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Al poco de
haber encontrado a mi maestro, me autorizó para iniciar a cierto letrado que
había sido uno de mis profesores en lectura coránica. Este letrado quería
convertirse en discípulo de mi maestro, siguiendo mi ejemplo, e insistió para
que le procurase su permiso. Cuando le hablé de él, mi maestro respondió:
«Cógele de la mano tú mismo, ya
que por ti me ha conocido». Así que le transmití la enseñanza que yo a mi vez
había recibido, y produjo frutos gracias a la bendición (baraka) vinculada a la
autorización de mí noble maestro. Sin embargo, como tuve que marcharme de Fez
para volver a la tribu de los Beni Zarwál, donde había dejado a mis padres, me
vi separado de él.
En cuanto
a mi maestro, nunca dejaba Fez al-Bálí. Cuando estuve a punto de partir hacía la
citada tribu, le dije: «Allí no tengo a nadie con quien pueda tener los
intercambios espirituales que, sin embargo, necesito». Me contestó: «jEngéndralo!»,
como si pensase que la generación espiritual pudiese efectuarse a través de mí,
o como si la viera ya. Volví a pronunciarme en el mismo sentido y de nuevo me
respondió: «jEngéndralo!». Pues bien, por la bendición que emana de su
autorización y de su secreto,
vino a mí un hombre (jque Allah multiplique sus semejantes en el Islam!) que,
desde el instante en que yo le vi y él me vio, fue colmado por Allah hasta el
punto de alcanzar de golpe la estación espiritual (maqâm) de la extinción (fanâ’)
y de la subsistencia (baqâ’) en Allh; y Allah garantiza lo que decimos. Con esto
se me puso de manifiesto la virtud y el poder secreto de la autorización,
y me vi libre de todas las dudas o sugestiones, ¡gracias y alabanzas a Allah!
A
continuación, mi alma deseó recibir la autorización directamente de Allah y de
Su Enviado (s.a.s). Aspiraba a ello con mucho fervor. Pues bien, encontrándome
un día en un lugar solitario en medio del bosque, sumergido y abismado en una
extrema ebriedad espiritual, y al mismo tiempo en una extrema sobriedad —con
gran potencia en uno y otro estado—, súbitamente escuché esta frase que surgía
del trasfondo de mi esencia: «Incítales al recuerdo, porque del recuerdo
sacan provecho los creyentes!» (Corán, LI, 54). Se calmó y reposó entonces mi
corazón, pues tuve la certeza de que eran Allah y Su Profeta (s.a.s) quienes me
dirigían esas palabras, inmerso como estaba en las dos Presencias generosas, la
señorial y la profetica.
Se trataba (pero Allah lo sabe mejor) de una ruptura de las leyes
ordinarias procedente del fondo mismo de mi esencia. Por lo demás, aquí no
existe «cómo», y eso sólo lo sabe aquél a quien Allah se lo ha dado a conocer...
Desde que me
fue concedida esa autorización, vinieron a mí los creyentes y, desde el instante
en que los vimos y ellos me vieron, se acordaron (de Allah) y nosotros nos
acordamos,
y nosotros sacamos provecho de ellos como ellos de nosotros, y ocurrió lo
que ocurrió en lo referente a favores, secretos, virtudes, bendiciones y ayudas
divinas. Todo ello tuvo lugar en la tribu de los Beni Zarwál (que Allah la
salvaguarde de toda prueba), alabanzas y gracias a Allah...
En árabe, esta frase juega con el doble sentido del término khikr,
 
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