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CAPÍTULO
2: LA VACA
SÛRAT
AL-BÁQARA
Revelada
en Medina, 286 versículos
(Versículos 28 y 29)
28.
káifa takfurûna bil-lâhi
¿Cómo
podéis negar a Allah?
wa
kuntumû: amuâtan fa-ahyâkum zúmma yumîtukum*
Estábais
muertos y os dio vida, y después os da muerte.
zúmma
yuhyîkum zúmma iláihi turÿa‘ûn*
Después
os da vida, y a Él sois devueltos.
29.
huwa l-ladzî jálaqa lákum mâ fî l-árdi
ÿamî‘a*
Él
es el que ha creado para vosotros todo lo que hay en la tierra.
zúmma
stawà: ilà s-samâ:i fa-sawwâhunna sáb‘a samâwât*
Después,
se dirigió al cielo y lo niveló en siete cielos.
wa
huwa bi-kúlli shái:in ‘alîm*
Él
es Sabedor de todas las cosas.
Tras describir las
consecuencias desastrosas para el hombre y para la tierra del Kufr
(el rechazo) y el Fusûq (el desvío, la perversión),
el Corán se dirige a las gentes reprochándoles su cerrazón ante el que les
da la vida y la muerte, su Creador, el que los provee de sustento, el que
gestiona la existencia, el Sabedor de todas las cosas, Él Ausente-Presente,
el Verdadero.
El Kufr,
es decir, el rechazo, la negación,
el acto de cerrarse, resultados de la ingratitud de quien no valora ni se da cuenta de la magnitud de su
existencia y la de cuanto le rodea, el que está dormido ante los infinitos
dones que Allah le hace en cada momento, posibilitando cada uno de sus
instantes, encauzando un infinito número de circunstancias que propician cada
aliento,... ese Kufr es algo
reprobable y vil, y es una actitud que carece de argumento y justificación.
El Corán enfrenta a
los hombres con lo que necesariamente deben enfrentarse, les incita a
constatar sus existencias y les exige rendirse a la evidencia. Los enfrenta a
sus vidas, a las fases de su presencia en el mundo: estaban muertos, y les fue
dada la vida. Estaban en un estado que no pueden ni imaginar, un estado de
ausencia absoluta, y de él salieron a la luz y se les dio luz. El ser humano
no tiene derecho a negar esto. Y el hecho de su existencia sigue sin tener
explicación. Sólo el Poder Creador, la Determinación de su Señor, la
Voluntad para la que no hay trabas,... sólo eso es capaz de operar la
transformación que deposita la vida en la nada de la ausencia de todo. Las
criaturas están vivas, tienen presencia. Pero ¿qué es eso? ¿de dónde les
ha venido? ¿quién ha fraguado conciencia en lo muerto? ¿quién ha hecho
sensible la materia surgida del vacío? ¿quién ha dado corazón al hombre?
¿quién lo ha dispuesto todo para hacer posible esa realidad inexplicable?
Y después, esa
criatura prodigiosa dotada del secreto de la vida, al final muere. A pesar de
su grandiosidad, está en manos de un destino irremisible. Aun dotada de una
realidad extraordinaria, que es la vida, la fuerza, el conocimiento, la
habilidad,... no puede dejar de ser absorbida por algo más fuerte y poderoso
que ella, y su arrogancia es quebrada por lo mismo que la ha hecho surgir.
Quien sea que obre
semejantes desproporciones debe ser diferente a lo que el ser humano conoce, a
lo que percibe con sus sentidos, a lo que pueda medir y controlar, pues todo
lo que le es dado conocer y sentir comparte con él la misma condición creada
y limitada. El Poder Determinante (Qudra)
pertenece a una Verdad Trascendente, Infinita, Atemporal, Incondicionada, de
una energía inconcebible, de una Libertad que no conoce fronteras: ésta es
la respuesta más sencilla, la más inmediata, la que sugiere la realidad de
las cosas y la que encuentra eco en la Fitra,
en la naturaleza más íntima del
ser humano, ahí donde no se separa aún dela realidad universal..
Este pasaje se
refiere a esas verdades inmediatas: káifa
takfurûna bil-lâhi wa kuntumû: amuâtan fa-ahyâkum, ¿cómo
podéis negar a Allah? estabais
muertos y os dio vida. Allah reprocha a
los hombres su ceguera con una pregunta que en el fondo es una censura. El
hombre se cierra a Allah (káfara-yákfur,
negar, rechazar, cerrarse, ser desagradecido). El verbo empleado en
árabe es rico en matices. Designa el acto de ocultar algo dentro de una cosa
cerrada para evitar que germine, como si se enterrara una semilla entre
piedras. Quiere decir que el kâfir
impide que su naturaleza primordial,
su Fitra -su capacidad para
intuir, su puente hacia el fondo de las cosas- se desarrolle, encerrándola en
un corazón duro y estéril. Por otro lado, él mismo se cierra a los signos
que le llegan desde fuera, intentando evitar que coincidan con su Fitra
y ésta germine.
Aquí el Corán
recuerda a los hombres que estaban muertos
(amuât, plural de máyit,
muerto), es decir, estaban en la
no-existencia, o bien muertos en el sentido de materia sin vida, como la de
los objetos que nos rodean y en los que no apreciamos sensibilidad. Y en esa
no-existencia, o en esa materia inerte, Allah depositó vida (hayât): os dio
vida (ahyà-yuhyî,
dar vida). Allah es Muhyî,
Vivificante. ¿Cómo puede la criatura
viva (hayy) rechazar la Fuente de su vida? Esta es la pregunta que
el Corán propone para que sea reflexionada y de ella se extraigan
conclusiones.
Tras esta constatación
de un hecho sorprendente e innegable como es la vida en medio de la nada,
viene su corolario: zúmma yumîtukum, y después
os da muerte. Esto también es indudable: la muerte (máut) aguarda a
todas las criaturas vivas y en ella acaba la actividad de los seres.
Pero esta realidad
tiene más connotaciones: con la muerte, Allah se impone. La muerte no es
deseada por la criatura viva, y a pesar de ello muere. Es otra Voluntad la que
prevalece, una voluntad poderosa que quiebra la arrogancia y el poder del ser
vivo y reduce a la nada su pretendida autonomía. El mismo que nos dio la
vida, el Muhyî, nos la arrebata (amâta-yumît,
dar muerte), y entonces recibe el Nombre de Mumît, el que da la muerte.
Allah es siempre Irreductible, y es la misma y única Verdad. He aquí una
segunda verdad sobre la que meditar.
Pero ante la Verdad
de Allah, ni tan siquiera la muerte es algo definitivo, o bien lo es como símbolo
de la eternidad que se encuentra en Allah. Sólo Él es lo definitivo. Contra
la idolatrización de la muerte, el Corán dice a continuación: zúmma
yuhyîkum, después
os da vida. Tras esa segunda muerte, os da una segunda vida (ahyà-yuhyî, dar vida).
Esto es de lo que no hay constatación y lo que suscita las dudas. Encerrado
en su mundo de realidades compactas y divinizadas, la muerte aparece ante el kâfir
como una fatalidad tras la que no hay nada. Pero esa nada en la que cree que
no se puede operar ningún cambio es similar a la nada que precedió a la
existencia y en la que Allah creó la vida.
El kâfir es incapaz
de trascender, no alcanza a comprender que en cada hecho subyace un
significado profundo. Todas las cosas significan, y la muerte significa para
el mûmin, el despierto a ese mundo interior, el paso a lo eterno. El mismo
carácter definitivo de la muerte alude a lo inconmensurable de en Allah. Todo
tiene su correlato en el Gáib, en el universo espiritual que late bajo las
verdades materiales e inmediatas. Por eso, la muerte es simultáneamente vida
(hayât) en el Señor de la
Muerte, es decir, en su misterio y en su carácter insondable. Pero todo lo
que sea penetrar en las cosas y retirar el velo que recubre los secretos es
inaccesible para el kâfir pues se limita a la corteza y apariencia exterior
de las realidades, y declara falso lo profundo.
Sin embargo, esa vida
y su misterio no es algo más prodigioso que esta vida surgida en la nada. La
promesa que hay en las palabras del Corán en torno a esa existencia en al-Âjira,
es decir, junto a Allah en su universo desmesurado, no debiera desencadenar un
desmentido sino aceptación al ser una anuncio que viene del que ha creado lo
imposible en medio del vacío. Por eso a continuación dice: zúmma iláihi turÿa‘ûn, y
a continuación a Él sois devueltos. Es decir, tal como fuisteis creados
la primera vez y dispersados por la tierra, seréis recreados y reunidos ante
Él, y le seréis devueltos (rúÿi‘a-yúrÿa‘,
ser devuelto, voz pasiva del verbo ráÿa‘a-yárÿi‘, volver),
y del mismo modo que Él fue vuestro Señor durante vuestras vidas, Él será
vuestro Rey Absoluto en el imperio de su eternidad, en al-Âjira,
y sus determinaciones se cumplirán en vosotros sobredimensionados en su
realidad infinita.
El versículo que
acaban de ser comentado abre el tema de la vida y lo cierra. En un parpadeo ha
sido expuesta la imagen de la humanidad en el Puño de su Creador y Rey, que
despliega la vida a partir de la solidez aparentemente infranqueable de la
muerte y de la nada, y después cierra ese Puño con una nueva muerte, y después
devuelve la vida a lo aniquilado y entonces vuelve a Él todo: de Él depende
y a Él está sujeta la creación entera, y en al-Âjira
se reúne ante Él, revivida de modo sorprendente tal como se le diera
existencia en su primera experiencia, pero realzada en la eternidad. A lo
largo de las pocas palabras del versículo se ha ido perfilando la presencia
del Poder Determinante (Qudra)
que decide más allá de las lógicas con las que el ser humano quiera juzgar
la existencia, dejando a la sensibilidad recoger sugerencias, saturando la
conciencia del ser humano receptivo ante la revelación que viene de lo más
hondo y que que resuena en su naturaleza primordial como si fuera una
reminiscencia y un anuncio.
Completando las categóricas
afirmaciones anteriores, el Corán las apostilla sugiriendo la constante
presencia de Allah en las primeras evoluciones de la creación, invitando con
ello a depositar en Él la confianza pues por siempre Él continua rigiendo
cada instante desde su Verdad abismal: huwa
l-ladzî jálaqa lákum mâ fî l-árdi ÿamî‘a, Él
es el que ha creado para vosotros todo lo que hay en la tierra. Esto
quiere decir que todo fue preparado por Él para posibilitar la existencia y
lo sigue haciendo para mantenerla. Todo se conjuga para permitir la vida, y en
especial la del califa, la criatura soberana, el ser humano. Se sugiere así
la relevancia especial de aquél al que Allah se está dirigiendo con su
Palabra en este momento: Allah ha creado al hombre poniéndolo todo en función
de él, y ahora se le revela. Allah ha hecho del hombre su interlocutor. En la
balanza de Allah, el ser humano pesa enormemente. Es así como entra en la ‘Aqîda
del Islam -su representación de las
realidades interiores- una valoración muy positiva de lo que representa
el ser humano en sus profundidades.
Allah ha creado (jálaqa-yájluq,
crear) todo para vosotros: este ‘para vosotros’ tiene una gran
significación y transmite profundas sugerencias. Para el musulmán es una de
las claves del Corán. Declara al hombre como intención fundamental en el
acto creador de Allah. Y quiere decir que el ser humano cumple una función
central en el equilibrio de la existencia. Allah ha creado el universo
subordinándolo al califa, al soberano. Por eso, Allah es especialmente el Creador (Jâliq) del ser
humano porque él es su principal objetivo.
El hombre es el ser
supremo en el extenso e inmedible reino al que Allah ha dado forma ‘para él’,
para el ‘señor de la existencia’. Es decir, el mundo ha sido establecido
por y para el hombre, y no el hombre para el mundo: él es dueño y no esclavo
de las circunstancias y avatares. El ser humano está sujeto únicamente a
Allah-Uno, no a las criaturas. El ser humano es agente en la existencia, y no
un sujeto pasivo. Su pasividad es ante Allah, ante el que le da forma
constantemente, ante el que lo rige desde sus adentros más profundos, el que
lo doblega y lo alza, pero nada a parte de Él puede someter realmente al
califa. Todo lo que hay en la tierra
(ard) es para esa criatura,
y no a la inversa, todo ha sido dispuesto para él, no para que sea un esclavo
o un tirano, sino soberano, califa. El mundo material debe servir al hombre, y
no el hombre al mundo material. Quien se hace dependiente del universo, de sus
circunstancias, de sus alternancias, de sus inestabilidades, se desvía de su
destino, se hunde en una esclavitud que no le ha sido deseada por su Hacedor.
El materialismo es una degradación del soberano. La avaricia, la avidez, la
envidia, el apego esclavizador,... no son propios del que tiene en Allah su
verdadera meta sino del que se ata a lo que en realidad ha sido supeditado a
él, y no se da cuenta.
Allah es Creador de
la tierra y en ella ha depositado al ser humano, coronando con él su acción.
Sin embargo, el hombre se apresura a olvidar a su Señor y se muestra ingrato,
se aísla con lo que le ha sido dado y se encierra en sí mismo y en su egoísmo
convirtiéndolo en su mayor ídolo. Si esa criatura no es capaz de reconocer
el favor que se le ha dispensado, que se sobrecoja ante la inmensidad del
universo: zúmma stawà: ilà s-samâ:i
fa-sawwâhunna sáb‘a samâwât, después, se dirigió al cielo y lo niveló en siete cielos. El
‘después’ con el que empieza la frase no implica orden. Es como si
significara ‘y además’.
Tras mencionar la
tierra y cuanto hay sobre ella, poniendo al ser humano como su centro, el Corán
eleva los ojos de sus lectores hacia la inmensidad del cielo. Los aleja por un
momento de la vida cotidiana en la que tan fácilmente han olvidado a su
Creador para impresionarlos con el espectáculo sorprendente del cielo. El
cielo es la sutileza, lo vaporoso, lo indeterminable, de dimensiones
irreconocibles. Admirar el cielo (samâ) es asomarse
al vértigo. Pues bien: ese espacio infinito es resultado de la acción de
Allah. Al igual que la tierra, Él es la Fuente de todo aquello que escapa a
las medidas habituales con las que el hombre controla su espacio.
Aquí Allah ya no
simplemente el Señor de los hombres, el que atiende a sus necesidades y
encauza sus pasos, su Compañero en todo momento, sino que es el Rey del
universo, el Grande. Como Creador de todo para el hombre, atrae hacia Sí su
amor. Como Creador de los cielos, Allah atrae hacia Sí la perplejidad y el
terror de los seres humanos, a los que ya se les escapa cualquier familiaridad
con el Hacedor.
Él se dirigió (istawà-yastawî,
dirigirse hacia algo pero situándose por encima, dominándolo; dirigir
una orden) al cielo (samâ)
y lo igualó (sawwà-yusawwî, igualar,
nivelar) haciendo de él siete cielos
(samâwât), es decir, siete capas, siete órbitas, siete dimensiones
diferentes,... muchos son los comentarios que se han hecho sobre el
significado de estas últimas palabras. De todas ellas recogemos en resumen
que la expresión ‘siete cielos’
(sab‘samâwât) pretende impresionar al lector: el cielo es mucho más
profundo de lo que pueden observar, muchos más abismal e inescrutable. La
expresión es misteriosa y misterioso es el cielo infinito. Esto es lo que
tiene sentido en el presente contexto, en el que fundamentalmente se reprocha
al hombre su cerrazón ante la inmensidad en la que debiera engrandecerse,
crecer con las magnitudes de lo creado por Allah.
Otro detalle a tener
en cuenta y que conviene recordar para abarcar las posibilidades del versículo
es la constante evocación conjunta del cielo y de la tierra a lo largo del
Corán. Ambos están vinculados y la fecundidad de la vida es gracias a su
perfecta conjunción. Con ello se alude a la unidad de la existencia que
traduce la Unidad de su Creador.
No tiene sentido
detenerse en las largas digresiones de los comentaristas tradicionales sobre
la significación del Istiwâ, el acto con el que Allah dirige su orden a los cielos, los
nivela y les impone su dominio: el Istiwâ
es un término del que basta saber que sugiere la hegemonía absoluta de Allah
sobre todo lo creado. Del mismo modo necesariamente se nos escapa la
significación real de lo que se alude con la expresión ‘siete cielos’:
extenderse describiéndolos sólo corresponde a quienes los hayan recorrido.
Nos basta aquí lo que evocan de modo general: la nivelación de todo lo
creado, la fuerza de Quien lleva a cabo ese despliegue de poder capaz de
forjar los ‘siete cielos’ y hacerlo según una Sabiduría cuya magnitud no
podemos vislumbrar más que en las sensaciones que se desencadena en nuestros
corazones. Todo esto en el presente contexto, el de la censura dirigida a las
gentes que ante el esplendor abierto ante ellos se cierran en lugar de
emanciparse de su miseria en la grandeza de la existencia y de su
Existenciador. Una Sabiduría que conjuga los cielos y la tierra para hacer de
la vida sobre nuestro planeta una realidad favorable al ser humano.
A esa Sabiduría
impenetrable por el entendimiento hace referencia la apostilla final con la
que acaba el versículo: wa huwa bi-kúlli
shái:in ‘alîm, Él es Sabedor de
todas las cosas. Allah es ‘Alîm,
Sabedor. Suyo es el saber verdadero, la Ciencia (‘ilm) que todo
lo abarca y en todo penetra. Allah es el Creador de toda cosa, el Rector que
la gestiona, y la Ciencia que aquí se menciona acompaña esos actos y tiene su
grandeza: lo integra todo en cada cosa creada a partir de la nada y favorecida
por la Presencia. Todo ello invita al-Îmân,
a una apertura confiada y sincera
hacia el poseedor de esas cualidades magníficas: el Poder Determinante y la
Ciencia Absoluta. A su vez, dichas cualidades están insertas en su relación
directa con el hombre y sus secretos insondables a los que no llega ni él
mismo, y tan sólo presiente que se conjugan para beneficiarlo. Allah es para
el ser humano el que le provee de cuanto necesita, el que lo posibilita. Con
estas sugerencias el Corán cierra el tema de la censura que dirige a los que
se cierran a Allah dejando el sabor de boca de que esa actitud es pura
irresponsabilidad y pereza.
VOCABULARIO

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