LAS CIENCIAS DEL ISLAM

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INTRODUCCIÓN A LAS CIENCIAS DEL HADIZ

 

 

        

El hadïz es la segunda fuente en importancia, después del Corán, para el conocimiento del Islam. A continuación, ofrecemos un resumen de las principales cuestiones que giran en torno a este tema, fundamental para los musulmanes.

 

DEFINICIONES.

 

La palabra hadïz significa relato, charla,... pero por antonomasia, el hadïz es la Tradición musulmana basada en la narración transmitida de generación en generación de los actos o palabras del Profeta (Sidnä Muhammad, sállà llähu ‘aláihi wa sállam), así como de sus aprobaciones tácitas de palabras o actos realizados en su presencia. Un hadiz es, por tanto, un breve relato en el que se cuentan sus palabras, actos o aprobaciones. El término jábar (información, noticia) se emplea muchas veces como sinónimo de hadïz, pero también puede tratarse de alguna tradición que tenga origen en alguno de los Compañeros del Profeta, los Sahäba, o bien en alguno de los continuadores de estos, los Täbi‘ïn. Por último, la palabra ázar (vestigio, huella) se aplica generalmente a la narración de tradiciones referentes a los Sahäba o los Täbi‘ïn, pero a veces se emplea como sinónimo de hadïz.

Es decir, hadïz (pl. ahädïz) se refiere exclusivamente a las tradiciones que emanan del Profeta; jábar (pl. ajbär) designa costumbres que pueden tener su origen en el Profeta, en los Sahäba o bien en los Täbi‘ïn; ázar (pl. azär), por lo general, quiere decir que la tradición señalada proviene de los Sahäba o los Täbi‘ïn. En este curso estudiaremos tan solo las tradiciones que tienen su origen en el Profeta.

Sunna es la costumbre normativa del Profeta o de la primera comunidad musulmana, es decir, tiene un sentido más general: es el ejemplo del Profeta, su modo. Un hadïz es una enseñanza concreta (aunque muchas veces Sunna se emplea en el sentido de hadïz).

 

 

LOS SAHÄBA Y LOS TÄBI‘ÏN.

A la cabeza de los musulmanes está el Profeta, Rasülulläh o Nabiulläh, sállà llähu ‘aláihi wa sállam: él es el primer eslabón en la transmisión de noticias que vienen de Allah. Esas informaciones las recogen sus Compañeros, los Sahäba (en singular es Sahäbï), es decir, sus contemporáneos que lo aceptan como Mensajero. Los Sahäba son los que conocieron personalmente a Rasululläh, sállà llähu ‘aláihi wa sállam, lo escucharon y lo vieron, y transmitieron a la generación siguiente, los Täbi‘ïn o continuadores (en singular es Täbi‘ï) cuanto oyeron y vieron. Los Täbi‘ïn, por tanto, son quienes tuvieron contacto directo con los Sahäba (aunque ya no con el Profeta). Los Täbi‘ïn, a su vez, comunican a sus descendientes esa información, y a estos últimos se les conoce con el nombre de Täbi‘ï at-Täbi‘ïn, los continuadores de los continuadores.

Estas tres generaciones, los Sahäba, los Täbi‘ïn, y los Täbi‘ï at-Täbi‘ïn, son conocidos bajo el término genérico de Sálaf. El Sálaf es el conjunto de personas que tuvieron un contacto directo o muy cercano a la fuente del saber que era el Rasülulläh, sállà llähu ‘aláihi wa sállam. El Islam se basa en la información que nos han proporcionado, que se ha ido comunicando de generación en generación (las Tabaqät). Al conjunto de generaciones que se han sucedido desde el Sálaf a la actualidad se las conoce también con un nombre genérico, el Jálaf, es decir, los herederos del Sálaf.

Con el nombre de salafiyya se designa en nuestros tiempos a una corriente que tiene como principio rescatar la pureza de la práctica de los musulmanes de las primeras generaciones, entediendo que tras el Sálaf hubo una progresiva degeneración de las tradiciones más antiguas. En sentido estricto todo musulmán se considera salafí, es decir, aspira a revivir el sentido más puro y genuino del Islam, pero, por lo general, aquellos que se llaman a sí mismos salafíes suelen confundir pureza con literalidad. No se deben lanzar acusaciones vagas y generales contra el Jálaf porque muchas veces no se desvió del sentido primigenio del Islam sino que lo que hizo fue profundizar en él y por tanto hizo aportaciones muy valiosas al patrimonio común de todos los musulmanes. En cualquier caso, siempre es legítimo todo intento por redescubrir las raíces más antiguas del Islam. Las ciencias del hadïz surgen precisamente del deseo por reencontrarse con lo más auténtico de esa información absolutamente inmensa que nos ha llegado. Las ciencias del hadïz, tan antiguas casi como el Islam mismo son un serio análisis al que se somete todo ese legado para separar lo verdadero de lo falso, según unas normas, como ya veremos muy estrictas.

 

 

IMPORTANCIA DEL HADIZ.

El hadiz tiene una trascendental importancia. Es el complento del Corán: aclara muchas circunstancias del texto. Según un hadiz, el Profeta era el Corán andando, es decir, el ejemplo vivo de sus enseñanzas. El Hadiz es, pues, la práctica inmediata de los contenidos del Corán al-Karim.

Pero el hadiz no sólo comenta el Corán, sino que es modelo para cada musulmán. Abarcan todos los aspectos de la vida, desde los aparentemente más triviales a los más trascendentes. En realidad, los hadices son la descripción detallada de casi cada gesto del Profeta: todo lo que de él proviniera era observado por ojos que admiraban su persona hasta en lo más insignificante. El Profeta fue un buen ejemplo, Qúdwa o Úswa Hásana. El hadiz proporciona, por tanto, a cada musulmán, una inspiración para cada movimiento que realice.

En el Corán y en el Hadiz tiene sus fuentes principales la Ley del Islam, la Sharï‘a. Sidnä Muhammad, sállà llähu ‘aláihi wa sállam, creó una nación, y esta fue dotada de todos los recursos para administrarse en la más absoluta de las independencias. En el hadïz hay una extensísima información a la que se debe recurrir para seguir o deducir normas para la gestión de los asuntos de los musulmanes, si éstos desean continuar siendo fieles a sí mismos.

El hadïz es también fuente de inspiración para los que buscan conocer a Allah. Rasululläh, sállà llähu ‘aláihi wa sállam, vivió orientado hacia Allah, siendo modelo y ejemplo a todos los niveles, para la vida práctica y para el sentir trascendente. El hadiz, por tanto, describe su vía, su Sunna.

El hadïz, junto al Corán, son también los modelos ideales de la lengua árabe. La fidelidad a ellos normalizó el uso de la lengua dotándola de un soporte valiosísimo que adquirirá el rango de autoridad definitiva que fija los usos en árabe.

El hadiz contiene un inmenso caudal de informaciones históricas. No sólo es posible conocer a través de los hadices la vida de Muhammad, sállà llähu ‘aláihi wa sállam, sino también su entorno, la mentalidad imperante en su tiempo, las costumbres y creencias, etc. Son por tanto un contexto ideal para conocer toda una época, las condiciones en las que aparece el Islam, los intereses de los hombres, sus inclinaciones, su forma de ser, sus problemas, sus aspiraciones. Son un retrato vivo que sitúa los orígenes del Islam en el marco de una experiencia que siempre puede ser revivida. En este sentido es una fuente valiosísima, y única en la historia de la humanidad porque ofrece una imágen muy amplia y detallada de toda una época y de sus protgonistas.

 

 

CORÁN Y HADÏZ.

Para los musulmanes el Corán es la Palabra misma de Allah, es un Discurso atemporal, vertebrador y esencial. El Hadiz es la plasmación de los sentidos del Corán en la práctica de una vida concreta: la del Mensajero. El hadïz no tiene el carácter absoluto del Corán, pero sí se considera inspirado y goza de una autoridad que todos los musulmanes reconocen. Pero siempre se distingue claramente entre lo que es la Palabra de Allah y la palabra del Profeta.

Si bien el Corán fue recogido en vida misma de Rasululläh, sállà llähu ‘aláihi wa sállam, el hadiz por su parte va a conocer una historia muy agitada, como veremos, por lo que es necesario aprender a diferenciar entre los hadices verdaderos, de los cuestionables y los falsos. Todo eso nos lo enseñarán las Ciencias del Hadïz, los ‘Ulüm al-Hadïz. En cualquier caso, y ya de entrada, debemos advertir que no se debe hacer un uso abusivo de los hadices: cada uno de ellos es un pequeño mundo pero que sólo tiene un verdadero sentido en la globalidad de un conocimiento extenso de la Sunna y de muchos otros hadices que lo refuercen.

 

 

LA EVOLUCIÓN DEL HADIZ.

La información referente al Profeta, es decir, el hadïz, es considerada la segunda autoridad dentro del Islam siendo el Corán la primera. Indiscutiblemente, el Profeta causó una extraordinaria impresión a sus contemporáneos, y el Islam, no sólo le sobrevivió, sino que no tardó en difundirse por una extensísima geografía. Es natural que los que lo habían conocido tuvieran muchas cosas que contar acerca de él y que los nuevos musulmanes estuvieran impacientes por conocer lo más posible de una persona que había logrado causar una tal conmoción. Muchos de los antiguos Compañeros del profeta se fueron estableciendo por los nuevos territorios que se iban islamizando y donde eran constantemente interrogados sobre el mensajero al que habían conocido personalmente.

Pronto se inició todo un movimiento que fue poniendo algo de orden en esa abundante información que se iba comunicando a nivel personal (a nivel personal pues se entendía que lo esencial era el Corán). Individuos aislados, pero también grupos, comenzaron a trabajar sobre ese material, y muchos emprendieron largos viajes para oir de boca de los Sahäba los hadices que enseñaban. Desde el principio se tuvo claro que sólo era aceptable la transmisión directa de los hadices, y nadie que no los hubiera oído de la autoridad que lo relataba tenía derecho a comunicarlo a su vez. En este primer periodo podemos imaginarnos que los hadices eran noticias aisladas, y cada zona del Islam tenía una determinada información en función de las autoridades que residieran en ella. Pero determinados factores irían entrecruzándose para hacer más universal el conocimiento de un mayor número de hadices. El primero de ellos fue, sin duda, los viajes que se realizaron "buscando hadices" (fï tálab al-hadïz, lo que dará nombre al estudiante en árabe, el tälib o buscador). En segundo lugar, y también de una extraordinaria importancia para comparar las distintas noticias, estaba el Haÿÿ, la peregrinación anual a Makka: era ésta una oportunidad única para que la gente se encontrara y debatiera en torno a esas informaciones acerca del profeta. Al encontrarse en un mismo lugar durante un mismo tiempo numerosos habitantes de regiones muy diversas se hacía posible que los hadices fueran contrastados y, simultáneamente, que muchos nuevos, para aquellos a los que aún no les habían llegado, fueran puestos en circulación.

La necesidad de que los hadices estuvieran garantizados se acrecentaba con el tiempo. Mientras más lejos se estaba del momento de la vida del Profeta, más peligro se corría de que los hadices sufrieran adulteraciones a causa de fallos en la memoria o debido a la mala voluntad. Durante la época del Sálaf no había problemas pues el contacto con la Fuente de los hadices era muy reciente, y era muy difícil que pudiera haber manipulaciones: prácticamente los miembros de esas primeras generaciones del Islam se conocían entre ellos y podían contrastar fácilmente las informaciones que recibían. Pero en la época del Jálaf, las siguientes generaciones, ello se hacía cada vez más difícil así como iban creándose intereses que podían llegar a inventar hadices para justificar cualquier cosa. Por ello, muy pronto comienzan a elaborarse criterios para garantizar la autenticidad de los hadices.

Para que un hadiz se tuviera en cuenta debía estar provisto de una cadena de transmisión. Es decir, a su cabeza debía figurar su genealogía, y debían ser citados los maestros de los que habían sido recibidos, y a su vez los maestros de los que ésos habían recogido el hadiz, y así sucesivamente hasta llegar al Profeta. Una vez cumplida esta primera condición se pasaba a analizar la fiabilidad de esa cadena, de modo que no existieran por enmedio islas, es decir, algún salto generacional. Después hay que comprobar que esa transmisión fuera posible, es decir, de que exista información según la cual esos maestros se hubieran encontrado efectivamente entre ellos, que fueran todos ellos dignos de crédito, etc. Sólo una vez comprobada la consistencia de esa cadena de transmisión, y contrastado con otras informaciones parecidas, podía ser juzgado el valor del hadiz, al que entonces se califica de auténtico, aceptable, admisible, débil, defectuoso, falso, etc. Se puede considerar la segunda mitad del siglo II de la Hégira (el VIII de la era gregoriana) como el momento en que quedan fijados los criterios definitivos para el análisis del hadiz. Al comunicar un hadiz había, por tanto, que citar primero su genealogía (Isnäd o Sánad) y luego su texto (Matn).

Sin embargo, este cuidado en la transmisión de los hadices no era entonces un sistema seguido por todos pues muchos no entendían la necesidad de ese rigor. Será el Imäm ash-Shäfi‘i, el fundador de una de las cuatro principales corrientes de Fiqh, el que universalice y unifique este sistema insistiendo en su necesidad. Había que depurar, por tanto, toda la información que había llegado de otro modo, intensificándose el movimiento de viajes que intentaban reconstruir las cadenas de transmisión de todos los hadices que fuera posible. A los que se dedicaban a esta tarea de recogida y transmisión se les llamó Ahl al-Hadïz, Gentes del hadiz o Muhaddizïn, tradicionistas.

 

LAS COLECCIONES DE HADIZ.

Durante estos dos primeros siglos del Islam muchos sostenían que las tradiciones, los hadices, sólo debían ser transmitidos oralmente y no por escrito. Efectivamente, existe un hadïz en el que el Profeta desaconseja poner por escrito sus palabras. Se trataba de una medida con la que quería evitar que se diera a sus dichos un rango semejante al Corán. Debido a la escasez de materiales para escribir, hubieran tenido que ser anotadas sus palabras en un mismo documento donde también estaría registrado el Corán, y a alguien podía fallarle la memoria y considerar que formaban parte del texto revelado. Es por ello por lo que hizo una prohibición general; sin embargo, autorizó a algunos de sus Sahäba a hacerlo. Eran aquellos en cuyo discernimiento confiaba más. Esta segunda autorización tardó en llegar a muchos lugares, por lo que los habitantes de las regiones a los que no había alcanzado esta información eran reticentes a poner por escrito los hadices, considerandolo una práctica censurable (Bid‘a, una innovación que contradice alguna enseñanza recibida del Profeta).

Desde muy pronto, en vida misma de Sidnä Muhammad, sállà llähu ‘aláihi wa sálla, existieron personas que tomaron notas para su uso personal, y esas notas constituyeron la base de libros más extensos que vieron la luz muy poco tiempo después. A esos primeros documentos se les suele llamar con el nombre de Sahïfas o escritos. Hay noticias sobre muchos de ellos.

Los primeros volumenes que se compusieron después pertenecían a un género al que se llama Musnad. El Musnad es un término que indica que las tradiciones de cada Sahäbi o Compañero eran reunidas juntas. Si bien esta disposición puede presentar interés para un determinado tipo de investigación, resulta poco práctica. Quienes quisieran consultar temas concretos debían leer todo el libro para poder hacer una síntesis, y ello muchas veces resultaba muy farragoso. Un ejemplo de estos Musnad es la obra, que recibe ese mismo nombre, del Imäm Ahmad ibn Hanbal, otro de los cuatro fundadores de escuelas de jurisprudencia.

Ya en el siglo segundo, el Imäm Mälik ordenó su libro, la Muwatta, por capítulos, pero será en el siglo III cuando ese sistema alcance madurez. A las obras ordenadas en capítulos se las llamó Musannaf. Seis de esos prácticos Musannaf adquirieron una fama inmediata: se trata de las colecciones de hadiz de al-Bujäri (su obra se titula Sahïh), Muslim (autor de otro Sahïh), Abü Däwüd, at-Tirmidzï, an-Nasäi e Ibn Mäÿa (todos estos fueron autores de obras tituladas Súnan). Los Sahih contienen datos biográficos y comentarios al Corán, además de detalles sobre la práctica del Islam, el derecho, el comercio y ciertos aspectos de la vida pública y privada, siendo éstos los que más interesaron a los compiladores de los Súnan que perseguían una utilidad más inmediata y práctica de sus escritos. Con estas seis obras, cuyos autores fueron extraordinariamente escrupulosos a la hora de recoger hadices, quedaba en cierto modo fijado un corpus fundamental de hadices contrastados y autentificados. Estos libros recogen lo esencial del material del que disponían en esa época los musulmanes, y en ellos se ve claramente la intención: dotar a la comunidad de instrumentos y reflexiones que sean válidos para la vida y para su sentido de la trascendencia. No son códigos sino obras inspiradas en una auténtica espiritualidad que no deja nada de lado.

De esas seis obras las dos primeras son las más importantes: el Sahïh de al-Bujäri y el Sahïh de Muslim fueron el resultado de una ardua investigación de muchos años de viajes, esfuerzos y comparaciones. Cada uno de sus autores descartaron cientos de miles de hadices alrededor de los cuales hubiera la más mínima duda, por lo que se considera que contienen la información más seria y rigurosa. Sus hadices son sahïh, es decir, correctos, pues cumplen con todas las condiciones imaginables que garantizan su autenticidad: de ahí el título que reciben sus obras. Los dos Sahih son las mejores obras para conocer los hadices que admiten los musulmanes unánimemente.

Las otras cuatro obras: el Súnan de Abü Däwüd, el Súnan de at-Tirmïdzi, el Súnan de an-Nasäi y el Súnan de Ibn Mäÿa, recogen algunas tradiciones de fuentes de una calidad inferior a las de al-Bujäri y Muslim, sin que ello quiera decir que sean necesariamente descartables: al-Bujäri y Muslim fueron extraordinariamente exigentes, pero no lo recogieron todo. Los otro cuatro autores anotaron convenientemente las genealogías de otros hadices a los que sometieron también a una crítica y los juzgaron aceptables en función de sus resultados. Son, por tanto, una abundantísima fuente de información válida.

Durante el siglo III fue recogido lo esencial, pero no dejaron de aparecer otras obras que acumulaban materiales de diversas procedencias y de calidades muy desiguales. Entre esas obras relativamente tardías cabe destacar por su seriedad las de ad-Därimi, ad-Däraqtüni y al-Báihaqi.

Todas las obras anteriores adquirieron una gran fama y prestigio, y se enseñaban como parte indispensable en la formación de un buen musulmán y una persona culta. También pronto tuvieron sus comentaristas. Entre ellos sólo mencionaremos a dos, aunque su número es incensable: el Fath al-Bari que compuso al-‘Asqalani en el que analiza cada palabra del Sahïh de al-Bujäri, y el Sharh que escribió an-Nawawi comentando el Sahih de Muslim.

 

LA CRÍTICA DEL HADIZ.

Antes de la compilación del corpus mencionado más arriba, como ya hemos señalado, el número de hadices era enorme, alimentado muchas veces por la fantasía o el interés. Los Qussäs o sermoneadores populares eran gentes que inventaban los más extraordinarios hadices a los que muchas veces atribuían un Isnäd o genealogía impecable: su objetivo era satisfacer a un público ávido de historias de ese tipo (a las que se llamará más tarde Isräiliyyät o narraciones tomadas en muchos casos de fuentes judías en los que la fantasía prevalece). A pesar del rigor que podía tener el Isnäd, desmontar la autenticidad de esos hadices era fácil debido a la poca credibilidad que tenía el último eslabón de la cadena, que era el sermoneador mismo: es decir, su hadïz era rechazado por la poca seriedad de quien lo transmitía en último lugar. No obstante, muchos de esos hadïces se hicieron populares y se conservan, pero no son tenidos en cuenta en las obras serias.

Entre los seguidores de algunas escuelas de derecho o pensamiento islámico, muchas de ellas perfectamente legítimas, también había desaprensivos que inventaban hadices para dar consistencia a sus opiniones. También esos hadices fueron detectados, sin que por ello sufriera menoscabo el crédito de la escuela en la que hubieran tenido origen.

También se inventaron hadices para apoyar a distintas dinastías que querían legitimar su poder, pero son tan descarados que no era difícil desmentir su pretendida autenticidad.

Todo lo anterior demuestra precisamente el valor que los musulmanes concedían y conceden al hadiz, fuente, junto al Corán, de autoridad. Pero al lado de los hadices que podían ser fácilmente analizados también había otros que ofrecían mayores problemas, pues también había que tener en cuenta intenciones más ocultas o fallos de la memoria a la hora de trasmitirlos cuando ello se hacía en una época en que la oralidad era el sistema habitual. Para solucionar todos estos problemas se desarrollaron los criterios y sístemas que hemos señalado resumidamente más arriba y a los que llamábamos Ciencias del hadïz o ‘Ulüm al-Hadïz.

A la hora de analizar el Isnäd o genealogía del hadïz se debía tener en cuenta a cada uno de sus transmisores, y se anotó junto al nombre de cada uno de ellos una breve biografía que señalaba su calidad moral, la excelencia de su memoria, sus descuidos, su edad (no se aceptaba el testimonio de un niño o un anciano decréptito), etc. Todo ello dará origen a obras independientes cuyo conocimiento detallado era exigido a cualquiera que quisiera enseñar hadïz.

Los esfuerzos desplegados para investigar la autenticidad de las tradiciones o hadices condujo así a la composición de obras biográficas y genealógicas que estudiaban caso por caso cada nombre que pudiera aparecer en el Isnäd de un hadïz cualquiera. Se trata de enormes enciclopedias, extremadamente áridas, en los que con paciencia se anotaron las fechas de los nacimientos y las muertes (era, por supuesto, importante comprobar la posible o no contemporaneidad de maestro y discípulo como primer dato a tener en cuenta), se anotaban también el grado de confianza que se podía depositar en cada uno de ellos (las consignaciones de este tipo a veces varían o son contradictorias de un autor a otro, por lo que el especialista debe contrastar entre muchas obras de genealogía y hacer prevalecer siempre la duda, aunque por otro lado también tendrá que juzgar al propio autor de las biografías), etc. Estas obras ya existía en el primer siglo del Islam, y fueron consultadas (y memorizadas) por los autores de las recopilaciones más célebres (sobre todo al-Bujäri y Muslim). Esto estudios exigían una dedicación absoluta y una capacidad de síntesis nada común.

Los musulmanes siempre se han distinguido por ser excelentes genealogistas. Ya lo eran los árabes en la época preislámica. Dotados de una memoria privilegiada, los nómadas siempre han transmitido sus saberes de modo oral, confiando sus saberes a una capacidad de retención que jamás los traicionaba. La ciencia de la genealogía se conocía ya a la perfección, y los genealogistas eran valorados como verdaderos sabios: eran los historiadores de cada tribu. Muchos de los Sahäba ya eran tenidos por reputados genealogistas (‘Äisha, una de las esposas del Profeta, era experta en esa ciencia y la enseñaba). Las enciclopedias biográficas no eran, por tanto, un hecho extraordinario. Se confeccionaron toda suerte de obras de ese tipo siguiendo esquemas distintos: por orden cronológico, por regiones, por criterios de credibilidad, por escuelas de pensamiento o derecho, por líneas de transmisión, o por cualquier otro tema de interés. Es de destacar el gran número de mujeres tratados en esas obras, por lo que nos servirá para recordar la participación de toda la sociedad musulmana en la transmisión, de generación a generación, de los saberes que eran tenidos como los más esenciales para la formación del espíritu y de la comunidad.

 

CLASIFICACIÓN GENERAL DE LOS HADICES

 

Los hadices pueden ser sahïh (sano o correcto), hásan (bueno) o da‘ïf (débil o enfermo).

Un hadïz sahïh puede, a su vez, pertenecer a una de las siguientes divisiones: 1) transmitido a la vez por al-Bujäri y Muslim; 2) transmitido sólo por al-Bujäri; 3) transmitido sólo por Muslim; 4) no transmitido ni por al-Bujäri ni Muslim, pero que cumple sus condiciones (shurüt); 5) que sólo cumpla las condiciones de al-Bujäri; 6) que sólo cumpla las condiciones de Muslim; 7) que sea sahïh según otras autoridades. De esto se desprende que, si bien los dos Sahïh, el de al-Bujäri y el de Muslim, son referencias imprescindibles, el de al-Bujäri goza de un mayor prestigio, debido precisamente a lo riguroso de su método.

Un hadïz hásan está ligeramente por debajo del listón que pusieron al-Bujári y Muslim, pero se considera perfectamente aceptable. Muchos de los hadices que están en la base de la Sharï‘a y de muchas disposiciones jurídicas son hásan.

Un hadïz da‘ïf puede pertenecer a muchas categorías que van del que lo arpoxima al grado de hásan hasta el que lo hace rozar el de hadiz inventado (mawdü‘). Es decir, un hadïz da‘ïf no es falso, pero no se puede emplear para legislar pues no hay absoluta certeza sobre él. Puede emplearse para las exhortaciones, las historias, para estimular la buena conducta, etc.

 

 

 

CLASIFICACIÓN DE LOS HADICES EN FUNCIÓN DEL NÚMERO DE TRANSMISORES.

 

La clasificación anterior se refiere a la validez del hadiz, a su calificación última. Ahora bien, existen otras clasificaciones que tienen en cuenta diversos aspectos del Isnäd. Comenzaremos por analizar la frecuencia del hadïz.

1) Un hadiz es mutawätir cuando es transmitido por una gran cantidad de maestros pertenecientes a una misma generación, que a su vez lo transmita del mismo modo a la siguiente, de modo que es imponsible que todos ellos se hayan puesto de acuerdo para mentir. Son hadices muy fuertes cuya autenticidad no puede ser puesta en duda. El Corán mismo es mutawätir, es decir, era conocido de memoria por muchísimos Sahäba que lo comunican sin variantes entre ellos los Täbi‘ïn, que a su vez lo transmiten sin alteraciones a los Täbi‘ï at-Täbi‘ïn, etc. Hadices mutawätir son los que hacen referencia a cosas que hacía o decía el Profeta públicamente y, por tanto, era recogido por todos (como el Salat, el Ayuno, la Peregrinación, etc.).

2) Un hadïz es mashhür cuendo es transmitido por más de dos Sahäba, y que puede ser o no sahïh.

3) El término mustafïd es utilizado por unos como sinónimo de mutawätir y por otros como sinónimo de mashhur. Para otros autores es una categoría intermedia.

4) Un hadïz es ‘açïç cuando proviene de una persona que goza de una autoridad moral suficiente como para que sus tradiciones sean recogidas cuando dos o tres personas han participado en la transmisión.

5) Un hadïz es gharïb cuando proviene de un sólo Sahäbi o de un sólo hombre de la primera generación.

6) Un hadïz es fard cuando sólo cuenta con un transmisor en cada escalón o bien es un hadïz transmitido por gentes de una misma zona.

7) Un hadïz es shädzdz cuando proviene de una sóla autoridad pero contradice la de otrs muchas. Si difiere de gentes que gozan de una mayor autoridad moral que él debe ser rechazado.

8) Un hadïz es ähäd cuando es transmitido por un número de personas insufiente como para ser considerado mutawätir.

 

 

CLASIFICACIÓN RELACIONADA A LA NATURALEZA DE LA GENEALOGÍA.

 

1) Un hadïz es muttasil cuando el isnäd se remonta sin interrupción alguna hasta su fuente; si su fuente es el profeta, se le llama entonces muttasil marfü‘; si su fuente es un Sahäbi, se le llama muttasil mawqüf.

2) Un hadïz es musnad cuando está provisto de un isnäd contínuo que se remonta hasta el Profeta, es decir, es muttasil y marfü‘.

3) Un hadïz es marfü‘ cuando se remonta hasta el profeta, esté completa o no la cadena de transmisión o isnäd (pero algunos autores lo emplean simplemente como sinónimo de músnad).

4) Un hadïz es mawqüf cuando se remonta tan sólo a un Sahäbi.

5) Un hadïz es maqtü‘ cuando se remonta a un Täbi‘ï y se refiere a sus palabras o actos personales.

6) Un hadïz es múnqati‘ es el que cuenta en su isnád con personas no especificadas, o bien se encuentre entre sus eslabones alguien que pretenda haber oído un hadïz de algún otro de la que resulte imposible que haya sido así.

7) Un hadïz es múrsal es uno en el que un Täbi‘ï cite directamente al profeta.

8) Un hadïz es mu‘allal o ma‘lül cuando contenga alguna debilidad en el isnäd o en el matn. También se aplica al hadïz en el que haya mezcla de otro o bien contenga alguna idea falsa del transmisor o bien que se declare muttasil cuando en realidad es mursal.

 

CLASIFICACIÓN EN RELACIÓN A RASGOS ESPECIALES EN EL ISNÄD O EN EL MATN.

 

1) Un hadïz tiene çiyädat az-ziqät cuanto contiene adiciones hechas por las autoridades en el isnäd o en el matn y que no se encuentran en otras transmisiones. Las opiniones difieren sobre la medida en que esas adiciones son aceptables.

2) Un hadïz es mu‘an‘an cuando su isnäd no va acompañado de una indicación clara sobre el modo en que la tradición ha sido recibida; cuando los que emplean este sistema, que lo único que pretende es resumir, son sinceros y han escuchado efectivamente a las personas que citan, el hadiz es considerado entonces muttasil.

3) Un hadïz es musalsal cuando su transmisor emplea en el isnäd las mismas palabras o son del mismo tipo o proceden del mismo sitio.

4) Un hadïz es musalsal al-half cuando cada uno de los transmisores pronuncia un juramento, y es musalsal al-yad cuando cada transmisor ha dado la mano a su discípulo y así es explicitado en el isnád.

5) Un hadïz es mudallas cuando tiene un defecto oculto en el isnäd. Se llama tadlïs a la disimulación de los defectos que puede consistir en pretender haber escuchado un hadïz de la boca de un contemporáneo cuando no ha sido así (tadlïs al-isnád), o bien dar a una autoridad un nombre o apellidos desconocidos (tadlïs ash-shuyüj), o bien consiste en omitir un transmisor débil que se encontraría entre dos autoridades firmes (tadlïs at-taswiya).

6) Un hadíz es múbham cuando uno de sus transmisores es designado vagamente de modo que sea difícilmente reconocible.

7) Un hadïz es maqlüb cuando es atribuído a una autoridad l que no pertenece para hacer de un hadïz gharïb uno aceptable; o bien es un hadïz que tiene un isnäd pero un matn que corresponde a otro isnád.

8) Un hadïz es munqalib cuando, pareciendose al anterior, el enunciado sólo tiene una ligera transposición.

9) Un hadiz es mudraÿ cuando glosa el matn (texto del hadïz), o presenta, con un solo isnäd textos que divergen cuando cuando están provistos de isnäd diferentes, o bien mención de un cierto número de transmisores que divergen en su isnäd sin que eso sea indicado. Generalmente, este término es empleado para la inserción en el isnäd o el matn de un hadiz un texto tomado de otro haciéndolo aparecer como parte integrante de otro..

10) Un hadïz es mudtarib cuando dos o más personas de un nivel similar están en desacuerdo sobre sus versiones de un hadïz; la divergencia puede afectr al isnäd o al matn. Cuando de alguien se dice que es mudtarib al-hadïz es que sus hadices son confusos.

11) Un hadïz es ‘äli cuando hay pocos eslabones entre el que lo transmite y el Profeta, o bien entre quien lo transmite y una autoridad dada. Se considera valioso pues a menos eslabones menos posibilidades de error.

12) Un hadïz es näçil cuando hay demasiados eslabones en la cadena de transmisión.

13) Un hadïz es muharraf cuando alguna de sus palabras tiene las letras trastocadas.

14) Un hadïz es musahhaf cuando alguna de sus palabras tiene un ligero error en cuanto a puntos diacríticos.

15) Un hadïz es mudabbaÿ cuando forma parte de hadices que se transmiten entre sí dos contemporáneos.

16) Un hadïz es mu‘tabar cuando es tomado en consideración, es decir, cuando se considera que un transmisor aislado es bien conocido ose trata de una gran autoridad pero en principio el único que lo transmite, y se espera entonces a que sea confirmado por otra cadena o por otra gran autoridad.

 

 

CLASIFICACIÓN SEGÚN LA ACEPTABILIDAD DE LAS TRADICIONES.

 

1) Un hadïz es ma‘rüf cuando se trata de un hadïz débil reforzado por otro hadïz también débil, o bien por otro superior en su isnäd o matn al que es llamado múnkar. Ma‘rüf se dice también de todo transmisor conocido, mientras que al desconocido se le llama maÿhül (es decir, desconocido en su persona en el grado de confianza que se le deba prestar).

2) Un hadïz es maqbül es el que cumple todas las condiciones y es sahïh o hásan.

3) Un hadïz es mahfüd es todo el que comparado a un shädzdz es de un mayor valor.

 

 

CLASIFICACIÓN DE LOS HADICES RECHAZADOS.

 

1) Un hadïz es múnkar cuando tiene un sólo transmisor y se aparta de la versión de una autoridad más digna de confianza; o bien, simplemente carezca de credibilidad suficiente para que se le acepte en una versión única. Algunos consideran múnkar y shädzdz como sinónimos, pero para la mayoría se trata de un grado inferior al de shädzdz. Cuando se dice de un transmisor que yarwï l-manäkir (que transmite hadices múnkar) no implica que se rechacen todos sus hadices, pero sí si se dice de él que es un múnkar al-hadïz.

2) Un hadïz es mardüd es lo contrario a maqbül; es un hadïz transmitido por un débil en contradicción con lo que transmiten otros.

3) Un hadïz es matrük es la tradición transmitida por un sólo personaje que es sopechoso de falsedad en otros casos, o bien sea inmoral o culpable de negligencia o errores frecuentes.

4) Un hadïz es matrüh, término que suele emplearse simplemente como sinónimo de matrük o bien es considerado por algunos una categoría situada entre el da‘ïf y el mawdü‘.

 

 

ESTUDIO Y TRANSMISIÓN DE LOS HADICES.

 

Existieron un cierto número de métodos reconocidos para la recepción de tradiciones. Destacaremos los siguientes:

1) El Samä‘ o audición, es el hadïz recogido directamente de la boca de un maestro o shayj. Es tenido por superior a cualquier otra forma de conocer los hadices.

2) La recitación a un shayj (Qiräa), también llamado ‘ard, es decir, la exposición de los datos que se tienen a un maestro reconocido que confirma al discípulo. El discípulo recita ante el shayj el material del que dispone, sea de memoria o bien leyendo sus notas; a su vez el shayj escucha con o sin sus propias notas. Todos estos detalles deben ir referidos a la hora en que el discípulo a su vez transmita el hadïz. Este método también suele ser considerado válido cuando el transmisor es testigo de una comunicación de este estilo hecho por terceros, es decir, cuando asiste a una sesión de Qiräa aunque no sea él el exponente.

3) La licencia o Iÿäça para transmitir los hadices de un shayj, y es de diferentes tipos. Las Iÿäças suelen ser muy precisas y determinan la materia que un discípulo muy concreto puede a su vez transmitir apoyándose en la autoridad de los maestros que las conceden.

4) La entrega personal o Munäwala, cuando se trata de una copia escrita de hadices que un shayj entrega a su discípulo con o sin Iÿäça.

5) La correspondencia o Mukätaba cuando el texto es enviado al discípulo a través de intermediarios. Si el discípulo puede asegurar que el texto recibido es sin duda de su maestro es considerado entonces este sistema de un rango similar a la Munäwala. En cualquier caso, a la hora de transmitir ese material, el alumno deberá precisar todas estas circunstancias, así como si cuenta con Iÿäça o no.

6) El legado o Wasiyya. Es cuando un maestro deja en herencia a su discípulo sus obras. Se considera entonces que tiene derecho a transmitir su contenido. Se suele incluir en este apartado los libros prestados cuando sus propietarios partían de viaje.

7) La Wiÿäda, que es cuando alguien encuentra un libro escrito de puño y letra por un maestro reconocible: puede transmitir los hadices que contenga la obra siempre y cuando declare la circunstancia anterior.

Es decir, en todas las formas anteriores, unas más valiosas que otras en el orden que hemos expuesto, el discípulo puede considerarse heredero de su maestro y ser el siguiente eslabón en la cadena de transmisión (salvo en el caso último si el texto que haya encontrado es obra de un copista).

 

 

ALGUNAS FÓRMULAS TÉCNICAS.

 

El discípulo (tälib) recibe del maestro (shaij) una información abundantísima rodeada de una gran profusión de datos que sitúan lo mejor posible no sólo el texto del hadïz sino su contexto y genealogía. A su vez, el discípulo está en la obligación moral de transmitir con exquisita fidelidad el legado del que es depositario. Para evitar que el relato de las circunstancias de un hadïz sea excesivamente prolijo, existe un acuerdo en el uso de una terminología reconocible facilmente que evite los detalles en lo posible.

Las Ciencias del Hadïz estudia el empleo de esa terminología característica de la Tradición. Veamos algunos ejemplos:

Entre un eslabon y otro de la cadena de transmisión o isnäd aparecerán expresiones del siguiente tipo: haddaza-ni (me ha relatado...) o haddaza-nä (nos ha relatado...); o bien ájbara-ni (me ha informado...) o ájbara-nä (nos ha informado...); o bien sami‘tu (he oído decir a....) o sami‘nä (hemos oído decir a...); o bien ánbaa-ni (me ha comunicado....) o anbaa-nä (nos ha comunicado...).

El término haddaza-ni debe ser empleado cuando alguien es el discípulo único de un shaij y lo escucha a solas, mientras que haddaza-nä da a entender que la transmisión oral se hace en público. El término ájbra-ni se reserva cuando los hadices son leídos por el tälib al sháij y éste los aprueba; como en el caso anterior, las terminaciones -ni o -nä aluden a las condiciones en que se transmite la confirmación, si se hace en público o no. El término anbaa-ni sugiere que el shaij concede a su discípulo una Iÿäça o licencia para transmitir los hadices. Muchas veces, entre los eslabones de la cadena el transmisor se limita a colocar la preposición ‘an, según, es decir, según tal autoridad basandose en tal otra autoridad, y así hasta llegar al Profeta sin especificar el modo de encuentro entre los distintos sabios que se comunican el hadïz; este sistema se considera generalmente legíctimo cuando el transmisor es digno de una absoluta fe, como sucede algunas veces en los hadices que transmite al-Bujäri. El uso de la partícula ‘an queda especialmente justificado cuando la cadena es larga y permite evitar detalles que sólo resultarían fastidiosos.

 

 

LA TRANSMISIÓN DEL HADIZ EN LA ACTUALIDAD.

 

Todo lo dicho hasta aquí prácticamente quedó consagrado a mediados del siglo III de la Hégira (VIII-IX). Y las generaciones han seguido transmitiéndose de unas a otras los hadices del mismo modo incluso cuando ya fueron recogidos en volúmenes. Para la aceptación de un hadïz se requería que se cumpliesen todas las condiciones que lo validan. Leer en un libro no era suficiente ni autorizaba al lectos a transmitirlo: era necesario que lo hubiera oído de un maestro.

Ests prácticas subsisten en la actualidad en muchas regiones, si bien la invención de la imprenta, la calidad de los libros y su difusión hacen prácticamente inutiles esas extremadas prevenciones contra toda posible falsificación. Pero sería necesario recordar que no solamente se intentaba evitar la falsificación: el contacto directo de maestro y discípulo transmite algo más que la literalidad del hadiz. El maestro hace al discípulo partícipe de un acto de perpetuación que ya en sí tiene importantes alcances espirituales. No obstante, la tendencia en la actualidad es la de relajo y comodidad.

 

 

OBJECIONES DE LOS ORIENTALISTAS A LAS CIENCIAS DEL HADIZ.

 

El carácter más sobresaliente en las ciencias del hadïz es su rigor extramado y la seriedad con la que fue abordado el tema: es un caso único en la historia de la humanidad. Los musulmanes realizaron un esfuerzo gigantesco en transmitir fielmente (científicamente diríamos hoy) toda noticia que tuviera sus orígenes en los tiempos de Rasülulläh (sállà llähu ‘al´

aihi wa sállam), de lo que ha resultado una extraordiaria biblioteca perfectamente estudiada y anotada. El recuerdo de nadie en la historia de toda la humanidad goza de tantos detalles que ofrecen una imagen tan esclarecedora de los acontecimeintos que rodearon su figura, ni de nadie se han transmitido más fielmente hasta la más mínima de sus palabras.

No obstante, los orientalistas quieren poner en duda la validez de esas ciencias (¿por complejo ante ellas?). Para ello aducen siempre razones subjetivas: es imposible que el Profeta dijera tales o cuales cosas. Nada al margen de esas consideraciones personales ha sido dicho que pueda poner en duda el rigor y la seriedad del sistema que siguieron los primeros musulmanes y que garantizaba la fidelidad a la Fuente originaria. J. Robson, en su artículo de la Enciclopedia del Islam consagrado al Hadiz dice: "La crítica de las tradiciones era muy detallada, lo que demuestra la seriedad con la que su estudio fue emprendido. Debe reconocerse que fue realizado con un verdadero esfuerzo que buscaba eliminar todo lo falso". Será Goldziher el primero en cuestionar la validez de esos esfuerzos justificándose en apreciaciones personales basadas en sus previsiones (es decir, el profeta tenía que haber dicho tal o cual cosa y no tal o cual otra, según una mentalidad positivista para la que el espíritu humano nada tiene de original ni independiente de las razones comunes). Tras él, los demás orientalistas hacen poco más que repetir sus palabras.

El valor de las Ciencias del Hadiz queda resaltado si tenemos en cuenta que se desarrollaron el seno de la comunidad musulmana, sin intervención de instituciones que pudieran interferir en sus conclusiones y desviarlas hacia los intereses de alguna élite. Y cuando esto último se pretendió se alzaron voces que devolvieron pronto el caudal a su verdadero río que era la comunidad. En cualquier caso, fueron ciencias desvinculadas siempre de cualquier institución: se desarrollaron espontáneamente para responder a necesidades globales y nunca tuvieron que satisfacer a nadie precisamente gracias a su extensión que las hacía imposibles de manipular.

 

 

EL IMAM AL-BUJARI, 810-870

Su nombre completo era Muhammad Ibn Ismail Ibn Ibrahim Ibn al-Mughira al-Bujari al-Yú‘fi.

Nació el año 194 de la Hégira (el 810 de la era cristiana), y murió en el 256 (el 870). Su bisabuelo, al-Mughira, fue el primero de sus antepasados en hacerse musulmán.

Al-Bujari, como enseña su nombre, nació en la próspera ciudad de Bujära, en Uzbekistán (Asia Central). Comenzó a estudiar de memoria los hadices a la edad de diez años, al haber acabado los estudios de Corán. Fue un estudiante precoz capaz de corrigir a sus propios maestros siendo aún todavía un adolescente.

Contaba con una capacidad de retención prodigiosa: sus compañeros de estudios podían corregir los hadices que anotaban en las clases gracias a las referencias que al-Bujäri ya conocía de memoria.

A la edad de dieciéis años realizó la Peregrinación a Makka con su madre y su hermano, y permaneció unos años en Arabia después que se marcharan de vuelta sus familiares una vez acabado el Haÿÿ. Recorrió durante esa época todo el Hiÿäç acumulando conocimientos acerca del Profeta, sus Compañeros y los Continuadores.

Más tarde recorrió los más importantes centros del Islam oriental, de Jurasän y Egipto, llegando a entrar en contacto con más de mil maestros, según él mismo cuenta.

No tardó en alcanzar un gran prestigio y a su vez se convirtió en maestro al que acudían un gran número de discípulos atraídos por su fama. Enseñó durante algún tiempo en Nisapur, pero prefirió volver a su ciudad, Bujära, donde se dedicó a enseñar Hadiz y Ciencias del Hadiz en la Mezquita Alhama. Jälid Ibn Ahmad, gobernador entonces de Bujära lo invitó a dar clases en su residencia oficial, pero al-Bujäri le respondió que era impropio que alguien de saber acudiera a los palacios: si el gobernador deseaba realmente instruirse en el hadïz debía acudir a la Mezquita, y así tuvo que hacerlo Jälid. Esta actitud es una constante entre los primeros sabios del Islam: un ejemplo de radicalidad en esta psotura la encontramos, por ejemplo, en el Imam Mälik.

En otra ocasión, el mismo gobernador pidió al Imam al-Bujári que consagrara algunas horas a la educación privada de sus hijos, a lo que también se negó el Imam aduciendo que unos niños no podían ser favorecidos en detrimento de otros, y también ellos deberían acudir a la Mezquita para instruirse. Esta última negativa motivó que fuera expulsado de Bujära, y tuvo que refugiarse en un pueblo cercano a Samarcanda en casa de unos parientes. Al-Bujäri murió pocos meses después en ese humilde exilio.

 

Su obra más célebre es el Sahih (más correctamente al-Yämi‘ as-Sahïh) que compuso a lo largo de dieciséis años de estudios y verificaciones. Comprobó la autenticidad de una masa de seiscientos mil hadices hasta quedarse con tan sólo siete mil trescientos noventa y siete, y no insertaba en su obra ninguno de ellos sin haber realizado antes abluciones y un salat de dos rak‘as pidiendo a Allah el acierto. El libro está dividido en noventa y siete secciones (cada una de ellas recibe el nombre de kitäb), y estas secciones son a su vez subdivididas en capítulos (abwáb) en número de tres mil cuatrocientos cincuenta. Cada hadiz cuenta con un isnäd completo, pero muchos están repetidos, es decir, tienen genealogías distintas pero el matn o texto es prácticamente idéntico, con lo cual el número verdadero de hadices es de dos mil setecientos sesenta y dos.

Esta obra es la que goza de una mayor autoridad entre los musulmanes. Sus capítulos siguen practicamente el orden habitual en los tratados de Fiqh o jurisprudencia, si bien contienen otras muchas informaciones valiosas. Al-Bujäri ha sido a veces criticado por lo irregular de los capítulos: efectivamente, muchas veces los hadices que anota dentro de uno de ellos poco tiene que ver con el título que le corresponde. Algunos de esos capítulos están vacíos, es decir, no contienen hadices sino simples referencias coránicas de introducción: al parecer, al-Bujäri preparó los capítulos y esperó encontrar hadices autentificados y sólidos, según sus criterios en extremo rígidos, que se correspondieran con ellos, pero no sucedió.

En su juventud escribió otras obras, por ejempo, un libro titulado Tärïj del estilo de las enciclopedias biográficas. Según él mismo confiesa, lo escribía de noche, a la luz de la luna, muy cerca de la tumba del Profeta, durante su estacia en Arabia. También es autor de otras obras mucho menos extensas.

Pero su obra fundamental es el Sahih que conoció pronto muchos comentarios, entre los que destacan el de al-‘Asqaläni titulado Fath al-Bärï bi Sharh Sahih al-Bujäri.