CARTA 51
Una mañana, estaba haciendo el salat del alba junto a la tumba del wali Ahmed
ben Yúsuf (que Allah nos haga sacar provecho de él), y tenía miedo de que la
gente del lugar hiciese algo malo a los «pobres» (foqará), en los que
predominaba por entonces un estado de expansión (bast) espiritual, mientras que
el mundo, en esa época, se encontraba sumergido en la indiferencia respecto a
Allah y en la injusticia; raros eran los hombres que defendían la causa de
Allah. Y sucedió que uno de los «pobres»» acudió apurado, sin duda para decirme
que lo que estaba temiendo acababa de ocurrir. Llegó a mí en el preciso momento
en que recitaba estas palabras: «Cumplid con el salt, dad la limosna y apegaos
firmemente a Allah, Él es vuestro protector, ¡y bendito sea ese patrón y ese
protector!» (Corán, XXII, 78). Entonces, todo el miedo que me había invadido
desapareció y dejó su lugar a la esperanza y a una gran certidumbre. Dije, pues,
a ese «pobre» (antes de que me hablase): «Ese golpe ha caído sin rozaros; no
habrá mal sobre nosotros. Cuéntame, sin embargo, lo ocurrido». A lo que me hizo
saber que las gentes del pueblo se habían concertado para escribir una carta en
la que pretendían acusar a nuestros hermanos los «pobres»» (que Allah tenga
compasión de ellos y de nosotros) de actos detestables; esa carta debía ser
enviada al gobernador de la región y a través de él al sultán, que por entonces
era Muhammed ben `Abd-Alláh ben Ismá`il al-Hassani al-`Aláwi (que Allah tenga
misericordia de él). Esa noticia no me inquietó, permanecí tranquilo y me
sosegaba esperando que amaneciese cuando llegó otro «pobre» más apurado que el
primero, pues había dejado a la gente firmemente decidida a ejecutar su
propósito. Se me lamentaba de ello y me dijo: «La gente está cometiendo una gran
injusticia con respecto a su prójimo y tú no haces nada por nosotros». A lo que
respondí: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que ponga cabeza abajo a vuestro
pueblo?» Y diciendo esto, hice con la mano el gesto de dar la vuelta a algo. Y
he aquí que acudió un hombre del pueblo enviado por sus habitantes, que
instantes antes querían perjudicarnos. Me dijo que el bajá `Abd aV-Çadiq ar-Rifi
de Tánger había enviado al gobernador de Taza, Ahmed ben Návir al-`Ayyáshi, un
mensajero con un cargamento de diez quintales de bienes pertenecientes al
sultán mencionado más arriba junto con una suma de setenta mithqál
pertenecientes al mensajero; pues bien, ese mensajero había sido atacado y
herido cerca del pueblo de modo que la sangre teñía su vestido, y el cargamento
de bienes del sultán, así como los bienes del propio mensajero, habían
desaparecido. Y éste había declarado: «Este mal me lo» ha beis infligido
vosotros, porque sin vuestra complicidad no me hubieran podido saquean». Al
escuchar eso, los habitantes del pueblo palidecieron de miedo. Fui, pues, hacia
allí y los encontré en ese estado, si no peor. Y dimos gracias a Allah por
habernos salvado de su maldad y de su astucia. Saludos.
 
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