concordancia con lo que escribe Sulamí al comienzo de su trabajo de los hombres de la reprobación, Ibn Arabí dirá que los malámatiyya son «espirituales» y que los sufíes son «psíquicos».
CAPITULO II |