CARTA 49
Me encontraba en la tribu de los Beni Zarwâl cuando un hombre me indicó que era
contrario al pudor el que las mujeres alzasen la voz (en presencia de hombres
extranjeros), pues había entonces algunas mujeres que invocaban a Allah, bajo mi
dirección, en voz alta. Me abstuve de darle la respuesta que merecía y en vez de
eso le dije: «(Según la regla) una mujer invoca a Allah silenciosamente, pero si
su deseo hacia su Señor aumenta hasta perder la conciencia de su cuerpo, ningún
reproche puede hacérsele, desde el punto de vista de la ley tradicional, si su
voz se deja oír». Y le dije también: «Si pierde conciencia de su cuerpo, puede
ocurrir incluso, si Allah lo quiere, que venga hacia ti con los pechos desnudos;
entonces, ¿por qué preocuparse por el hecho de que alce la voz?». Pues bien, lo
que acababa de decir -escucha bien, oh, pobre- ocurrió literalmente: había, en
un pueblo, una mujer que nos amaba, y he aquí que, como invocaba a Allah
continuamente, perdió la conciencia de su cuerpo. Un hombre piadoso de su
familia, aconsejó: «Calentad una aguja al rojo blanco y apoyadla sobre ella; si
vuelve en sí, tanto mejor, pero si no, dejadla tranquila». Se hizo lo que él
dijo, pero su éxtasis no se volvió sino más intenso, hasta tal punto que vino
hacia nosotros sin ser consciente de que su haik le resbalaba por los hombros
quedando sólo retenido por el ceñidor; también su hijita se le cayó de la
espalda sin que se diera cuenta de ello, de forma que llegó hasta nosotros en el
estado que hemos descrito. Y, así, pasó por delante de la puerta del hombre que
nos había hecho observaciones al respecto, y la vio con sus propios ojos...
 
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