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CAPÍTULO
2: LA VACA
SÛRAT
AL-BÁQARA
Revelada
en Medina, 286 versículos
(Versículos 30 al 33)
30.
wa idz qâla rábbuka lil-malâ:ikati
innî ÿâ‘ilun fî l-árdi jalîfa*
Cuando
dijo tu Señor a los Malâika: “Voy a poner en la tierra un califa”.
qâlû:
a táÿ‘alu fîhâ man yúfsidu fîhâ wa yásfiku d-dimâ:a
Dijeron:
“¿Vas a poner en ella a quien la corrompa y derrame sangre
wa
náhnu nusábbihu bi-hámdika wa nuqáddisu lak*
mientras
nosotros proclamamos tu alabanza y te glorificamos?”.
qâla
innî á‘lamu mâ lâ ta‘lamûn*
(Allah)
dijo: “Yo sé lo que no sabéis”.
31.
wa ‘állama â:dama l-asmâ:a kullahâ
Y
enseñó a Adán todos los nombres,
zúmma
‘áradahum ‘alà l-malâ:ikati
y
después los expuso ante los Malâika,
fa-qâla
anbi-ûnî bi-asmâ:i hâ:ulâ:i in kúntum sâdiqîn*
y
dijo: “Anunciadme los nombres de éstos, si sois sinceros”.
32.
qâlû subhânaka
Dijeron:
“¡Gloria a Ti!
lâ
‘ílma lanâ: illâ mâ ‘allamtanâ:
No
tenemos más ciencia que la que nos has enseñado.
ínnaka
ánta l-‘alîmu l-hakîm*
Tú
eres el Conocedor, el Sabio.
33.
qâla yâ: â:damu anbí-hum bi-asmâ:ihim*
Dijo:
“¡Oh, Adán! Anúnciales sus nombres.
fa-lammâ:
ánba-ahum bi-asmâ:ihim qâla
Cuando
les hubo anunciado sus nombres, (Allah) dijo:
a
lam áqul lakumû: ínnia á‘lamu gáiba s-samâwâti wa l-árdi
“¿No
os he dicho que Yo sé lo oculto de los cielos y de la tierra,
wa
á‘lamu mû tubdûna wa mâ kúntum taktumûn*
y
sé lo que mostráis y lo que ocultáis?”.
Esta es la primera
parte de las dos en la que hemos dividido el relato
(qásas o qissa,
pl. qísas) que hace
el Corán de los acontecimientos que rodean la figura de Adán, el padre de la
humanidad. En él sólo se recogen los episodios más convenientes al contexto
en el que se invita a los hombres a abrirse a Allah y confiar en su cuidado.
Otros detalles son dados más adelante, esparcidos a lo largo del Libro y según
lo exija el momento.
Los relatos aparecen
en el Corán en función de los temas que trata, los cuales determinan la
extensión de la historia, la elección de episodios, el enfoque bajo el que
se exponen y el modo de su narración. Sirven para complementar y crear una
atmósfera espiritual y literaria y desarrollan los grandes conceptos bajo imágenes
que facilitan su comprensión. Los relatos aparecen en función del tema y son
un trasfondo en el que se representa de un modo concreto lo que el Corán
enseña. Son, por tanto, un modelo práctico de lo que se dice.
A algunos les puede
parecer que las mismas historias se repiten inútilmente a lo largo del Corán.
Pero una mirada atenta descubre que ninguna de ellas vuelve a ser mencionada
de la misma manera. El mismo episodio aparece bajo luces diferentes: la
extensión que se le concede varía, así como el estilo que se emplea para su
narración, y fundamentalmente es el nuevo contexto el que le da un enfoque y
una significación distinta. En cada repetición hay siempre algo novedoso que
introduce un elemento para la reflexión que hasta entonces no se había sido
destacado y que la nueva situación demanda.
El Corán es una invitación
(Da‘wa) dirigida a las gentes
para que se vuelvan hacia su Señor; es un Libro para cada hombre y para la
comunidad que sea capaz de forjar a partir de su saboreo de las connotaciones
de la Unidad; es un Libro para la vida personal y colectiva, renovada en una
fuente de energía. No es una historia sagrada, no pretende satisfacer ningún
gusto literario ni saciar curiosidades. Es en función de su propósito -el de
convocar a los hombres- por lo que aparecen los relatos, para dar más fuerza
a sus ideas e ilustrarlas de un modo práctico y fácilmente asequible. Para
ello aprovecha los materiales que le ofrece su entorno -el mundo semita-,
recoge tradiciones antiguas comúnmente aceptadas y las reinterpreta desde su
propia concepción de la trascendencia, desde su ‘Aqîda. Lo esencial es la invitación que hace, y las narraciones
tienen el valor de añadir a ese mensaje la fuerza de un acontecimiento
consabido. A ello el Corán suma su propia fuerza que convierte esos relatos
en una urgencia, en algo debe desatar reacciones en la dirección que marcan
según la reinterpretación unitaria. Como ya hemos señalado, esto delimita
el episodio que se relata, el espacio que se le concede, el estilo que le es más
apropiado, y se insinúa, con una habilidad extraordinaria, la emoción que
debe producir. Lo adereza todo con un lenguaje sobrio, bello, intraducible,
sugerente y convencido, que deja entre penumbras lo misterioso y destaca las
conclusiones prácticas y las ideas centrales.
Entresacadas de las
historias sagradas del entorno árabe, los relatos que el Corán describe
referentes a los profetas -a cuya cabeza está Adán- dan la imagen del paso
de una caravana que atraviesa el desierto de los tiempos. Es la caravana del Îmân,
la de la apertura del ser hacia
Allah, a lo largo de las eras. El Corán expone cómo los profetas presienten
a Allah y reciben su orden, y la comunican a sus pueblos y la respuesta de éstos,
generación tras generación, a esa llamada
(Da‘wa). En todo momento destaca
la perfilación que se hace de lo que es en el fondo el Îmân y de lo que es la naturaleza del hombre, y la relación que
existe entre Allah y ellos.
Estas historias que
describen las experiencias de los grandes profetas derraman luces en los
corazones de quienes siguen sus peripecias. Iluminan su entendimiento mejor de
lo que lo harían mil explicaciones teóricas. Y es así si se adopta ante
ellas la actitud adecuada. Conocer cuál debe ser esa actitud es fundamental,
máxime en nuestros tiempos cuando se ha impuesto un entendimiento de la
historia que pretende ser riguroso y científico. Debemos recordar que la
intención del Corán no es la de relatar la historia de la humanidad sino la
de ofrecer una imagen poderosa que debe saber ser interpretada, y no en función
de su valor histórico, sino en su calidad de referencia a unas verdades
profundas. La actitud debe ser, por tanto, la de revivir el acontecimiento que
se relata, sumergirse en él, dejarse arrastrar por sus sugerencias hasta
encontrar su Verdad, que siempre está más allá de la historia formal que es
su soporte.
Sólo así es posible
dar vida a una potencia que late en el corazón y a la que la lengua árabe
denomina con la palabra Îmân, la capacidad de
abrirse hacia el infinito. Una vez abierta esa puerta, el hombre es
iluminado por lo que viene de lo más profundo del ser. Y eso transforma su
existencia, la libera de la idolatría, de la desconfianza, de la avidez y la
angustia, y amplia sus horizontes y lo emancipa de la sujeción al mundo y a
las circunstancias, y hace de él un califa, una criatura soberana para la que
han sido creadas todas las cosas y que, por su parte, ha sido creada para la
grandeza de Allah.
Hemos dicho que el
Corán reinterpreta historias consabidas en su entorno. Esto significa que
elimina de ellas todo lo que les ha sido adherido por la imaginación idolátrica
o la fantasía grosera que se aparta de los sentidos esenciales. Esta
recuperación de lo original caracteriza al Islam, que es el Dîn
al-Fitra, la Senda de la
Naturaleza Primordial, es decir, el camino dictado por lo más espontáneo
que hay en el hombre. El Corán depura de contaminaciones las tradiciones con
las que se encuentra, las hace transparentes e indicios claros que señalan
hacia el Tawhîd, la Unidad de Allah, despojándolas de mitos y otros
intereses, y sólo mantiene lo que subraya el Poder Determinante de Allah, la
Única Verdad. He aquí otra de las funciones que cumple la exposición de
estos relatos en el Corán, y veremos muchos ejemplos de ello.
Veamos a continuación
cómo todo lo anterior queda claro en la historia de Adán. Los últimos versículos
comentados sacaban a la luz el tema de la vida y la existencia, y enseñaban
que es Allah el Creador Único de todos los mundos, y que todo lo había
creado para el ser humano. Bajo este enfoque va a ser relatada la historia de Adán
(Âdam), que es declarado califa
(jalîfa), criatura soberana, centro del ser, señor de la
existencia, y por ello le son mostrados los secretos de la tierra, es decir,
se le dota de conciencia y conocimiento: le fueron enseñados los nombres de
todas las cosas. Vivamos por unos momentos, a lo largo del breve relato, las
sugerencias que hay detrás de todas estas claves.
El texto empieza situándonos
fuera del espacio y del tiempo, y con el ojo del corazón nos asomamos a un
momento indeterminado que sólo puede ser sugerido como indefinible y remoto,
y en el que Allah comunica a los Malâika,
las criaturas de luz pura -los habitantes sutiles del mundo inmaterial-,
su intención: wa idz qâla rábbuka
lil-malâ:ikati innî ÿâ‘ilun fî l-árdi jalîfa, Cuando dijo tu Señor a los Malâika: “Voy a poner en la tierra un
califa”. Es la Voluntad Suprema la que quiere entregar las bridas de la
tierra a una nueva criatura.
Allah ha hecho surgir
la existencia entera de la nada: en primer lugar, los Malâika
(plural de Málak, criatura de luz), después los cielos y la densidad del mundo sólido,
y después la vida, y ahora quiere completar su obra dando origen a un nuevo
ser que no esté atado a nada y cuya existencia no sea mecánica. Esa nueva
criatura, el Insân, el ser
humano, va a ser donde quede consumado todo, donde Allah va a expresar sus
potencialidades y, por tanto, va a ser el reflejo total del Uno. Es una
criatura que va a tomar conciencia de sí como individuo, y desde ese momento
va a ‘conocer’ y con ello va a poder ‘reconocer’ a Allah: es donde
Allah se va a contemplar. En definitiva, el Insân,
el ser humano, va a ser liberado de la existencia inconsciente y va a
pasar a una existencia consciente, se le va a conceder el califato (jilâfa) y se
va a hacer de él un ser soberano (jalîfa).
Allah comunica (qâla-yaqûl,
decir) a los Malâika,
las primeras criaturas antes de la existencia de la materia, y que son los
instrumentos para la creación de la materia y sus reacciones, y son,
sobretodo, el puente graduado entre lo ignoto de Allah y cada realidad
concreta,... Allah les dice que va a colocar (ÿá‘ala-yáÿ‘al,
colocar, poner, hacer; aquí se emplea el participio activo, ÿâ‘il,
el que coloca, el hacedor de algo, y entonces es como si dijera: Yo
soy el que coloca...) sobre la tierra
(ard) a una criatura que
va a ser soberana (jalîfa).
Esto implica que va situar en la nueva criatura capacidades insólitas y
habilidades tales que le permitirán cumplir con su función.
En el ser humano hay
fuerzas y energías extraordinarias, secretos indescifrables, tesoros
enterrados, espacios inconcebibles, rincones abismales, misterios que le
permiten convertirse en lo que Allah quiere que sea: un individuo consciente
de sí mismo que es capaz de reconocer a su Señor que lo rige y lo hace.
Para poder cumplir
con su califato (jilâfa), que
implica simultáneamente ser soberano sobre la tierra y ante Allah, ser, en
definitiva, singular, debe
existir una perfecta sincronía entre el hombre y los universos tanto material
como espiritual. Todo está resumido en el ser
humano (Insân). Su grado en la
creación es extraordinario, como si fuera su eje. Estas son algunas de las
evocaciones cuyos ecos resuenan en la expresión: innî
ÿâ‘ilun fî l-árdi jalîfa, Yo
voy a colocar sobre la tierra un califa, y son el punto de arranque de la
espiritualidad musulmana y de la acción del musulmán sobre la tierra.
Ante el anuncio que
Allah hace, los Malâika reaccionan, y su reacción es motivo para una
explicación que subraya el carácter único del ser humano: qâlû:
a táÿ‘alu fîhâ man yúfsidu fîhâ wa yásfiku d-dimâ:a wa náhnu
nusábbihu bi-hámdika wa nuqáddisu lak, dijeron:
“¿Vas a poner en ella a quien la corrompa y derrame sangre mientras
nosotros proclamamos tu alabanza y te glorificamos?”. Las palabras que
el Corán pone en boca de los Malâika sugieren que sabían algo de la
naturaleza de esta nueva criatura. Teniendo en cuenta que el conocimiento de
lo que ha de suceder en el futuro es privilegio exclusivo de Allah, algunos
comentaristas han visto en la frase pronunciada por los Malâika
la referencia a hombres previos a Adán cuya bestialidad era patente, y de ahí
la sorpresa de lo seres de luz ante la decisión de Allah. Bien pudiera ser
también una simple intuición o tal vez lo dedujeran de la naturaleza
necesariamente violenta de la vida sobre la tierra.
En cualquier caso,
los Malâika, seres puros en manos
de Allah que sólo se mueven a sus órdenes,
le preguntan por qué va a colocar (ÿá‘ala-yáÿ‘al) sobre la tierra como jalîfa
a quién va a corromperla (áfsada-yúfsid,
corromper, destruir) y derramar (sáfaka-yásfik, derramar,
verter) sangre (dam, pero en el
texto aparece en plural, dimâ, sangres).
La violencia caracteriza al hombre: es una criatura eminentemente destructiva,
y éste es su rasgo más definitorio.
Comparados con los
seres humanos, los Malâika parecerían los más idóneos para cumplir con la función
de califas: mientras los seres humanos son corruptos y sanguinarios, los Malâika
no dejan de proclamar la alabanza de Allah (sábbaha-yusábbih,
proclamar el hamd, la alabanza de
Allah) y de glorificarle (qáddasa-yuqáddis, glorificar). Estos dos verbos (sábbaha-yusábbih
y qáddasa-yuqáddis) tienen connotaciones más amplias: en realidad quieren
decir que los Malâika están absolutamente rendidos ante Allah, sin opción a
nada más; están inmersos en la grandeza que no permite resquicios a una
personalidad diferenciada.
Y para ellos, este
estado es el del bien absoluto y la paz absoluta. Y ciertamente el Tasbîh
y el Taqdîs, la proclamación de la alabanza de Allah y su glorificación son el
sentido de la existencia, pero ellos realizan ese objetivo desde su anulación
originaria en Allah. Sin embargo el hombre está capacitado para expresar a
Allah desde su propia voluntad, desde la conciencia y el mérito, alzándose
con ello por encima de los Malâika.
Éstos aún ignoran este detalle, y de ahí la pregunta que hacen a Allah.
Para los Malâika
estaba oculto el secreto de la elección del hombre como jalîfa, no sabían que el objetivo para el que todo fue creado fue
para ese ser que llenaría la tierra de actividad, que propiciaría la vida y
la diversificaría, y podría realizar la Voluntad del Creador y daría
cumplimiento a la tendencia de la existencia hacia la evolución, la elevación
y la justicia, siguiendo la inspiración de Allah. La criatura capaz de
destruir y derramar sangre ocultaba bajo esa apariencia terrible un bien capaz
de hacer que la realidad avanzara constantemente dentro de un movimiento
destructor y reconstructor, dentro de una bondad que no se detiene y una
curiosidad sin límites, y una inclinación hacia el cambio que volvería
siempre a dar vida al universo.
Allah, Conocedor
de todas las cosas -el ‘Alîm-,
el Sabio -el Hakîm-, da entonces una respuesta a los seres de luz: qâla
innî á‘lamu mâ lâ ta‘lamûn*, les
dijo: “Yo sé lo que no sabéis”. Allah sabe (‘álima-yá‘lam, saber) algo que
los Malâika desconocen. Se refiere
sin duda a las capacidades que Él mismo ha depositado en esa criatura y que
la habilitan para cumplir con esa función -el califato
(jilâfa)- más allá de su carácter
destructor y sanguinario.
El Corán, a
continuación, alude a ese secreto, y nos dice que Allah inspiró en el ser
humano el conocimiento de los nombres de todas las cosas:
wa ‘állama â:dama l-asmâ:a kullahâ, enseñó a Adán todos los nombres. Es Allah el que ha enseñado (‘állama-yu‘állim, enseñar) a Adán
(Âdam) todos los nombres (asmâ,
plural de ism, nombre). Le dio el
don de la palabra, la capacidad para dar nombre a las cosas, y con esto el
hombre puede articular pensamientos y desarrollar ideas.
Con el ojo del corazón
podemos ver lo que significan estas palabras. El Corán nos muestra lo que
Allah mostró a los Malâika: una parte del misterio que reside en el ser humano y que
lo habilita para el califato haciéndolo único y singular. Allah entregó a
Adán las claves de la existencia al hacerlo depositario de una habilidad que
lo alza sobre las demás criaturas y las pone en sus manos. Se trata del poder
de elaborar nombres para las cosas, símbolos que las representan, y es ésta
una capacidad de un valor inestimable. Sin ella es imposible la comunicación
y el pensamiento. Sin ella, el hombre no hubiera podido hacer evolucionar su
vida y mejorar sus condiciones ni, por otro lado, abstraerse del mundo y
llegar a conocer a Allah y el trasfondo que subyace bajo todas las cosas
formales.
A partir de ese
momento, y gracias a ese favor que le había sido otorgado, el hombre era
capaz de reflexionar sobre las cosas sin necesidad de tenerlas delante. Por
ello, Allah deshace los argumentos de los Malâika
ordenándoles lo que sólo podía hacer el ser humano: zúmma
‘áradahum ‘alà l-malâ:ikati fa-qâla anbi-ûnî bi-asmâ:i hâ:ulâ:i
in kúntum sâdiqîn, y después
los expuso ante los Malâika, y dijo: “Anunciadme los nombres de éstos, si
sois sinceros”. Allah puso delante los Malâika
todos los objetos y realidades que había creado -los expuso (‘arada-yá‘rid,
exponer) ante ellos- y les mandó que le anunciaran (ánbaa-yúnbi, anunciar, enunciar)
sus nombres (asmâ), es decir, palabras que pudieran simbolizarlos y
sustituirlos. Les ordena que lo hagan si son sinceros (sâdiqîn,
plural de sâdiq, sincero),
es decir, si son sinceros en su pretensión de ser mejores que las criaturas
de las que dicen que sólo destruyen y derraman sangre.
Ante el desafío de
Allah, los Malâika se sienten impotentes y expresan su derrota: qâlû
subhânaka lâ ‘ílma lanâ: illâ mâ ‘allamtanâ: ínnaka ánta
l-‘alîmu l-hakîm*, dijeron: “¡Gloria a Ti! No tenemos más ciencia que la que nos has
enseñado. Tú eres el Conocedor, el Sabio. Los Malâika respondieron al desafío que les fue lanzado con nobleza y
sinceridad reconociendo su impotencia. El primer lugar, como signo de cortesía,
proclaman la grandeza de Allah con la expresión Subhânaka, ¡gloria a
Ti!, que traduce un sentimiento de rendición absoluta ante Allah. A
continuación reconocen que sólo saben (‘álima-yá‘lam,
saber) lo que Allah les ha enseñado (‘állama-yu‘állim, enseñar)
y que son incapaces de desarrollar un conocimiento independiente. Y por último
se remiten por completo a Allah llamándole ‘Alîm,
Conocedor, y Hakîm, Sabio,
dejando en sus manos toda decisión: la elección de Adán como califa, por
tanto, se les escapa, pero se confían a la Ciencia
(‘Ilm) y a la Sabiduría (Hikma)
de Allah.
Los Malâika
no necesitan, para cumplir sus funciones, de la capacidad depositada en el
hombre. Cuando Allah los desafió a que hicieran algo que no podían ejecutar,
reconocieron su impotencia y proclamaron la grandeza de Allah que ellos no
llegaban a imaginar, la de hacer algo que estuviera por encima de ellos, a
pesar de ser los Malâika criaturas
de luz irreprochables. Esa superioridad del hombre incluso por encima de los
seres más nobles es expresada a continuación: qâla yâ: â:damu anbí-hum bi-asmâ:ihim, Allah dijo: “¡Oh, Adán! Anúnciales sus nombres. Allah ordenó
entonces a Adán que hablara y el hombre pronunció (ánbaa-yúnbi, anunciar)
los nombres (asmâ) de las
cosas. Fue así como evidenció aquello que Allah había depositado en él
ante los Malâika y éstos
reconocieron que en él había un secreto al que ellos no llegaban, un secreto
que lo hacía estar por encima de su apariencia de criatura destructora y
agresiva.
Por último, Allah
concluye bajo la forma de una última pregunta afirmando su condición de
Fuente de todas las cosas, y como tal Fuente en la que todo está contenido es
Conocedor de lo evidente y de lo oculto, de lo aparente y de lo esencial, y
sus elecciones responden a esa naturaleza: es éste otro de los pilares de la ‘Aqîda
del Islam: fa-lammâ: ánba-ahum bi-asmâ:ihim
qâla a lam áqul lakumû: ínnia á‘lamu gáiba s-samâwâti wa l-árdi
wa á‘lamu mû tubdûna wa mâ kúntum taktumûn, Cuando (Adán) les hubo anunciado sus nombres, (Allah) dijo (a los Malâika):
“¿No os he dicho que Yo sé lo oculto de los cielos y de la tierra, y sé
lo que mostráis y lo que ocultáis?”. Allah revela a los Malâika quién
es Él tras habérselo manifestado implícitamente en la impotencia a la que
los había reducido: Él sabe (‘álima-yá‘lam)
lo oculto, lo que hay dentro de las cosas, lo más recóndito, el secreto que
subyace conformando a las criaturas (el Gáib),
tanto en los siete cielos (samâwât,
plural de samâ, cielo) como en la tierra (ard),
lo que esas criaturas infinitas muestran (abdâ-yubdî,
mostrar hacia afuera) como lo que ocultan (kátama-yáktum,
ocultar, reservarse). Conoce las esencias y los accidentes, las
capacidades y las intenciones, y conoce las formas y las acciones. Nada escapa
al que configura todas las cosas.
Con esto el Corán
invita a una confianza absoluta en Allah. Esta primera parte del relato de Adán
escenifica varios de los temas tratados hasta aquí: en primer lugar, el da la
naturaleza y valor del hombre, su carácter de califa; es una criatura que ha
sido favorecida por Allah y por tanto debe estarle agradecida; y también, la
respuesta de los Malâika al desafío
que les es lanzado ejemplifica la actitud de los mûminîn que se abren al
Misterio del Gáib en lugar de
rechazarlo y oponérsele. El reconocimiento de la propia impotencia ante la
grandeza y magnitud de Allah y el sometimiento a su Ciencia y su Sabiduría
hace a los hombres emular a los Malâika desde el grado de su califato. A esto
se le llama sidq, sinceridad, pues es concordar con la verdad que se lleva en los
adentros y coincidir con la intuición más profunda de la Fitra, la naturaleza
primordial. La arrogancia es la falsedad que abisma a las criaturas en la
frustración, tal como se verá en la segunda parte de esta qissa o relato.
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