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Había una vez un pájaro que no poseía el don
del vuelo. Como un pollo, caminaba por el suelo, aunque sabía que
algunos pájaros sí volaban. Sucedió que, a través de una combinación de
circunstancias, el huevo de un pájaro volador fue empollado por éste que
no volaba. A su debido tiempo, nació el pichón, todavía con la
potencialidad para volar, que siempre había tenido, aún desde la época
en que se hallaba en el huevo. Le habló a su madre adoptiva diciendo:
-¿Cuándo volaré?
Y el pájaro atado a la tierra dijo:
-Persiste en tus intentos de volar, como los
otros -porque no sabía como enseñarle al pichón a volar, ni siquiera
sabía como arrojarlo del nido de manera que aprendiese.
Resulta curioso, en cierto modo, que el
pajarillo no viera esto. El reconocimiento de su situación lo confundía
debido a la gratitud que sentía hacia el pájaro que lo había empollado.
-Sin este servicio -se dijo a sí mismo-,
seguramente estaría aún en el huevo,
Y aún otras veces decía:
-Quien puede empollarme, seguramente podrá
enseñarme a volar. Debe de ser solamente una cuestión de tiempo, o de
mis propios esfuerzos sin ayuda, o de alguna gran sabiduría. Sí, así es.
Un día de repente seré transformado a la etapa siguiente por aquel que
me ha traído hasta aquí.
Shah I. Cuentos de los Derviches. Paidós.
1985 pág. 137.

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