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Introducción
Podemos considerar que el mar Mediterráneo, más que una separación entre las
costas de Europa, de África y de Asia, es realmente un medio de comunicación y
un nexo que ligó las culturas de sus riberas en el transcurso de la Historia.
Surcar este mar, a lo largo y a lo ancho, fue el objetivo de multitud de pueblos
que buscaban en esta aventura unas veces el hallazgo de lugares aptos para
nuevos asentamientos donde establecerse; otras veces, las estancias eran
eventuales y sólo se pretendía realizar unos intercambios comerciales en
pequeñas colonias que constituían las bases de sus relaciones en el tráfico de
los productos más heterogéneos; en algunas ocasiones, las menos, fue el
escenario de las desavenencias de estos mismos pueblos, cuyas naves se
enzarzaron en sus aguas en duelos encarnizados por guerras entre países o luchas
contra la piratería.
El tráfago continuo de naves llevó de un lado a otro de sus costas, desde la
Prehistoria, a las más diversas razas: iberos, fenicios, griegos, hebreos,
etruscos, romanos, cartagineses, bizantinos, vándalos, visigodos, normandos,
árabes... Las naciones europeas, nacidas a partir de la Edad Media, lanzaron
también sus navegantes a recorrer sus costas: franceses, italianos, castellanos,
catalanes y portugueses, en pugna con los marinos árabes, que habían tenido el
predominio de este mar desde Siria hasta al-Andalus, tras la decadencia del
Imperio Bizantino, dominando las costas de todo el norte de África, la Península
Ibérica y gran parte de las islas mediterráneas.
Las alternativas de esta supremacía se suceden; la expansión del Imperio turco
Otomano vuelve a dar al Islam un poder de preeminencia en el siglo XVI, aunque
siempre discutido por las potencias que no querían perder el disfrute de su
comercio marítimo.
Nuestro mar -el "Mare Nostrum" de los latinos- fue siempre un tesoro codiciado y
apetecido como centro del desarrollo cultural que se irradió posteriormente a
todos los continentes. Las ciudades ribereñas de este mar estuvieron así
abiertas para recibir a todos los mensajeros de otros países que aportaban sus
propios productos, a veces exóticos, traídos desde el más remoto Oriente por
otros navegantes.
No nos puede extrañar, pues, que a través de este mar se realizara una fusión de
culturas, con gran influencia en todos los aspectos, incluida también la de la
lengua. En las naves se mezclaban marinos de países diversos y era preciso que
hubiese un entendimiento común en el desenvolvimiento de las travesías, en las
palabras técnicas de los aparejos del barco, de sus maniobras y de sus gentes.
El estudio etimológico de muchas de estas palabras, consideradas en su mayor
parte como de origen incierto, es sumamente interesante, pues de esta manera se
puede comprobar el predominio de unas lenguas sobre las otras, lo cual es un
reflejo también de una supremacía técnica en determinados momentos por parte del
pueblo que presta su vocabulario.
Este es el caso de la lengua árabe, predominante en el Mediterráneo en casi toda
la Edad Media, ya que el Islam había introducido, en su expansión marítima,
nuevas técnicas desconocidas en Occidente, aportadas algunas de ellas a través
de sus contactos con otros pueblos orientales: los árabes introdujeron la
innovación, dentro de la arquitectura naval, del timón de codaste, así como la
vela latina; en la navegación astronómica, aportaron la determinación por
coordenadas con técnicas avanzadas e instrumentos más precisos; en el orden
geográfico, el gran avance de las cartas náuticas.
Ante esta revolución técnica de la navegación medieval, no puede resultar
extraño que se encuentren gran número de voces tomadas del árabe en las lenguas
latinas, referentes a los más diversos temas: construcción naval y aparejos del
barco, tipos de embarcaciones, accidentes geográficos, nombres de vientos y de
estrellas, arte y aparatos de navegar, artes de la pesca, nombres de peces y de
aves marinas, denominativos de la gente de la mar y otros nombres diversos de
costumbres marineras. Yo podría asegurar, después de haber hecho una relación de
unas 170 voces náuticas, que considero claramente introducidas por los árabes en
el lenguaje marinero, que este número podría ser mucho mayor si se dedicase una
minuciosa atención a esta materia.
La lengua árabe ofrece un nexo de colaboración entre los ribereños de las costas
europeas y norteafricanas, pero de una manera especial entre aquellas cuya
proximidad las hace especialmente afines. El mar de Alborán es un camino
trillado entre andaluces y magrebíes a lo largo de los siglos, y las relaciones
a las que antes hemos aludido fueron siempre particularmente estrechas; lo
fueron y lo siguen siendo: entre Almería y Melilla, las ciudades más próximas de
este mar particular, estas relaciones se han mantenido en el tiempo, pues
Almería fue siempre un punto de partida para los viajes a África a través de
Melilla, y los lazos familiares y afectivos unen estrechamente las dos ciudades;
estos vínculos se reflejan no sólo en el comercio o en la pesca, sino también en
las relaciones humanas de la herencia familiar y de la amistad.
La permanencia morisca, prolongada en nuestras costas, dejó una huella aún más
profunda que en otras zonas de la Península y, por eso también, nuestras gentes
de la mar conservan más puras y más arraigadas muchas de aquellas voces que les
legaron los árabes, las mismas que en la costa opuesta, y hermana, utilizaban
también los marroquíes.
Entre estos vocablos podríamos contar el verbo halar -jalar entre los andaluces-
sobre el cual pretendemos hacer este pequeño estudio.
El verbo castellano "halar":
En castellano el verbo halar se documenta por primera vez hacia 1573, en Eugenio
de Salazar (1), pero su uso debió de ser mucho más antiguo, ya que en francés el
verbo haler, 'tirar de algo por medio de un cabo', considerado como étimo del
anterior, se documenta ya desde el siglo XII, y no es probable que este
préstamo, o su posible relación, fuesen tan tardíos.
De todas formas, el origen del vocablo francés es bastante incierto y, por la
época de su documentación, no puede extrañarnos una aportación mediterránea, más
que nórdica, dado el auge que en esos momentos ha adquirido la navegación hacia
el Próximo Oriente, cuando las naves de los cruzados han abierto las rutas,
hasta entonces vetadas para los cristianos, que les lleva hacia la Tierra Santa.
En portugués se documenta también como alar, ya en el siglo XVI, así como el
italiano atare, en 1578, introducido quizás por conducto de las lenguas
hispanas.
Destacan Corominas y Pascual el hecho de que en castellano esta palabra no puede
ser un germanismo directo -se dijo que podría venir del antiguo neerlandés- como
puede comprobarse por el carácter aspirado de la h-, ya que en Andalucía se
pronuncia jalar, y está comprobado que los germanismos directos del castellano
pierden totalmente la h germánica.
La semántica del verbo halar sufrió, sin duda, las habituales modificaciones de
cualquier vocablo, pues las lenguas, perennemente renovadas, no permiten el
estancamiento definitivo de las palabras.
Los diccionarios la dan como una voz eminentemente náutica, aunque tiene otras
acepciones, sobre todo en Andalucía, que no tienen relación con la mar. La Real
Academia define este verbo como 'tirar de un cabo, de una lona, de un remo, en
el acto de bogar', y añade, para Andalucía y Cuba, 'tirar hacia sí de una cosa',
generalizada a otros objetos.
Sin embargo, en el Diccionario de Autoridades había ya una matización sumamente
interesante, que después no se ha recogido, pues se dice: "Término náutico.
Tirar por los cabos en las maniobras", citando el Vocabulario Marítimo de
Sevilla, de 1696, lo cual demuestra que esta acepción debió de ser la usual en
el siglo XVII, por lo menos en Andalucía. Aunque esta definición parece ser casi
lo mismo que la anterior, en esta última es muy importante el cambio de
preposición que se ha efectuado: la Real Academia dice 'tirar de los cabos',
mientras que el de Autoridades decía 'tirar por los cabos en las maniobras', con
lo cual se indica que la acción fundamental que se quiere expresar no es la de
'tirar de un cabo', sino la de 'hacer una maniobra', aunque ésta tenga que ser
valiéndose de unos cabos o de otra cosa, lo cual es bastante diferente para el
estudio de nuestro vocablo. Lo que se quiere indicar, en principio, es la
realización del cambio de posición de algún objeto: velas, vergas, anclas...,
valiéndose de unos instrumentos (cabos, drizas, escotas...) que ayuden a la
transmisión de ese movimiento que queremos impulsar.
Esta sería una acción semejante a la de bracear las vergas, operación que se
realiza por medio de unos cabos que, partiendo de los penoles, puntas o extremos
de las vergas, mantienen a éstas en la posición conveniente, orientándolas de
forma que la vela porte bien, es decir, que se coloque en la posición óptima
para aprovechar al máximo el impulso del viento, o por el contrario, para
dejarlo resbalar por la superficie vélica, cuando se quiera disminuir la marcha
de la nave. Esta operación requiere, en primer lugar y antes de iniciar ninguna
maniobra, que su jarcia esté libre, que hay que soltar antes todos los cabos
(brazas) que se habían mantenido sujetos en sus correspondientes amarraderos del
aparejo (cabiIleros y cornamusas), de forma que, una vez libres, soltando de una
banda y cazando de la contraria, permitan que las vergas adopten la posición
deseada, cambiando el aparejo al lado contrario al que iba marcado. Es decir,
que para poder tirar de un costado, es preciso haber soltado del opuesto, que
esté libre toda la jarcia de maniobra que va a necesitarse para la operación
emprendida.
Un sentido semejante se encuentra en algunas acepciones recogidas en otros
diccionarios, como 'tirar de una cuerda atrayendo a la embarcación' o 'hacer
marchar a una embarcación, tirando de una cuerda fija en el punto donde se
dirige' (2), en las cuales también podemos apreciar que lo importante no es
'tirar de la cuerda', sino 'mover la embarcación', la cual, previamente, tiene
que estar libre y suelta de toda amarra o atadura, para hacer posible su
deslizamiento con el servicio de los cabos: el impulso, en su forma más simple,
se consigue tirando del cabo auxiliar con una mano, mientras que con la otra,
alternativamente, se va soltando la parte ya utilizada, una vez cumplida su
misión, produciéndose un auténtico "tira y afloja" que, complementándose,
consigue el deslizamiento.
En el Vocabulario Andaluz de Alcalá Venceslada
(3) se cita un texto muy expresivo:
"hala un poco la cómoda, que yo pueda poner la alfombra", con el cual se viene a
corroborar la necesidad de permitir la libertad de movimiento, realizando antes
la operación de halar una cosa.
Otros textos citados por Corominas y Pascual apoyan también estas afirmaciones,
pues en ellos -usando la fonética andaluza de jalar- no se da a este verbo el
valor de 'tirar', sino que, por el contrario, tiene un sentido a la vez opuesto
y complementario, puesto que 'tirando' y 'halando', en alternancia sucesiva, se
consigue realizar un movimiento. Uno de los textos, de Fernán Caballero, dice:
"los chiquillos le tiran, le jalan y lo estropean (a un romero)", con lo cual
parece indicarse que lo "zarandean', que 'tiran' de él y lo 'sueltan', y que con
este continuo vaivén el romero se resiente. Algo semejante podría decirse del
otro texto citado: "tira que tira, jala que jala / los cordelitos de esta
campana" (4), aludiendo a la cuerda que sube y baja, tirando y aflojando, para
mover la campana y provocar su tañido. Es claro que en estos textos halar se
opone a "tirar", pero sus acciones se complementan.
La documentación que ofrece Oudin, en los comienzos del siglo XVII, está de
acuerdo igualmente con nuestras observaciones, pues apoya la misma semántica: "Haller.
Tirer á force, desraciner"; el primero de los verbos, en la lengua francesa,
tiene los valores de 'tirar de, sacar, quitar, liberar, echar, correr (por
ejemplo una cortina)", en cuya última acepción se manifiesta evidentemente la
necesidad de tirar de un cabo, mientras se suelta del extremo opuesto, para que
la cortina se deslice en una dirección y pueda realizarse después la operación
inversa invirtiendo el movimiento, como en la jarcia de un barco. El segundo
verbo, moderno "déraciner", equivale a 'desarraigar', es decir, 'desprender,
dejar libre, soltar'.
También merece destacarse el texto de García de Palacio, en el glosario de su
Instrucción Náu¬tica (153v), donde define: "Socayre es quando halan o tiran
de algún cabo, y otros tienen y dan buelta a un madero de la nao, para que no
torne o se largue lo que halan" (5). Aquí la disyuntiva o empleada entre
halar y "tirar" no parece indicar la identidad de los dos verbos, sino, por el
contrario, que, siendo dos acciones distintas, cualquiera de ellas que se
realice, puede utilizarse en ambas circunstancias el procedimiento del "socayre",
utilizando un modo de "chigre" o "cabrestante", cuya labor, importante para
tirar con más facilidad de un cabo, lo es tanto más para ir dando de él poco a
poco, evitando el peligro de que se "largue" bruscamente, con su consiguiente
pérdida.
Según la Real Academia (1925), "tomar socaire" es 'sujetar un cabo que trabaja o
del que se está tirando, dándole una vuelta sobre un barraganete u otro madero,
para que no se escurra" y Cejador (IX, 50-51) afirma que esto mismo se dice
"tener el socaire o cobrar el socaire" o "aguantar el socaire".
En el manual de Pastor Nieto Antúnez El capitán de yate, indispensable, como el
mismo autor indica, para capitanes, patrones de yate y patrones de cabotaje, se
da para halar el mismo significado que da la Real Academia, pero son muy
interesantes las explicaciones que da en su glosario de voces náuticas para
explicar otros vocablos, y en las que aparece el verbo halar, como por ejemplo:
"COBRAR: halar de un cabo o recogerlo", "CARGAR LAS VELAS: es cerrarlas o
recogerlas halando de los cabos dispuestos al efecto", "AMANTILLAR: halar los
amantillos (cabos que van desde la cabeza del palo hasta el penol de la verga,
sirviendo para inclinarla y mantenerla horizontal)" (6).
El estudio detenido del sentido de este verbo en las fuentes más antiguas, unido
a la especial grafía empleada por Oudin como haller, usando una doble l, que en
francés sonaría hal-ler, mientras que en castellano, para conservar una fonética
parecida, había que simplificar en una sola l, que han llevado a la conclusión
de que este verbo procede del árabe halla (pronunciado también hal-la), cuya
identidad fonética es evidente, lo mismo que su semántica, como podremos
estudiar más adelante.
La confirmación definitiva me la ha dado el vocabulario de Pedro de Alcalá, el
cual, en la misma raya entre los siglos XV y XVI, nos corrobora juntamente la
semántica y el étimo de este vocablo, en su traducción del castellano de su
tiempo al árabe vulgar granadino, cuando dice: "afloxadura de lo tirado hálle
hallĩt", "floxedad en el cuerpo hall" y "descosedura hálle hallĩt", empleando
también este mismo verbo árabe para las frases: "nehúll açádar halétl hull" (es
decir, halla -l-sidãra, 'soltar el chaleco') que traduce por "desabrochar", y "nihúl
a tilçán halélt hull” (halla -I-tilasm, 'liberar el amuleto'), traducido como
"desencantar lo encantado". El participio pasivo de este verbo, mahlũl, lo
traduce Alcalá por "suelto cosa no atada" y "suelto lo que no se puede desatar"
(7).
El verbo árabe "halla":
Este verbo, formado por una raíz sorda, tiene una gran amplitud de significados,
que podrían refundirse en la idea de 'soltar' o 'liberar'; citaremos, por
ejemplo, 'desanudar, desatar, deshacer, aflojar, desentrañar, resolver,
descifrar, desenlazar, disolver, diluir, desleir, desbandar, absolver,
descomponer, analizar, derretir, fundir, abrir, distender, devanar, desenredar,
desenmarañar, exonerar...'.
También su nombre de acción, hall, presenta semejantes caracteres:
'desatadura, desatamiento, desañudadura, suelta, solución, desciframiento,
desenredo, desenlace, aclaración, descomposición, disociación, desdoblamiento,
disolución, desbandamiento, licenciamiento, anulación, revocación, dispensa,
exoneración, absolución, libranza, descongelación...' (8).
Podemos comprobar que esta semántica, claramente recogida ya por Pedro de
Alcalá, nos encaja perfectamente con el concepto que tuvo primitivamente el
verbo castellano halar o el andaluz jalar.
En el diccionario de Kazimirski (9), se especifican concretamente muchos de sus
matices: 'desanudar, deshacer (un nudo); resolver (una dificultad, algún asunto
difícil); 'abrir, desplegar una pieza de tela, desembalar (las mercancías);
extender o desplegar lo que antes estaba recogido; ser lícito, permitido'.
Merece la pena destacar también los sustantivos: halãl, que traduce como 'cosa
cuyo uso está permitido, de la cual se puede usar libremente', y hulũl,
'ligadura entre dos cosas de tal manera, que cuando se nombra a una, la idea de
la otra se presenta al momento'. Este último parece ser la relación existente
entre los verbos castellanos "tirar" y "halar", en la misma paridad en que se
dice el "tira y afloja".
Ya en el siglo XIII el Vocabulista (10) traducía al latín los mismos conceptos:
halla, "disolvere, solvere", hallãl "fur" ('ladrón', el que tiene por oficio
desatar las cosas de los demás, soltarlas y llevárselas), halãl " legitimus,
licet" ('estar permitido; se puede, no hay inconveniente') y halĩlah "uxor"
('esposa', es decir, mujer legitima). Volviendo sobre el verbo, traducido por el
latino "soluõ", encontramos la misma identificación, y si cabe, aún más
acentuada: 'desatar un nudo, soltar, desatar una cosa de otra; librar, dejar
libre, romper, deshacer, disolver...', y de una manera específica, usado con las
palabras "ancorara" o "navem" vale 'levar anclas' y 'zarpar', e incluso puede
decirse simplemente "solvere" con el mismo valor semántico. Ernout y Meillet
(11) indican que, en el lenguaje náutico, este verbo, por sí solo, significa
levar anclas', derivado de su origen como 'desatar, desasir, despegar, separar,
desligar, soltar, desenganchar, desuncir', y que del sentido de 'desatar' se
pasó al de 'aflojar las ataduras, relajar las ligaduras / los lazos / los
vínculos'.
La relación directísima de halla con el verbo "soluó" la encontramos también en
Dozy (12), el cual traduce el árabe como 'desliar, soltar, desatar; desencadenar
un cautivo; desenredar un asunto; resolver un problema; pagar, como resolver una
deuda; desligar, fig. absolver, perdonar los pecados; atenuar los humores;
disolver en un líquido; mezclar colores', pero añade también que la expresión
"halla -I-mirsã" quiere decir 'levar el ancla; desplegar las velas'. La
duplicidad de acciones paralelas a la que nos hemos referido anteriormente, se
encuentra también en este verbo árabe en la frase, que cita Dozy, "halla
warabata", (desliar y liar').
El Vocabulista de Pedro de Alcalá nos ofrece nuevas aportaciones para el estudio
de la semántica del verbo halla árabe: ya hemos mencionado su traducción de "afloxadura
de lo tirado" por esta voz, pero es curioso que al pasar a la sección dedicada a
los verbos, emplea otra raíz distinta: "afloxar lo tirado narkĩ arkãit arkĩ',
traduciendo por la forma IV del verbo rajã, que vale también 'dar rienda suelta;
bajar, correr (un velo); dejar a su paso (a la cabaldura)', a lo que Dozy añade
también (distender, aflojar, desatar, soltar, descolgar, quitar las colgaduras,
desarmar las tiendas de campaña; aflojar una ballesta o un arco' (en Alcalá
igualmente "desenpulgar vallesta o arco") y 'soltar la presa (como cuando se
dejan caer los pescados en la sartén para freírlos); desaprenderse, desasirse',
a lo que añade: "como término marinero: LARGAR", incluyendo la frase "arjá -I-hilb"
como 'soltar el ancla'.
Una vez que ha surgido el empleo del verbo "largar", conviene detenernos un
momento en su semántica; el diccionario de María Moliner (13) dice de él: "(muy
usado en marina)". Ir soltando poco a poco un cable o una cuerda. Desplegar o
extender algo como una vela, una bandera, etc. Se emplea con tono despectivo o
con cierto énfasis con el significado de 'dar'. Soltar, pegar cualquier clase de
golpe, un tiro, etc... Así, pues, vemos como halar se identifica con "largar".
Otra aportación de Pedro de Alcalá nos la ofrece en su texto "afloxar lo
apretado nifattár fattárt fattár", en la cual emplea para dar la versión árabe
la forma II del verbo fatara 'entibiar, disminuir, aminorar, debilitar, abatir,
aflojar, relajar, distender', es decir, que si la acción se refiere a un cabo,
en marina, se dice AMOLLAR ('aflojar la escota u otro cabo para disminuir su
esfuerzo'), que tiene el mismo valor que "amollecer" 'ablandar', pues ambos
proceden de "muelle" 'blando'.
Este mismo sentido de 'endulzar, suavizar' aparece en el Vocabulista (14) bajo
el epígrafe latino "alicere", traducido por la forma II de este verbo, hallala,
a la que corresponde, según Dozy, los significados de 'adivinar un enigma;
perdonar, hacer gracia de algo; acariciar, atraer con caricias; licenciar;
interceder', que no son más que derivaciones semánticas del primitivo "soltar" o
"liberar", remarcando la suavidad o la dulzura, de la misma manera que en las
naves la maniobra se ha de hacer sin movimientos bruscos, que pueden producir el
efecto contrario al deseado, perdiendo la virada o el control de los cabos. En
esta línea se encuentran las traducciones que Pedro de Alcalá aporta para esta
misma forma: "halagar", "regalar halagando", "rogar halagando", "atraer
halagar", a más de las voces "halago", "regalo halagando", "halagueño", "halaguero",
"halagando", "halagadora" y "halagadora vieja lisonjera".
Como ya indicamos anteriormente, el objeto principal de esta disposición de
'suelta de los cabos' está orientada a conseguir una plena libertad de
movimientos, sin que pueda haber algún entorpecimiento en la fluidez de la
maniobra. Claramente se halla expresado este concepto en el Vocabulista, puesto
que traduce, bajo el epígrafe de "presto esse" (praesto esse), los verbos árabes
nadda, hãna y halla, con el valor, pues, de 'estar dispuesto, preparado, pronto
a (obedecer) una señal' (15). Lo mismo podríamos decir del nombre de acción
hulũl, traducida en este caso por los verbos latinos "hospitari" y "presto" (praesto),
el segundo de los cuales vale, en la primera conjugación, 'estar al alcance de
la mano, a disposición, presente, presto, estar pronto a obedecer una señal de
uno'.
Esta raíz árabe ha mantenido viva su semántica en el árabe moderno, acoplándola
a los adelantos de la técnica actual: así se emplea en el lenguaje de las
Matemáticas como 'solucionar un problema', en la Física y la Química como
'disolver un producto' o 'analizar una materia', en la Filosofía como 'hacer un
psicoanálisis', en la Literatura y en la Gramática como 'analizar', en la
Religión 'ser lícito', en la sociedad 'permitirse algo', en la correspondencia
'descifrar un mensaje' (16).
Acerca de su supervivencia en el norte de África nos da testimonio también el P.
Lerchundi (17); en varios de sus apartados se encuentran estas traducciones al
árabe vulgar de Marruecos: "soltar", "desatar" y "desatadura": hall
"soltarse", "ser soltado" y "desatarse": enháll
"soltado", "suelto", "desatado" y
"desanudado": mehlũl
"desanudar": hall el-=õkda "(18)
"lícito": hlal o helál
"lícitamente": bel-helãl
Voces todas usuales, como puede comprobarse, entre las gentes del pueblo
magrebí, lo mismo que entre los andaluces, sus vecinos "del otro lado de la
calle", como podríamos decir, puesto que el mar de Alborán es una inmensa
avenida por donde circulan sin descanso los barcos de todo el mundo y, a un lado
y a otro de sus orillas -como aparcados junto a sus aceras- los habitantes de
ambas riberas mantienen sus relaciones de buena vecindad.
Conclusión:
El hecho de que este verbo halar sea citado por el Diccionario de Autoridades
como perteneciente al Vocabulario marítimo de Sevilla (1696) parece apoyar, en
cierto modo, nuestra tesis de una procedencia meridional de este vocablo, aunque
éste no pueda ser un argumento concluyente en el que basarnos; sin embargo, la
vitalidad que tiene en Andalucía el verbo jalar sí hace pensar, con bastantes
garantías de probabilidad, en su autoctonía como voz andaluza.
Entre los pescadores de las costas andaluzas jalar es voz de uso cotidiano.
Concretamente, en Almería (y supongo que no sólo en estas riberas) se llama
jalador (halador) a una especie de aparejo que se coloca sobre una banda de las
traiñas, constituido por una pluma y un rulo, y que sirve para subir las artes
de pescar hacia el barco, es decir, para maniobrar con los cabos que sujetan las
redes.
Pero también, según hemos visto, se usa también no sólo referido a los cabos de
labor, que constituyen la jarcia de maniobra, sino que se emplea en otros muchos
usos, como para mover un mueble, tocar una campana o zarandear cualquier objeto
(recordemos la planta de romero mencionada por Fernán Caballero).
Sin embargo, no hay duda de que su vitalidad se debe eminentemente a su uso
náutico, pues la gente de la mar siempre supo conservar como un tesoro su propio
vocabulario, aunque a veces, a los profanos, les parezca una jerga
ininteligible, donde nada se llama por su nombre y todo se dice de manera
diferente que cuando bajan a tierra. En marina, como hemos dicho, está referido
halar a la acción de los cabos de labor (cabos y no "cuerdas", ya que es dicho
popular entre marinos la frase tan repetida de que "a bordo no hay más cuerda
que la del reloj"). Estos cabos pueden ser drizas, que izan distintos útiles (vergas,
velas, banderas...), o escotas, que sirven para bracear las velas o las vergas,
u otra variedad de los muchos tipos de cabos que se llevan a bordo (amantillos,
cargaderas, ostas, brioles, apagapenoles...), los cuales, mientras no se les
requiera para la labor específica para la que están destinados, van afirmados en
sus correspondientes perchas, anudando sus extremos o chicotes para que no se
corran o se despasen de los aparejos a los que van afirmados (motones,
cuadernales, bitas o norays), los cuales los mantienen fijos a los palos, a los
remolques de las perchas, al arganeo del ancla, a las vergas (acción de
"envergar"), en cabillas, en cornamusas y en las bigotas, que sirven para tesar
la jarcia: entre estas operaciones de sujeción se encuentran las de adujar o
'enroscar un cabo o vela en adujas, nombre que designa las vueltas o roscas que
se dan al cabo para que ocupe menos espacio, no estorbe ni se enrede: o la de
encapillar o enganchar un cabo a un penol o rebaje de un palo por medio de una
gaza, la cual se hace formando asas superpuestas con los chicotes; o bien la de
enjuncar, que es atar o aferrar con ligeras filásticas para que al tirar en el
momento conveniente de dar la vela, rompiéndose las ligadas, se desplieguen las
velas al viento; el número de maniobras, con su peculiar vocabulario, que podría
mencionarse, sería demasiado extenso para este corto trabajo.
Por eso, antes de iniciar cualquier cambio en el aparejo de la nave, en la
posición de las vergas o de las velas, o cualquier otra maniobra, lo primero que
ha de hacerse es tirar del cabo firme, que ha de utilizarse, halándolo, para
dejarlo libre y suelto, apto para su uso, sin impedimentos.
Así, podremos decir que para orientar (disponer las velas para que reciban bien
el viento), o izar (hacer subir un objeto como velas, banderas, etc., tirando
del cabo al cual están sujetos), o espiar (mover una embarcación por medio de
estachas o cabos gruesos y resistentes que se dan desde el barco para
amarrarse), o cargar las velas (cerrarlas o recogerlas, halando de los cabos
dispuestos al efecto), u otro cualquier tipo de maniobras semejantes, la primera
que ha de hacerse es alguna de las siguientes: lascar (arriar un poco cualquier
cabo que esté tenso, dándole un salto suave), o aflojar (ir soltando poco a
poco, dejando libre), o filar (arriar progresivamente de un cabo que está
trabajando), o saltar (desprender un cabo) y, en general zafar (soltar, quitar
estorbos de una cosa). Únicamente así será posible realizar la acción
complementaria que conduzca a buen término la acción emprendida, cobrar, cazar,
templar o tesar. En marina se emplea un verbo que resume y compendia ambos
extremos de la maniobra: tiramollar, 'tirar de un cabo para aflojar lo que
asegura'.
En resumen, lo que realmente interesa para realizar una maniobra a bordo, es
aclarar cabos y aparejos, desembarazándolos de modo que laboreen sin estorbo.
Este es el sentido evidente de libertad que tiene en la lengua árabe el verbo
halla, legado a las lenguas mediterráneas. La confirmación más concluyente de la
estrecha relación de este vocablo entre las lenguas árabes y romances la da el
hecho de que en Andalucía este verbo conservó, como en el árabe, con la misma
pronunciación aspirada, un sentido mucho más amplio que el meramente náutico, ya
que era una expresión usual en todo el pueblo y no sólo en los marineros. En
cambio, en los países en que esta palabra fue importada por los marinos y ajena
a la vida ordinaria en tierra, su empleo quedó reservado para expresión de
navegantes, ya que fuera de la mar no tenía ningún sentido para los profanos.
En conclusión, no nos puede resultar extraña la aparición de palabras árabes en
el vocabulario marinero, puesto que, como hemos recordado, los navegantes del
mundo islámico dieron la pauta para el arte de navegar a los pueblos europeos
durante toda la Edad Media y sus aportaciones científicas y prácticas fueron
definitivas para la náutica mundial.
NOTAS
(1) Ver COROMINAS, J. y PASCUAL, J. A., Diccionario crítico etimológico
castellano e hispánico, tomo III, Madrid, 1980, Ed. Grados.
(2) Ver MARTY CABALLERO, D. E., Diccionario de la lengua castellana, Madrid,
1983, Casa Ed. Vda. de Rodríguez, 2 vols.
(3) Madrid, 1980, Ed. Grados.
(4) ESPINOSA, A. M., "Romances de California", en Homenaje a Menéndez Pidal, I,
313.
(5) Texto citado por COROMINAS y PASCUAL en el artículo correspondiente a
"socaire".
(6) La Coruña, 1942, Imprenta Moret.
(7) Arte para ligeramente saber la lengua arauiga y Vocabulista arauigo en letra
castellana, Granada, 1505. Ed. de Paul de Lagarde, Petri Hispani. De lingua
arabica, libri duo, Gottingae, 1883, reproducida por Otto Zeller, Osnabrück,
1971.
(8) Ver CORRIENTE, F., Diccionario árabe-español, Madrid, 1977, Instituto
Hispano-Araba de Cultura.
(9) BIBERSTEIN KAZIMIRSKI, A. de, Dictionnaire arabetrangais, París, 1860,
Maisonneuve.
(10) Vocabulista in arabico, atribuido a Raimundo Martí y publicado por
Schiaparelli, Firenze, 1871.
(11) Dictionnaire étymologique de la lengua latina. His¬toire des mots, París,
1979, 4.' ed., Ed. Klincsieck.
(12) REINHART DOZY, Suplément aux dictionnaires gra¬bes, Amsterdam, 1845, J.
Müller. Nueva ed. de "Librairie du Liban", Beirut.
(13) Diccionario del uso del español, Madrid, 1980, Ed. Grados.
(14) Ver nota 10.
(15) El verbo nadda significa 'fluir, manifestar, ser posible', y hána vale
llegar, sobrevenir el momento de, ocurrir oportunamente'.
(16) Ver Charles Pellat, L`arabe vivant, París, 1971, Ed. Adrien-Maisonneuve.
(17) Vocabulario español-arábigo del dialecto de Marruecos, Tánger, 1916, 2.1
edi., Tipografía de la Misión Católica Española.
(18) Emplea la grafía magrebí del qet con un solo punto.
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