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Title: CAPÍTULO 76  •  Size: 132773  •  Last Modified: Thu, 16 May 2002 11:34:27 GMT

CAPÍTULO 76: EL SER HUMANO  

SÛRAT AL-INSÂN

revelada en Medina, 31 versículos

índice

 

 

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm.

1. hal atâ ‘alà l-insâni hînun min d-dáhri lam yákun shái:an madzkûra*

¿Acaso trascurrió para el ser humano un espacio de tiempo en el que no fue algo mencionado?

2. innâ jalaqnâ l-insâna min nútfatin amshâÿin nabtalîhi fa-ÿa‘alnâhu samî‘an basîra*

Hemos creado al ser humano a partir de una gota de mezclas; lo pusimos ha prueba y lo hicimos oyente y vidente.

3. innâ hadainâhu s-sabîla immâ shâkiran wa immâ kafûra*

Le conducimos por el camino, o bien agradecido, o bien desagradecido.

4. innâ a‘tadnâ lil-kâfirîna salâsilan wa aglâlan wa sa‘îra*

Hemos preparado para los desagradecidos cadenas, argollas y un fuego ardiente...

 

         Así comienza Sûrat al-Insân, el Capítulo del Ser Humano, de treinta y un versículos, que, según algunos relatos, fue revelado en Medina, después de la Hégira, y así lo hemos puesto en el encabezamiento; pero otras tradiciones sitúan su descenso (nuçûl) en la ciudad de Meca, en los comienzos del Islam.

         Según Sayyid Qutb, es más probable que esta sûra fuera dictada al Profeta en Meca, porque su estilo coincide plenamente con el de los primeros textos del Corán. Es más, considera que debe ser de los capítulos más antiguos. No sólo su estilo sino también los temas de los que se ocupa invitan a tener en cuenta la opinión de Sayyid: esta sûra es un llamamiento a cobijarse en Allah, a buscar satisfacerle, obedecerle, recordar sus dones, sentir su favor, apartarse de su castigo y despertar hacia Él, todo ello en medio de menciones a los orígenes de las criaturas y a la preeminencia de Allah, que justifican que sea ésa la actitud que debe adoptar el ser humano (el insân), coincidiendo con la existencia.

         Los primeros versículos de esta sûra son un recordatorio (tadzkîr) que nos habla de la formación (násh-a) del género humano y de cada persona en particular, dejando claro que en esa formación hay Medida y Decisión (Taqdîr), es decir, que es resultado de un Querer y de una Voluntad. La razón de la existencia, su sentido, es el Ibtilâ, la Puesta a Prueba. Cada criatura debe responder a un desafío y su respuesta determina su situación en la existencia. El Ibtilâ, la Puesta a Prueba, el Reto, es constante; comenzó en el instante mismo de la creación y después en cada nueva concepción, pero el que nos atañe como seres conscientes tiene su raíz en la Revelación, y su resultado (‘âqiba), su fruto último, es la sobredimensión del ser en la eternidad de al-Âjira, el Universo de Allah, que sigue a la muerte, nuevo parto del ser humano que lo sitúa en el contexto de la Verdad Absoluta de su Creador. En todo, en esta vida (Duniâ) y en la que nos aguarda (Âjira), hay Taqdîr de Allah, Medida y Decisión, y hay Tadbîr, constante Gestión, por los que Allah merece el Nombre de Rabb al-‘Âlamîn, el Señor de los Mundos.

         El ser humano (el insân) -que es califa (jalîfa), criatura soberana, pues el Corán emplea el término insân para aludir a la dignidad del hombre- no puede pasar de largo ante estas realidades que estructuran su existencia, y no puede hacerlo porque en él hay algo especial, la capacidad para percibir (el idrâk): es lo que hay en él de espiritual, lo que lo hace ser oyente y vidente. Lo simplemente material, lo terrestre, es mudo, sordo y ciego, pero el ser humano contiene un espíritu (h), en él hay la presencia de algo insondable, que lo alza por encima de la naturaleza y que lo prepara para triunfar en el gran reto (el Ibtilâ). Ha sido creado para ser puesto a prueba en innumerables ocasiones, y su respuesta positiva a esos desafíos lo abre a la vida. Ahora la Revelación le propone un nuevo reto, un Ibtilâ que lo conduce a al-Âjira.

         El Islam es Da‘wa, una Invitación dirigida al ser humano, un Llamamiento al que, de un modo u otro, responde y su respuesta es el signo de su situación en el mundo y señal de su destino. La sûra empieza con una pregunta que nos pone de repente delante de una gran cuestión: ¿dónde estaba el hombre antes de existir? hal atâ ‘alà l-insâni hînun min d-dáhri lam yákun shái:an madzkûra, ¿acaso trascurrió para el ser humano un espacio de tiempo en el que no fue algo mencionado?... Es una pregunta, pero en realidad es una afirmación tajante: efectivamente, hubo un tiempo en que el ser humano fue algo no mencionado, es decir, algo inexistente. No era, pero pasó a ser. ¿Qué lo hizo ser? ¿Qué lo sacó de la nada? ¿Qué lo arrancó del anonimato de la no-existencia?

         En realidad, la pregunta no puede ser ¿qué?, sino ¿quién?, porque en nuestra preguntas estamos declarando una fuerza, una decisión, una voluntad creadora, que no pueden pertenecer a un concepto abstracto y neutro, a una idea inconcreta, a algo sin vida ni entendimiento, y por tanto sin eficacia, sino que son la actuación de alguien. El azar no existe, es impensable; la naturaleza y sus leyes son un producto, no son protagonistas en la esencia de las cosas. Ese Alguien indescifrable y poderoso que está en todos los orígenes es a quien llamamos Allah. Pero el versículo (aya) merece un análisis más pormenorizado.

         Como hemos dicho, es una interrogación (istifhâm), pero en realidad es una afirmación tajante (taqrîr), y es porque la respuesta sólo puede ser una confirmación, y por tanto el Corán ni la cita, la da por supuesta en la pregunta misma: sí, efectivamente, sin duda alguna, hubo un espacio de tiempo (hîn min ad-dahr) en el que el ser humano (insân) fue algo no mencionado (algo no madzkûr), es decir, inexistente. Al igual que cada uno de nosotros ha sido precedido por un tiempo en el que no existía, la humanidad entera apareció en un momento dado.

         En realidad, el Corán quiere que nos hagamos esa pregunta que formula al comienzo de esta sûra para atraer nuestra atención e inquietarnos: ¿es que no sabemos que trascurrió (atà-yâtî) para el ser humano (‘alà l-insân) un espacio de tiempo (hîn min ad-dahr) en el que éramos algo (shai) no madzkûr, no mencionado? Hemos surgido en el tiempo: ¿Quién nos ha puesto en él? ¿Quién nos ha mencionado haciéndonos ser? ¿Quién se ha dirigido a nosotros y nos ha hecho despertar de la nada? Somos el resultado de una decisión: ¿a quién pertenece? Y también, ¿qué somos en el fondo sino algo a merced de Allah?

         Allah mencionó (dzákara-yádzkur) al ser humano, se dirigió a él, y éste pasó a existir. Somos -la humanidad entera y cada uno de nosotros- una Mención de Allah (el Dzikr de Allah), el objeto de un Discurso (Jitâb). Con ello se ha entablado una Conversación Confidencial (Munâÿâ) en lo más íntimo, y en el caso del ser humano y debido a su naturaleza excepcional ese Discurso es un Taklîf, la imposición de una responsabilidad. El Corán no emplea el término técnico mawÿûd para decir existente. Utiliza como sinónimo una palabra infinitamente más sugerente: madzkûr, mencionado, recordado. Y en esa palabra hay contenidos secretos que hacen ser al hombre lo que es en concreto.

         Este poderoso versículo, difícil de verter al castellano pero que en árabe es perfecto y amplio, y ha sugerido muchas cosas a los comentaristas, y es porque nos invita a imaginar el universo antes de la existencia del ser humano, el instante en el que el hombre vino al ser, la Voluntad que lo quiso y el Poder que lo extrajo de la nada,... Pero sobre todo el versículo deja en ridículo a la soberbia humana. La arrogancia del hombre es patética: el hombre que se pavonea por lo que cree ser resulta que es prescindible, el universo no depende de él, ni tan siquiera él mismo depende de sí, sino de la Voluntad y el Poder que lo han forjado y que lo recrean en cada instante, porque en sí el hombre es nada, pura necesidad de que lo hagan ser, pura necesidad de ser mencionado por su Señor.

         El hombre, el insân, fue creado a partir de la nada, pero también su reproducción y su permanencia son gobernadas por la ley que Allah ha instaurado: innâ jalaqnâ l-insâna min nútfatin amshâÿin nabtalîhi fa-ÿa‘alnâhu samî‘an basîra, hemos creado al ser humano a partir de una gota de mezclas; lo pusimos ha prueba y lo hicimos oyente y vidente... Es Allah -que habla aquí en plural mayestático, Nos- quien crea (jálaqa-yájluq) al ser humano, y lo hace con una gota minúscula (nutfa) que en realidad es un compuesto, una mezcla (amshâÿ) de espermatozoide y óvulo, o de genes.

         Esa es la materia prima del ser humano, su semilla, tan humilde como la nada que está en los comienzos absolutos. Allah realiza esa conjunción, y la pone a prueba (ibtalà-yabtalî), pone al embrión ante retos formidables, lo obliga a superar trabas gigantescas antes de convertirse en un feto.

         Al principio, el ser humano es pura materia, naturaleza en pugna. Pero finalmente Allah lo hace ser (ÿá‘ala-yáÿ‘al) una criatura que oye (samî‘, oyente) y que ve (basîr, vidente), lo dota de percepciones, lo saca de la indeterminación de sus primeros momentos, lo singulariza, lo convierte en un hombre con conciencia de sí mismo... Comienza así el ser humano (el insân), la cumbre de la creación, el califa, el ser soberano, que alcanza el conocimiento, y desarrolla, gracias a Allah, conciencia de sí y sentido de la responsabilidad.

         Estamos ya ante el ser humano tal como lo conocemos. Pero su evolución no ha acabado. A esa criatura única, Allah se le revela: innâ hadainâhu s-sabîla immâ shâkiran wa immâ kafûra, le conducimos por el camino, o bien agradecido, o bien desagradecido... Allah guía al ser humano (hadà-yahdî), es decir, se le revela y le muestra el camino (sabîl), y el hombre responde con gratitud (siendo shâkir, agradecido) o con ingratitud (siendo kafûr, intensivo de kâfir, ingrato). Se dice de alguien que es agradecido para con Allah cuando los dones de los que es objeto no le impiden reconocer al Donador, y se le llama ingrato cuando disfruta de los dones y fija en ellos toda su atención y descuida al Donador: los dones lo han hipnotizado, y esto es lo que sucede a la mayoría de los hombres (los dones -la existencia, la subsistencia, el placer- atraen toda su atención y no tiene en cuenta a Allah, y los dones acaban haciéndolo avaro, ávido de más, lo preocupan, lo agotan, lo destruyen).

         El hombre oye y ve, y Allah se le muestra. El ser humano es naturaleza y espíritu, y puede a su vez recordar a Allah, rememorarlo, instalarlo en su vida, hacerlo existir para él. La gratitud (el Shukr) es el primer paso, es el reconocimiento de quien se da cuenta de que todo lo que tiene le ha sido dado, y ahí está el principio de un despertar que desemboca en la Evocación (Dzikr), y el hombre se asoma a lo indecible, comenzando para él al-Âjira, el Universo de Allah. Su contrario, el Kufr, la ingratitud, es incapacidad para avanzar hacia la culminación de la existencia, es detenerse y morir en el dolor de lo que se queda a medias.

         Allah puso a prueba a la gota minúscula de mezcla (nutfa amshâÿ), y de ella hizo algo que oye y ve. Ahora vuelve a poner a prueba al ser humano para hacer de él algo más grande, para hacerle percibir deleites inmensos como se explicará en el próximo texto, pero antes de pasar a él sugiere el destino de aquellos que fracasan ante la prueba, los ingratos que no responden a Allah: innâ a‘tadnâ lil-kâfirîna salâsilan wa aglâlan wa sa‘îra, hemos preparado para los desagradecidos cadenas, argollas y un fuego ardiente...

         Los kâfirîn, los ingratos, los negadores de Allah, los que rechazan su guía (hudà), están destinados al Fuego. No han superado el Ibtilâ, la puesta a prueba, y han elegido el Kufr, la ingratitud ciega que no les ha permitido crecer. Allah ha preparado (i‘tâda-ya‘tâd) para ellos, para los farsantes, terribles cadenas (salâsil) con las que serán atados, argollas (aglâl) que los sujetarán por el cuello, y un  ardiente infierno (el Sa‘îr). Los sufíes dicen que las cadenas que atan a los kâfirîn durante esta vida son las ocupaciones que entretienen al común de los hombres y las argollas son los apegos que les impiden alzar el vuelo. Sus frivolidades y pasiones viles privan al espíritu de la eternidad en la Fuente de la Misericordia, y desatan en ellos un infierno de frustraciones y privaciones. Y todo esto, que son sufrimientos interiores en la tierra, se materializará tras la muerte en la inmensidad de al-Âjira. El Sa‘îr, el Infierno, será entonces el dolor abrasante de la ausencia de Misericordia.

         Antes de continuar, debemos matizar el sentido del término Ibtilâ, la Prueba. Este término alude a la existencia como constante tensión que remueve al hombre para hacerle cumplir su destino. El Ibtilâ es el padecimiento que estrecha un instante para  que sea el principio de otra cosa. Podría ser traducido por desgracia, calamidad, el fin de algo para abrir una nueva puerta. Allah pone a prueba la sinceridad del ser humano. Hay varias palabras en árabe que significan sinceridad, pero la más poderosa es Ijlâs. Ijlâs es sinceridad desinteresada, auténtico desapego, pureza absoluta en la intención y en la acción. Es un acto de liberación (jalâs). Quien supera esa prueba accede a un mundo trasparente, descontaminado, en el que las cosas no ocultan a Allah sino que son su signo y presencia de su riqueza. Con el Ijlâs, el hombre disfruta de la existencia en su raíz, en la eternidad que está en su fundamento. El Ijlâs es la victoria del espíritu sobre la pesadez de la gota de mezclas, es la hegemonía de la capacidad del hombre para percibir. Por eso, el Corán nos introduce a continuación en una poderosa visión.

 

5. ínna l-abrâra yashrabûna min ká-sin kâna miçâÿuhâ kâfûran

Los justos beben de una copa de una mezcla de alcanfor,

6. ‘áinan yáshrabu bihâ ‘ibâdu llâhi yufaÿÿirûnahâ tafÿîra*

de una fuente de la que beben los siervos de Allah haciéndola manar esplendorosamente.

7. yûfûna bin-nádzri wa yajâfûna yáuman kâna sharruhû mustatîra*

Ellos cumplen sus votos y temen un Día cuyo mal se desata.

8. wa yut‘imûna t-ta‘âma ‘alà hubbihî miskînan wa yatîman wa asîran

Dan comida -aunque la aman- al pobre, al huérfano y al cautivo:

9. innamâ nút‘imukum li-wáÿhi llâh*

“Sólo os alimentamos por la Faz de Allah,

lâ nurîdu mínkum ÿaçâ:an wa lâ shukûra*

y no queremos de vosotros ni retribución ni gratitud.

10. innâ najâfu min rabbinâ yáuman ‘abûsan qamtarîra*

Nosotros tememos de nuestro Señor un Día ceñudo y tenebroso”

11. fa-waqâhumu llâhu shárra dzâlika l-yáumi wa laqqâhum nádratan wa surûra*

Allah los ha protegido del mal de ese Día y les ha hecho encontrar resplandor y alegría,

12. wa ÿaçâhum bimâ sabarû ÿánnatan wa harîran

y les ha pagado por la paciencia que han tenido con un jardín y seda,

13. muttaki:îna fîhâ ‘alà l-arâ:iki lâ yaráuna fîhâ shámsan wa lâ çamharîran

Estarán recostados ahí sobre lechos y no verán ni sol ni helada.

14. wa dâniatan ‘aláihim zilâluhâ wa dzúllilat qutûfuhâ tadzlîla*

Sus sombras se acercan a ellos y sus frutos se les presentan sumisos.

15. wa yutâfu ‘aláihim bi-â:niatin min fíddatin wa akwâbin kânat qawârîra*

Se circula entre ellos con vasijas de plata y copas que son de cristal,

16. qawârîran min fíddatin qaddarûhâ taqdîra*

cristal de plata, cuyas medidas han sido precisadas.

17. wa yusqáuna fîhâ ká-san kâna miçâÿuhâ çanÿabîlan

Se les da de beber ahí de una copa cuya mezcla a base de gengibre.

18. ‘áinan fîhâ tusammà salsabîla*

Ahí hay una fuente que se llama Salsabîl.

19. yatûfu ‘aláihim wildânun mujalladûna idzâ raáitahum hasibtahum lú-lu-an manzûra*

Circulan entre ellos adolescentes eternos. Al verlos crees que son perlas esparcidas.

20. wa idzâ raáita zámma raáita na‘îman wa múlkan kabîran

Cuando miras ahí ves deleite y un gran reino.

21. ‘aláihim ziyâbu súndusin júdrin wa ístabraq*

(Sus moradores) llevan vestidos de raso verde  y brocado,

wa hullû: asâwira min fidda*

adornados con brazaletes de plata.

wa saqâhum rábbuhum sharâban tahûra*

Su Señor les ha dado de beber un licor puro:

22. ínna hâdzâ kâna lákum ÿaçâ:an wa kâna sá‘yukum mashkûra*

“Esto es para vosotros como retribución. Vuestro esfuerzo ha sido agradecido”.

 

         El Corán llama al hombre insân, ser humano, para, como se ha dicho, resaltar su alta dignidad (karâma). El insân es jalîfa, califa, soberano... Y la creación es un jardín en el que ha sido alojado el hombre, como anuncio de lo que es capaz Allah. La Rahma, la Misericordia Creadora, está estrechamente vinculada a la noción de Yanna, el Jardín. La vida es Ibtilâ, una puesta a prueba, un sacar lo que hay en el hombre para construir con ello un Jardín definitivo o un Infierno en las inmensidades de al-Âjira, lo que viene después de la muerte, segundo parto que desemboca en las eternidades desproporcionadas de la Misericordia o de la Ira de Allah si el hombre ha pervertido aquello que le ha sido dado.

         El Corán nos ha hablado de las cadenas, argollas y fuego que aguardan a los kâfirîn, y que en este mundo son los apegos y sufrimientos de los ignorantes. Ahora nos habla de los placeres, el Na‘îm o Deleite que espera a los abrâr, los justos, los ‘ibâd Allâh, los siervos de Allah. Todo ello, ahí, en al-Âjira, es ÿaçâ, retribución, es decir, la consecuencia en lo eterno de los instantes del hombre. Son el correlato de lo que es el hombre y de cuanto le rodea, y por eso el Corán hace su narración en presente, aludiendo tanto a un futuro como al entramado actual de ese destino. Es posible leer este pasaje en ambas claves para descifrar el presente y conocer su paralelo en el mundo del espíritu. Y ese mundo del espíritu es tan material como el que conocemos ahora. Tanto el Jardín como el Fuego son físicos. No se trata de metáforas.

         Lo dicho en último lugar es de extrema importancia. Mucha gente preferiría que las imágenes que el Corán describe tuvieran meramente un sentido alegórico, como si así pudiera ser más creible. Pero los musulmanes saben que no se trata de eso. Esas imágenes son verdad (haqq). ¿Que ello nos resulta difícil de entender? ¿Por qué? El Corán es fácil de entender, pero oponemos obstáculos basados en razonamientos ridículos. Nada podemos saber sobre lo que hay en la muerte. Nada sabemos de la zona interior de la existencia. Allah nos informa, eso es todo. Nos corresponde recoger esas enseñanzas y profundizar en ellas, pero no forzarlas a decir lo que nos resulte digerible. Hay en las expresiones coránicas un gran reto, que nos invita en primer lugar a superar la dicotomía tan del gusto occidental de espíritu y materia. En el Islam no existe esa ruptura, y el Jardín y el Fuego son necesariamente físicos porque la Verdad no tiene una sola dimensión, sino que es la reunificación de todos los aspectos. Lo espiritual y lo material se complementan y se simultanean. Y en segundo lugar, nos enseña que lo espiritual aquí es material ahí, en al-Âjira.

         Realicemos, pues, la doble lectura que integra materia y espíritu, futuro y presente, en el Corán. El Corán nos habla ahora de los abrâr, palabra que hemos traducido -de modo muy insuficiente- por justos (plural de bârr, justo). El bârr es la persona que cumple estrictamente con todas sus obligaciones tanto esprituales como materiales haciendo que el Ijlâs, la Sinceridad, el Desinterés, la ruptura con el egoísmo, presida sus actos: ínna l-abrâra yashrabûna min ká-sin kâna miçâÿuhâ kâfûra, los justos beben de una copa de una mezcla de alcanfor... En al-Âjira, los abrâr beben y beberán tras la muerte aún con mayor intensidad (sháriba-yáshrab, beber) de un licor contenido en una copa (kâ-s) que es una mezcla (miçâÿ) de vino y alcanfor (kâfûr). Los árabes preislámicos solían mezclar el vino con alcanfor o gengibre para densificar su sabor y hacer más intenso el deleite.

         El Islam prohibe tajantemente el consumo de vino. Los abrâr, por tanto, no beben ningún tipo de alcohol. No se trata de nada de eso, pero los sufíes enseñan que el vino tiene un significado espiritual, que es el amor a Allah, que embriaga los sentidos. Ese vino espiritual es el que los abrâr consumen en este mundo y que se materializará en al-Âjira, densificando su sabor. Beben aquí de lo que los colma de Allah y ahí lo beberán como licor, produciéndose el mismo efecto pero en la infinitud de al-Âjira. Aquí, en el mundo de la materia, los abrâr han optado por el espíritu para equilibrar el predominio de lo físico, y en al-Âjira gozarán de un vino material, para darle cuerpo a la intensidad de sus vivencias espirituales. Aquí no beben el vino del mundo, sino el del espíritu, y ahí beberán el vino que los haga disfrutar sensualmente de su espíritu. Han renunciado aquí al mundo, no se han dejado embriagar por él y ello para ganar el deleite de al-Âjira, en el que resultará que han conquistado el espíritu y el mundo.

         Se nos dice en la Tradición musulmana que no hay palabras para describir ese Vino del Jardín, y también que no causa malestar alguno. Es distinto del vino del mundo. El vino del mundo -es decir, amar el mundo y dejarse hipnotizar por él- causa apego a lo ilusorio y, por tanto, frustración. Quien ama a Allah bebe de un licor placentero que dura eternamente. Los abrâr beben esclusivamente del Vino de Allah, y lo mezclan con alcanfor para intensificar su sabor, y el alcanfor es la enseñanza muhammadiana, la Vía, el Islam. La copa (ka-s) que lo contiene todo es  la Revelación.

         Esa mezcla (miçâÿ) de Vino y Alcanfor proviene de una fuente extraordinaria: ‘áinan yáshrabu bihâ ‘ibâdu llâhi yufaÿÿirûnahâ tafÿîra, de una fuente de la que beben los siervos de Allah haciéndola manar esplendorosamente... A los abrâr se les llama aquí ‘ibâd Allâh, siervos de Allah (plural de ‘abd Allâh), y esta denominación sugiere ante todo su proximidad a Allah, su familiaridad con Él: son los que se han acercado a Allah, a la Fuente, entregándose a su Voluntad. Los sufíes llaman a esa Fuente Yaqîn, Certeza, que es el río de aguas claras y puras. Ellos, bebiendo de esas aguas, amando a Allah, hacen manar (fáÿÿara-yufáÿÿir) ese manantial (‘áin), que brota entonces esplendorosamente (matiz añadido por el complemento tafÿîran). Es así como el Islam se ha engrandecido.

         Allah ha respondido a la inquietud de los hombres. Los abrâr, los de corazón limpio y acciones rectas, los ‘ibâd Allâh, los siervos de Allah, los cercanos a Él, los que se han identificado con su Voluntad, han hecho brotar a Allah, que se ha manifestado como la Fuente de un río caudaloso ofreciéndose a ser bebido por los seres humanos, que han saciado en Él su deseo y han sobredimensionado su ser hasta alcanzar el rango de califas. Y en el Jardín, esa Fuente es un río de Vino y Alcanfor...

         Pero los términos abrâr y ‘ibâd Allâh son excesivamente vagos. El Corán nos los describe más concretamente a continuación: yûfûna bin-nádzri wa yajâfûna yáuman kâna sharruhû mustatîra, ellos cumplen sus votos y temen un Día cuyo mal se desata... Nos dice de ellos que cumplen (awfà-yûfî) la palabra dada (el nadzr, el voto). Son honestos y fieles, leales a sus promesas. Han combatido su egoísmo hasta alcanzar el rango del Ijlâs, la sinceridad desinteresada, la pureza de corazón más absoluta.

         El verbo awfà-yûfî significa realmente llevar a su cumplimiento. Los justos y los siervos de Allah son los que coronan todos sus esfuerzos con la virtud del Ijlâs, la Sinceridad más absoluta, la que alcanza el estado de pureza, la que hace del ser humano una criatura reunificada, sin dispersión alguna. Pero ese éxito no los hace arrogantes -no debe confundirse la virtud a la que el Islam nos convoca con la caridad salvadora, sino que esa virtud es la verdadera naturaleza del hombre-, y por siempre temen a Allah (jâfa-yajâf): saben que están en sus Manos y que Él es Libre. Conocen realmente a su Señor y ese conocimiento da miedo. Sus buenas intenciones y acciones no son suficientes, sólo Allah decide en última instancia. Y temen a Allah -cuya Inmensidad y Libertad intuyen- porque saben que la muerte les hará encontrarlo, y ése será un Día (Yáum) de un mal (sharr) desatado (mustatîr), porque le Poder de Allah, su Violencia, son de una fuerza reductora que está por encima de todas las prevenciones.

         Los abrâr, los ‘ibâd Allâh, saben que la muerte no es otra cosa que la victoria de Allah sobre la arrogancia humana, y que por ello mismo la muerte es Resurrección (Qiyâma), un encuentro con la Verdad. Y esa Verdad que ha arrasado nuestro mundo se nos mostrará en toda su plenitud, imponiendo la preeminencia de su Libertad, y esto es el origen de un pánico (jáuf, miedo) signo de un conocimiento que se vive, que ha arraigado en el corazón. Si conocer a Allah no va acompañado de miedo -como aldabonazo que anuncia la proximidad del enamoramiento-, no es más que pura elucubración y entretenimiento de la mente.

         Los abrâr, los ‘ibâd Allâh, cumplen con sus obligaciones -que consisten en aplacar el predominio de sus egos- y a la vez temen a Allah, y a continuación el Corán nos proporciona un ejemplo: wa yut‘imûna t-ta‘âma ‘alà hubbihî miskînan wa yatîman wa asîra, dan comida -aunque la aman- al pobre, al huérfano y al cautivo... Ellos alimentan (át‘ama-t‘im) a los necesitados, les dan comida (ta‘âm), a pesar de sus propias necesidades: son pobres, pero alimentan a los pobres, no tienen recursos pero los procuran a los demás, y este es el significado de la expresión ‘alà húbbihi, aunque la aman (a la comida, es decir, sienten inclinación -hubb, amor- hacia ella, pero son capaces de renunciar a lo que desean en favor de los demás. Ponen por delante de ellos mismos al pobre (miskîn), al huérfano (yatîm) y al cautivo (asîr). Cumplen así con la palabra dada, el voto que han hecho en favor de los hombres... La escasez no es para ellos un impedimento para desatar sus virtudes supremas que son la generosidad y la solidaridad. Y esto es particularmente visible entre los musulmanes, que han hecho de la hospitalidad (que es dar de comer, it‘âm at-ta‘âm) el signo que los distingue a pesar de todas las pobrezas.

         El cumplimiento estricto de ese deber con el que superan las espectativas del ego no los hace arrogantes, y el Corán nos relata las palabras que pronuncian, signos de Ijlâs, de Sinceridad en sus intenciones y actos: innamâ nút‘imukum li-wáÿhi llâh, “Sólo os alimentamos por la Faz de Allah,... es decir, nuestra acción (el it‘âm at-ta‘âm, el acto de dar de comer) es por Allah, por la Faz de Allah (li-waÿhi llâh), no un fingimiento; es porque sabemos que ello agrada y satisface a nuestro Señor, a la Verdad, y lâ nurîdu mínkum ÿaçâ:an wa lâ shukûra, no queremos de vosotros ni retribución ni gratitud... es decir, no queremos (arâda-yurîd) de vosotros nada a cambio -sólo deseamos la Faz (waÿh) de Allah, es decir, que Allah nos sonría-. No esperamos de vosotros ningún pago (ÿaçâ, retribución, compensación) y ni tan siquiera deseamos vuestra gratidud (shukûr), es decir, somos absolutamente sinceros y desinteresados respecto a vosotros, hemos renunciado a vosotros... Lo hacemos porque innâ najâfu min rabbinâ yáuman ‘abûsan qamtarîra, nosotros tememos de nuestro Señor un Día ceñudo y tenebroso”... es decir, nos aterra pensar en lo que viene de nuestro Señor (Rabb), y que es un Día en que Allah, en lugar de sonreir estará ceñudo (‘abûs). Estas expresiones antropomorfistas no son del gusto del Corán, y por eso lo aplica al Día: ese Día será ceñudo y funesto (qamtarîr). Ese Día expresará la Ira de Allah hacia los hombres, que han pervertido el don que se les ha hecho.

         Los abrâr, los ‘ibâd Allâh, con su pureza, con su Ijlâs, se han hecho merecedores de la satisfacción de Allah (su Ridâ), y ello los protege del mal (sharr) de ese Día inevitable y catastrófico. Ese ese es el talismán: fa-waqâhumu llâhu shárra dzâlika l-yáumi wa laqqâhum nádratan wa surûra, Allah los ha protegido del mal de ese Día y les ha hecho encontrar resplandor y alegría... Ellos han temido a Allah y se han protegido con una virtud a la que se llama Taqwà, el sobrecogimiento que los ha puesto en tensión y los ha resguardado de la Ira, y por ello Allah, a su vez, los protege (waqqà-yuwaqqî), y en lugar de encontrar el Fuego de la Ira, que tanto temían, Allah los hará encontrar (laqqà-yulaqqî) un resplandor (nadra) placentero y una alegría (surûr) imperecedera. Verán la Faz (waÿh), la sonrisa de Allah, siendo inundados por la satisfacción.

         Allah los protegerá del mal (sharr). No los alcanzará la violencia del Fuego (el shárar). Pero no sólo ello, en lugar de dolor encontrarán placer: wa ÿaçâhum bimâ sabarû ÿánnatan wa harîra, les ha pagado por la paciencia que han tenido con un jardín y seda,... El sobrecogimiento que han vivido los ha protegido, y el bien que han hecho -un bien presidido por el Ijlâs- recibirá como retribución (ÿaçâ) un Jardín (ÿanna) y un vestido de seda (harîr). Allah pagará (ÿaçà-yuÿaçî, retribuir, compensar) sus esfuerzos con lo que corresponde materialmente a la nobleza de sus intenciones. Han construido con sus esfuerzos un Jardín en al-Âjira y se han revestido con la nobleza y la suavidad de la seda. Lo que han hecho en esta vida -que ha tenido interiormente la recompensa de la sabiduría y la certeza- se materializará para ellos en la muerte, en la Resurrección para pasar a las Inmensidades de Allah Uno. Este es el significado de la palabra ÿaçâ, la retribución, el correlato en la eternidad de cada instante presente y que será vivido con intensidad en la muerte.

         Quienes en esta vida ya viven en el Jardín y se hanlibrado del Fuego son los ue han bebido de la Certeza, y han apagado el ardor de las inquietudes humanas. Las ansiedades del hombre común, su miedo a la pobreza, a la enfermedad, a la imprevisibilidad de la existencia, son fuegos que queman a quienes no conocen a Allah. Quienes saben que la Única Verdad es Allah se sumergen en la infinita exuberancia creadora de cada instante y para ellos la realidad se trasforma en un Jardín.

         El Corán describe con sensualidad el placer de la estancia infinita en el Jardín interior: muttaki:îna fîhâ ‘alà l-arâ:iki lâ yaráuna fîhâ shámsan wa lâ çamharîra, están recostados ahí sobre lechos y no ven ni sol ni helada..., ahí, en el Jardín (ÿanna), estarán recostados (muttakiîn), descansados, sobre arâik, confortables lechos, y no sentirán (raà-yarà, ver) las inclemencias del tiempo, no sufriran del calor del sol (shams) ni padecerán frío (çamharîr, helada). El resultado de sus esfuerzos con los que han suavizado su egoísmo en vida ha sido evitarse el insoportable calor de la angustia y la inquietud humanas (a lo que se llama libre albedrío), pero ello no los ha hundido en el hielo del fatalismo. Se han sometido a la Voluntad de Allah sin abandonar su propio protagonismo en la existencia. Están en paz, y en al-Âjira, su ÿaçâ, su equivalente, es un clima atemperado...

         Tras el esfuerzo viene el sosiego en la paz de Allah, acompañado de facilidad. Quien en este mundo ha conquistado a su Señor se ha apoderado a la vez del mundo y el universo está a su servicio. En el Jardín, su correlato es la comodidad: wa dâniatan ‘aláihim zilâluhâ wa dzúllilat qutûfuhâ tadzlîla, sus sombras se acercan a ellos y sus frutos se les presentan sumisos..., es decir, no tendrán que buscar las sombras (zilâl) frescas del Jardín: ellas mismas se acercarán a ellos, estarán siempre dânia, en la proximidad. Hasta los frutos maduros (qutûf) serán puestos a su servicio (dzúllila-yudzállal) y, humildemente (tadzlîlan), se ofrecerán acercándose a los comensales. Una vez que los abrâr, los ‘ibâd Allah, han conquistado el Jardín de la Paz, ese será su reino en el que son califas, y todo les está y les estará sometido.

         Han sido guerreros (muÿâhidîn), han combatido hasta reducir su egoísmo a la nada, y entonces han conquistado el universo entero, y su correlato en al-Âjira, lo que viene después de la muerte, es un Jardín (ÿanna) de paz en el que serán servidos por la materialización de todo lo que es espiritual en este mundo: wa yutâfu ‘aláihim bi-â:niatin min fíddatin wa akwâbin kânat qawârîra, se circula entre ellos con vasijas de plata y copas que son de cristal,... Por entre ellos se circulará (tûfa-yutâf), es decir, criaturas de naturaleza espiritual deambularán entre los comensales de ese Jardín dispuestos a servirles el Vino de Allah, contenido en un recipiente (ânia) de plata (fidda), y en copas (akwâb) que son cristales trasparentes (qawârîr), pero hay algo aún más sorprendente: qawârîran min fíddatin qaddarûhâ taqdîra, cristal de plata, cuyas medidas han sido precisadas...esos vasos trasparentes son qawârîr, es decir, de cristal trasparente, sólo en apariencia, pues en realidad son de plata (fidda), y las medidas de esos recipientes serán exactas y ellos las valorarán y admirarán  (qáddara-yuqáddir, valorar) debidamente (idea sugerida por el complemento taqdîran). Todo el el ÿanna es y será sorprendente: las sombras se aproximan para dar frescor, los frutos se desprenderán de los árboles buscando a los comensales, la plata será trasparente,...

         En este mundo, cuando alguien es penetrado por el Amor a Allah, cuando su inteligencia es iluminada por la presencia de ese Vino turbador, se desbordan en su interior intuiciones delicadas, sutiles, de un valor extraordinario: parecen ideas de plata pero son trasparentes como el cristal.

         De nuevo, el Corán insiste en el licor que beberán los moradores del Jardín. Si antes era  una mezcla a base de alcanfor, ahora el condimento es el gengibre: wa yusqáuna fîhâ ká-san kâna miçâÿuhâ çanÿabîla, se les da de beber ahí de una copa cuya mezcla a base de gengibre... A los habitantes del Jardín más profundo se les dará de beber (súqia-yusqà) de una copa (ka-s) que contiene una mezcla (miçâÿ) compuesta de vino y gengibre (çanÿabîl), y se nos dice el nombre de la Fuente de la que mana esa bebida: ‘áinan fîhâ tusammà salsabîla, ahí hay una fuente que se llama Salsabîl... en ese Jardín hay una fuente (‘ain) que se llama (súmmia-yusammà, llamarse) Salsabîl, palabra que sugiere gran dulzura y sutileza...

         También antes se nos habló misteriosamente de que por entre los comensales de ese Jardín eterno se discurre sirviéndoles esas magníficas copas de dimensiones proporcionadas que suscitan la admiración. Ahora se nos habla de esos seres y se nos dice que se trata de adolescentes enternos (wildân mujalladûn), de gran belleza por quienes no pasa el tiempo: yatûfu ‘aláihim wildânun mujalladûna idzâ raáitahum hasibtahum lú-lu-an manzûra, circulan entre ellos adolescentes eternos. Al verlos crees que son perlas esparcidas... Si pudiéramos lanzar una mirada en el Jardín, esos jóvenes que circulan (tâfa-yatûf) entre los habitantes de la Paz nos parecerían (hásiba-hsab) semejantes a magníficas perlas (lú-lu) esparcidas (manzûr) entre las demás bellezas del ÿanna.

         Todo ahí será inagotable: wa idzâ raáita zámma raáita na‘îman wa múlkan kabîra, cuando miras ahí ves deleite y un gran reino... Esta frase podría traducirse de esta otra manera: si miras y vuelves a mirar, ves deleite y un gran reino. Por mucho que se mire (raa-yarà, mirar, ver), no dejan de descubrirse nuevos placeres (na‘îm), pues se trata de un reino (mulk, dominio) grande (kabîr), inabarcable... Este versículo es emocionante y pretende resumir el sentimiento de placer infinito que hay en una visión que recoge la exuberancia de la Misericordia, que es un Mulk, un Reino en el que viven e imperan los justos, los abrâr, los que están cerca de Allah, los ‘ibâd Allâh. Las descripciones anteriores han sido el intento de matizar lo que es sintetizado en las palabras de este versículo, que es pura emoción.

         A continuación, el Corán sigue describiendo a esos califas: ‘aláihim ziyâbu súndusin júdrin wa ístabraq, (sus moradores) llevan vestidos de raso verde  y brocado,... van recubiertos por túnicas excelsas, de raso (súndus) verde (judr) y también visten brocados (istábraq). El súndus es un tipo de seda delicada mientras que el istábraq es seda espesa. Se trata de los mantos de los reyes, la túnicas de la soberanía, y también van recubiertos de joyas preciosas: wa hullû: asâwira min fidda, adornados con brazaletes de plata... Los moradores del Yanna habrán sido investidos de una alta dignidad, habrán sido adornados (húllia-yuhallà, ser adornado) con brazaletes (asâwir) de plata (fidda), signos de su realeza. Y de nuevo la noción principal y que se repite constantemente: wa saqâhum rábbuhum sharâban tahûra, su Señor les ha dado de beber un licor puro... Allah -su Señor (Rabb)- les da de beber (saqà-yasqî) ahí un licor (sharâb, bebida) que en este versículo recibe la calificación de tahûr, puro y purificante, a diferencia del vino del mundo, que es impuro. El Vino de Allah es halâl, lícito, apropiado, bueno, mientras que el que ofrece el mundo es harâm, ilícito, es decir, aparta de Allah.

         Allah les ofrecerá ese Vino -que es Él mismo-, y les dirá: ínna hâdzâ kâna lákum ÿaçâ:an wa kâna sá‘yukum mashkûra, “esto es para vosotros como retribución. Vuestro esfuerzo ha sido agradecido”... Ese Vino extraordinario es ÿaçâ, retribución, el correlato de vuestro sa‘y, de vuestro esmero, que es así reconocido (mashkûr).

         Con esto acaba este apartado del presente capítulo del Corán -la Sûra del Ser Humano-, que es una evocación de la Rahma de Allah, de su Misericordia  Creadora, que es simiente de un Jardín para aquellos seres humanos capaces de penetrar en el hondo sentido de la existencia y retirar el velo que recubre la verdadera fecundidad de Allah. Los abrâr, los ‘ibâd Allâh, son los que no han sido paralizados por cadenas ni argollas, ni para ellos hay un Sa‘îr, un Infierno Abrasador, sino un Jardín de exuberancia infinita.

 

23. innâ náhnu naççalnâ ‘aláika l-qur-âna tançîla*

Nosotros hacemos descender sobre ti el Corán gradualmente.

24. fá-sbir li-húkmi rábbika wa lâ túti‘ minhumû: â:ziman au kafûra*

Ten paciencia ante la decisión de tu Señor, y no obedezcas entre ellos a ningún perverso ni a ningún desagradecido.

25. wa dzkur ísma rábbika búkratan wa asîla*

Evoca el Nombre de tu Señor por la mañana y al atardecer.

26. wa min al-láili fá-sÿud lahû wa sábbih-hu láilan tawîla*

Y por la noche, prostérnate para Él y proclama su grandeza buena parte de la noche.

27. ínna hâ:ulâ:i yuhibbûna l-‘âÿilata wa yadzarûna warâ:ahum yáuman zaqîla*

Éstos aman lo inmediato y dan la espalda dejándo atrás un Día Grave.

28. hnu jalaqnâhum wa shadadnâ: ásrahum wa idzâ shi-nâ baddalnâ: amzâlahum tabdîla*

Nosotros los hemos creado y hemos fortalecido su constitución, y cuando queramos pondremos en su lugar a otros semejantes a ellos.

29. ínna hâdzihî tádzkira*

Esto es un recordatorio.

fa-man shâ:a ttájadza ilà rabbihî sabîla*

Quien quiera, que tome hacia su Señor un camino.

30.wa mâ tashâ:ûna illâ: an yashâ:a llâh*

Pero no queréis hasta que quiere Allah.

ínna llâha kâna ‘alîman hakîma*

Ciertamente, Allah es Conocedor y Sabio.

31. yúdjilu man yashâ:u fî ráhmatih*

Él introduce en su Misericordia a quien quiere,

wa z-zâlimîna á‘adda láhum ‘adzâban alîma*

y para los injustos ha preparado un castigo doloroso.

 

         El Islam surgió para proclamar la Unidad y Unicidad de Allah (Tawhîd). Allah, por un lado, es Uno, y, por otro, es infinitamente Rico. Allah basta al ser humano. Todo lo demás es fantasmal. Sólo Allah hace de la vida y de al-Âjira realidades esplendorosas, mientras la banalidad humana se hunde en su miseria. El Islam es profundamente antiidolátrico: los dioses de los hombres, sus preocupaciones, sus esperanzas y sus miedos, todo ello es algo que hay que superar para penetrar en la Verdad Exuberante que crea mundos infinitos.

         El Islam apareció como Da‘wa, como una Invitación dirigida a la humanidad entera, para que la humanidad abandone sus dioses y afronte la Prueba, el Ibtilâ, que es purificar los mundos. El Islam es Dzikr, Evocación de Allah, para que al recordar a Allah el hombre se emancipe de lo que lo empequeñece y aspire entonces al califato, que es el sentido de su ser.

         Al ser humano lo atan los apegos, sus valores, miedos y esperanzas -sus dioses, en definitiva-. Pero esas ilusiones son muy poderosas, tanto que el hombre se ha identificado con ellas: renunciar a sus dioses supone al hombre ‘morir’. Y el Islam anuncia que tras esa muerte de la mentira hay un renacer, una resurrección. El Ibtilâ, la Prueba, consiste en aceptar a Allah y correr el riesgo. Si bien la idolatría es inconsistente, lo que la rodea, los valores en que se fundamenta, hacen a los hombres tercos y los mueven a declarar falso lo que en su esencia es Verdad Absoluta. El ‘inâd, la terquedad, y el takdzîb, el desmentido, son los grandes enemigos que el hombre debe vencer en su universo interior y en el que le rodea. El Ibtilâ tiene esa doble dimensión. El ser humano, en el Tawhîd, en la Reunficación, es uno en sí y uno con el mundo, y tiene ante él dos campos para su esfuerzo espiritual. No basta combatir la oposición que impone su ego sino también la del mundo, y cuando se vence en ambos frentes se alcanza la plenitud y es posible la inmersión en el Tawhîd, la clave unitaria del Islam.

         Muhammad (s.a.s.) anunció la Resurrección, y fue aceptado por los mûminîn, los que tenían el corazón abierto a su Señor, y fue rechazado por los kuffâr, los que eran incapaces de ver más allá de sus dioses. Y los musulmanes, los mûminîn, soportaron la prueba de la sinceridad: dejaron atrás a sus dioses, sus valores anteriores, sus criterios, para asomarse a lo que les iba siendo revelado. Y soportaron la oposición de sus conciudadanos, que estaban aferrados a su mundo y alarmados ante la libertad de espíritu de los musulmanes. Sobre todo los ricos, los poderosos, los que dependían para su bienestar de que las cosas siguieran igual, intentaron por todos los medios evitar que el Islam creciara. Quisieron tentar al profeta, más tarde intentaron desacreditarlo y por último organizaron una persecución total que obligó a los musulmanes a emigrar de Meca a Medina. En todo lo anterior hay una gran simbología.

         El Ibtilâ, la Prueba de la sinceridad consistió, una vez demolidos los dioses interiores, en resistir todas esas argucias, y al final la estrechez soportada se convirtió en una salida hacia la grandeza. El Islam florecería en Medina, y desde ella se recuperó Meca y, en poco tiempo, el Islam se difundió por el mundo. Esos triunfos exigieron pasar antes la prueba que depuró a los destinados a forjar esa nueva realidad en la que la idolatría fue vencida.

         Al final de esta sûra, Allah dicta al Profeta (s.a.s.) directrices para mostrarse firme en el Ibtilâ, la Prueba, la Calamidad, y le dice: innâ náhnu naççalnâ ‘aláika l-qur-âna tançîla, Nosotros hacemos descender sobre ti el Corán gradualmente..., es decir, Nosotros (Nahnu, Nosotros -Allah y todas sus capacidades-) te revelamos el Corán, de Mí te viene, de mi Abundancia es signo, y Yo lo hago descender (náççala-yunáççil) sobre tu corazón, y lo hago tançîlan, gradualmente, mostrándote poco a poco el camino, acompañando tus momentos, para que en cada circunstancia tengas una inspiración. Hay en esto dos cosas. Primero, que el Corán (al-Qur-ân) viene de Allah, lo que le está siendo comunicado a Muhammad y que está trastornando su existencia tiene como fuente el Origen de la Existencia, y no debe, por tanto, temer ni desconfiar, sino entregarse absolutamente. Segundo, que hay una sabiduría que guía el proceso, nada está sucediendo al azar, y, a pesar de los problemas, todo es de acuerdo a la Voluntad de Allah.

         Muhammad (s.a.s.) no debe vacilar: fá-sbir li-húkmi rábbika wa lâ túti‘ minhumû: â:ziman au kafûra, ten paciencia ante la decisión de tu Señor, y no obedezcas entre ellos a ningún perverso ni a ningún desagradecido... En todo hay un Hukm, una decisión de Allah, en todo se cumple una norma que ha sido impuesta por el Creador de los cielos y de la tierra, y el Ibtilâ, la Puesta a Prueba, no es una simple dificultad en el camino sino una sabia disposición de la que mana algo bueno. Por tanto, ten paciencia (ísbir, imperativo del verbo sábara-sbir, tener paciencia, aguantar), mantente firme, se constante, y deja pasar el Hukm de tu Señor (Rabb), para que todo tenga cumplimiento. No aceptes componendas ni renuncies a nada, no obedezcas (atâ‘a-yutî‘) a quien te tienta ni a quien te oprime, el idólatra que quiere que retrocedas, y que es âzim, un perverso, alguien que delinque contra Allah, y es kâfûr, un negador de Allah, un desagradecido, alguien que no conoce a su Señor. No caigas en las trampas que te acechan, y mantente firme en Allah para que Él purifique tu corazón, y habrá llegado el momento del triunfo.

         El Sabr, la paciencia, la constancia, es la máxima virtud. Consiste en no dejarse vencer en el Ibtilâ, la Prueba. Pero el Sabr es amargo, es una resistencia. Se necesitan fuerzas para mantenerse firme, y Allah enseña al Profeta donde recoger energías: wa dzkur ísma rábbika búkratan wa asîla, evoca el Nombre de tu Señor por la mañana y al atardecer... Allah ordena a Sidnâ Muhammad practicar la Mención del Nombre de Allah (el Dzikr), le ordena evocar (dzákara-yádzkur, recordar, mencionar) el Nombre (Ism) de su Señor (Rabb), le ordena decir Allâh, Allâh, tanto al amanecer (bukra) como al atardecer (asîl), porque esa palabra tiene una fuerza extraordinaria. El amanecer y el atardecer son todo el tiempo, desde el nacimiento hasta la muerte.

         Recordar a Allah no es solo pronunciar su Nombre sino tener presente todo lo que significa, y, al hacerse, el mundo entero y toda su aparente consistencia se derrumban, se esfuma el poder de los podersosos, la riqueza de los ricos, las argucias de los estrategas y todas las demás maquinaciones e ídolos del ser humano. En la palabra Allâh hay un poder inmenso que hace llevadera la paciencia necesaria con la que aforontar el Ibtilâ.

         Junto a la práctica del Dzikr, la Evocación del Nombre de Allah así como su significación, el Corán aconseja la práctica del Salât, el Recogimiento espiritual, sobre todo en la noche: wa min al-láili fá-sÿud lahû wa sábbih-hu láilan tawîla, y por la noche, prostérnate para Él y proclama su grandeza buena parte de la noche... Allah ordena a su Profeta (y con él a todos los musulmanes) que tome una parte de la noche (láil) para llevar la frente al suelo (sáÿada-yásÿud, prosternarse) ante Allah, aprovechando esa rendición de su ser para proclamar la grandeza infinita de Allah (sábbaha-yusábbih, elogiar a Allah, ‘nadar’ en su inmensidad). A ello, el musulmán debe dedicar buena parte de la noche (láilan tawîlan).

         Tras aconsejar al Profeta (y con él a todos los musulmanes) las prácticas del Dzikr, el Salât y el Tasbîh, el Corán explica secretos que están en la esencia de todas estas cosas: ínna hâ:ulâ:i yuhibbûna l-‘âÿilata wa yadzarûna warâ:ahum yáuman zaqîla, éstos aman lo inmediato y dan la espalda dejándo atrás un Día Grave... El Corán se refiere a los kuffâr, los negadores de Allah, y los llama éstos (hâulâi), y dice de ellos que aman (ahabba-yuhíbb) la vida mundanal (al-‘âÿila, lo inmediato, lo apresurado), y no tienen en cuenta (yadzar) que habrán de afrontar un Día (yáum) que será grave (zaqîl, pesado)...

         El hombre común es apresado por el amor (hubb) que siente a todo aquello de lo que disfruta (la existencia, la vida, los bienes materiales y espirituales). Ese amor por al-‘âÿila, las cosas destinadas a pasar, es, por un lado, signo de que todo eso es bueno. Todo es un don de Allah, y por ello es amado cada bien que Él nos hace. Pero en el caso de aquellos que ponen toda su atención en esas riquezas, ese amor se convierte en un velo que les impide ver que tras todo ello hay algo terrible: Allâh. La muerte los enfrentará, un Día Grave, con la Verdad, y ahí es donde serán derrotados. El amor por las cosas vence a los ciegos, a los ignorantes (los kuffâr), y los hace desagradecidos, mientras que el caso de los abrâr y los ‘ibâd Allâh ese amor no los cegaba, y a pesar de él eran generosos...

         Con esto, el Corán quiere que Muhammad (y con él los musulmanes) no se confunda. Para que su Sabr, su paciencia, sea perfecta, debe tener en cuenta lo anterior y aspirar a al-Âjira, la Otra, la que no está destinada a perecer, la Vida en la Inmensidad de Allah. Es a ese espacio infinito hacia donde tiene que volcar su amor para que el deseo lo conduzca a la Fuente de toda Bondad, la Rahma de Allah, su Misericordia Creadora.

         El Corán sigue hablándonos de los kuffâr, los que niegan a Allah, los desagradecidos, los que no reconocen al Donador de todos los bienes de los que disfrutan: hnu jalaqnâhum wa shadadnâ: ásrahum wa idzâ shi-nâ baddalnâ: amzâlahum tabdîla, Nosotros los hemos creado y hemos fortalecido su constitución, y cuando queramos pondremos en su lugar a otros semejantes a ellos... Allah (y sus capacidades) ha creado (jálaqa-yájluq) a los kuffâr: le deben la existencia y la vida, y Él ha dado hechura (shádda-yashudd, fortalecer) a su constitución (asr). Los ha hecho seres consistentes, fuertes, pero cuando Él quiera (shâa-yashâ) los destruirá, hará que la muerte se apodere de ellos, y otras generaciones, semejantes a ellos (amzâl), los sustituirán (báddala-yubáddil, cambiar, poner en su lugar). Ellos, confundidos por los bienes de los que gozan, se creen eternos, se han hecho a sí mismos dioses, y no se dan cuenta de que a cada momento están a merced de quien los ha creado.

         La sûra acaba con unos versículos papidarios: ínna hâdzihî tádzkira, esto es un recordatorio... Todo lo anterior es una tádzkira, un recordatorio, palabras con las que Allah quiere despertar intuiciones y aspiraciones en el ser humano, de modo que fa-man shâ:a ttájadza ilà rabbihî sabîla, quien quiera, que tome hacia su Señor un camino... Quien quiera (shâa-yashâ) que tome (ittájadza-yattájidz) un camino (sabîl) que lo conduzca hacia Allah, es decir, quien quiera, que se haga musulmán, y siga las enseñanzas del Profeta, guiándose hacia su Señor Verdadero.

         Pero inmediatamente, el Corán nos devuelve a la gran verdad: wa mâ tashâ:ûna illâ: an yashâ:a llâh, pero no queréis hasta que quiere Allah... Es decir, no creáis que la decisión, en el fondo, es vuestra, ni creáis que vuestros esfuerzos y acciones sobre ese camino son un mérito vuestro: vosotros sólo queréis (shâa-yashâ) cuando Allah quiere que queráis. Todo viene de Él, incluso vuestra voluntad. Esta es la gran realidad que está en toda raíz: ínna llâha kâna ‘alîman hakîma, ciertamente, Allah es Conocedor y Sabio..., ciertamente, Allah es ‘Alîm, Conocedor, todo lo sabe, y es Hakîm, Sabio, todo lo hace con precisión y nada hay al margen de su Conocimiento y de su Sabiduría.

         Él es el Uno-Único, el trasfondo de la existencia. Este es el entramado de lo que los musulmanes llaman Destino. Todo es en función del Querer de Allah (Mashía). El hombre quiere, pero es Allah el que realmente está queriendo: yúdjilu man yashâ:u fî ráhmatih, Él introduce en su Misericordia a quien quiere... Sólo quien Allah quiere tiene acceso a la Fuente de la Existencia, la Misericordia Creadora, la Rahma. Es Él el que introduce (ádjala-yúdjil) en esa abundancia sin límite a quien desea. Nada es merecedor de ese Bien: ni la voluntad del hombre, ni sus esfuerzos. Allah es pura generosidad y liberalidad. Y porque Él quiera, y no porque nada se lo imponga, wa z-zâlimîna á‘adda láhum ‘adzâban alîma, para los injustos ha preparado un castigo doloroso... La Misericorida de Allah es signo de su Generosidad, y su Castigo (‘Adzâb) es signo de su Fuerza y Violencia. Y que haya destinado a los mejores a la Misericordia y a los peores (los zâlimîn, los injustos) al Fuego de su Castigo es signo de su justicia. Para los zâlimîn, Él ha preparado (a‘adda-yu‘idd) un castigo doloroso (alîm)...