PUBLICACIONES DE LA YAMA'A

YIA.LM

 

CARTAS DEL SHAYKH AL-´ARABI AD-DARQAWI

CARTA 2

 

 Lo primero que aprendí de mi maestro (que Allah esté satisfecho de el) fue esto: me cargó con dos cestas repletas de ciruelas. Las agarré con las manos, en lugar de ponérmelas sobre la nuca como él me había indicado, pero aun así pesaba mucho y me resultaba tan penoso que mi alma (nafs) se contrajo; se agitaba, sufría y se revolvía en extremo, hasta tal punto que yo casi lloraba, y, por Allah, aún iba a llorar más por todas las humillaciones, por el desprecio y el despecho que iba a sufrir en esa situación[1], porque mi alma todavía no había aceptado nunca nada semejante ni había bajado la cabeza, y hasta ese momento yo había permanecido inconsciente de su orgullo, su rebelión y su corrupción[2]; yo ignoraba si ella era o no orgullosa, y ninguno de los ulemas cuyos cursos había seguido —y fueron muchos— me había informado sobre ese punto. Pues bien, cuando me encontraba sumergido en esa perplejidad y dolor, el maestro, con su gran intuición, vino hacia mí, cogió las dos cestas de mis manos y me las cargó sobre la nuca, diciendo: « pruebas el bien, para expulsar un poco de orgullo!». Por medio de esas palabras me abrió la puerta de la rectitud, porque desde entonces aprendí a distinguir a los orgullosos de los humildes, a los serios de los frívolos, a los sabios de los ignorantes, a los hombres de la tradición de los innovadores y a los hombres que tienen ciencia y la aplican de aquellos que, aunque la tengan, no la practican. Desde entonces ningún tradicionalista (sunni) pudo ya engañarme con su saber, ni ningún innovador con sus innovaciones; ya ningún sabio me infundió respeto (sólo) con su ciencia, ningún (falso) devoto con sus devociones, ni ningún (falso) asceta con sus privaciones. Porque el maestro (que Allah esté satisfecho de él) me había enseñado a distinguir la verdad de la vanidad y la seriedad de la farsa; ¡que Allah lo recompense por ello y lo proteja de todo mal!

[1] Para un joven letrado de familia noble, como al-’Arabi ad-Darqâwi, resultaba muy humillante adoptar el papel de porteador de frutas y legumbres del mercado. Al atravesar la ciudad con su carga de ciruelas se iba ha a encontrar con sus antiguos profesores y colegas, asi como con miembros de su familia que no perdían la ocasión de echarle en cara la inconveniencia de actitud. Caídas las mascaras convencionales, se manifestaron las verdaderas intenciones de los hombres

[2] Esta confesión se refiere. evidentemente, menos al carácter particular del autor que a la naturaleza de la psique (an-nafs) en general, como opuesta al espíritu (ar-rûb)

 

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