1. Contextualización: estereotipos
sobre el mundo musulmán
La presencia de la inmigración no comunitaria musulmana
—árabe, africana, pero sobre todo magrebí—, pues es el colectivo más numeroso en
España, concita atención y preocupación social, periodística y científica,
prestándose a diversos discursos que van desde el paternalismo hasta la
xenofobia.
Generalmente se considera el colectivo musulmán como no
asimilable, resistente a una disolución en la cultura de la sociedad de acogida,
debido a la percepción de una acumulación de diferencias culturales y,
especialmente, a la sensación de que las referencias ético-religiosas son
insalvables. Paradójicamente, al mismo tiempo es percibido como un colectivo
débil, por su frágil situación económica y jurídica en el país receptor, y por
suponerle un bagaje previo de hambre, represión e incluso guerra (en el caso de
Argelia).
Un lugar común de esos discursos es la situación cultural,
económica, familiar y jurídica de las mujeres magrebíes en sus sociedades de
origen. En ellos se las describe como marginadas y explotadas por los varones de
su propio colectivo. Sin embargo, se pasa por alto que con esta actitud la
sociedad receptora alimenta la reproducción de esas mismas situaciones u otras
semejantes (Lütz, 1991). El discurso compasivo que las representa como pasivas,
sumisas e ignorantes tiene un curioso correlato en el escaso espacio laboral,
legal e intelectual en que esta sociedad las encierra. Quizá fuera de más ayuda
observarlas como sujetos activos e inteligentes que se esfuerzan por dejar atrás
la marginación y la precariedad e intentan compaginar lo mejor de ambas
culturas: la de origen y la dominante en la sociedad de acogida.
Como mujer magrebí, musulmana y migrada que soy, el hecho de
que todavía campen por sus respetos en la opinión pública, los medios de
comunicación e incluso la comunidad científica social de España sorprendentes
tópicos acerca de la situación de las mujeres árabo-musulmanas o magrebíes, me
hizo ver la necesidad de lidiar con ellos. Muchos de los argumentos que esgrimo
no son nuevos en absoluto, pero la colosal inercia, capacidad de resistencia y
tenacidad de los estereotipos requiere mucha perseverancia. Las barreras a la
autonomía de las mujeres magrebíes en España se cimientan también en ellos. Para
la identificación de los tópicos me baso sobre fuentes bibliográficas, artículos
de prensa, entrevistas en profundidad y observación no participante (Moualhi,
1997).
En España, los periodistas, la intelligentsia en general, e
incluso algunos científicos sociales, incurren fácilmente en el etnocentrismo en
cuanto aluden a la situación de las musulmanas. Una característica importante de
esa perspectiva es la asunción como axioma de una diferencia entre Oriente y
Occidente, oponiendo la racionalidad de «nosotros» a la irracionalidad de
«ellos», y «nuestro» desarrollo con «su» subdesarrollo, con lo que se reafirma
la propia identidad entendida como superior. Una gran parte de los periodistas
continúa viendo a estas mujeres como víctimas dependientes en un estado de
semiesclavitud, culpando de ello a la religión musulmana. Los
medios de comunicación propagan imágenes deformadas y estereotipadas sobre el
velo, la clitoridectomía y la violencia política en países musulmanes; en una
economía del discurso que ha medrado aún más con la violencia que desarrollan
algunos miembros de los movimientos integristas islámicos
(2). La discriminación de las afganas y el secuestro y asesinato de
algunas argelinas llegan a la opinión pública de manera distorsionada y
amplificada. Naturalmente, estas imágenes despiertan sentimientos de sospecha,
recelo y temor,
al tiempo que refuerzan juicios previos sobre los musulmanes como violentos,
agresivos y misóginos (3).
Los apriorismos se extienden también a las ciencias sociales.
Como señala Ramírez (1995: 145; 1998: 50-51), en algunas investigaciones sobre
inmigración femenina magrebí aparece una islamización del objeto de estudio, ya
que en ellas se atribuye las relaciones de dominación entre géneros al Islam, al
partir del axioma de que esta religión discrimina a las mujeres.
Los estereotipos occidentales sobre las sociedades musulmanas
como misóginas, fanáticas, irracionales y violentas no son nuevos. El Islam era
(y sigue siendo) visto como una amenaza para la moral cristiana. Según Robinson
(1990: 16), entre los siglos XII y XVIII, la Iglesia hizo hincapié en un ataque
a Muhammad. Su vida se convirtió en el centro de atención para tratar de
demostrar que era un falso profeta y la irracionalidad y la agresividad de la
religión musulmana. Entre otros cargos, le acusaban de inmoralidad por aconsejar
a
su pueblo que gozase de su sexualidad (aunque esta recomendación se sitúa dentro
del matrimonio).
En la visión etnocéntrica se manifiesta un miedo a lo
distinto, percibido como extraño y peligroso. En el terreno de la sexualidad, el
discurso cristiano hegemónico ve a su religión como verdadera y a la del otro
como equivocada e inmoral. Al mismo tiempo que el Islam legitima la poligamia y
el matrimonio entre primos de primer grado, el cristianismo prohíbe la primera y
desaconsejaba hasta hace poco el segundo, que requería del consentimiento de las
autoridades religiosas (4).
Mujeres musulmanas: estereotipos occidentales versus realidad
social Papers 60, 2000 2932. Santamaría señala la presencia en algunos medios de
comunicación españoles de una visión caricaturizada del inmigrante
extracomunitario musulmán (1993). Véase también el análisis del tratamiento que
recibe el Islam en los manuales escolares españoles en Navarro (1997).
Otra acusación hacia Muhammad fue que había pretendido
extender su religión por la fuerza. Se criticaba la violencia en las guerras
santas musulmanas, aunque, obviamente, los cristianos también derramaban sangre
cuando libraban guerras santas (véase Maalouf, 1994). Puede considerarse que la
imagen negativa que tacha a los árabes y/o musulmanes de fanáticos violentos
tiene su origen en este discurso de la época de las cruzadas (Robinson, 1990:
18).
La asociación entre las ideas «musulmán» y «fanatismo» sigue
presente a comienzos del siglo XIX, cuando la mayoría de los países árabes y
musulmanes es colonizada por potencias occidentales. La principal arma
ideológica de unos musulmanes debilitados por conflictos internos era el Islam,
que proporcionaba una identidad común frente a invasores con distinta religión
(volveré a hablar sobre este tema más adelante). Los occidentales, por su parte,
recurrían a la ridiculización y demonización de aquéllos, presentándolos como
primitivos, irracionales y violentos (5).
Obviamente, ésta fue una estrategia para legitimar su empresa colonizadora.
Durante la colonización se forjo un nuevo tópico: el de la
misoginia.
Interpretada por los colonizadores, la situación de las mujeres sirvió para
argumentar la inferioridad del Islam, su «falta de normalidad» (Fanon, 1972;
Ramzi-Abadir, 1986; Jansen, 1989). Acompañando la dominación francesa de la
mayor parte del Magreb, apareció una literatura claramente etnocéntrica, que hoy
haría sonrojar a más de uno, arguyendo la superioridad de su civilización frente
a la árabo-musulmana (véanse infra la sección sobre el velo y la herencia).
Como han argumentado diversos autores (Fanon, 1972; Jansen,
1987; Mateo, 1997), existe una relación histórica entre el poder y la
prepotencia coloniales y la producción de un imaginario que legitima esa
dominación evitando aludir a los intereses materiales. De hecho, el incremento
actual de los prejuicios xenófobos hacia la inmigración procedente del Magreb en
España y el resto de Europa sugiere un sospechoso paralelismo con la
construcción de las fronteras de la Unión Europea en una coyuntura económica de
menor necesidad
de mano de obra (Stolcke, 1994). Asimismo, como sostiene Said (1995: 3), una de
las principales bases de la construcción de una unión cultural e identitaria
europea es la oposición y diferenciación respecto de Oriente.
Además de las imágenes negativas existen también otras de una
cierta mitificación, un imaginario «romántico» que atribuye a las sociedades
árabo-musulmanas un atractivo exótico (Robinson, 1990 y Said, 1995). La postura
idealista permite a algunos occidentales alcanzar sus ilusiones, ya sea en sus
fantasías o en aventuras escogidas a la carta. Los numerosos ejemplos incluyen
desde obras
del compositor Mozart y los filósofos Montesquieu y Goethe hasta las aventuras
de Lawrence de Arabia. Asimismo, en un siglo XIX europeo puritano, hubo quien
soñó con una mayor libertad sexual, en el mundo fantástico y sensual de los
placeres y la voluptuosidad del harén relatado por Las mil y una noches, como
los pintores Renoir y Delacroix (Robinson, 1990: 18-19; Djebar, 1992: 140-141).
En el siglo XX, los estereotipos, tanto negativos como positivos, se manifiestan
todavía en todas las artes populares: literatura, artes plásticas,
cinematografía, música y cómic (6).
