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An-naf (el alma, la psique) y ar-rùh
(el espíritu) son dos nombres que designas una sola y única cosa, que está hecha
de la propia esencia de la luz, pero Allah es más sabio. Esa cosa se desdobla en
virtud de dos cualidades opuestas, que son la pureza y la confusión, porque la
nafs, mientras subsiste, está enturbiada y a ello debe su nombre; pero si su
confusión desaparece y se queda en pura sustancia verdaderamente se la llama rúh.
Por otra parte, observamos que ambos se atraen mutuamente, ya que están próximos
uno del otro y los dos están, en principio dotados de belleza, de virtud y de
equilibrio. Ahora bien, si Allah quiere santifica a uno de sus servidores, casa
en él espíritu y alma, es decir, hace que uno tome posesión del otro, lo que
ocurre cuando el alma regresa de las pasiones que la habían alejado de su
verdadero parentesco y de su patria, que la habían arrancado de su virtud, su
bondad, su belleza, su nobleza, su superioridad y su elevación y de todo de lo
que su Señor la había colmado, hasta llegar a negar su propio origen, y no poder
ya buscarlo; ahora bien, si no se queda en ese estado, antes bien lo abandona y
retorna íntegramente de él, el espíritu la transporta y le transmite su verdades
y secretos que Allah le inspira y que no tienen fin. En la misma medida en que
abandona sus pasiones, se refuerza la efusión del espíritu de parte de su Señor,
de modo que las bodas del espíritu y el alma se multiplican, así como si frutos,
a saber, las ciencias infusas y las acciones que de ellas nacen. El goce á todo
ello no puede sino llevar al hombre a contrariar al alma (pasional) arrastrarla
a pesar de sus repulsiones, sus bufidos y sus execraciones, porque un
comportamiento así se ha vuelto fácil para el hombre en virtud de las «luces»,
«secretos» y «provechos» espirituales que ve en aquél.
 
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