ISLAM Y AL-ANDALUS

YIA.LM

  

 

PUBLICACIONES DE LA YAMA'A

 

CORAN

CAPÍTULO 2: LA VACA

SÛRAT AL-BÁQARA

Revelada en Medina, 286 versículos

   

(Versículos 26 y 27)  

 

26. ínna llâha lâ yastahyî: an yádriba mázalan mâ

Allah no se avergüenza de proponer el ejemplo que sea,

ba‘ûdatan fa-mâ fauqahâ*

sea un mosquito o lo que esté por encima.

fa-ammâ l-ladzîna â:manû fa-ya‘lamûna ánnahu l-háqqu min rábbihim*

En cuanto a los que se le han abierto, saben que es la verdad de su Señor.

wa ammâ l-ladzîna kafarû fa-yaqûlûna

Y en cuanto a los que se le han cerrado, dicen:

mâdzâ: arâda llâhu bi-hâdzâ mázala*

“¿Qué quiere Allah con este ejemplo?”.

yudillu bihî kazîran wa yahdî bihî kazîra*

Hace errar con él a muchos, y guía con él a muchos.

wa mâ yudillu bihî illâ l-fâsiqîna

Pero no hace errar con él más que a los perversos,

27. l-ladzîna yanqudûna ‘áhda llâhi min bá‘di mîzâqihî

los que violan el pacto de Allah tras haber sido concluido,

wa yaqta‘ûna mâ: ámara llâhu bihî: an yûsala

y cortan lo que Allah ha ordenado que sea continuado,

wa yufsidûna fî l-ard*

y corrompen en la tierra.

ulâ:ika húmu l-jâsirûn*

Ésos son los perdedores.

 

 

          El Corán está repleto de ejemplos, imágenes y parábolas (amzâl, plural de mázal, ejemplo, parábola). Hay que saber qué sentido tienen y qué función cumplen, y, sobretodo, qué actitud tomar ante los Amzâl, los ejemplos e imágenes que propone el Corán. Si algo lo resume todo es precisamente la expresión ‘proponer un ejemplo’: el verbo que se emplea, ‘proponer’, en árabe es dáraba-drib, que realmente significa ‘golpear’. Allah golpea a los hombres con esas parábolas, quiere hacerles despertar de su sueño removiéndolos en sus mismos cimientos. Los Amzâl, por tanto, son usados por el Corán como si fueran un instrumento contundente que, por su capacidad para sugerir, es mejor que las explicaciones teóricas.

         Los munâfiqîn, es decir, los hipócritas (y con ellos los yahûd, los judíos, y los mushrikîn, los idólatras), consideraban que la referencia a temas que ellos consideraban intrascendentes demostraba la falsedad del Corán. Allah, en su parecer, no podía rebajarse a hablar de cosas insustanciales. Los Amzâl del Corán, las imágenes que ofrece para dar cuerpo a las ideas, les resultaban sospechosos: no se corresponden con lo que podría esperarse de una Revelación que sólo debe tener como tema grandes verdades, relatar epopeyas, explicar hechos místicos, adoptar un lenguaje misterioso, ofrecer enigmas, y no citar tormentas, rayos, relámpagos, moscas, arañas,... lo cual aparece con frecuencia en el Corán. Fue este argumento uno de los que emplearon para hacer dudar a los musulmanes de la veracidad de Sidnâ Muhammad (s.a.s.).

         Allah responde aquí a esas consideraciones, replica a los acechadores, y explica la sabiduría que hay en los Amzâl, anunciando que su función es, por un lado, la de ser un laberinto para aquellos cuya naturaleza es estar perdidos y confusos, y por otro lado, son luz que aumenta la que hay en los corazones de los que están dotados de un entendimiento penetrante.

 

         En primer lugar, corrige la perspectiva. Lo que el hombre tiene por importante o irrelevante no existe en la dimensión de Allah ni esos son criterios para Él: ínna llâha lâ yastahyî: an yádriba mázalan mâ ba‘ûdatan fa-mâ fauqahâ, Allah no se avergüenza de proponer el ejemplo que sea, sea un mosquito o lo que esté por encima. Allah es el Señor de lo que para el hombre sea grande o pequeño, es el Creador del mosquito y del elefante: el mismo secreto impenetrable que hay en el mosquito reside en el elefante. Es ese misterio inmenso, el de la vida y la existencia, el de la presencia de lo creado, que en sí no tiene razón de ser, lo que Allah tiene en cuenta, mientras que los seres humanos sólo valoran las apariencias. Por ello, a Allah no le avergüenza (istah-yastah, avergonzarse, ruborizarse) hacer uso de cualquier ejemplo (mázal) con el que golpear (dáraba-drib, golpear, proponer un ejemplo) la conciencia del hombre y sacarle de su sopor, de su estado hipnotizado por las formas y los valores de sus criterios ineficaces ante el secreto del Gáib.

         Allah puede proponer como parábola un mosquito (ba‘ûda), o lo que sea, más grande o más pequeño, es indiferente, porque lo sustancial está siempre presente para el que está abierto hacia el universo subyacente del Gáib. La cuestión no está, por tanto, en el tamaño o la forma, sino en que los Amzâl son instrumentos para iluminar y abrir el ojo de la intuición.

         El Gáib, el mundo interior que reside en cada realidad, no es explicable; sólo es saboreable por el corazón. Quienes están comunicados con él, los que han tendido puentes hacia ese universo configurador, saben paladear el significado de las Palabras de Allah, descubren lo verdadero en todas las cosas y reconocen la esencia a la que Allah se refiere: fa-ammâ l-ladzîna â:manû fa-ya‘lamûna ánnahu l-háqqu min rábbihim, En cuanto a los que se le han abierto, saben que es la verdad de su Señor. Por tanto, sacan provecho de los Amzâl aquellos que se han abierto a Allah y al Gáib (âmana-yûmin, abrir el corazón hacia algo), ellos saben (‘alima-yá‘lam, saber) que de su Señor (Rabb) les viene la Verdad (Haqq), sólo lo verdadero, lo auténtico, lo insondable, aquello que hace verdaderas las cosas al margen de las formas y apariencias, y lo descubren en todo.

         Por un lado, su Îmân, su apertura hacia Allah, les hace recoger todo lo que viene de Él con una actitud reverente, adecuada a la majestad de la Fuente, confiando en su Sabiduría. Por otro lado, el Îmân es una luz potente que hay en sus corazones, una sensibilidad espiritual, una capacidad de comprensión, una comunicación con la Sabiduría, que les hace ver lo Verdadero, y el modo en que las Palabras se adecuan al Secreto del Gáib. No es que el mûmin intuya; el mûmin sabe, pues el Îmân es manantial de ciencia (‘ilm) y certeza. Así de categórico es el Corán para el que la razón no es la única puerta hacia la percepción, sino también los sentidos, los sentimientos, la historia y el espíritu.

         Quienes cierran esas puertas no pueden captar nada: wa ammâ l-ladzîna kafarû fa-yaqûlûna mâdzâ: arâda llâhu bi-hâdzâ mázala*, y en cuanto a los que se le han cerrado, dicen: “¿Qué quiere Allah con este ejemplo?”. Los que se cierran en sí mismos (káfara-yákfur, cerrarse, camuflar, rechazar), los kâfirîn, los negadores -ya sean idólatras o hipócritas, y todos los que no están sobre la senda de la Unicidad, es decir, el Tawhîd-, todos aquellos cuya actitud vital es el Kufr, el rechazo, no pueden entrar en el corazón de las cosas y las juzgan únicamente por sus apariencias, y las palabras que dicen (qâla-yaqûl, decir, pronunciar) son incorrectas por su falta de un horizonte apropiado. La pregunta que hacen es la propia de los ciegos: “¿Qué es eso? ¿qué pretende Allah con eso? ¿qué quiere (arâda-yurîd, querer) decir con sus Palabras?” El kâfir está incomunicado, nada sabe de la Sabiduría que hay en las cosas y las rige. Y ésa es también la pregunta del descortés, el que ignora el valor de lo que tiene delante y se comporta con orgullo o con indiferencia. No es siervo ante su Señor. Para el mûmin que ve con los ojos de su corazón, la actitud y las palabras del kâfir son signo de su ignorancia, falta de cortesía y escasez.

          A esa pregunta: “¿Qué es lo que Allah quiere con los ejemplos?”, le viene la respuesta de Allah bajo la forma de una amenaza y una advertencia, indicando que tras el Mázal -el ejemplo- hay una una medida y una intención: yudillu bihî kazîran wa yahdî bihî kazîra, hace errar con él a muchos, y guía con él a muchos.

         Los Amzâl, como todo en la existencia, como todas las circunstancias con las que se enfrenta el ser humano, son una prueba y un examen y tienen su propio curso. Esas pruebas, siendo las mismas, obtienen distintas respuestas. Cada uno la da en función del camino que sigue en la vida, en función de su carácter más hondo. Esto quiere decir que en todo hay violencia. Allah violenta las conciencias, las golpea, las remueve para que se agiten y reaccionen. El mûmin, el que se ha confiado a Allah, el que se entrega a su Sabiduría, el que se abandona a su Misericordia creadora, ante esa violencia busca cobijo en Allah: concentra su ser en su Señor, deja que el temor lo oriente hacia Él. En cuanto al hipócrita, el de naturaleza insegura, el que titubea ante todas las cosas, esa violencia lo reafirma en su confusión y lo aleja aún más de Allah definiéndolo y concretándolo, denunciando ante él mismo y los demás su condición verdadera, su incapacidad para salir del enmarañamiento en el que continuamente se debate.

         Lo mismo sucede con las reacciones de la gente ante lo bueno: la riqueza, el prestigio, el poder, la comodidad, el conocimiento, la salud,... se imponen tiránicamente a los corazones arrancando de los seres respuestas distintas. Lo bueno aumento la vigilancia, la sensibilidad y la gratitud del mûmin. Pero el munâfiq se sumerge sin criterio ni sensatez en lo que la existencia le ofrece como beneficioso.

         A unos, Allah los confunde (adalla-yudill, hacer errar, dejar que alguien se pierda) y a otros los guía (hadà-yahdî, guiar, conducir por un buen camino). Con lo mismo, Allah sumerge a muchos en el laberinto de la confusión (el dalâl) y a otros muchos los encauza por la senda de la rectitud y el buen juicio (hudà). Es decir, ante la vida y la existencia, ante las calamidades y ante la prosperidad, algunos no saben recoger la verdad que les viene de Allah y se pierden en sus dones o sus pruebas, y otros perciben en todo lo que les sucede la Sabiduría y el Poder de su Señor.

         Pero lo anterior no sucede al azar: wa mâ yudillu bihî illâ l-fâsiqîna, Pero no hace errar con él más que a los perversos. Es decir, Allah confunde o guía definitivamente según sean los corazones, y no arbitrariamente. Él sólo acaba confundiendo (adalla-yudill, hacer errar) a los perversos (fâsiqîn, plural de fâsiq, perverso, descarriado), es decir, a aquellos cuyos corazones se han apartado del camino revelado por una inclinación hacia lo retorcido, los que son dâllîn, errados en sus existencias y desacertados en sus elecciones. La retribución que Allah les ofrece, como en todos los casos, es la de dar cumplida realización a la dirección que han tomado.

 

         Pero, ¿qué es realmente el Fusûq, la perversión? ¿quiénes son los fâsiqîn? El Fusûq es resultado del Kufr, del rechazo a Allah y la ingratitud. El Corán retrata a continuación a los perversos diciendo de ellos que son:

         al-ladzîna yanqudûna ‘áhda llâhi min bá‘di mîzâqihî, los que violan el pacto de Allah tras haber sido concluido. Esta es la primera de las tres pinceladas con las que el Corán retrata a los fâsiqîn, los perversos. Lo que los caracteriza en primer lugar es que han violado (náqada-yánqud, violar un pacto, romperlo, deshacer) el pacto de Allah (el ‘ahd) que ya había sido concluido (mîzâq, conclusión de un pacto). ¿A cuál de los pactos se refiere el texto? El Corán no lo define aquí, porque en estos principios se limita a las generalizaciones que mejor expresen la actitud del fâsiq. Se pretende con estas palabras dibujar los perfiles esenciales y ofrecer un modelo, y no registrar un acontecimiento concreto o detallar un suceso. Lo que se busca es el paradigma, como ya se ha hecho en los retratos que encabezaban la sûra, los que se hacían de los mûminîn-muttaqî, los kâfirîn y los munâfiqîn. Por tanto, en resumen, todo posible pacto entre Allah y sus criaturas es violado por aquellos a los que el Corán llama fâsiqîn, los perversos.

         El Corán hablará de muchos pactos que relacionan a Allah con los seres humanos. En primer lugar está el pacto de la naturaleza primordial (‘ahd al-fitra), es decir, la naturaleza más íntima y firme del hombre, su constitución primordial: gracias a ese pacto, el ser humano puede reconocer a su Creador y orientarse hacia Él, reconociéndolo como su Único Señor. Este pacto es sugerido por el hambre espiritual de cada ser humano, pero de la que con frecuencia se desvía y pierde las intuiciones que le llegan de ella, y entonces ‘busca iguales de Allah’ que sólo existen en su imaginación. Y después viene el pacto que consagra al ser humano como califa (‘ahd al-istijlâf), el que declara su soberanía, y en el que se insertan poco a poco todos los pactos concluidos por los profetas de todos los pueblos. El definitiva, el Corán llama pacto (‘ahd) al nexo que relaciona a Allah y a los hombres, lo que los vincula, ya sea en las profundidades de las conciencias, ya sea en el entendimiento de la inteligencia o en los sucesos de la historia. Ese pacto es recordado constantemente por Allah. Todo revelación es su actualización en un nuevo pacto. Quienes rompen ese pacto íntimo son a quienes el Corán llama en primer lugar fâsiqîn.

         En segundo lugar, los fâsiqîn son quienes: wa yaqta‘ûna mâ: ámara llâhu bihî: an yûsala, cortan lo que Allah ha ordenado que sea continuado. Allah ha ordenado (ámara-yâmur, ordenar, mandar) que haya muchos nexos que sean continuados (ûsila-sal, ser continuado, ser mantenido, voz pasiva de áusala-sil, continuar, mantener algo que comunica dos cosas entre sí). Es decir, Allah ha creado vínculos entre las gentes que ordena que se protejan y mantengan. A la cabeza de esos nexos están los lazos de parentesco, los de fraternidad, los de amistad, los de vecindad, los de pertenencia a un grupo, los que ligan entre sí a todos los seres humanos en general y que son la base de todos los anteriores, que no son sino su intensificación,... Los fâsiqîn son los que cortan (ta‘a-yáqta‘, cortar) esos vínculos, y entonces se rompe toda cohesión y estalla el conflicto y la desavenencia.

         Por último, los fâsiqîn son los que: wa yufsidûna fî l-ard, corrompen en la tierra. El fasâd (la corrupción, la destrucción) puede adoptar muchas formas, y todas derivan del Fusûq, de la perversión, que consiste en la violación del pacto íntimo con la Verdad y la ruptura con las gentes. La corrupción resulta de la desarmonía y el desequilibrio, es la consecuencia de apartarse de la senda que la Verdad indica. Entonces todo es destruido: rotos los lazos con Allah y con las criaturas se impone el caos. A eso es a lo que se le llama en el Corán fasâd, y llama fâsiq al fâsid, el corrupto, el destruido interiormente que, a su vez, es múfsid, el que corrompe y destruye (áfsada-yúfsid, corromper, destruir) en la tierra (ard) convirtiéndola en un lugar inhabitable e inhóspito, imposibilitando la vida y la prosperidad. Opuesto al fâsid-múfsid es el sâlih-slih, el correcto en sí, el reconstructor de la tierra, el que la mejora, y éste era uno de los atributos del mûmin.

 

         Del Kufr -el rechazo y la negación frutos de la ingratitud- nace el Fusûq, la perversidad que corrompe y destruye. El kâfir, el que niega a Allah, se convierte en fâsiq, en alguien que se desvía del camino, que es el de la reunificación (Tawhîd). Y ése es al que confunden las palabras del Corán. ¿Cómo no habrían de confundirlo si vive en la confusión y en la dispersión? Allah lleva hasta el extremo la senda que siguen los fâsiqîn, y los arruina definitivamente junto a Él: ulâ:ika húmu l-jâsirûn, ésos son los perdedores. El Corán califica de jâsirîn (perdedores, plural de jâsir, perdedor) a los fâsiqîn, contraponiéndolos a los mûminîn-muttaqîn-sâlihîn de los que dijo que eran muflihîn (triunfadores, ganadores, plural de múflih), que son quienes logran lo que el ser humano se ha propuesto en su naturaleza primordial y que es el conquistar la Rahma plena de Allah, la Misericordia exuberante de su Señor. Efectivamente, quienes destruyen y se destruyen no pueden sino ser considerados jâsirîn, perdedores, pues la existencia les ha posibilitado el todo y se han desviado hacia la nada, hacia el dolor de la frustración.

 

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