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Title: PUBLICACIONES  •  Size: 46605  •  Last Modified: Fri, 22 Mar 2002 13:34:04 GMT

 CAPÍTULO 81: EL OSCURECIMIENTO

SÛRAT AT-TAKWÎR

revelada en Meca, 29 versículos

índice

 

 bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm.

1. idzâ sh-shámsu kúwwirat

Cuando el sol sea oscurecido,

2. wa idzâ n-nuÿûmu nkádarat

cuando las estrellas se precipiten,

3. wa idzâ l-ÿibâlu súyyirat

cuando las montañas sean puestas a caminar,

4. wa idzâ l-‘ishâru ‘úttilat

cuando las camellas preñadas sean desatendidas,

5. wa idzâ l-wuhûshu húshirat

cuando las fieras sean agrupadas,

6. wa idzâ l-bihâru súÿÿirat

cuando los mares sean caldeados,

7. wa idzâ n-nufûsu çúwwiÿat

cuando los individuos sean emparejados,

8. wa idzâ l-mau-ûdatu súilat

cuando la recién nacida enterrada viva sea preguntada,

9. bi-áyyi dzánbin qútilat

por qué crimen fue matada,

10. wa idzâ s-súhufu núshirat

cuando las páginas sean desplegadas,

11. wa idzâ s-samâ:u kúshitat

cuando el cielo sea desollado,

12. wa idzâ l-ÿahîmu sú‘‘irat

cuando el Yahîm sea avivado,

13. wa idzâ l-ÿánnatu úçlifat

cuando el Jardín sea acercado...

14. ‘álimat náfsun mâ: áhdarat*

Cada uno sabrá lo que presenta.

 

 

         Esta Sûra del Corán, la Sûrat at-Takwîr, el Capítulo del Oscurecimiento (o del Plegamiento) tiene veintinueve versículos que dividiremos en dos partes. Los primeros catorce están consagrados a describir el Yáum al-Qiyâma, el Fin del Mundo y la Resurrección. El resto de la sûra, con un lenguaje igualmente inquietante, habla del fenómeno de la Revelación.

         Ambos temas están estrechamente vinculados, y, en realidad, cada uno de ellos explica el otro y nos envía a él. Resurrección (Qiyâma) y Revelación (Wahy) vienen después de la muerte. Toda muerte es desaparición de lo ilusorio, lo circunstancial, abriendo paso a la emergencia de lo esencial, lo real. La extinción del ego (nafs) anula el mundo pequeño de cada persona para abrirla a espacios infinitos, y la muerte del cuerpo, igualmente, como correlato de la anterior, introduce al ser humano en al-Âjira, el Universo de Allah. Con la muerte de su nafs, de su ego, el musulmán prefigura y precipita en su experiencia personal el Gran Acontecimiento (el Fin del Mundo y la Resurrección) anunciado por los profetas, y que es el encuentro con Allah.

         En esta primera parte de la sûra, al igual que en la segunda, nos encontramos con frases cortas e imágenes impactantes. Sáyyid Qutb, en su Comentario al Corán, dice que la contundencia del texto es tal que es superflua toda aclaración: no pueden sustituir la emoción suficiente que provocan. Pero nos dice que el distanciamiento que la vida moderna imprime al corazón lo incapacita incluso para sentir, quedando justificadas las paráfrasis y explicaciones de los comentaristas como intento de reconducción a lo que, de estar sano el espíritu del ser humano, encontraría espontánemanente.

         El lenguaje del Corán es siempre extraordinariamente sugerente, y lo es más cuando expresa ideas que tienen que ver con conmociones espirituales. Ninguna traducción hace justicia a esa fuerza que emana de la sonoridad y connotaciones de cada palabra. Sólo podemos aspirar a aproximar algunos conceptos.

         Es conveniente siempre tener en cuenta, para valorar la intensidad del texto, recordar las circunstancias en que tuvo lugar su comunicación a la humanidad y el espíritu con que cada musulmán recita el Corán. Esos factores son de extrema importancia para conocer su verdadera significación. El presente capítulo pertenece al periodo de Meca, cuando una honda trasformación se producía en los corazones de los primeros musulmanes, que iban siendo habilitados para su misión. Sus corazones tenían que ser sacudidos con fuerza para que en ellos brotara una nueva luz. La Revelación que sobresaltó a Muhammad (s.a.s.) conectándolo con la Verdad, fue trasmitida a sus seguidores con una fuerza demoledora. Lo que en el Profeta derribaba el mundo inmediato para hacerlo traslúcido ante él, se contagiaba a sus Compañeros en estas imágenes tremendas que hacían desvanecerse todos los ídolos: era entonces cuando podían intuir la envergadura de la Verdad que sostiene los cielos y la tierra, que se pulverizan cuando Allah es enfocado. De la misma manera, la recitación del Corán con la que el musulmán se acerca a Allah es un acto en el que se impregna de la emoción que produce la cercanía de su Señor. El mundo formal se disipa dejando paso a la revelación de Allah...

         La sûra comienza de repente con una larga serie de imágenes en las que lo imponente (el sol, las estrellas, las montañas, los océanos,...) y lo inmediato al ser humano (el ganado, sus crímenes,...), y también mundos interiores (el infierno, el paraíso), todo ello es desmontado e invertido en un trastrocamiento que permite vislumbrar que tras todo está la Majestad Creadora, la única realidad, lo verdaderamente eficaz, desatendido hasta ahora en medio de las ilusiones en las que vive el hombre: idzâ sh-shámsu kúwwirat, cuando el sol sea oscurecido... El verbo kúwwira-yukáwwar, voz pasiva que puede recibir diversas traducciones, significa en principio ser enrollado o plegado, o bien ser oscurecido. El sol (shams), que ilumina nuestra existencia y proporciona calor a nuestras vidas, será apagado, lo cual sugiere que, a pesar de su apariencia impresionante, a pesar de su envergadura, en realidad es pasivo en Manos de su Creador, que puede plegarlo y oscurecerlo. Por tanto, en realidad no dependemos del sol, sino del Señor del sol. Cuando, en el Yáum al-Qiyâma, el Día del Fin del Mundo que anuncia la Resurrección, Allah lo oscurezca dejando al mundo en una fría penumbra, entonces el ser humano se dará cuenta de hasta qué punto se había dejado engañar por la aparente consistencia de un universo que tan fácilmente se disipa, de hasta qué punto él y cuanto existe están a merced de una Verdad infinitamente más relevante que el gigantesco universo.

         No es necesario esperar ese acontecimiento que señalará el final del tiempo. En nosotros reside un sol, que es el espíritu, cuya luz -la vida- se apaga con la muerte. Cada fallecimiento es signo de la precariedad de nuestra condición en el que podemos leer la fragilidad de todo cuanto existe. Sólo lo que nos hace ser está fuera de esa regla, a pesar de su misterio y su carácter huidizo, o tal vez precisamente por ello, porque escapa a nuestra capacidad de atraparlo, porque no puede ser abarcado de modo alguno, y ello es a lo que llamamos Allah.

         Después, el Corán nos dice: wa idzâ n-nuÿûmu nkádarat, cuando las estrellas se precipiten... Las estrellas (nuÿûm, plural de naÿma), que en el Corán suelen aparecer en su valor de orientación porque siguen órbitas regulares y fijas que permiten situarse a los viajeros en el seno de la noche, perderán su orden y se precipitarán de forma caótica (inkádara-yánkadir, diseminarse perdiendo el brillo).

         El espectáculo sobrecogedor de un cielo negro en el que las estrellas se dispersan desvaneciéndose anunciando el fin de todo para dejar paso a al-Âjira, el Universo de Allah, la Verdad, tiene su correlato en la desorientación que produce la frustración que produce cuando cae un ídolo: en ese desierto dejado por la muerte de las seguridades del hombre está la posibilidad de adivinar a Allah, la Verdad que queda cuando lo falso se difumina. Y también tiene su signo en la muerte física, cuando se apagan los sentidos y el ser humano deja de percibir el mundo que le rodea, abriéndose en él otro modo de percibir en el mundo del espíritu.

         El apagamiento del sol, el desmoronamiento del cielo, se simultanearán con el gran temblor que sacudirá a la tierra: wa idzâ l-ÿibâlu súyyirat, cuando las montañas sean puestas a caminar... Las montañas (ÿibâl, plural de ÿábal), de las que llama la atención precisamente su firmeza, su densidad que les da la apariencia de definitivas, serán puestas a andar (súyyira-yusáyyar, ser puesto a andar, ser conducido), es decir, serán pulverizadas, reducidas a elementos primarios, frágiles e invisibles, y al igual que el sol las montañas son objetos pasivos de una acción que se les impone. Su imponente solidez es una ficción: están en Manos de quien las ha levantado. En sí, son polvo suspendido en el aire, como todo lo que existe.

         No hay nada que tenga entidad propia: es nuestra ilusión la que crea dioses, ídolos, realidades definitivas. Confiamos en lo que creemos fuerte, pero hasta nuestros huesos duros, se corroerán pudriéndose. Lo más sólido en nosotros, nuestras montañas interiores, se diluirán en la tumba, respondiendo a una orden que viene de un Misterio. Lo verdaderamente eficaz no tiene cuerpo, no tiene densidad, pero a su mandato el sol se apaga, las estrellas se diluyen y las montañas se rompen...

         A continuación, se nos dice: wa idzâ l-‘ishâru ‘úttilat, cuando las camellas preñadas sean desatendidas... Se llama ‘ishâr a las camellas preñadas en su décimo mes, que es cuando son más apreciadas porque añaden a su valor propio el de su cría y la abundancia de leche que producirá a partir del momento del alumbramiento. Los beduinos miman a sus camellas y presumen de ellas porque son su riqueza, pero cuando se abata sobre el mundo la gran calamidad de su última destrucción se olvidarán de ellas (las camellas serán desatendidas, ‘úttila-yu‘áttal, ser abandonado, ser dejado a la inutilidad -es decir, no ser aprovechado-).

         Ante una desgracia, el ser humano relega lo que hasta entonces tenía para él importancia para centrar su atención y su desesperación en lo que lo reclama con fuerza. La muerte es dejar atrás todo lo que se aprecia, todo lo que se ama, todo lo que es relevante, para enfrentarse a la Verdad. La relatividad de nuestras valoraciones es así destacada por el Corán: nuestras verdades continuamente se desmoronan, y cuando Allah arrasa, su Poder Absoluto hace que nos olvidemos de todo, quedando al descubierto la insuficiencia de cuanto existe al lado del Uno-Único. Simplemente, hasta entonces nos habíamos dejado hipnotizar y seducir por lo que en realidad carece de sustancia...

         Toda independencia es ficticia:          wa idzâ l-wuhûshu húshirat, cuando las fieras sean agrupadas... Las fieras reciben en árabe el nombre de wuhûsh (plural de wahsh, animal salvaje, monstruo) porque son asociales, viven en soledad (wahsha, soledad, melancolía). Su corpulencia, su fuerza física, su agresividad, les hace prescindir de compañía, pero el terror del Día del Fin del Mundo los agrupará (húshira-hshar, ser agrupado). Se reunirán porque el miedo les obligará a buscar compañía.

         La confianza en sí mismo, la habilidad, la inteligencia, la fuerza física, todo ello son fieras salvajes en el ser humano, que lo hacen olvidar y prescindir de Allah. Son como monstruos que sumen al hombre en una soledad en la que se cree autónomo, separándolo de la Verdad. Pero cuando Allah se presenta, ya sea rompiendo el ego, ya sea en la Resurrección, esas potencias quedan encogidas, se reúnen, y no pueden nada: la fuerza se convierte en debilidad, la razón es desbordada, la habilidad no tiene recursos, la confianza en sí se vuelve patética,... y todo junto es nada ante Allah.

         Al igual que nuestras ilusiones, hasta el océano se evaporará: wa idzâ l-bihâru súÿÿirat, cuando los mares sean caldeados... Los inmensos mares (bihâr, plural de bahr), que el hombre logra surcar sobre frágiles navíos, serán calentados (súÿÿira-yusáÿÿar, ser caldeado) hasta esfumarse. El verbo significa realmente ser hecho rebosar, entendiéndose entonces que los mares se mezclarán hasta inundarlo todo. En cualquier caso, la expresión trasmite una gran violencia que acaba en la pulverización. Para los sufíes, se trata de la reducción de todo a un sólo elemento, una recuperación de la unidad original, que es un todo ante Allah. Y comienza ahora la Resurrección...

         Lo primero que se nos dice tiene un tono enigmático: wa idzâ n-nufûsu çúwwiÿat, cuando los individuos sean emparejados... El emparejamiento (taçwîÿ) de los nufûs (los individuos, los egos, plural de nafs) se ha interpretado como la devolución del espíritu a los cuerpos inertes, reviviendo lo muerto, o bien como agrupamiento por merecimientos (los adelantados, las gentes de la derecha, las gentes de la izquierda), o, bien, cualquier otro tipo de reunificación. Los nufûs serán emparejados (çúwwiÿa-yuçáwwaÿ) con los complementos que les dan entidad.

         Seguidamente, en un par de versículos, el Corán hace una alusión significativa: wa idzâ l-mau-ûdatu súilat bi-áyyi dzánbin qútilat, cuando la recién nacida enterrada viva sea preguntada por qué crimen fue matada... Tuvo que ser una costumbre extendida en la ÿâhilía (la Arabia preislámica) en enterramiento de recién nacidas (wa-d al-banât) porque el Corán condena esa práctica con especial énfasis. Se llama mau-ûda a la niña a la que sus padres entierran viva bien a causa de la pobreza o avergonzados por haber tenido una hija (considerado un deshonor). El Corán dice que en el Yáum al-Qiyâma, la mau-ûda también resucitará y se le preguntará (súila-yusal, voz pasiva de sáala-yásal, preguntar) por la falta o delito (dzanb) que pudo haber cometido para merecer ser matada (qútila-yúqtal, voz pasiva de qátala-yáqtul, matar).

         El miedo a la pobreza o el sentido del deshonor no justifican crímenes, y si éstos pasan desapercibidos en sociedades que los admiten, ante Allah encontrarán justicia. La inocencia de la recién nacida asesinada clamará en ese Universo de Allah (al-Âjira) contra quienes, tal vez, ni tan siquiera eran conscientes de su crueldad, tal como se sentencia en el Islam cuando se dice que ni el mal es olvidado ni el bien muere.

         Para los sufíes, recién nacida es también la naturaleza primigenia del ser humano sepultada y enterrada viva por la violencia ciega del ego que se va desarrollando oprimiendo al corazón.

         En el Yáum al-Qiyâma, en la Resurrección que sigue al Fin del Mundo, Allah desplegará ante los seres humanos el Libro de sus vidas y de sus acciones: wa idzâ s-súhufu núshirat, cuando las páginas sean desplegadas... El terror y la angustia se apoderarán de los hombres cuando se den cuenta de que ni uno sólo de los instantes de sus existencias anteriores ha pasado inadvertido. Todo ha sido registrado en páginas (súhuf, plural de sahîfa) que serán desplegadas (núshira-yúnshar) ante ellos.

         La fugacidad de nuestros momentos actuales nos engaña. No presentimos la necesaria Inmensidad que da hechura y sostiene cada uno de nuestros instantes. Nada pasa sin más ni nada es insignificante, sino que es resultado de algo prodigioso donde resuena para la eternidad. Quien reflexiona sobre el prodigio que supone el existir intuye esa Majestad, y queda advertido por su propio entendimiento. En cualquier caso, cuando la muerte nos enfrente con la Verdad, en su seno tropezaremos con la auténtica dimensión del ser, y el miedo se adueñará de cada nafs, de cada aliento de vida, un miedo que lo rendirá definitivamente a Allah. El desplegamiento de las hojas (nashr as-súhuf) alude al descubrimiento de la envergadura infinita de cada uno de nuestros instantes en la Presencia de Allah.

         Al desplegamiento de las hojas lo acompaña una imagen terrible que subraya el dramatismo de la conmoción que ese descubrimiento significa para el ser humano: wa idzâ s-samâ:u kúshitat, cuando el cielo sea desollado... El cielo (samâ), que es el horizonte del hombre, desaparecerá violentamente, como si se le arrancara la piel (kúshita-yúkshat, ser desollado). Esa desaparición última del horizonte del ser humano es la puerta de acceso a una dimensión interior en la que las realidades son tremendas: el infierno (ÿahîm, o ÿahánnam, el Nâr, el Fuego) y el paraíso (ÿanna, el jardín), correlatos eternos en al-Âjira de las pasiones humanas.

         Primero, el Corán nos habla del Fuego de Allah: wa idzâ l-ÿahîmu sú‘‘irat, cuando el Yahîm sea avivado. El Yáum al-Qiyâma es la circunstancia en la que el infierno latente del ser humano (ÿahîm) será avivado (sú‘ira-yusá‘‘ar), se convertirá en sa‘îr -otro de los nombres que el Corán da para ese agujero de dolor infinito- y lo califica en su ardor inagotable, por siempre desencadenado. La ira, el rencor, la envida, la cobardía, la mentira, la ignorancia, los dioses... del ser humano, son la leña que alimentará su sufrimiento en al-Âjira.

         Pero también está el polo opuesto: wa idzâ l-ÿánnatu úçlifat, cuando el Jardín sea acercado... El Jardín de Allah (ÿanna) hará acto de presencia en esa Hora tremenda, y será acercado (úçlifa-yúçlaf) para los destinados a morar en su exuberancia. Les será acercado, se deslizará hasta ellos, es decir, la nobleza de sus vidas, sus cualidades generosas, sus acciones rectas, todo hará que en la Resurrección encuentren sólo placer, y serán servidos como huéspedes del Misericordioso (Rahmân), a los que todo es facilitado.

         En ese despliegue de autenticidades -porque tiene lugar en las inmensidades de al-Âjira en la que todo es verdad- es donde serán retirados todos los velos, donde la ilusión se esfumará, y cada ser humano comprenderá en medida exacta el alcance de lo que significa existir: ‘álimat náfsun mâ: áhdarat, cada uno sabrá lo que presenta... Cada nafs, cada persona en concreto, cada yo, cada individuo, será consciente de lo que presenta (áhdara-hdir) ante Allah en ese instante, sabrá del valor de cada una de sus acciones anteriores, de lo que ha significado su vida en el eco de al-Âjira.

 

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