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Title: 21  •  Size: 67042  •  Last Modified: Fri, 22 Mar 2002 13:34:52 GMT

CAPÍTULO 78: LA NOTICIA  

SÛRAT AN-NÁBA

revelada en Meca, 40 versículos  

 

índice

 

 

21. ínna ÿahánnama kânat mirsâdan

Yahánnam es un lugar acechante,

22. lit-tâgîna maâ:ban

para los déspotas es un lugar de retorno,

23. lâbizîna fîhâ: ahqâba*

en el que permanecerán eternidades:

24. lâ yadzûqûna fîhâ bárdan wa lâ sharâban

ahí no saborean ni frescor ni bebida,

25. illâ hamîman gasâqan

sino agua hirviendo y pus,

26. ÿaçâ:an wifâqa*

como retribución adecuada...

27. ínnahum kânû lâ yarÿûna hisâban

No esperaban tener que rendir cuentas

28. wa kadzdzabû bi-â:yâtinâ kidzdzâba*

y negaron con firmeza Nuestros Signos.

29. wa kúlla shái:in ahsainâhu kitâba*

Toda cosa la hemos registrado por escrito;

30. fa-dzûqû fa-lan naçîdakumû: illâ ‘adzâba*

así, pues, saboread. No haremos sino aumentar vuestro tormento...

 

         Tras hablar del Yáum al-Qiyâma, el Día de la Resurrección, el Corán, en medio del recuerdo del espectáculo apocalíptico de la destrucción del mundo y el despertar de los muertos, destino ineludible de todas las criaturas, nos habla aquí de Yahánnam, la Gehenna, el Infierno, un lugar tenebroso de sufrimientos infinitos, al que retornarán con la muerte los tâgîn, los déspotas, los que no han labrado en sus vidas y con sus acciones un Jardín en al-Âjira, el espacio eterno que viene después de la muerte.

         La definición de tales cuestiones es lo que nos proponemos en esta parte, a la luz de las evocaciones que hace el Corán: ínna ÿahánnama kânat mirsâda, Yahánnam es un lugar acechante,... En las inmensidades de al-Âjira, tras el Soplo en la Trompeta y la Congregación ante Allah (an-Nafj wa l-Hashr), cada hombre se dirigirá a su destino definitivo en la eternidad que corresponde a la raíz de su ser.

         El Corán comienza hablando de ÿahánnam, que es un lugar acechante (mirsâd), un peligro permanente. Es lo que está ‘lejos’ de Allah, lejos de su Rahma, su Misericordia Creadora, por lo que es frustración y sufrimiento. Se ha dicho que ÿahánnam es, en al-Âjira, lo que en nuestro mundo la ignorancia, la maldad y la naturaleza. El ser humano siempre está al borde de ese precipicio de dolor (se nos dice que ÿahánnam es como un pozo infinito). En la expresión ‘lugar acechante’ está la idea de que aguarda a los que habrán de ser sus moradores, que los desea, y los engullirá en su propia avidez.

         Yahánnam es el destino de aquellos en cuyas naturalezas haya imperado el fuego: lit-tâgîna maâ:ba, para los déspotas es un lugar de retorno,... El tâgî, el déspota, el tirano, es el trasgresor, el que ha ido más allá de sus límites, es decir, el que ha dado rienda suelta a su egoísmo, y se ha quemado en el fuego de su ebullición y ha destruido cuanto le rodeaba con las chispas de su maldad. Se nos dice que ÿahánnam es su maâb, un lugar de retorno, como si fuera su lugar de procedencia, la raíz de sus desmanes. El egoísmo y sus conflictos son un pozo infinito lejos de Allah.

         El ÿahánnam estarán ya por siempre: lâbizîna fîhâ: ahqâba, en el que permanecerán eternidades... Serán lâbizîn, permanentes, en el Fuego de ÿahánnam, enredados en sus miserias, en una constante renovación de su dolor, y por ello se nos habla de los ahqâb, largos periodos, eras, eternidades... El universo de al-Âjira corresponde al ser humano en la eternidad de Allah, es decir, no es la suspensión del tiempo o el espacio sino su agigantamiento en el Poder de Allah. Lo nuestro encontrará su desmesura esencial en la infinitud propia del Absoluto. Por tanto, al-Âjira no es una vaguedad espiritual: es para el ser humano en tanto que criatura, y es para Allah en tanto que Eterno, es el encuentro inexpresable de lo efímero con el Misterio que está en la raíz de su ser.

         La Revelación coránica jamás niega su identidad al ser humano, sino que la sobredimensiona en la contemplación de Allah. Y Allah no es el Uno amorfo en el que todo se disuelve para ser anulado. Él nos ha regalado la conciencia, y es ésta la que crece en la comprensión de la Eternidad de la que nos viene. Por tanto, jamás puede haber un retorno a la Nada. La Nada ya es imposible. Desde el momento en que empezamos a existir estamos en lo eterno, en la Ira o en la Satisfacción de Allah.

         En ÿahánnam, los tâgîn están condenados a su propia maldad (será su lugar de retorno) en un sufrimiento que no podrán ya liberar en acciones hacia fuera (pues han muerto), y que será simplemente un Fuego eterno en el que se consumirán: lâ yadzûqûna fîhâ bárdan wa lâ sharâba, ahí no saborean ni frescor ni bebida,... no llegará a ellos nada que alivie su dolor, no saborearán (dzâqa-yadzûq, saborear, degustar, paladear) el frescor (bard) que les proporcionaba el mundo, ni bebida (sharâb) que apague el ardor en el que morarán eternamente, al contrario no sentirán illâ hamîman gasâqa, sino agua hirviendo y pus,... ahí no habrá para ellos más que hamîm, agua en ebullición y gasâq, la repugnante pus. Ése será su alimento -el ardor y la putrefacción-, y será lo que mantendrá sus existencias en la eternidad de al-Âjira, y todo ello ÿaçâ:an wifâqa, como retribución adecuada... es decir, como continuidad, una compensación (ÿaçâ) en conformidad y coincidencia (wifâq) con lo que han manifestado en sus existencias.

         Los maestros sufíes enseñan que el frescor (bard) es la satisfacción (ridà) en Allah y la bebida (sharâb) es la rendición incondicionada (taslîm) a Allah, y son bendiciones que relajan al ser y significan que se ha superado los conflictos. El frescor y la bebida son las imágenes en al-Âjira de esos Rangos espirituales (Maqâmât). Por su parte, el agua hirviente es la insatisfacción y el pus es los apegos al mundo, son la forma material de la dependencia respecto a las apariencias. En esta vida nos alimentamos espiritualmente con algunas de esas actitudes, y son el alimento en lo más profundo de nosotros, y conoceremos su amargura o su dulzura en lo infinito de al-Âjira.

         Los tâgîn (término de connotaciones amplias que, como ya hemos señalado tiene un intensivo, tâgût, que se traduce por demonio o ídolo, que se emplea para calificar la perversión extrema en la que incurre el déspota) son los seres humanos que se afirman aislándose de Allah, es decir, afirman su propio egoísmo, que es autodestrucción y fuego con el que el individuo hace invivible su vida y la de cuanto le rodea. Es el origen de todos los despotismos, que se manifiestan de mil modos distintos. El raíz de esa maldad está en la suposición de que nuestra existencia es pura casualidad: ínnahum kânû lâ yarÿûna hisâba, no esperaban tener que rendir cuentas... El Islam enseña que el ser humano ha sido creado como califa, como ser soberano, es decir, como criatura que se reconoce a sí misma, que desarrolla un sentido de la responsabilidad, y todo ello es signo de su función, de la grandeza del secreto que esconde y que está en sus orígenes y en su sentido. Sólo niega su secreto el que busca huir de su responsabilidad y aislarse en el matâ‘, en lo que Allah ha ofrecido para el disfrute, pervirtiendo el don del que es objeto, convirtiendo en pus el regalo de su Señor. Goza del obsequio y olvida al que se lo ha dado, porque recordarlo implica exigencias, implica despertar al sentido del califato. Y entonces el hombre emplea su califato, sus facultades, para satisfacer su avidez, y se retuerce en lo que le ha sido dado, incapaz de responder al desafío verdadero. Cree (raÿâ-yarÿû) que no habrá de rendir cuentas (hisâb), que nada le es exigido, que todo es azar y en medio de ese azar el hombre no es más que un cúmulo de coincidencias, negando la intuición de que se siente responsable.

         Los seres humanos son falseadores de todo: wa kadzdzabû bi-â:yâtinâ kidzdzâba, y niegan con firmeza Nuestros Signos... es decir, declaran mentira (kádzdzaba-yukádzdzib) todo lo que señala hacia Allah (las âyât o Signos) para excusar su falta de respuesta al desafío que les viene de lo hondo de su ser. Y lo hacen con empeño, y de ahí que en el versículo se refuerce el verbo con la expresión kidzdzâban, puro intensificador de la idea señalada.

         Pero la existencia entera es un registro, un todo en el que cada cosa implica a todas las demás: wa kúlla shái:in ahsainâhu kitâba, toda cosa la hemos registrado por escrito... Y, así, toda cosa, cada cosa (kúll shai), está inserta en la realidad en una estrecha interrelación dentro de la subordinación al Uno-Único. Nada hay aislado, todo está registrado y censado (ahsà-yuhsî, censar) en un Libro extraordinario (Kitâb), en la Memoria de Allah, por decirlo de alguna manera: fa-dzûqû fa-lan naçîdakumû: illâ ‘adzâba, así, pues, saboread; no haremos sino aumentar vuestro tormento... Puesto que nada escapa a la realidad de la conjunción de todo, Allah, que es el Secreto de esa Unidad, el Garante de su eficacia, no hará sino aumentar (çâda-yaçîd) su tormento (‘adzâb), el dolor del que son portadores, el fuego que habita en sus entrañas, y a él volverán. El verbo çâda-yaçîd también podría ser traducido por añadir: Allah añadirá nuevos sufrimientos, al igual que a la insatisfacción y el apego le suceden en la vida cotidiana otros padecimientos, siendo los detonantes de pasiones dolorosas como la envida, el rencor, la ruindad, etc.

 

31. ínna lil-muttaqîna mafâçan

Para los sobrecogidos hay un lugar de triunfo:

32. hadâ:iqa wa a‘nâban

jardines y viñedos,

33. wa kawâ‘iba atrâban

doncellas eternas,

34. wa ká-san dihâqan

y una copa rebosante.

35. lâ yasma‘ûna fîhâ lágwan wa lâ kidzdzâba*

Ahí no oirán futilidades ni embustes.

36. ÿaçâ:an min rábbika ‘atâ:an hisâba*

Es la retribución de tu Señor, un obsequio acorde...

 

         En el extremo opuesto de ‘aquéllos que no esperan tener que rendir cuentas’ están los muttaqîn, los sobrecogidos en sus corazones, los que presienten el calibre real del prodigio de la existencia, los que intuyen que sí tienen que rendir cuentas y ante Quién habrán de hacerlo. Los muttaqîn son los dotados de una virtud especial que recibe el nombre de Taqwà, que es el primero de los rangos espirituales y profundizar en él es la meta de todo el avance hacia la Verdad. Taqwà es precaución, es sensibilidad, es estar alerta, por tanto, es no dejarse engañar por las apariencias. Si comprendemos el exacto sentido de la desidia espiritual, del desentendimiento, de la despreocupación en los que viven el común de los hombres, sabremos cuál es el valor preciso de la virtud a la que llamamos Taqwà.

         Esta virtud es resultado de la Má‘rifa, del Conocimiento. Es la actitud que nace en quienes conocen a Allah, quienes saben de la inmensidad que está en sus orígenes, la inmensidad que los soporta en cada instante, y saben de esa inmensidad que es Poderosa. Sus corazones se sobrecogen, porque realmente están ante la inmensidad. Quien no saborea su propio miedo ante Allah no sabe nada de Él, no sabe que realmente es Grande. Si el espectáculo grandioso de la naturaleza, de los cielos infinitos, de las montañas imponentes, nos empequeñece, ¿qué no haría intuir a Allah, el Creador de los cielos y de la tierra? Los muttaqîn, son los que han ido más allá, en su sobrecogimiento ante la desconcertante grandeza de la creación, hasta vislumbrar la Inmensidad eterna e infinita del Creador de las inmensidades...

         Los muttaqîn también se conocen a sí mismos, se saben a merced de su Señor, del mismo ‘Gigante’ que rige los cielos y la tierra, y el terror se apodera de ellos, los pone en estado de alerta y los empuja hacia adelante. Taqwà es el gran motor del hombre espiritual. Taqwà, cuando es realmente intensa, opera trasformaciones asombrosas. La tensión que genera se convierte en manantial de todo bien: ínna lil-muttaqîna mafâça, para los sobrecogidos hay un lugar de triunfo... Esa virtud hace profundamente atentos a los muttaqîn. Por ejemplo, les hacen oír las palabras de los profetas, reconocer su autenticidad y emprender el difícil camino que les señalan. Por ello, Sidnâ Muhammad (s.a.s.) es llamado Imâm al-Muttaqîn, el Imâm, el Modelo, el Guía, para los muttaqîn, para los que tienen esa profunda sensibilidad. Él es reconocido por los muttaqîn, por los dotados de miedo ante Allah, un miedo que es despertar, un miedo que no es miedo a las criaturas o a los acontecimientos, sino el verdadero terror que hay en la esencia del ser humano, el pánico ante su Señor, la Única Verdad.

         Para ellos hay un mafâç, un lugar de triunfo. Su Taqwâ los conduce a un Jardín exuberante: hadâ:iqa wa a‘nâba, jardines y viñedos,... no un sólo jardín (hadîqa), sino muchos (hadâiq), huertos fabulosos en los que abunda la vid (a‘nâb, viñedos, que son la imagen de la abundancia), wa kawâ‘iba atrâba, y doncellas eternas,... jardines donde los están aguardando kawâ‘ib, doncellas de senos redondeados, que son, además, atrâb, de edad y belleza invariables, y en ese Jardín para ellos habrá wa ká-san dihâqa, una copa rebosante..., en lugar de agua hirviendo disfrutaran de la bebida que hay en una copa (kâs) repleta y desbordante (dihâq).

         En ese mafâç, en ese lugar de triunfo, los atentos lâ yasma‘ûna fîhâ lágwan wa lâ kidzdzâba, ahí no oirán futilidades ni embustes... En ese destino en al-Âjira, en el seno de la existencia al que nos conduce la muerte, y es el espacio de Allah, ahí no escucharán (sámi‘a-yásma‘) palabras estúpidas (lagw) ni mentiras (kidzdzâb), es decir, su paz interior, su sosiego, será total, nada les inquietará ni los confundirá...

         Esos Jardines son la verdad interior que han conquistado en sus vidas: ÿaçâ:an min rábbika ‘atâ:an hisâba, es la retribución de tu Señor, un obsequio acorde... Esos Jardines son el ÿaçâ, la retribución, el pago a sus vidas, es su equivalente en el mundo de al-Âjira, y les viene de su Señor (Rabb), de la Verdad que han reconocido rigiendo sus existencias, y será un ‘atâ, un don, un obsequio, acorde con la grandeza de espíritu que han logrado. Puesto que han tenido en cuenta a Allah y se lo han propuesto, han alcanzado la Fuente de la Misericordia, y en Ella está la abundancia...

         El Infierno, la Gehenna, Yahánnam, es el trasfondo de la ignorancia y la maldad actuales del ser humano, es su apego a la naturaleza. Vive inmerso en él sin darse cuenta. Los muttaqîn, al presentir a Allah, han abandonado el Infierno, su tensión les ha hecho perder la inercia que guía a la gente. Por eso, los sufíes dicen que Taqwà, en su fondo, es abandonar a los dioses que ciegan y acomodan al ser humano, es dejar de ver a otro que no sea Allah... Y ése es el triunfo (fáuç), el gran logro que hace ser realmente califa al ser humano. Cuando alguien ha logrado acceder a ese espacio de triunfo (mafâç) está ya en Jardines soberbios, jardines de conocimiento interior (Má‘rifa), en los que están los viñedos que despiertan emociones placenteras, donde se unen a las doncellas vírgenes, que son las esencias de cada realidad, iguales entre sí, inalterables, porque son ‘lo más cercano a Allah, al Uno-Único’, y el contacto con ellas engendra el inmenso placer de la Visión de Allah. En esos Jardines beberán de la Copa del Vino Eterno, embriagándose de Allah... Los muttaqîn hacen todo esto en vida, y tras la muerte, encontrarán su ÿaçâ, retribución, su equivalente en la desmesura de la esencia de las cosas, en las inmensidades de al-Âjira.

 

37. rábbu s-samâwâti wa l-árdi wa mâ bainahumâ*

El Señor de los cielos y de la tierra, y de cuanto hay entre ellos,...

ar-rahmânu lâ yamlikûna mínhu jitâba*

El Misericordioso, al que no pueden dirigir la palabra...

38. yáuma yaqûmu r-rûhu wa l-malâ:ikatu sáffan lâ yatakallamûna illâ man ádzina lahu r-rahmânu wa qâla sawâba*

El Día que se alcen el Espíritu y los Ángeles, en filas: no hablarán, salvo aquél al que autorice el Misericordioso, y dirá lo justo.

39. dzâlika l-yáumu l-haqq*

Ése es el Día Verdadero.

fa-man shâ:a ttájadza ilà rabbihî maâ:ba*

Quien quiera, que tome hacia su Señor un camino de retorno.

40. innâ andzarnâkum ‘adzâban qarîban yáuma yánzuru l-már-u mâ qáddamat yadâhu wa yaqûlu l-kâfiru yâ laitanî kúntu turâba*

Os avisamos contra un tormento próximo, el Día que el hombre vea lo que sus manos han puesto por delante y el negador diga: “¡Ojalá yo fuera polvo!”...

 

         Este es el epílogo de una sûra inquietante, de anuncios formidables, que concluye con estas palabras que resumen todos los propósitos del Corán. La Revelación cobra así sentido: no consiste en el intento por satisfacer ninguna curiosidad, sino un medio para despertar las emociones necesarias para que los que presienten a Allah se pongan en marcha.

         Primero, se nos dice quién es Allah: rábbu s-samâwâti wa l-árdi wa mâ bainahumâ, el Señor de los cielos y de la tierra, y de cuanto hay entre ellos,... Allah es Rabb, Señor, Dueño, Rector, el Sustentador de cada realidad, de los cielos (samawât) y de la tierra (ard), y de cuanto existe entre ambos extremos (bainahumâ), es el Señor de los espiritual y de lo material, de los sutil y de lo denso, y Él escapa a todas estas categorías, está por encima de lo incorpóreo y de lo corpóreo, de lo imaginable y de lo conocible. Él es Allah, un reto infinito, que está en las honduras de cada criatura, gobernando cada uno de sus instantes. Allah es real y eficaz; es más, es lo Único Real, y, a la vez, es indescifrable. Sólo con esta clarividencia puede enfocarse a Allah y aceptar su desafío.

         Allah es Rabb, Señor; no es un concepto vago, una explicación metafísica o una solución fácil, es inmediatamente concreto, cercano, apabullante... El Poder impensable que ha creado el universo entero está presente rigiendo cada uno de tus momentos, y tú eres lo que Él quiere que seas (nada hay más contundente que esto, nada hay más próximo a ti, y no te das cuenta). Te sostiene a la vez que te domina; es donde estás anclado, y estás a su merced. El infinito al que el corazón puede asomarse es su Señor, que está en las inmediaciones.

         En Allah se conjugan dos aparentes opuestos: ar-rahmânu lâ yamlikûna mínhu jitâba, el Misericordioso, al que no pueden dirigir la palabra... Se trata de la Belleza y la Majestad. Allah es ar-Rahmân, término de muy difícil traducción al castellano, y hemos optado por la de Misericordioso, advirtiendo que no recoge las consonancias que Rahmân tiene en árabe. Es un nombre de Belleza, es decir, describe a Allah en su Amor Creador: somos el producto de un deseo. Pero junto a su aspecto amable, Allah es Poderoso (que es la facultad de Allah gracias a la que efectivamente somos). Y su Poder es Majestad, y la Majestad es temible, se impone: las criaturas no tienen, ante el Poder, nada que hacer: no pueden ni dirigirle la palabra (jitâb, palabra, discurso), no poseen (málaka-yámlik, poseer) capacidad alguna propia que los ponga en pie de igualdad ante Allah.

         Y la expresión absoluta y plena de todo lo anterior tiene lugar en al-Âjira, tras la Resurrección: yáuma yaqûmu r-rûhu wa l-malâ:ikatu sáffan lâ yatakallamûna illâ man ádzina lahu r-rahmânu wa qâla sawâba, el Día que se alcen el Espíritu y los Ángeles, en filas: no hablarán, salvo aquél al que autorice el Misericordioso, y dirá lo justo... Ese Día (Yáum) es en el que el Espíritu (h) y los Ángeles (Malâika) se alzarán (qâma-yaqûm), es decir, Yibrîl -el Espíritu de la Revelación- y todas las criaturas de luz se erguirán en pie, formando una fila (saff) ante Allah. A pesar de la grandeza de esas criaturas, ninguna se atreverá a hablar (takállama-yatakallam)... sólo lo harán aquellas a las que Allah autorice (ádzina-yâdzan), y lo que dirán (qâla-yaqûl) será acierto (sawâb).

         Se trata ésta de una imagen que evoca muchas cosas, y, a modo de claves, consiste en una sucesión de palabras con más implicaciones de las que cabría adivinar a simple vista. En primer lugar, debemos conectarla con lo dicho anteriormente: Allah es Señor de todos los mundos, y ni el Espíritu está libre de una subordinación absoluta al Uno-Único, el Trascendente. Los seres más fabulosos, los ángeles que escapan a la corrupción, están sometidos al Señor de todos los Mundos: la tierra, los cielos y cuanto hay entre ellos son los espacios en que la Voluntad del Uno-Único se realiza. Por otra parte, la imagen es sugerente: la Resurrección (Qiyâma) consiste en ‘levantarse ante Allah’ (qâma-yaqûm), en filas, a semejanza de las que forman los musulmanes cuando realizan en grupo el Salât, el Recogimiento ante Allah: de pie, uno al lado de otro, los musulmanes se alzan, ‘resucitan’ en la Presencia del Insondable (Hadrat al-Quds).

         Nadie, por sí mismo, está autorizado a hablar ante Allah: no hay intercesores, nadie media entre Allah y el ser humano, no hay dioses,... El musulmán no reza, sino que durante el Salât pronuncia el Corán, emplea para dirigirse a Allah lo que viene de Allah. En la Resurrección, sólo a quienes Allah lo permita le es concedida la palabra, y cuando ello es así, lo que dice quien ha sido autorizado es ‘acierto’: se trata de la profecía, único puente entre Allah y el ser humano. Los profetas -en el sentido islámico de la palabra- son los ‘autorizados’ (no son dioses ni ídolos, sino aquellos a los que Allah ha autorizado a hablar). Por ello, la Shafâ‘a, la Intercesión, les será concedida ante Allah el Yáum al-Qiyâma, el Día de la Resurrección, y su palabra será atendida por Allah, porque de Él viene y a Él va, y es sawâb, acierto y justicia. Todas estas correspondencias deben ser tenidas en cuenta a la hora de leer el versículo en el que, describiendo la Resurrección, se sugiere la estructura del mundo y el trasfondo de la práctica espiritual más importante en el Islam, el Salât.

         La Resurrección Mayor será la eclosión de todo lo que significa la existencia, su apoteosis: dzâlika l-yáumu l-haqq, ése es el Día Verdadero... Ése será el Día de al-Haqq, la Verdad. El término aparece aquí como adjetivo: ése es el Día Verdadero. Haqq es una palabra poderosa, de pronunciación forzada con la sucesión de una aspiración y una gutural, que en su mismo sonido revela la profundidad de su misterio. Allah es al-Haqq, y todo lo suyo es Haqq, es Verdad, es configurador de lo real, es vertebrador de cada instante. En ese Yáum, en ese Día, necesariamente terrible, la Verdad se manifestará engulléndolo todo... Cuanto existe ahora son sus signos, cada uno de nuestros momentos anuncia su propia esencia en esa Verdad Bella y Majestuosa, Creadora y Destructora, Amable y Temible,...

         La sûra acaba con un consejo claro: fa-man shâ:a ttájadza ilà rabbihî maâ:ba, quien quiera, que tome hacia su Señor un camino de retorno... Tras todo lo expuesto, el asunto es ofrecido a la elección del ser humano: quien quiera (shâa-yashâ), que emprenda (ittájadza-yattájidz, tomar) un camino de vuelta (maâb) hacia su Señor Verdadero (Rabb), y ese camino de vuelta no es otro que el Islâm, la absoluta e incondicionada rendición ante quien lo hace ser y lo gobierna en cada instante, es la claudicación con la que dejamos atrás todo conflicto para abrirnos a las inmensidades que forjan nuestra existencia, la grandeza en la que estamos insertos.

         La sûra comenzaba aludiendo a la gran pregunta que se hacen los hombres sobre la Resurrección, y el Corán les ha respondido que ése es el Día Verdadero (al-Yáwm al-Haqq). Sea lo que sea la Resurrección en sí, sea cual sea su momento, ese Despertar ‘hacia Allah’ es el destino que nos aguarda porque es la Verdad en la que existimos, la que el musulmán reproduce con sus gestos espirituales cada día, siguiendo un camino devuelta hacia la Misericordia que lo ha creado en lugar de condenarse al Fuego de su separación.

         Y la sûra acaba  con un versículo lapidario: innâ andzarnâkum ‘adzâban qarîban yáuma yánzuru l-már-u mâ qáddamat yadâhu wa yaqûlu l-kâfiru yâ laitanî kúntu turâba, os avisamos contra un tormento próximo, el Día que el hombre vea lo que sus manos han puesto por delante y el negador diga: “¡Ojalá yo fuera polvo!”... La Revelación es Indzâr, es una voz de alarma. Por ello, es Rahma, Misericordia: nos advierte (ándzara-yúndzir, avisar, advertir) contra un peligro acechante. Ese peligro es Yahánnam, el Fuego devorador, el que en este mundo es la ignorancia, la maldad, la degeneración, y que en al-Âjira, junto a Allah, es un tormento (‘adzâb). El tiempo que vivimos sobre la tierra es fugaz, y, por ello, ÿahánnam es algo próximo (qarîb), y es necesario tomar ya el camino de retorno hacia la Fuente, hacia la Rahma creadora, hacia el Rahmân, el Misericordioso.

         Si no se hace así, llegará el Día Verdadero, cuando el hombre verá (názara-yánzur) lo que ha puesto por delante para ese Día (qáddama-yuqáddim, presentar, poner por delante), cuando contemple las consecuencias en lo eterno de al-Âjira lo que han hecho sus manos (yadân, sus dos manos), y el que haya arruinado su destino, el kâfir, el negador de la Resurrección, dirá (qâla-yaqûl) entonces: “Ojalá yo hubiese sido polvo (turâb)”, lamentando su desgracia cuando de nada sirva el lamento.

 

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