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La imaginación (wahm) es cosa vana, aunque Allah la
dispuso con miras a una gran sabiduría. Cada cosa, por lo demás, lleva en sí un
gran secreto y un aspecto evidente, ya que está dicho (en el Corán): «Señor
nuestro, no has creado esto en vano, exaltado seas» (III, 191); «¿pensáis, pues,
que os hemos creado por vano juego?» (XXIII, 117). Lejos esté de nuestro Señor
tal cosa; Allah está por encima de eso. La naturaleza de la imaginación es tal,
que si tú no la sojuzgas, es decir, si no le impones tu juicio, inevitablemente
ella te sojuzgará y te impondrá el suyo; si no niegas su opinión, ella negará la
tuya. Ahora bien, ella no es nada; sin embargo, si escuchas su discurso,
debilitará tu certidumbre (espiritual) y te desviará por otros caminos. Pero si
no escuchas su discurso, tu luz interior crecerá; por su crecimiento se afirmará
tu certidumbre; por su afirmación tu voluntad espiritual se elevará, y por su
elevación alcanzarás a tu Señor, y alcanzarlo es conocerlo.
Para los viajeros hacia Allah que no escuchan el discurso de la imaginación y no
siguen sus opiniones, ella es como un poderoso viento que viene en ayuda de los
marinos, de manera que llegan en una hora allá donde otros no llegan sino al
cabo de un viaje de un mes o de un año. Por el contrario, quien se detiene en el
discurso y las opiniones (de la imaginación) se queda obstaculizado en el
camino, como también ocurre a los marinos. Tal es su efecto.[1]
Comprobamos que al que abandona lo que no le concierne, le basta la menor cosa
para su subsistencia, mientras que quien no lo abandona, nunca tendrá todo lo
que necesita, hiciere lo que hiciere.
[1] . Como facultad plástica del alma, la imaginación puede ser receptiva tanto
respecto a las verdades espirituales como respecto al «mundo». No es que el
hombre mundano posea una imaginación demasiado poderosa; al contrario, lo que lo
caracteriza es una imaginación arrastrada y trabada Por los objetos de sus
deseos.
 
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