Uno de los episodios más extraordinarios de la política marroquí del siglo XVI
es la expedición que el sultán Ahmad Al-Mansur Ad-Dáhabi envió al Sudán, es
decir, al «país de negros», el territorio subsahariano de la gran curva del río
Níger. Un cuerpo de ejército de moriscos españoles participaron activamente en
esa expedición. Este episodio ha provocado muchos estudios (Castries, García
Gómez, Lévi-Provençal, Pianel, Guennoun, Portillo Togores, Abitbol, etc.).
Actualmente, algunos españoles han ido a la República de Mali a entrevistar a
sucesores de aquellos andalusíes, publicando algunos reportajes de esos viajes
(véase el libro de Villar Raso). Hasta escritores actuales han tornado a esa
expedición corno terna de inspiración literaria (como el mallorquín Miquel Ferrà,
que ha publicado en catalán la narración Alla akbar [El Morisc, en Alzira,
Valencia, en 1990).
La expedición fue enviada por el sultán marroquí
en 1591. Estaba compuesta de dos cuerpos de ejército, uno de andalusíes y otro
de «elches» o europeos islamizados, mandados por Jaudar Baxa, morisco
o al menos cristiano en su juventud, que se había vuelto musulmán. La expedición
atravesó el Sáhara, invadió el imperio songai derrotando a su soberano el Askia
Muhámmad, se apoderó de su capital Gao y la trasladó a Tumbuctú. Fundaron un
nuevo imperio y una nueva etnia, la de los arma y los layuyis, que dominaron de
1591 a 1741 y que reconocían la soberanía marroquí enviándoles tributos e
intercambiando productos sudaneses y marroquíes (oro, sal y armas de fuego,
principalmente).
El historiador Dramani-Issifou ha explicado las
razones de ser de esa expedición, dentro de la política marroquí y de la de los
pueblos musulmanes del sur del Sáhara. El sultán saadí había logrado
beneficiarse del equilibrio mediterráneo que siguió a Lepanto, entre los turcos
y los españoles, así como detener a éstos y a los portugueses en las zonas
costeras marroquíes y sofocar unas rebeliones militares, después de 1578.
Con la expedición intentaba hacerse con la fuente
del oro sudanés, que le independizaría financieramente de la tutela de poderes
locales marroquíes para su política internacional. Pero hay que suponer también
que quería quizás liberarse de unos cuerpos de ejército demasiado influyentes en
tiempo de paz. De hecho, su jefe el pachá Jaudar, a su vuelta a Marruecos, fue
mandado asesinar por el sultán Mulái Ax-Xaij. La expedición era particularmente
extraña y tuvo que justificarse por ser un ataque de un país musulmán a otro,
tanto a nivel de los expertos en ciencias religiosas de Fez como
ante las autoridades espirituales de La Meca.
Para el estudio de la capacidad marroquí de
asimilación de los inmigrantes moriscos se pueden sacar algunas informaciones de
este episodio.
La primera es verificar que la integración de los
moriscos no era tan fácil a fines del siglo XVI como cuando habían venido los
granadinos y demás andalusíes arabizados, hasta principios del siglo. Es muy
probable que muchos lograran la
asimilación en la sociedad civil, especialmente entre las poblaciones andalusíes
anteriores de Tetuán y la zona costera de Marruecos. Pero la formación de
importantes cuerpos de ejército «de extranjeros», con los elches europeos y los
negros
subsaharianos, manifiesta el normal carácter foráneo de los moriscos en la
sociedad marroquí.
También hay que advertir quizás el peligro de un
«poder andalusí» en la sociedad marroquí. Asimismo, la situación de los moriscos en el período de esplendor de
los saadíes, que corresponde a las inmigraciones granadinas, difiere
radicalmente de las
inmigraciones de la primera mitad del siglo XVI y de la situación de los
moriscos de la
gran expulsión final, que encuentra al poder central marroquí en plena
descomposición,
por las luchas entre los sucesores de Al-Mansur.
 
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