Quiero
esta tarde de mi intervención dar las gracias a todos los que habéis venido
y, así mismo, quiero señalar lo enriquecedoras que han sido estas Jornadas
de aprendizaje en esta ciudad tan querida por mí y que me corresponde con su
cariño. Afirmo que esta ciudad corresponde al cariño que tengo por ella
porque en otras ocasiones fui también invitada aquí a compartir una
extraordinaria reunión de mujeres y hombres amantes del conocimiento de
Islam y de su historia. Aquellos amigos estaban dispuestos a conservar la
memoria de un país, su país, España, de donde fueron expulsados por una
política uniformadora. Una política de cruel monopolio religioso. En
aquella ocasión, como musulmana conversa, me emocionó el reencuentro con mis
antepasados musulmanes andaluces, mis dos apellidos Candela y Castillo son
moriscos de pura cepa, y me consta que hay hombres y mujeres con estos
apellidos o con apellidos derivados de estos míos, hoy en día, aquí mismo,
en Marruecos, concretamente en Tetuán, que vinieron de Alándalus. Hoy me
emociona el número y la calidad de las personas que la señora Fátima
Aitoutouhen ha reunido aquí con un esfuerzo y una dedicación digna de
nuestro agradecimiento y de nuestro elogio, un número de personas estudiosas
del Islam; expertos que no han dudado en desplazarse de sus lugares de
estudio y de trabajo sin otra contrapartida que exponer y difundir sus
hallazgos en un foro como este. Yo, que no soy historiadora ni arabista, me
presento ante vosotros con una reflexión que habla de perfume, de libertad y
de Alándalus. Con ella no me dirijo a la comunidad científica, ni a la
ciudadanía, sino a la comunidad de los que aceptan Islam como su religión y
la libertad religiosa como su consecuencia. Me dirijo a los hermanos, a los
afines, a los amigos, porque quisiera compartir con vosotros mi experiencia
del renacer de Islam ahora, en estos momentos, en tierras de Alándalus que
son mis tierras, en Cataluña, en Murcia, en Granada, en Málaga, en Sevilla,
en Córdoba, etc.; en toda Europa. Un renacimiento de Islam que me ha tocado
en suerte vivir, Alhamdulilah. Un renacer que para mí empezó como una
exigencia de libertad; pero, ¿cual es el perfume de la libertad? Yo
identifico la libertad con poder aspirar el perfume que flota en el aire en
primavera en el Levante español; un tenue olor a la flor del azahar, un
intenso olor a jazmines nocturnos desde un callejón. Un perfume que cada ser
humano podría definir de forma diferente, pero con una cualidad que todos
reconocen en común: el perfume de libertad crea adicción. Cuando se ha
aspirado, cuando se ha olido, se añora si se pierde, pues no se olvida
jamás. Un perfume que es la base de cualquier vida digna, que trae su causa,
o mejor, que ha nacido necesariamente, como causa y efecto, de la Igualdad,
sin la cual no se produce. ¿A que igualdad me estoy refiriendo? Me refiero a
la IGUALDAD, con mayúscula, de todo ser humano sin discriminaciones en razón
de las características que nos hacen diversos y como paradigma de esta
diversidad, me estoy refiriendo a una sociedad igualitaria entre hombres y
mujeres, que reparte las oportunidades por igual entre ambos sexos. Una
sociedad que permite que todo individuo tenga las mismas oportunidades en
los mismos ámbitos. Una sociedad que no reclama privilegios para un sexo
frente a otro, ya sea este sexo el masculino o el femenino. Una sociedad
que no uniformiza toda diversidad, incluida la diversidad sexual, negándose
a diferenciar los valores y cualidades femeninas de las funciones y valores
masculinos, como hace la sociedad de consumo de los países ricos de hoy. Ya
al principio del pasado siglo Qasim Amin nos dijo
La libertad es
fundamento del progreso humano, su escala hacia el bienestar; por eso, las
naciones que poseyeron la clave del éxito tuviéronla por uno de los más
preciados derechos humanos…. Sorprende a algunos que yo reclame la libertad
de la mujer, y replican ¿Es que llevan argollas de esclavos? Si entendieran
lo que es la libertad, nada habrían objetado”.
El perfume de libertad al que aludo es el que exhala el Corán, que ha
puesto en el frontispicio de nuestra Shari’a, nuestra Ley: “No hay coacción
en el din”.
Es el perfume que nuestro Profeta Muhamad (PyB) emanaba. Siendo el perfume
una de las tres cosa que él amaba de Dunia, el que más empeño puso en
esparcir a su alrededor fue el perfume de la Libertad, el cual quedó
impregnado en los patrones de conducta de los musulmanes de Alándalus mejor
que en cualquier sociedad islámica del momento, pues esta civilización
consiguió un modelo de sociedad donde se exaltaron los derechos de igualdad
de oportunidades para la mujer y de las demás minorías, tanto judías como
cristianas. Basándose en esta prohibición categórica del uso de la coacción
(ikrah), en todo asunto de la religión o la fe, todos los juristas (fuqaha)
mantienen que la conversión a la fuerza es inválida en todo caso. Cualquier
intento de coacción al no creyente para que acepte Islam es una falta grave.
Este veredicto echa por tierra la extendida falacia de que Islam pone a los
no creyentes frente a la alternativa de la “conversión o la espada”.
Examinemos qué nos cuentan los estudiosos de la libertad y de la igualdad de
oportunidades de la mujer musulmana andaluza medieval y comparemos estas
noticias con la experiencia actual de reconquista de la libertad religiosa
perdida durante quinientos años en Alándalus.