Cuando mi
maestro vio que seguía la vía sinceramente, me ordenó romper con los hábitos
de mí alma (nafs; me dijo:
«Al igual que debemos adquirir la ciencia de la Realidad espiritual
(al-haqîqa), debemos adquirir
también la práctica de ella». No le comprendí. Entonces cogió mi
hâík con su noble mano, me lo
arrancó de la cabeza lo retorció varias veces y me lo enrolló al
cuello; después, me dijo: -¡Aquí tienes la
prueba del bien!-. Mi alma, entonces, se
trastornó hasta tal punto que hubiera preferido morir antes que mostrarse
con tal atavío. El maestro me miró sin decir nada, y me sentí oprimido hasta
la muerte. Me levanté antes que él -lo que era contrario a mi costumbre- y
me alejé hasta que la pared de la
zâwiya me ocultó de su vista. Entonces mi alma
(nafs) me dijo: ¿Pero qué
significa esto? No supe contestarle salvo volviendo a colocarme el
haik en la cabeza como todo el
mundo; pero no, no lo hice, y le contesté: el maestro sabe bien lo que esto
significa. Pero tú (mi alma), ¿por qué estás tan agitada y tan revuelta?
¿Qué es lo que temes por ser humillada? ¿Qué eres tú y cuál es tu rango para
que no soportes verte en este estado? ¿Es que sólo te gusta quedarte con tu
concupiscencia y tus caprichos y retozar sin freno? ¡No, por Allah,
que no disfrutarás de ellos mientras guarde vigilancia sobre ti y tus
hostilidades! Viendo entonces mis ojos inflamados de cólera, perdió la
esperanza de continuar con su concupiscencia y supo que todo eso se había
terminado, aceptando finalmente la ley que le imponía. ¡Desgraciado el
faqîr, desgraciado, si ve la forma de su propia alma (o de su «yo»,
nafs) tal como es y no la
estrangula hasta que muera!