2. La construcción de la discriminación desde España
Los estereotipos aducidos más frecuentemente en relación con la discriminación
de las musulmanas son el velo, el sistema de herencia, la clitoridectomía y la
poligamia. Para superar la visión etnocéntrica, en esta parte demuestro que
aunque estas prácticas existen, no son generalizables, y que mientras algunas
están prescritas en el Corán, otras son costumbres preislámicas que siguen en
uso sólo en algunas sociedades, tanto de fe musulmana como de fe cristiana.
Asimismo compruebo qué dice el Corán acerca de ellas a fin de
evaluar si son o no imputables a la esencia del Islam.
2.1. La clitoridectomía
Frecuentemente leemos, escuchamos o vemos imágenes distorsionadas, falsas, o
aisladas del contexto social que puede darles sentido, para demostrar la
opresión de las musulmanas. No es raro encontrar un artículo de prensa en el que
la ablación del clítoris aparece como una «costumbre de origen africano basada
en los principios de la religión islámica»(7). Lo
cual es rotundamente falso.
La circuncisión en general, tanto masculina como femenina, es
una práctica antiquísima, anterior a la edad del bronce. Heredoto ya mencionó la
femenina en el siglo V antes de Cristo, practicada por egipcios, hititas,
fenicios, etíopes y griegos (Lerner, 1990: 282). Esta mutilación ha ido tomando
diferentes formas (infibulación, introcisión) en distintos pueblos (sudaneses,
conibos del Perú, australianos).
Los motivos son diversos: algunos pueblos por higiene y como
preparación a la vida sexual, otros como sacrificio (símbolo religioso de
purificación) o como una marca de distinción, o ambos al tiempo (Mujeres en
acción, 1993: 2; Dorkendoo y Elworthy, 1994: 12-14).
En las sociedades árabo-musulmanas, se sigue realizando la
circuncisión masculina y, en mucho menor medida, la escisión femenina. Ambas
simbolizan el ingreso en la comunidad (Bouhdiba, 1986: 214). Aunque la masculina
es la más generalizada, no existe ningún versículo en el Corán que la mencione,
y tan sólo algún dudoso hadiz (hecho o dicho atribuido a Muhammad y sus
compañeros) parece mencionar la circuncisión de Muhammad
(8). Por su parte, la circuncisión femenina ni siquiera es aludida en los
hadices, aunque, si acaso, según un hadiz citado por Bouhdiba, parece que
Muhammad, al ser preguntado sobre este
tema, mostró reticencia (1986: 216). Así pues, es una práctica tan poco
musulmana como cristiana. Una práctica preislámica que sigue presente tan sólo
en algunos países musulmanes, pero no en los del Magreb. Y que en cambio sí lo
está también entre muchos cristianos de Egipto, Sudán y el África Subsahariana
2.2. La poligamia
Otra de las cuestiones que más atención concitan es la de la poligamia
(técnicamente, poliginia). Son varias las consecuencias de la crítica que
algunos occidentales le dirigen. Es más, convirtiendo a «los otros» en unos
pecadores o, actualmente, en unos tiranos antidemocráticos, esos occidentales
parecen pretender reafirmar su identidad monógama. Primeramente, al oponer la
monogamia a la poligamia, las formas matrimoniales sirven para identificar y
diferenciar los propios de los extraños para construir la identidad occidental.
Y segundo, se convierte a los musulmanes en un todo homogéneo donde la poligamia
deviene la regla general.
Es cierto que el Corán la permite, pero en ningún caso resulta
obligatoria. Si nos adentramos en el libro sagrado musulmán notamos que la
poligamia es desaconsejada, ya que, en caso de practicarla, el hombre debe ser
equitativo con sus esposas, tanto en el trato sentimental o afectivo como en los
aspectos materiales (Sura IV, Aleya 128). Si se exige justicia y rectitud, que
son difíciles de realizar, lo aconsejado es el matrimonio monógamo. Por otra
parte, el hombre no puede contraer matrimonio con una segunda esposa sin que la
primera lo apruebe. Otra cosa es que en la práctica suela conculcarse el derecho
de
la mujer a oponerse a un nuevo matrimonio de su cónyuge.
En cualquier caso, pasando de lo normativo a lo efectivo, se
observa que la incidencia de la poligamia es muy desigual, variando
considerablemente de un ámbito social a otro. En primer lugar, en el Magreb, los
ámbitos rurales suelen ser más reacios a la práctica de la poligamia, debido
quizá a que en ellos las mujeres no están recluidas y a que, al trabajar en el
campo, tienen más fácil
el regreso a la familia paterna en caso de quiebra matrimonial
(9). Otra explicación más plausible es que los
hombres se conforman con una sola esposa por los costes que supone contraer
matrimonio con una segunda (véanse Bouhdiba, 1986 y Mernissi, 1995).
En segundo lugar, esta práctica también varía de unos países a
otros. La tasa más elevada de poligamia se ubica en países del mar Rojo como son
Arabia Saudí (por cada mil varones casados, 120 son polígamos) y Sudán (168 por
millar). En cambio, en los países del Magreb la tasa de poligamia es de las más
bajas (18 por millar en Argelia), con la excepción de Marruecos (66 por millar).
En Túnez está prohibida desde 1956 (aunque, naturalmente, sin
efectos retroactivos) (Manyer, 1996). En términos generales podemos concluir que
hay una gran variabilidad en la incidencia de esta práctica en los países
musulmanes.
Asimismo, considerando la situación económica actual y el
cambio de mentalidad de las nuevas generaciones, pocos hombres hoy la desean y,
además, el acceso de las mujeres al mercado laboral y la educación disminuye su
tolerancia ante tales pretensiones. Por lo tanto, la creencia etnocéntrica sobre
la poligamia se apoya en una inducción lógicamente falsa: han creado
afirmaciones universales a partir de casos particulares (falacia pars pro toto).
2.3. El discurso occidental sobre el velo y las reglas de
la herencia
El velo y la herencia fueron instrumentalizados durante el periodo colonial para
justificar la sujeción política, económica y cultural por potencias occidentales
de sociedades de mayoría musulmana y todavía tienen eco en la opinión pública
occidental. Algunos franceses crearon el discurso del velo durante la
colonización de Argelia. Con él procuraban, de un lado, persuadir a la
metrópoli de la inferioridad del Islam para legitimar su empresa bajo la piel de
cordero civilizadora y, por otro lado, debilitar la resistencia argelina
poniendo en su contra a parte de las mujeres colonizadas, al exponerles que el
velo era un claro síntoma de su discriminación (Fanon, 1972; Ramzi-Abadir, 1986;
Jansen, 1989).
Este discurso colonial se yuxtaponía a otro discurso, todavía
vivo, sobre la campesina cabileña argelina, que no suele emplear velo,
presentada idealmente como una mujer libre e independiente (Jansen, 1989).
Siguiendo la máxima «divide y vencerás», esta diferenciación entre la árabo-argelina
(con estatus inferior) y la beréber-argelina (con estatus superior) no era más
que una hábil
estrategia para dividir y debilitar al pueblo colonizado, integrada
perfectamente en la política más amplia de destacar las diferencias entre las
etnias beréberes y árabes que los franceses implementaron tanto en Argelia como
en Marruecos y Túnez.
En general, cuando se habla del velo se pretende que es una
evidencia de la discriminación y la sumisión de la desvalida musulmana. Así hay
quien afirma: «Una de las obligaciones indisolubles de la [...] musulmana es el
hijab (velo), símbolo por excelencia de la marginación y de la alienación a que
ha sido sometida por su religión» (Manyer, 1996: 67; cursivas y traducción
mías). Es decir, al definir la situación de las musulmanas se da implícitamente
por supuesto que el Islam es su enemigo, degrada su dignidad y las somete a un
nivel infrahumano. Mas lo cierto es que para las magrebíes el velo nunca ha
representado un obstáculo en su camino de emancipación (Mernissi, 1987; Taarji,
1991; Bessis y Belhassen, 1992). Como el pañuelo o la mantilla en otras
latitudes (tan frecuente en el Mediterráneo), existe desde hace muchos siglos en
el Magreb, con los nombres de hayek, yelaba o melaya y hijab (10). No hace mucho,
las mujeres se cubrían con él como signo de elegancia, como hacían las antiguas
griegas y romanas, y todavía puede verse en la alta costura parisina.
Actualmente su utilización corresponde con frecuencia a
convicciones personales de índole ética, puesto que está prescrito en el Corán,
de suerte que para quienes lo visten no representa un acto de sumisión a los
hombres, sino una expresión voluntaria de su fe y su sumisión a Allah. También
ha ocurrido que el movimiento independentista argelino contrapuso al discurso
colonizador francés el uso del velo como símbolo de identidad musulmana frente
al invasor, de tal suerte que muchas activistas argelinas lo llevaban con fines
políticos.
El uso que actualmente hacen algunas jóvenes francesas de
origen magrebí quizá vaya también en esta dirección, como reivindicación de una
identidad social diferenciada. No es menos cierto, sin embargo, que cediendo a
las presiones sociales del entorno, otras lo llevan para no ser prejuzgadas ni
ser molestadas en lugares públicos, y en otros casos por imposición familiar.
Aunque para éstas sí es un síntoma de discriminación y falta de libertad y, en
este sentido, el tópico tiene base real, hay que insistir en que la razón para
llevarlo es
generalmente bien distinta: una profunda convicción religiosa.
Estos últimos años son las mujeres con hijab, un nuevo perfil
de la mujer que se quiere «ocultar», «velar», las que irrumpen en el espacio
público y reivindican así su identidad como musulmanas. Velarse es para ellas
una orden divina, una necesidad que se sigue de su creencia. Asimismo, el velo
simboliza un orden social basado en la dicotomía sexual. El velo, más que su
función utilitaria, tiene una función ética. Por pudor éste no tiene que realzar
su cuerpo sino disimularlo (véanse Taarji, 1991; Bessis y Belhassen, 1992).
Según Manyer, la utilización del velo como signo de identidad
y pertenencia a la cultura islámica conlleva en sí una oposición a las «otras»
(occidentales desveladas), consideradas como mujeres sin pudor. Incluso puede
ser una expresión de xenofobia, de rechazo a lo diferente, como posiblemente
ocurra entre algunas mujeres integristas islámicas (Manyer, 1996: 67). En este
sentido, el velo o hijab adquiere una connotación política, como la tuvo durante
la lucha anticolonial. Como hemos visto anteriormente, durante la colonización
francesa en Argelia, el velo fue instrumentalizado por discursos enfrentados.
La administración colonial intentaba poner a las mujeres en
contra de los hombres convenciéndolas de que el velo era un síntoma de su
discriminación para así debilitar la resistencia. En contraposición, los
colonizados incitaban a sus mujeres a llevar el velo como resistencia a la
aculturación y como símbolo de la identidad árabo-musulmana. Así el velo devenía
en aquella época la manifestación de un nacionalismo que rechaza la asimilación
al modelo occidental, un medio para distinguirse del colonizador. En efecto,
como afirma Fanon
(1975: 16), «les techniques vestimentaires, les traditions d’habillement, de
parement, constituent les formes d’originalité les plus marquantes, c’est-à-dire
les plus immédiatement perceptibles d’une société».
Por cierto que últimamente en España ha producido cierta
preocupación entre los enseñantes el uso del velo por algunas de sus alumnas.
Eran ecos procedentes de la vecina Francia, donde el velo fue recibido con
bastante alarma, así como reacciones dudosas, como la de la dirección de un
colegio que expulsó a dos estudiantes del centro por vestirlo. Lo paradójico es
que se argumente que es una evidencia de falta de libertad, cuando en las
sociedades occidentales la presión social es más bien en contra del velo. En
sociedades donde se proclama la libertad de culto y en el vestir, esa prenda no
tendría que ser vista más que como un signo inocente del ejercicio de esos
derechos, comparable al corriente colgante en forma de crucifijo.
Otro importante foco de atención reside en el régimen de
herencia. Si se contempla superficialmente el sistema de herencia prescrito por
el Corán parece favorecer al hombre, pero no es legítimo descontextualizar ese
aspecto particular del más amplio sistema social en el que se inscribe. Si bien
el Corán establece que debe darse a los varones el doble que a las mujeres (Sura
IV, Aleya 11), también prescribe que ellos deben sustentar a la esposa e hijos,
mientras que los bienes de las mujeres, trabajen o no, les pertenecen únicamente
a ellas, quienes no deben sustentar a nadie. Es más, si el marido quisiera
utilizarlos, debería obtener el permiso de su esposa. En realidad, la clave es
la lógica de distribución de papeles dentro de la familia, e incluso podría
argüirse que en este aspecto la mujer dispone de un cierto trato de favor.
Mientras se mantenga la estructura familiar tradicional, el actual régimen de
herencia no resulta injusto. Cosa bien distinta sería conservarlo con una
organización famiiar en la cual la mujer tenga un papel productivo o si se
utiliza como un método
para hacerla dependiente.
Al mostrar la falsedad de estos tópicos no pretendo afirmar
que las magrebíes no estén discriminadas en su país de origen, sino que las
imágenes divulgadas son a menudo distorsionadas y/o equivocadas. Se basan sobre
hechos particulares o superficiales para después llevar a cabo afirmaciones
generales o de mayor calado. Las magrebíes no están discriminadas por llevar
velo cuando lo hacen por convicción, ni por compartir un hombre (poligamia) si
lo han consentido sin recibir presiones. Son otros los desencadenantes
fundamentales de su desigualdad, tales como el estatus de las mujeres en la
legislación de familia, la desigualdad de oportunidades entre sexos en los
ámbitos laboral y educativo, y la frecuente fiscalización social de casi todo
cuanto hacen en el espacio público, factores que han tenido una incidencia
parecida en algunas sociedades occidentales como la española hasta hace poco.