PUBLICACIONES DE LA YAMA'A

YIA.LM

 

   CARTAS DEL SHAYKH AL-´ARABI AD-DARQAWI

 

CARTA 49



Me encontraba en la tribu de los Beni Zarwâl cuando un hombre me indicó que era contrario al pudor el que las mujeres alzasen la voz (en presencia de hombres extranjeros), pues había entonces algunas mujeres que invocaban a Allah, bajo mi dirección, en voz alta. Me abstuve de darle la respuesta que merecía y en vez de eso le dije: «(Según la regla) una mujer invoca a Allah silenciosamente, pero si su deseo hacia su Señor aumenta hasta perder la conciencia de su cuerpo, ningún reproche puede hacérsele, desde el punto de vista de la ley tradicional, si su voz se deja oír». Y le dije también: «Si pierde conciencia de su cuerpo, puede ocurrir incluso, si Allah lo quiere, que venga hacia ti con los pechos desnudos; entonces, ¿por qué preocuparse por el hecho de que alce la voz?». Pues bien, lo que acababa de decir -escucha bien, oh, pobre- ocurrió literalmente: había, en un pueblo, una mujer que nos amaba, y he aquí que, como invocaba a Allah continuamente, perdió la conciencia de su cuerpo. Un hombre piadoso de su familia, aconsejó: «Calentad una aguja al rojo blanco y apoyadla sobre ella; si vuelve en sí, tanto mejor, pero si no, dejadla tranquila». Se hizo lo que él dijo, pero su éxtasis no se volvió sino más intenso, hasta tal punto que vino hacia nosotros sin ser consciente de que su haik le resbalaba por los hombros quedando sólo retenido por el ceñidor; también su hijita se le cayó de la espalda sin que se diera cuenta de ello, de forma que llegó hasta nosotros en el estado que hemos descrito. Y, así, pasó por delante de la puerta del hombre que nos había hecho observaciones al respecto, y la vio con sus propios ojos...


 

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