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Title: CAPÍTULO 78  •  Size: 122999  •  Last Modified: Fri, 26 Apr 2002 11:18:21 GMT

CAPÍTULO 77: LAS ENVIADAS  

SÛRAT AL-MURSALÂT

revelada en Meca, 50 versículos

índice

 

 

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm.

1. wal-mursalâti ‘úrfan

¡Por las enviadas sucesivamente!

2. fal-‘âsifâti ‘ásfan

¡Por las que soplan tempestuosamente!

3. wa n-nâshirâti náshran

¡Por las que se difunden extendiéndose

4. fal-fâriqâti fárqan

y separan con decisión,

5. fal-mulqiyâti dzíkran

y depositan un Recuerdo

6- ‘údzran wa núdzuran

como disculpa o advertencia!

7. innamâ tû‘adûna la-wâqi‘*

Lo que se os anuncia tendrá lugar...

 

         Uno de los Nombres más demoledores de Allah es al-Haqq, la Verdad. Esta forma de llamar al Creador y Articulador de la existencia tiene, por un lado, enormes implicaciones, y, por otro, desbarata por completo el mundo de seguridades y certezas del hombre común, abate sus ídolos, ahoga sus esperanzas, destruye sus sueños, abriéndolo a lo desmesurado en donde el ser humano, liberado de sus quimeras, nada en la Verdad, agigantándose en lo infinito.

         La Verdad a la que nos referimos no es la seguridad del fanático ni la evidencia del científico, no es el concepto que alguien pueda tener de lo que cree cierto. Aludimos más bien a la inasible contundencia de lo real. Eso es Allah. Impenetrable en Sí, Allah es lo auténtico que hace auténticas a las cosas. Es la Verdad que nadie puede poseer, mientras Ella lo posee todo. Desde este punto de vista, aplicamos a Allah los Nombres de Creador y Señor de los Mundos. Él es de lo que depende toda realidad para presentársenos con la contundencia con que lo hace. Él es la fuerza por la que el ser es evidente.

         Negar a Allah es negar lo verdadero, lo auténtico. A su vez, esto quiere decir que el que niega a Allah vive en la mentira, el engaño, la ilusión. Todo lo que el Islam nos enseña acerca de Allah tiene su opuesto en aquello que vive el que niega a Allah. Allah es Uno, Poderoso, Sabio, Misericordioso,... y así es la Verdad. Negar a Allah es vivir en la idolatría, la ignorancia, la frustración, la dispersión, el mal. Negar a Allah -el Kufr- es como decir que la Verdad es mentira -Takdzîb-. Pero la Verdad tiene fuerza en sí misma y borra a la mentira. Los anuncios de la Verdad y la emergencia de la Verdad son destrucción de la mentira. De esto va la presente sûra.

         El Profeta -Sidnâ Muhammad (s.a.s.)- fue el comunicador último de esa Verdad -Creadora, Rectora y, a la vez, Aniquiladora-: la Verdad, que es lo auténtico e insustituible en todo y que, cuando reemerge, abate las falsedades que el hombre ha inventado, falsedades que son sus verdades destinadas a esfumarse en la Presencia del Uno-Único. Se llama mukádzdzib, desmentidor, al que dice, engañado por sus seguridades, que la Verdad es mentira (kádzib). El Takdzîb, decir que Allah y sus Signos son mentira es la estrategia del kâfir, el que rechaza la Verdad, y con ello se evita tener que enfrentarse a lo Insondable que está en la raíz de su ser y en la de todo lo que existe.

         Esta sûra -revelada en Meca- lleva por nombre la primera de sus palabras: al-Mursalât, las Enviadas. El verbo ársala-yúrsil significa efectivamente enviar, pero también soltar, desatar algo para que corra, liberar. ¿Quiénes o qué son las Mursalât, las Enviadas, las Desatadas? Según unos, son los vientos (riyâh, plural de h, viento, femenino en árabe) que anuncian lluvia y tempestades; según otros, son los ángeles (malâika, que carecen de género y gramaticalmente puede ser tenidos por femeninos o masculinos).

         El término múrsal, enviado, es sinónimo de rasûl, profeta; y, según esto, las mursalât son las almas (nufûs) de los mensajeros de Allah enviadas a los hombres. También se ha dicho que las mursalât son los alientos de vida (arwâh, plural de h, espíritu, también femenino) que son enviados a los cuerpos (tanto al principio de la existencia individual como los espíritus de la iluminación que despiertan las conciencias ya en el seno de la vida, o los que, finalmente, provocarán la resurrección).

         Esta sûra empieza con un juramento: wal-mursalâti ‘úrfan, ¡por las enviadas sucesivamente!... No se trata de elegir una de las posibilidades señaladas en los párrafos anteriores para el término mursalât: habría que imaginarlas todas ellas en esa palabra. Y se nos dice de las enviadas que llegan ‘úrfan, sucesivamente. En realidad, ‘úrfan describe el trote reconocible de caballos que vienen unos detrás de otros, en oleadas. Los vientos, los ángeles, los profetas, los ánimos, nos llegan como ráfagas anunciadoras. Y Allah jura por las enviadas, esas brisas sutiles que se convierten en tormentas...

         A continuación, Allah nos dice: fal-‘âsifâti ‘ásfan, ¡por las que soplan tempestuosamente!... Esos aires son ‘âsifât, vientos desatados que soplan con violencia, ‘ásfan. El espíritu (h), el viento (h), así como la Revelación (Wahy, el Susurro), como el Islam, como el Profeta, y los etéreos ángeles que se agitan en el aire, el avance del espíritu que da vida venciendo a la nada o a la muerte, todo ello es lo mismo,... y son como una tormenta a punto de ser liberada para que se apodere de todo: wa n-nâshirâti náshran, ¡por las que se difunden extendiéndose..., al igual que la vida que ha sido desatada por Allah y fluye por el cuerpo, esos espíritus se difunden, son nâshirât, que se extienden (náshran), sumiendo en su estrépito a la creación entera, fal-fâriqâti fárqan, y separan con decisión,... es decir, con su presencia, son fâriqât, son divisorias entre la vida y la muerte, entre la verdad y la mentira -son la Ley del universo (Sharî‘a)- y lo hacen fárqan, estableciendo una distinción clara entre las cosas.

         El estrépito inquietante de una tormenta, el surgimiento arrollador de cada vida, el desafío al corazón que lanza un profeta, todo cuanto nos remueve en lo más hondo, son señales y avisos fal-mulqiyâti dzíkran, y depositan un Recuerdo... Los vientos, los ángeles, los mensajeros, todas -en tanto que madres- son mulqiyât, depositarias de una semilla que es el Dzikr, el Recuerdo de Allah, es decir, despiertan en el ser humano la memoria de la Verdad. Fecundan esa semilla con la lluvia de la que son portadoras. La trasportan y la alimentan: ‘údzran wa núdzuran, como disculpa o advertencia!... En el florecimiento de esa semilla hay ‘udzr, disculpa y excusa para unos, y hay núdzur, advertencia y amenaza para otros. El Dzikr de Allah es una bendición para aquellos en los que encuentra acogida y es la presencia de una maldición para los que le vuelven la espalda.

         Hay que conjugar todo lo dicho hasta aquí para comprender lo que es el Islam. Simultanear todas esas ideas y presentimientos es la clave para abordar esa síntesis suprema a la que damos el nombre de Islam. Y el fruto de esa síntesis es resumido en el versículo siguiente: innamâ tû‘adûna la-wâqi‘, lo que se os anuncia tendrá lugar... Lo que se os anuncia, aquello con lo que se os amenaza (así de intenso es el significado del verbo wú‘ida-yû‘ad, ser amenazado) -y se trata del encuentro con Allah- será o ya es wâqi‘, algo que tiene lugar, algo inevitable, la realidad misma.

         El juramento concluye con esta frase de gran intensidad: innamâ, ciertamente, aquello que tû‘adûna, se os anuncia, aquello con lo que se os amenaza, es wâqi‘, es inevitable. Lo inevitable es la realidad actual, cuyo fondo abismal ignora el ser humano; y lo inevitable será el encuentro definitivo con Allah cuando la muerte retire el velo que nos impide ver ese fondo abismal de la existencia, y tenga lugar lo que sucede en cada instante, el al-Yáum al-Âjir, el Último Día, la Resurrección.

         El al-Yáum al-Âjir, el Día Último, la Resurrección, será el Gran Viento de Allah. Y es anunciado por las tormentas, por los ángeles, por los profetas y por la vida misma, porque Allah es al-Haqq, la Verdad, y sus tempestades (la vida, la revelación, la muerte, la resurrección) son los violentos remolinos que lo desempolvan. Todo lo que existe, todo lo que sucede, es Signo de Allah, quien no deja de mostrarse a cada instante -es más, la realidad es su configuración-. La Verdad es el Wâqi‘, lo Inevitable, el Acontecimiento Real, y es Resurrección para aquél en cuyo corazón germine la semilla del Dzikr, y lo será para la humanidad entera cuando la gran realidad -la muerte- se apodere de todo y el mundo sea aniquilado por la Presencia.

         En el desierto de Arabia un hombre -Sidnâ Muhammad (s.a.s.)- fue escogido y enviado (fue liberado del mundo) por Allah a los idólatras para anunciarles la proximidad de la Hora (Sâ‘a) en la que el mundo se desvanecería para dejar lugar a la Presencia Inmediata de Allah, el Señor de los Mundos. Se trataba del anuncio de algo tremendo, de una destrucción absoluta de lo que tiene acostumbrado el ser humano. Los dioses caerán ante el Uno-Único y su Majestad engullirá todas las cosas. Eso es la Realidad actual, pero el denso velo de la ceguera del hombre le impide verlo. La muerte descorrerá ese velo, y el hombre tendrá que enfrentarse a lo que supone la precariedad del mundo. Y todo eso es relatado siempre por los innumerables mensajeros de Allah: los vientos, cada vida, cada muerte, todo ello son signos constantes de la Verdad...

 

8. fa-idzâ n-nuÿûmu túmisat

Cuando las estrellas se apaguen,

9. wa idzâ s-samâ:u fúriÿat

cuando el cielo se raje,

10. wa idzâ l-ÿibâlu núsifat

cuando las montañas se pulvericen,

11. wa idzâ r-rúsulu úqqitat

cuando los mensajeros sean emplazados...

12. li-áyyi yáumin úÿÿilat

¿Para qué Día han sido aplazados?

13. li-yáumi l-fasl*

Para el Día de la Distinción...

14. wa mâ: adrâka mâ yáumu l-fasl*

¿Qué puede hacerte saber lo que es el Día de la Distinción?

15. wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn*

¡Ay ese Día de los que dicen que es mentira!

 

         En este segundo pasaje se describe el al-Yáum al-Âjir, el Día Último del universo tal como lo conocemos para dejar paso a la Resurrección. Se nos dice que las estrellas se apagarán: fa-idzâ n-nuÿûmu túmisat, cuando las estrellas se apaguen,... la estrellas (nuÿûm) se extinguirán (túmisa-tmas, hacerle perder a algo su brillo, cegar a alguien). Los astros que iluminan nuestro mundo dejarán de lucir quedando sumido el universo en la oscuridad. Junto a esas luces, desaparecerá toda la seguridad que el ser humano tiene en sí mismo. Cuando el Poder de Allah se muestra, todo queda hundido en su impotencia original. La Verdad se manifiesta, y aquello en lo que el hombre  creía hasta entonces se disipa en su artificialidad.

         Con mucha frecuencia, las estrellas de nuestra reflexión se apagan ante lo inexplicable. Constantemente tropezamos en nuestra cotidianidad con Allah y la razón queda nublada. Cuando ello sucede se nos está brindando la posibilidad de asomarnos a lo indecible, pero pronto nos echamos atrás y buscamos explicaciones con la que satisfacer nuestra inquietud y volver a la rutina. Hemos tenido anuncios del abismo en el que existimos, pero los hemos desmentido.

         Pero con la muerte nuestras estrellas se apagarán definitivamente, y el cielo entero se resquebrajará: wa idzâ s-samâ:u fúriÿat, cuando el cielo se raje,... El cielo (samâ) se agrietará (fúriÿa-yúfraÿ), algo poderoso lo hendirá. Lo más colosal -el firmamento- dejará paso a la Verdad que tiene detrás, a la fuerza que lo sostiene. El universo entero se desmoronará ante el ser humano, hasta entonces cegado por la aparente consistencia de su mundo. Nuestros ideales, nuestras tribulaciones, nuestros dioses, que nos apabullan ahora, todo quedará pulverizado. Todo es de Allah, y ante Él todo se retirará.

         Y en la tierra, lo que la sostiene -las montañas- quedarán reducidas a polvo: wa idzâ l-ÿibâlu núsifat, cuando las montañas se pulvericen,... las montañas (ÿibâl) estallarán (núsifa-yúnsaf, pulverizarse, esfumarse) dejando solo polvo suspendido en el aire. La tierra quedará disuelta y desarticulada. La tierra es también nuestro cuerpo, que se esfumará; y es también nuestro ego, que quedará indefenso ante la inmensidad.

         Todas estas experiencias son vividas con intensidad por el sufí, que se deshace para agigantarse en al-Âjira, en el Universo de Allah. Se somete a una dura disciplina en la que mata su mundo de falsedades para, con su última expiración, pasar a la Verdad que está en el cimiento de su existencia. De esa vivencia retorna convertido en sabio, en califa, en alguien que ha saboreado con todo su ser lo que significa Allah. Hasta él han llegado los anuncios de las enviadas en cuya tempestad ha sabido remover sus fundamentos, y, una vez hecho eso, se ha apagado su mundo y ha quedado desarticulado su universo para pasar a estar iluminados por su Señor Verdadero.

         El al-Yáum al-Âjir, el Último Día, es el del Fin del Mundo y el de la Resurrección. Tras ser todo destruido, los profetas serán convocados: wa idzâ r-rúsulu úqqitat, cuando los mensajeros sean emplazados... Todos los anunciadores (rúsul, plural de rasûl, mensajero, profeta) serán reunidos en ese momento determinado: li-áyyi yáumin úÿÿilat, ¿para qué Día han sido aplazados?... los profetas, la creación entera, han sido creados para ese momento, ¿para qué (li-áyy) día (yáum) todo ha sido aplazado (úÿÿila-yuáÿÿal)? li-yáumi l-fasl, para el Día de la Distinción... todo tendrá sentido un Día terrible, el del Fasl, el de la Distinción, cuando sea relegada la mentira, cuando la Verdad sea separada de la confusión y se muestre Allah.

         ¿De qué se trata? De algo para lo que no hay palabras: wa mâ: adrâka mâ yáumu l-fasl, ¿qué puede hacerte saber lo que es el Día de la Distinción?... Nada puede hacerte saber (adrà-yudrî, hacer saber) lo que es el Yáum al-Fasl, el Día de la Distinción. Sólo cabe decir lo siguiente: wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!... Ese Día será una gran desgracia para los que hoy dicen que no tendrá lugar, los que dicen que es mentira la Verdad, los mukadzdzibîn, los desmentidores del anuncio.

 

16. a lam núhliki l-awwalîn*

¿No hemos destruido a los primeros?

17. zúmma nútbi‘uhumu l-â:jirîn*

Los haremos seguir por los últimos.

18. kadzâlika náf‘alu bil-muÿrimîn*

Así hacemos con los criminales.

19. wáilun yaumáidzin bil-mukádzdzibîn*

¡Ay ese Día de los que dicen que es mentira!

20. a lam nájluqkum min mâ:in mahînin

¿No os hemos creado a partir de un líquido insignificante

21. fa-ÿa‘alnâhu fî qarârin makînin

al que pusimos en un receptáculo firme

22. ilà qádarin ma‘lûmin

por un tiempo determinado?

23. fa-qaddarnâ*

Decretamos;

fa-ní‘ma l-qâdirûn*

¡Excelentes Decretadores!

24. wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn*

¡Ay ese Día de los que dicen que es mentira!

25. a lam náÿ‘ali l-árda kifâtan

¿No hemos hecho de la tierra un lugar común

26. ahyâ:an wa amwâtan

para vivos y muertos?

27. wa ÿa‘alnâ fîhâ rawâsia shâmijâtin

¿No hemos puesto en ella montañas colosales?

wa asqainâkum mâ:an furâta*

¿No os hemos dado de beber un agua dulce?

28. wáilun yáumaidzin lil-mukádzdzibîn*

¡Ay ese Día de los que dicen que es mentira!

 

         Si bien el hombre sabe a ciencia cierta que su vida es precaria, que su existencia siempre está amenazada, que la muerte es su destino inevitable, a pesar de ello... su instante lo engaña. Irremediablemente, el hombre se endiosa, se afirma a sí mismo desconectándonse de su realidad esencial, que es su dependencia, su sujeción a lo que le hace ser, a Allah. En cierto modo, en lo más hondo, el hombre se cree eterno, como si la insustancialidad no fuera con él.

         Los afanes del ser humano, su despotismo, su crueldad, su avaricia, su desasosiego continuo, su insatisfacción, incluso su auto desprecio, son los signos de una anclada creencia en sí. Allah quiere devolver al hombre la cordura, recordarle su verdad: a lam núhliki l-awwalîn, ¿no hemos destruido a los primeros?... Allah ha consumido (áhlaka-yúhlik, destruir, aniquilar, dar muerte) a los primeros (awwalîn), que son los antiguos, nuestros antepasados. Tenían nuestras mismas esperanzas, los movían las mismas ambiciones, les inquietaban los mismos sueños, pero el tiempo se apoderó de ellos y fueron tragados por la muerte. Allah los aniquiló. Sólo Él es la Verdad, no el ser humano. La condición del hombre es la de desaparecer, la de esfumarse.

         Por lo general, con el término awwalîn, los primeros, el Corán se refiere en especial a los tiranos del pasado. A pesar de su arrogancia, de sus grandes logros, de sus imperios magníficos, sucumbieron a la Ley de Allah: zúmma nútbi‘uhumu l-â:jirîn, los haremos seguir por los últimos... Nosotros, y quienes vengan después de nosotros, no somos una excepción. Allah hará que sigamos (átba‘a-yútbi‘, hacer seguir, poner a continuación) a los primeros, que nuestro fin sea el mismo que el de los antiguos. Los últimos (âjirîn), la última generación de la humanidad, al igual que la primera, morirá, será arrasada por la Verdad.

         El hombre sabe que eso es así, pero en lo hondo de su ser se aferra a una ficción que lo hace ser perverso. El origen de todos los males está en la confianza ciega en nosotros mismos, porque ello nos aísla, y al aislarnos nos hace interesarnos únicamente en nosotros. De nada nos sirven los infinitos signos que hay en nosotros y que nos rodean recordándonos en cada instante que estamos sujetos a mil circunstancias, que dependemos de mil conjunciones, que no somos nada, que sólo somos lo que Allah quiere que seamos.

         Cuando perdemos de vista nuestra dependencia, nos convertimos en monstruos:  kadzâlika náf‘alu bil-muÿrimîn, así hacemos con los criminales... Allah llama muÿrimîn, criminales (plural de múÿrim), a los seres humanos. Allah mata a los criminales, y en la muerte descubren su verdad y se sumergen en su supremo dolor. Eso hace (fá‘ala-yáf‘al) con ellos, y se establece la Separación (Fasl), la división que restituye a cada realidad su verdad: wáilun yaumáidzin bil-mukádzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!... Ese Día (Yáum), el de la Separación, será causa de lamento y desesperación (wáil) para los que volvieron la espalda a los profetas que lo anunciaron, diciendo que era mentira que fuera a tener lugar ese encuentro con la Verdad (se trata de los mukadzdzibîn, los desmentidores).

         El Corán nos ha hablado de la aniquilación que nos aguarda ineludiblemente, para demostrarnos nuestra insustancialidad. No podemos oponernos a ese destino. Aunque viviéramos mil años, al cabo nos reencontraríamos con que algo extraordinariamente poderoso -a lo que no podemos ofrecer resistencia alguna porque está más allá de lo concebible- nos devolverá a nuestro vacío.

         Y si nos retrotraemos a nuestros orígenes, ahí también descubrimos nuestra insignificancia: a lam nájluqkum min mâ:in mahîn, ¿no os hemos creado a partir de un líquido insignificante... ¿es que Allah -la Verdad que te hace ser- no te ha creado (jálaqa-yájluq) a partir de un líquido () sin valor alguno (mahîn)? La materia prima de nuestra vida es una gota de semen, algo a lo que no prestamos ninguna consideración, incluso nos resulta despreciable o repugnante: fa-ÿa‘alnâhu fî qarârin makîn, al que pusimos en un receptáculo firme..., un líquido que Allah depositó (ÿá‘ala-yáÿ‘al) en un depósito (qarâr) sólido y seguro (makîn), refiriéndose al útero materno.

         Ni siquiera nosotros guiamos los pasos de ese líquido. Fue Allah el que lo puso a buen resguardo, de lo contrario no hubiese sobrevivido: ilà qádarin ma‘lûm, por un tiempo determinado..., Allah fijó una medida (qádar) concreta (ma‘lûm) para las evoluciones de esa semilla hasta que se materializa en un ser humano que sale de su madre para llevar su propia vida aparentemente independiente, pero que en realidad siempre está sujeta a lo que Allah determina: fa-qaddarnâ, decretamos..., es decir, Nosotros (Allah) no dejamos de decretar (qáddara-yuqáddir, decretar, determinar). Allah es Qâdir, Determinante: fa-ní‘ma l-qâdirûn, ¡Excelentes Decretadores!... Esta es una expresión de admiración: Allah es ni‘ma, es excelente al fijar la medida de toda cosa, y es excelente y sobreabundante porque es Eficaz. Como ya hemos dicho, Allah emplea el plural mayestático cuando alude a la pluralidad de capacidades de su Ser.

         Estas reflexiones sobre el origen de cada ser humano son selladas por el mismo versículo con el que se puso punto y final a la parte en la que se nos habló de la muerte: wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!... Es decir, ¡ay (wáil) de aquellos que no quieren ver nada de lo dicho hasta aquí y siguen pavoneándose alejándose cada vez más de su propia Fuente! ¡ay de los que, con su actitud arrogante, con lo que hacen con sus vidas, dicen que es mentira (los mukadzdzibîn) todo lo anterior!, porque el Día de la Distinción (Yáum al-Fasl) estarán desarmados ante Allah, en el dolor, lejos de la Rahma, de la Misericordia sobre la que se sostiene la existencia.

         Tras mostrarnos en la muerte y en el origen de la vida los signos de nuestra insustancialidad, Allah dirige nuestras miradas al mundo que nos rodea: a lam náÿ‘ali l-árda kifâtan ahyâ:an wa amwâtan, ¿no hemos hecho de la tierra un lugar común para vivos y muertos?... Allah ha hecho (ÿá‘ala-yáÿ‘al, hacer algo con una finalidad) que la tierra (ard) sea kifât, un lugar en el que se reúnen muchas cosas, los ah (seres vivientes, plural de hayy) y los amwât (muertos, plural de máyit).

         En la tierra hay vida y muerte, y de cada extremo debemos aprender algo. Son signos que nos hablan de la Bondad y la Unicidad de quien da forma a cada cosa. Por su Misericordia somos, y por su Exclusividad desaparecemos. Su Exuberancia da vida a infinitas cosas, y su Fuerza las reduce a su Verdad.  Su Belleza nos adorna, y su Majestad nos empequeñece. La tierra es kifât, el lugar en el que se manifiestan todos esos elementos forjadores de nuestras realidades, y por ello hay vivos y muertos...

         Y la tierra es estructurada por sólidos pilares: wa ÿa‘alnâ fîhâ rawâsia shâmijât, ¿no hemos puesto en ella montañas colosales?... Nos habla Allah, la Verdad Absoluta, y nos dice que los huesos de la tierra son las montañas, llamadas aquí rawâsî, y que son shâmijât, colosales. Allah las ha puesto (ÿá‘ala-yáÿ‘al, colocar, hacer con una finalidad) para que sean los  puntales de nuestro mundo. Y son elevadas para que sus cimas penetren en el cielo y detengan a las nubes y las arremolinen, para que llueve sobre ellas y por sus laderas corra el agua que lleva vida a la tierra: wa asqainâkum mâ:an furâta, ¿no os hemos dado de beber un agua dulce?... El agua () llega así a los hombres, que la encuentran furât, dulce, fresca, cristalina.

         Es Allah quien nos está dando de beber (asqà-yusqî, dar de beber), porque todo, en última instancia nos viene de Él: Él ha creado la tierra, la ha apuntalado, y ha hecho, de las montañas, colosos que apresan nubes y las destilan. En nada de ello interviene el hombre, quien recibe el bien abundante del Misericordioso. Pero tendrá que enfrentarse también al Majestuoso. Allah es las dos cosas, y no sólo uno de los extremos, y es así porque Él es Uno, la Fuente de todo.

         A todo lo anterior se le llama Taqdîr, la Determinación de Allah, su Decisión Reguladora de la existencia, la Medida que impone a cada momento del ser. Nada está al margen del Taqdîr. Allah tiene Poder, Capacidad (Qudra), y Él es Qâdir, Determinante, Eficaz. Él es el origen de todo, y todo cumple una función en conformidad con el Taqdîr, en conformidad con lo que ha decidido el Poderoso, el Verdaderamente Poderoso, el Único Poderoso en el fondo de las cosas. Al conjunto (la Qudra -el Poder- y el Taqdîr -la Concreción del Poder-), se le llama Qádar, el Destino. El Destino es el trasfondo de la existencia, su entramado unitario. Todo es Qádar, materialización constante del Poder de Allah. El Qádar es su Presencia con la que rige cada instante.

         Pero el hombre, ante el espectáculo deslumbrante de la naturaleza, vuelve la espalda y la declara mentira: wáilun yáumaidzin lil-mukádzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!... Ay ese Día -el Día de la Distinción- de quienes hayan sido mukadzdzibîn! El mukádzdzib, el que dice que los signos de Allah son mentiras, el que no comprende lo que es el Qádar, aquél para el que las cosas no tienen significación, vive en medio de la existencia sin entender su alcance, aislado en sí, sujeto a su insustancialidad, expuesto a la arbitrariedad, trasformando su frialdad en perversión, y ese Día estará condenado a su propia desolación, que, en al-Âjira, en la desmesura de la Verdad, es Fuego.

         El Fuego (Nâr) es algo que también es considerado mentira por el mukádzdzib. No sabe que hay un Fuego que lo aguarda. Todo lo que ahora se revuelve en él, todo lo que lo quema por dentro, su arrogancia y su malestar, todo ello es signo del Fuego eterno hacia el que partirá definitivamente en la muerte.

 

29. intaliqû: ilà mâ kúntum bihî tukadzdzibûna

¡Partid hacia aquello que declarabais que era mentira!

30. ntaliqû: ilà zíllin dzî zalâzi shú‘abin

¡Partid hacia una sombra de tres ramas,

31. zalîlin wa lâ yugnî min al-láhab*

que ni da sombra ni protege de la llama!

32. innahâ tarmî bi-shárarin kal-qásri

Arroja chispas como alcázares,

33. ka-annahû ÿimâlâtun sufr*

como si fueran camellos pardos...

34. wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn*

¡Ay ese Día de los que dicen que es mentira!

35. hâdzâ yáumun lâ yantiqûna

Este es el Día en que no pronuncian palabra

36. wa lâ yûdzanu láhum fa-ya‘tadzirûn*

ni se les autoriza excusarse.

37. wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn*

¡Ay ese Día de los que dicen que es mentira!

38. hâdzâ yáumu l-fásli ÿama‘nâkum wa l-awwalîna

Este es el Día de la Separación en el que os reunimos junto a los primeros.

39. fa-in kâna lákum káidun fa-kîdûn*

¡Si tenéis alguna estratagema, tendedla!

40. wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn*

¡Ay ese Día de los que dicen que es mentira!

 

         El Final y la Resurrección son para el Ajuste de Cuentas (Hisâb) y la Retribución (Yaçâ). El Yáum al-Fasl, el Día de la Separación, también recibe los nombres de Yáum al-Hisâb y de Yáum al-Yaçâ. Al igual que ahora, en esta vida, cada cosa tiene su consecuencia y su fruto, la existencia misma tendrá su Retribución en la inmensidad de al-Âjira. La tumba es la puerta hacia ese resultado de nuestra vida. Por tanto, hay un peligro y sobre cada ser humano pende una amenaza (wa‘îd), el del Fuego. Los profetas han venido para advertirnos de aquello con lo que se nos amenaza en las honduras del ser.

         En la Resurrección, al acabar el Hisâb -el Ajuste de Cuentas-, a los que han declarado mentira el Fuego, se les dirá:  intaliqû: ilà mâ kúntum bihî tukadzdzibûn, ¡partid hacia aquello que declarabais que era mentira!... El Juicio -el Hisâb- será como estar encadenado, como ser presa de Allah, y, al acabar, al desmentidor se le ordenará partir (intálaqa-yántaliq), pero ¿hacia dónde? Hacia aquello que había declarado mentira (kádzdzaba-yukádzdzib, decir que algo es mentira). Y aquello que había negado es el Fuego. El mukádzdzib, el desmentidor del Fuego, es el que no ha tenido conciencia de que su vida tendrá su eco en la eternidad de al-Âjira. Y ahora, ante Allah, la tendrá ante sí, y será un Fuego aterrador: intaliqû: ilà zíllin dzî zalâzi shú‘ab, ¡partid hacia una sombra de tres ramas,... Con esto se nos describe ese Fuego (Nâr) sin mencionarlo. Se nos dice que es una Sombra (Zill). Se refiere a la temible Sombra que produce el humo que se desprende del Fuego, una Sombra de tres (zalâz) ramas (shú‘ab, plural de shu‘ba, ramificación, derivación). El Fuego tiene tres lenguas y cada una deellas produce una tenebrosa sombra...

         El Fuego Eterno (el Nâr) es la retribución (ÿaçâ) que corresponde al fuego que anida en el ser humano debido a tres sombras que le impiden ver. Esas tres sombras, según los sufíes, son la despreocupación (gafla), la frivolidad (hawà) y la belleza de las criaturas (husn al-kâinât). Son tres oscuridades proyectadas por un fuego: zalîlin wa lâ yugnî min al-láhab, que ni da sombra ni protege de la llama!... Ese Fuego produce una Sombra, pero no es una sombra fresca y reconfortante, no es zalîl, no da sombra realmente, porque esa sombra no protege (agnà-yugnî, proteger, evitar un mal) del dolor de la llama (láhab).

         El hombre se despreocupa, se entrega a sus frivolidades, se apega a las criaturas, cuya belleza lo hipnotiza, y cree estar a gusto, al fresco de una sombra, pero esa sombra es falsa, y tras ella hay un Fuego abrasador, y todo acaba siempre en frustración y tormento. Así pasa en la vida, que tiene su proyección en al-Âjira, pero en la desproporción de la Verdad.

         El Corán continúa describiendo ese Fuego destructor: innahâ tarmî bi-shárarin kal-qásr, arroja chispas como alcázares,... La violencia descomunal de esa amenaza (wa‘îd) que pende sobre la existencia de cada ser humano es sugerida de este modo: ese Fuego arroja (ramà-yarmî, lanzar) chispas (shárar) del tamaño de palacios (qasr), que se suceden ka-annahû ÿimâlâtun sufr, como si fueran camellos pardos... es decir, como una caravana de camellos (ÿimâlât) de color pardo (sufr). Esas chispas formidables son los signos de la Ira contenida en el Fuego. Son, en Allah, en la Verdad, el correlato -la retribución- de la frustración y la arrogancia de la naturaleza ígnea del ser humano. Los velos que ciegan al hombre, las tres ramificaciones a las que hemos aludido antes, amasan esas chispas que, desprendiéndose del hombre, queman lo que le rodea. Se nos está describiendo al tirano, aquel en el que impera el fuego de su ‘yo’, y al que aguarda el Fuego de Allah.

         La amenaza es sellada por el versículo que se repite al cabo de cada secuencia en esta sûra: wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!... Ya se lamentarán aquellos que dicen que es mentira la existencia de ese Fuego. Los quemará en la eternidad al igual que ahora lo hace en lo más profundo de sí mismos. Si no lo desmintieran, tendrían la oportunidad de corregirse, de apagar ese Fuego.

         Llegará el Día en que tengan que enfrentarse a lo que ahora dicen que es mentira: hâdzâ yáumun lâ yantiqûn, este es el Día en que no pronuncian palabra... El Corán pone en presente su amenaza: éste (hâdzâ) es ese Día (Yáum). En Allah no hay tiempo, y tampoco en su Palabra, en el Corán. Ya está sucediendo lo que se anuncia, y el hombre no se da cuenta. Es engañado por su mundo y dice (con su ser, con su posicionamiento en la vida, no sólo con sus palabras) que es verdad lo que es mentira y que es mentira lo que es verdad, y con ello hacer ser verdad a la mentira y hace ser falso lo verdadero (este es el significado auténtico del verbo kádzdzaba-yukádzdzib). Pues bien, su mundo desaparecerá y será actual el mundo de Allah, al-Âjira. Ahí, los hombres carecen de palabra (taqa-yántiq, pronunciar, hablar). Ante Allah simplemente estarán expuestos a lo infinito.

         Es el momento del Ajuste de Cuentas y la Retribución, el de la Consecuencia de la vida: ahí no hablan wa lâ yûdzanu láhum fa-ya‘tadzirûn, ni se les autoriza excusarse... Se trata del silencio en la Presencia. El hombre, el ego, enmudece ante Allah. Nadie es autorizado (údzina-yûdzan, ser autorizado) a hablar, por tanto, nadie podrá justificarse (i‘tádzara-yá‘tadzir). No es momento ni lugar para la mentira, para la palabra del hombre, sino para la Palabra de la Verdad, la de Allah: wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!... ¡Ay entonces de los que no han respondido a Allah en vida! Se han corrompido al no abrirse a su Señor, permaneciendo en su fuego hasta que lo tengan delante el Día en que no puedan hacer nada, porque estarán muertos, pasivos a merced de su Señor Verdadero...

         El Yáum al-Fasl, el Día de la Separación, cuando quede atrás lo falso y se destaque la Verdad que está en las esencias, es el Día para el que cada ser humano ha sido creado: hâdzâ yáumu l-fásli ÿama‘nâkum wa l-awwalîn, este es el Día de la Separación en el que os reunimos junto a los primeros... Allah reunirá (ÿáma‘a-yaÿma‘) a humanidad entera, a la generación presente así como a sus antepasados (los awwalîn, los primeros). Los unirá y los separará, los congregará a todos y a cada uno dará su destino en al-Âjira.

         El Día de la Separación será cuando la Verdad se imponga de forma evidente, sin que ninguna confusión la vele, y el hombre descubrirá con todo su ser que su mundo era falso, que había vivido en una quimera. Descubrirá, fundamentalmente, que no tiene poder, que el Poder es de Allah. Cuando no pueda ni tan siquiera hablar y excusarse sentirá lo que es, sentirá su profunda sujeción a Quien le hace ser: fa-in kâna lákum káidun fa-kîdûn, ¡si tenéis alguna estratagema, tendedla!... Estas palabras son la expresión de un hiriente desafío que nos viene de lo más hondo. ¿Tenemos alguna argucia (káid) que nos libre de Allah, de la Verdad que nos hace ser? No. ¿Cómo habríamos de tender alguna de nuestras trampas (kâda-yakîd) ante Él el Día en que se nos muestre? La conclusión sólo puede ser el versículo con el que acabe esta y todas las secuencias en este capítulo del Corán: wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!...

 

41. ínna l-muttaqîna fî zilâlin wa ‘uyûnin

Ciertamente, los sobrecogidos están entre sombras y fuentes

42. wa fawâkiha mimmâ yashtahûn*

y frutas que deseen:

43. kulû wa shrabû* hanî:an bimâ kúntum ta‘malûn*

“¡Comed y bebed! ¡Enhorabuena por lo que habéis hecho!”

44. innâ kadzâlika naÿçî l-muhsinîn*

Así retribuímos a los excelentes.

45. wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn*

¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!

46. kulû wa tamátta‘û qalîlan ínnakum muÿrimûn*

“¡Comed y disfrutad un poco! Sois criminales...

47. wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn*

¡ay ese Día de los que dicen que es mentira

48. wa idzâ qîla láhumu rka‘û lâ yarka‘ûn*

Cuando se les dice: “¡Inclinaos!”, no se inclinan.

49. wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn*

¡ay ese Día de los que dicen que es mentira

50. fa-biáyi hadîzin ba‘dahû yûminûn*

¿A qué palabras, después de estas, se abrirán?

 

         ¿Qué puede trastocar lo dicho hasta aquí? ¿Cómo el Takdzîb (el desmentido esencial) puede convertirse en su opuesto, el Tasdîq, la afirmación de la verdad? ¿Cómo el mukádzdzib, el desmentidor, pasaría a ser musáddiq, confirmador de Allah? A la virtud que opera esa profunda trasformación se la llama Taqwà, sobrecogimiento, conciencia de Allah. Los muttaqîn son aquellos en quienes no ha muerto el Recuerdo de Allah. Son los que tienen memoria de su Señor, y sus corazones responden a la Inmensidad con la emoción que corresponde a esa certeza: Taqwà, el sobrecogimiento que los hace sensatos y prudentes, un miedo que los activa y los empuja hacia Allah.

         Reflexionar, ahondar, mirar,... todo esto estimula una luz que hay en el corazón y a la que llamamos Taqwà. El que se inquieta al oír el Corán -la Voz de Allah-, está a punto de que brote esa luz que lo emancipe del destino del común de los hombres. Se libera así del Fuego: ínna l-muttaqîna fî zilâlin wa ‘uyûn, ciertamente, los sobrecogidos están entre sombras y fuentes... Aquellos en los que fructifica esa virtud, los muttaqîn, los que se sobrecogen cuando recuerdan a Allah, estarán (y ya están) entre sombras (zilâl, plural de zill, sombra) verdaderas y beben de fuentes (‘uyûn, plural de ‘áin, manantial) frescas, wa fawâkiha mimmâ yashtahûn, y frutas que deseen... y recogen los frutos (fawâkih, plural de fâkiha, fruta) que se les apetece (ishtahà-yashtahî, desear, apetecer).

         El Jardín que aguarda a los muttaqîn es ÿanna, un frondoso vergel. Es el correlato -la retribución (ÿaçâ)- de su exuberancia interior: kulû wa shrabû, “¡Comed y bebed!”... Allah les dirigirá en ese Paraíso un imperativo distinto a su sentencia contra los mukádzdzibîn: ¡Comed! (ákala-yâkul, comer) y ¡Bebed! (sháriba-yáshrab), es decir, disfrutad de mi Rahma, de mi Misericordia y Exuberancia, a resguardo de mi Ira, hacedlo en paz y con satisfacción, hanî:an bimâ kúntum ta‘malûn, ¡enhorabuena por lo que habéis hecho!... La expresión hanían quiere decir ¡enhorabuena! o bien indica el modo: en paz.  Allah permite a los muttaqîn gozar, con entera libertad, de su bondad la cual han liberado con sus acciones. Ellos han actuado (‘ámila-yá‘mal) de modo recto, sacando de sí lo mejor, y están en la Excelencia (el Ihsân), en contraposición con los desmentidores, los que han invertido la realidad: innâ kadzâlika naÿçî l-muhsinîn, así retribuimos a los excelentes... Es así (kadzâlika), con vergeles frondosos, con lo que Allah retribuye (ÿaçà-yaÿçî) a los excelentes, los muhsinîn. Los muttaqîn son muhsinîn, los sobrecogidos interiormente se manifiestan exteriormente actuando en conformidad con la Excelencia, el Ihsân. La virtud a la que llamamos Taqwà, se materializa adoptando la forma de Ihsân.

         El término Taqwà significa temor reverencial, sobrecogimiento, y también precaución, atención. Ambas significaciones están estrechamente conectadas: quien conoce realmente a Allah, quien sabe lo que significa la palabra Allah, quien presiente la Inmensidad contenida en ese Nombre, quien palpa la Presencia de la Verdad, es arrebatado por una emoción de sobrecogimiento. Pero ese pánico no es negativo, es un motor que lo hace atento. Y quien es atento a Allah vuelve la espalda a la mentira. Para los sufíes, Taqwà es abstenerse de todo lo que no sea Allah. Quien alimenta en sí esa intuición que lo orienta hacia la Exuberancia Creadora es amparado por la Sombra de la Proximidad de su Señor y su Fuego es apagado por el frescor del agua de la Rendición Incondicionada a la Verdad, fluyendo con el Destino en lugar de oponer su ego y su interés. Beben lo mejor de la existencia, y encuentran en ella lo más noble. Gozan de un Fruto Supremo, que consiste en ver a Allah, que los envuelve satisfaciendo todo su ser, agigantando hasta el infinito su existencia, colmando todos sus anhelos. Comen y beben de lo que Allah constantemente ofrece, y lo hacen en paz con la Verdad. Sus vidas son jardín, y será Jardín Eterno en la muerte y la resurrección: wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!... ¡Ay (wáil) de los que dicen que es mentira el Jardín, porque no podrán desearlo! El miedo al Fuego y el anhelo por el Jardín podrían haberlos arrancado de su inercia y alzarlos a la Fronda Suprema...

         Allah, dirigiéndose a los mukadzdzibîn, a los desmentidores, que disfrutan ahora del favor de Allah, pero a los que aguarda su Ira, les dice: kulû wa tamátta‘û qalîlan ínnakum muÿrimûn, “¡comed y disfrutad un poco! Sois criminales... Los que niegan a Allah y todo lo que implica Allah comen (ákala-yâkul) y disfrutan (tamátta‘a-yatamátta‘) de sus dones actuales, pero son bienes para un tiempo limitado. ¡Comed y disfrutad un poco (qalîl)! El tiempo entero es poca cosa en Allah. Lo grande es al-Âjira. ¡Comed y bebed y disfrutad corrompiéndoos y destruyendo: sois criminales (muÿrimîn)! Habéis convertido los dones de Allah -que podrían ser sombra y manantiales para vosotros- en fuego, humo y chispas de maldad.

         La existencia no los ha sobrecogido, han desatendido los anuncios infinitos, y se han hundido en su aislamiento: wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!... ¡Ay de los que no han empleado lo que Allah les ofrece para alzarse hasta Él!

         Para alzarse hasta Allah hay que inclinarse ante Él. No hay otra senda. Inclinarse ante Allah significa doblegar el ego para que el espíritu se emancipe: wa idzâ qîla láhumu rka‘û lâ yarka‘ûn, cuando se les dice: “¡inclinaos!”, no se inclinan... Hasta ellos han llegado los vientos, el espíritu, los profetas, para decirles que se inclinen (ráka‘a-yárka‘) ante Allah, y no lo han hecho, se les ha dicho (qîla-yuqâl, ser dicho) de mil maneras distintas, y han vuelto la espalda. No han querido reconocer que el único modo de escapar al Fuego es sumergiéndose en el Agua de Allah: wáilun yaumáidzin lil-mukadzdzibîn, ¡ay ese Día de los que dicen que es mentira!... ¡Ay de los que han ignorado esa Vía y se han mantenido en su mentira!

         Tras todo lo expuesto, ¿qué queda por decir? Si lo anterior no ha bastado para el que tiene corazón, ¿qué otras palabras lo activarán?: fa-biáyi hadîzin ba‘dahû yûminûn, ¿a qué palabras, después de estas, se abrirán?... El Corán es un hadîz, es un relato suficiente, palabras de Allah dirigidas a los más íntimo de cada ser. Si los desmentidores no se abren (âmana-yûmin) a lo que Allah les dice, ¿qué otro relato los conmocionará? Quien no se inclina ante el Corán, quien no se le rinde, no tiene ningún camino hacia su Señor. Si a alguien no le basta Allah, ¿que podrá conducirlo hasta la Rahma?

         En este último versículo de la sûra, que tiene un tono retador innegable, hay una luz sorprendente. Quien sinceramente medita con la radicalidad que se le exige, llegará a conclusiones tremendas. El Islam, el Corán, el Profeta,... no son un juego. Son realidades apabullantes que se afirman a sí mismas con la fuerza de lo esencial. Ante esto no caben devaneos. La autenticidad del Corán está en su fuerza, en la urgencia con la que demanda una respuesta. Es Allah quien habla en el Corán, y no hace concesiones. No pretende convencer sino que algo estalle en el corazón y sirva al hombre de guía hacia la Verdad.

         Cada palabra del Corán es una enviada. Son vientos anunciadores capaces de desatar un huracán. Son palabras que exigen al hombre inclinarse ante Allah, someterse a lo que lo hace ser y reconocer a su Señor Verdadero. Al igual que los vientos, los ángeles, el espíritu de la vida, el Profeta,... cada palabra del Corán se impone por sí misma. Al igual que Allah, arrasa con la firmeza de su naturaleza creadora y el poder de su imperio. Después de la Palabra de Allah ¿qué podría ser atendido por el hombre? Nada, solo queda Fuego.