CARTA 52
Cuando me consagré a la pobreza espiritual (faqr) y me despojé de ciertas
convenciones que complacen a los hombres pero que, en sí, carecen de valor, mi
familia y otras personas me detestaron, ya que, en lugar de conformarme a ellos,
me desapegaba de ellos. Así estaban nuestras relaciones cuando sobrevino una
sequía; suplicamos a Allah que nos enviara la lluvia, pero no llovió y la sequía
se alargaba. Un día, cuando asistía a una asamblea de familia, mi hermano 'Ali
(que Allah tenga misericordia de él) me dijo: «Los amigos de Allah pueden hacer
milagros, y, sin embargo, mira cómo se agosta el trigo quemado por el sol. Si tú
eres uno de ellos, pide, pues, a Allah que llueva o, si no, deja esa condición
de pobreza espiritual (faqr) y ocúpate de tus estudios». Me callé y no le
contesté nada. Pero él no se calló: me insultó y me oprimió con toda su fuerza,
y todos los que estaban presentes se regocijaron de ello, porque a sus ojos yo
era un descarriado y estaba cegado, por la simple razón de que no hacía honor a
la familia. Esa escena se prolongó y acepté todo con paciencia -ahora bien,
nadie puede soportar una cosa así a menos que Allah le ayude o se vea obligado a
ello- hasta que mi corazón se partió; salí entonces de la mezquita donde esa
asamblea tenía lugar. Levanté la mirada hacia el cielo, que estaba despejado a
excepción de una nubecilla situada justo sobre nosotros. Dije entonces, como
algunos walis (íntimos de Allah) han dicho: «¡Oh, mi Señor, si no tienes piedad
de mí terminaré por enfadarme!» Y he aquí que, con el viento, la nubecilla se
extendió hacia el sur y hacia el norte, hacia delante y hacia atrás, y a
continuación comenzó a llover con tal violencia que nos mojamos en el interior
de la mezquita tanto como fuera de ésta: el agua la inundó, como inundó los
campos, y nos alcanzó por arriba y por abajo. Esto vino de la gracia divina, que
recubrió mi impotencia con Su poder. Saludos.
 
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