4. Conclusión
Examinando el etnocentrismo occidental en la percepción de las mujeres árabo-musulmanas
he querido demostrar que algunos de los estereotipos son falsos, basados sobre
un imaginario lejano. Otros, sin embargo, tienen una base real, puesto que la
poligamia y el uso del velo existen en todos los países musulmanes. Sin embargo,
como estereotipos que son, tergiversan la realidad confundiendo la parte con el
todo, obviando la diversidad sociocultural, ético-religiosa y política existente
en y entre los países árabes y/o musulmanes.
Dada la heterogeneidad del Islam, con una pluralidad de
escuelas teológicas, no se puede equiparar países tan diversos como la India,
Indonesia, Marruecos, Irán y Yemen. Una pluralidad que también se da en su
desarrollo jurídico incluso entre países con predominio de una misma escuela
teológica. Por añadidura, incluso en un mismo país existen múltiples factores
que hacen variar las situaciones, como son las diferencias de hábitat
(rural-urbano), clase social, nivel de estudios, independencia económica,
creencias familiares y generación,
el funcionamiento del mercado de trabajo y las diversas políticas
gubernamentales sobre los ámbitos laboral, familiar, educativo y cultural.
Parece que la construcción y difusión de estereotipos sobre
los musulmanes guarda relación con las políticas internacionales y los procesos
de identificación/diferenciación con la comunidad política. Desde los orígenes
de la sociedad industrial, la construcción simbólica de la identificación con el
sistema político, paradigmáticamente un Estado-nación, se fragua en buena parte
por
comparación y diferenciación respecto a un enemigo exterior. El temor a una
agresión extranjera facilita la percepción de un interés compartido, mientras
que si ese enemigo se esfuma se atribuye más importancia a los conflictos
interiores y la identidad puede peligrar. Hobsbawm ha afirmado que «para unir a
secciones dispares de pueblos inquietos no hay forma más eficaz que unirlos
contra los de fuera» (1992: 100). Pues bien, en un escenario en el que el
principal enemigo exterior tras la Segunda Guerra Mundial se ha desvanecido, el
proceso de unificación europea y el mantenimiento de las estructuras militares
parecen valerse de los fantasmas del Islam para crear, de forma encubierta y
apelando a la irracionalidad, una identidad común en la que apoyar las
estructuras políticas supranacionales.
Quisiera subrayar que los estereotipos sobre la situación de
las mujeres árabo-musulmanas son posiblemente el instrumento más eficaz para
demonizar sus sociedades. No sólo consiguen escandalizar a gentes de
convicciones cristianas al destacar las diferencias morales (no es casualidad
que se obvien las muchas similitudes), sino que en una Europa muy secularizada
logran sublevar a muchos ateos y a personas de orientación laica, neutral y
tolerante respecto a las diferencias de credo, al ofrecer una imagen contraria
al principio
de la igualdad entre los seres humanos. Es decir, surte efecto tanto sobre
personas de orientación conservadora como de orientación progresista.
Finalmente, si de verdad se quiere hacer un ejercicio de
solidaridad con las mujeres inmigradas, debería comenzarse por sustituir la
actitud de compasión y prejuicio por un ejercicio de receptividad e igualdad de
trato. El hecho de haber emigrado es un claro signo de que no son pasivas ni
sumisas, y sugiere también que su sociedad de origen está en un proceso de
cambio, al aceptar e incluso apoyar en muchos casos la emigración de sus
mujeres. Puesto que se trata de seres con autonomía e iniciativa, lo que cabría
es escuchar y apoyar
sus propias aspiraciones y demandas.
