CARTA 46
Allah (s.a.s) me colmó al comienzo de mi camino y en mi adolescencia -estaba
entonces en Fez y era el año mil ciento ochenta y dos-[1] de forma que no viese
en mí, en todo ser ni en cosa alguna nada más que a Allah (s.w.t); en la
«visión» misma de Allah veía al Profeta (s.a.s), o en la «visión» misma del
Profeta veía a Allah (s.w.t). A causa de esa contemplación me encontraba
continuamente ebrio y continuamente sobrio. En algunos momentos, esa ebriedad y
esa sobriedad eran tan intensas que mi piel casi se desgarraba y mi persona
quedó aniquilada por ello, pero mi Señor me dio una tuerza que nunca había
conocido y de la que nunca había oído hablar, introduciendo mi fuerza en mi
debilidad, mi calor en mi frialdad, mi gloria en mi humillación, mi riqueza en
mi indigencia, mi poder en mi impotencia, mi desahogo en mi estrechez, mi
dilatación en mi angostura, mi ayuda en mi derrota, mi existencia en mi
no-existencia, mi elevación en mi rebajamiento, mi alcance (de la meta) en mi
separación (de ella), mi proximidad (de Allah) en mi alejamiento (de El), mi
intimidad (con El) en el rechazo de mí, mi salvación en mi corrupción, mi
ganancia en mi pérdida, mi ascensión en mi inmersión, y así sucesivamente, y ésa
es la razón por la que mis pasos se encaminaron con seguridad en la vía hasta
poder vivir en ese tiempo difícil, sin amigo, es decir, sin maestro espiritual,
pues no cabe duda de que en esta época las virtudes se han vuelto raras,
mientras que el mal abunda.
[1] De la hégira (N. del T.).
 
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