
Preámbulo
prehistórico
La estructura geográfica de
Palestina es sencilla: tres franjas paralelas a la costa mediterránea,
orientadas de norte a sur: la extensa depresión, muy bajo el nivel del mar, que
va desde el lago Houle (en la actualidad desecado) al golfo de Aqaba en el Mar
Rojo, jalonada por el lago Tiberíades (o Mar de Galilea), el río Jordán, el
Mar Muerto, y dominada por tres importantes acantilados al oeste, constituye una
especie de corte que marca la frontera oriental.
A partir de los acantilados, una
segunda franja paralela de montañas y de llanuras desciende en ondulaciones y
pendientes hacia el litoral. En realidad constituye una antigua zona de población
y una “ruta de las cumbres”.
Finalmente encontramos la franja
costera, particularmente fértil, irrigada, pero también fragmentada por los
cursos de agua intermitentes que descienden de las montañas.
La diferencia es notable entre
esta región y la de los dos grandes deltas: el del Tigris y el Eufrates y el
del Nilo. En los dos extremos del Creciente Fértil, donde nacieron las
civilizaciones más antiguas del mundo, la de Mesopotamia y la de Egipto, estos
grandes ríos constituían una red hidráulica unificadora. Exigían, para
amansar al temible gigante de las aguas, grandes imperios centralizados formando
una fuerza única compuesta por millones de hombres. Palestina, por el
contrario, vio nacer, varios milenios antes de Grecia, “ciudades-Estado”, de
las cuales evocaremos sus formas sucesivas y sus vicisitudes, pero que, a
diferencia de los grandes imperios centralizados, no establecían, en la
comunidad, un abismo entre los individuos y los poderes.
Entre los polos de atracción de
los dos grandes imperios, a veces juguete de sus rivalidades, y víctima de su
dominación, a veces lugar de encuentro de sus culturas y enriqueciéndose de
sus relaciones, en ocasiones punto de equilibrio entre sus fuerzas y libre en
consecuencia de afirmar su autonomía y su identidad cultural, Palestina no
puede ser definida como un “sitio de paso”. Constituye, en la encrucijada de
tres continentes: Asia, África y la Europa Mediterránea, un foco de irradiación
donde, a partir de un diálogo milenario de las civilizaciones, de un
intercambio de refinadas culturas, se ha elaborado una síntesis original que ha
aportado al mundo una de las contribuciones espirituales más bellas desde la
primera civilización de Caná, de la cual los descubrimientos de Rasshamra, en
1.929, y los de Ebla a partir de 1.975, han comenzado a revelarnos su riqueza,
antes del florecimiento de los profetas hebreos, el anuncio del reino de Dios
proclamado por Jesucristo, y el Islam, integrando los mensajes anteriores y abriéndolos
a una comunidad sin límites.
Por tanto, el Creciente Fértil
puede muy bien ser definido como una parcela del mundo que ha contribuido, más
que cualquiera otra, a conducir los hombres a Dios.
Sobre la prehistoria de esta
tierra, la arqueología nos revela solamente que en ella los grandes umbrales de
la evolución del hombre fueron franqueados, en el crisol del Creciente Fértil,
al mismo tiempo que en las civilizaciones más precoces.
Tal vez más todavía que el
nacimiento de la herramienta, que prueba la superación, por parte del hombre,
de la vida animal, la fe es testimonio, por el trato que se da a los muertos, de
que la existencia no se limita a la vida biológica. El hombre no es sólo el
animal que fabrica herramientas: es el único animal que construye tumbas y
templos.
Las herramientas del hombre de
Oubeidiyeh se asemejan a las de Olduvai II en África oriental, donde fue
descubierto el hombre más antiguo equipado con utensilios de piedra que se
conoce hasta la fecha.
Mesopotamia comienza hacia las
postrimerías del cuarto milenio (3.100) con las migraciones en masa de la época
de la antigua Edad del Bronce.
Probablemente estas oleadas tienen
su orígenes en la península Arábiga, cantera de tribus nómadas que abandonan
el desierto para hallar una naturaleza más acogedora, recorriendo para ello el
Creciente Fértil, remontando el curso del Eufrates, y después el del Oronte,
para instalarse finalmente en las ricas tierras de Palestina, donde, después de
haber conocido, en contacto con ciudades sirias como Biblos, las formas de vida
urbana y el arte de la construcción en ladrillo, se establecen de forma
duradera.
Estos emigrantes, en los albores
de los tiempos históricos, ya pueden ser llamados cananeos, siguiendo la
costumbre de la Biblia, que da este nombre a los habitantes semitas de Palestina
antes de la llegada de los israelitas. Fuerza es recordar, sin embargo, que este
nombre es convencional porque Caná no se menciona en los textos (extrabíblicos,
R. G.) antes de la mitad del segundo milenio.
Conviene subrayar que el nombre de
“semita” no designa una raza o una etnia, sino ante todo un grupo lingüístico:
las lenguas “semíticas” se caracterizan esencialmente por raíces de tres
consonantes para sus verbos, que, además, solo tienen
dos “tiempos”: el perfecto y el imperfecto.
Las múltiples migraciones serán,
hasta la invasión de Alejandro (333), oleadas de un mismo movimiento
“semita”, ya se trate de los arameos, que se detienen en Siria, de los
hebreos en el siglo XIII antes de Jesucristo, de los nabateos en el siglo IV,
que apenas van más allá de Petra, o de los musulmanes de Arabia, que en el 636
de nuestra era llegan a un país árabe al cabo de más de tres mil años, y que
liberan solamente del yugo romano de Bizancio. Las lenguas árabe y hebrea están
estrechamente emparentadas; los hebreos eran un grupo de tribus semitas entre
otras, cuya lengua primitiva, el arameo, es a la vez la matriz del árabe y del
hebreo. La misma raíz semítica: ha b r da, por simple permutación de las
consonantes, árabe y hebreo, sin que el uno ni el otro designen una raza ni una
etnia, sino un modo de vida: el del beduino.
Los hebreos son tribus semitas,
oriundas de la Península Arábiga, y llevan una existencia nómada, como todas
las demás, en el Creciente Fértil, desde Mesopotamia a Egipto, para
instalarse, por fin, en Palestina y “civilizarse”, convirtiéndose en
sedentarios, tras su contacto con la cultura cananea.
El escenario de estas migraciones
es siempre el mismo: los invasores nómadas, ya sean amorreos, arameos, hebreos,
nabateos o musulmanes de Arabia, pasan, en el Creciente Fértil, de la vida nómada
a la vida sedentaria, asimilan la fundamental civilización cananea, y a su vez
aportan, con cada nueva oleada, la contribución de las virtudes del beduino.
Por consiguiente Palestina, como
todo el Creciente Fértil, es a la vez un crisol, un pueblo y una cultura.
Los cimientos fundamentales se
asientan en la tierra de Caná, el pueblo cananeo, la cultura cananea, que,
después de cinco mil años de migración semita, desde 3.100 hasta finales de
este siglo XX, constituyen el pueblo palestino, agente activo y creador, crisol
de civilización. La humanidad debe sobre todo al Creciente Fértil la escritura
alfabética que, en el siglo XV antes de nuestra era, creó el movimiento más
formidable de democratización de la cultura al pasar de los ideogramas jeroglíficos
de Egipto, o de los cuneiformes de Mesopotamia, que se contaban por centenares y
eran privilegio de sabios, sacerdotes o escribas, a una simple anotación de los
sonidos, reducidos a una veintena de signos, y, por consiguiente, accesibles a
un círculo infinitamente más amplio. Esta fue una de las “revoluciones
culturales” más profundas de la epopeya humana.
La otra inmensa aportación del
Creciente Fértil a la humanización de la especie humana fue el desarrollo de
la dimensión trascendente del hombre.
No es posible situar en su justa
perspectiva esta contribución, sino circunscribir a la vez las influencias y
las imitaciones, para entresacar lo que fue original y fulgurante síntesis.
Es cierto que el Creciente Fértil,
lugar de tránsito de las caravanas, vio confluir en su territorio el marfil y
el oro de África, la mirra, el incienso, las especias de la India y del sur de
Arabia, el ámbar y la seda de China y de Asia Central, el trigo y los cedros de
Siria. y, por mar, el cobre de Chipre, los productos de Creta y del mar Egeo, al
igual que de Egipto.
También es cierto que allí se
desbordaron, en el flujo y reflujo de los imperios, los ejércitos de todos los
conquistadores: el del Egipto de los faraones, de Asiria y de Babilonia, de los
“Pueblos de la mar” y del Imperio persa, de los hebreos, los de Alejandro,
de los romanos y de los bizantinos, la expansión árabe, la invasión de los
mongoles y la de las Cruzadas, la dominación otomana, la incursión de
Bonaparte hasta San Juan de Acre, la colonización occidental de Inglaterra y,
después, la del sionismo. Desde Thutmes III a Nabucodonosor, desde Godofredo de
Bouillón a Bonaparte, desde Ibrahim Pachá al general Allenby, las tropas
extranjeras recorrieron las mismas rutas y se enfrentaron en los mismos campos
de batalla. Los sueños de los conquistadores giraron sobre esta tierra como un
torbellino de hojas muertas, y las arenas cubrieron la sangre.
Lo que permanece, por encima de
las hegemonías efímeras y las dominaciones, es la continuidad de un pueblo y
de una cultura, arraigadas en esta tierra desde hace cinco mil años, desde los
cananeos al alborear de la historia, a los palestinos de hoy.
Es necesario no subestimar la
aportación de las elevadas espiritualidades, para no incurrir en un
excepcionalismo triunfalista, como si el florecimiento de lo divino, en
Palestina, fuera una flor del desierto.
En 1.959 fue hallado en Meggido un
fragmento de la epopeya mesopotámica de Gilgamés, difundida en diversas
lenguas, en el segundo milenio antes de nuestra era. Lo divino bulle ya en el
alma del héroe cuando, al partir a la conquista de la inmortalidad, apostrofa
al dios Shamash que trata de disuadirle: “Si esta empresa no debe ser
realizada, ¿por qué, Shamash, has sembrado en mi corazón este deseo
inquieto?”.
En las inscripciones funerarias de
Ai, cerca de Betel, se encuentra un eco del “Libro de los muertos” egipcio
de mediados del segundo milenio: “Dios, aquí, vive en mí como yo vivo en
vos...”, y la llamada de Dios que está en el hombre, en las estelas egipcias
de Paheri de El Kab: “Que puedas atravesar la eternidad con tu alma impregnada
de dulzura, en la gracia del Dios que está en ti”, o las enseñanzas
relativas al rey Merikare (hacia 2.100):
“Si
le alcanza la muerte sin haber pecado
permanecerá
ahí abajo como un Dios, para
dar
libremente sus pasos de eternidad”.
El Creciente Fértil conoció el Código
de Hammurabi, rey de Babilonia, siglos antes del Decágolo, y del monoteísmo de
Akhenaton, el faraón visionario de “El himno al sol”, del cual el Salmo 104
de la Biblia utiliza las imágenes, siglos antes de que Isaías desplegase todas
las consecuencias del monoteísmo.
A partir de esta rica y profunda
herencia podremos delimitar mejor la aportación específica del Creciente Fértil
a la espiritualidad humana, a través de la “Biblia cananea”, descubierta en
Ras-Shamra, Siria, en 1929, a través de la Torah y de los profetas hebreos, a
través del Evangelio de Jesucristo y del mensaje del Islam.
La compleja relación entre una
tierra, un pueblo, una cultura, no puede entenderse, en Palestina, sino basándonos
en su origen histórico: la civilización cananea, y las aportaciones sucesivas
que ésta ha integrado y que la han enriquecido.
Continuación