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Title: CAPÍTULO 74  •  Size: 57172  •  Last Modified: Fri, 12 Dec 2003 12:13:31 GMT

CAPÍTULO 74: EL ENVUELTO 

SÛRAT AL-MUDDAZIR

revelada en Meca, 56 versículos  

índice

TERCERA PARTE

 

31. wa mâ ÿa‘alnâ: as-hâba n-nâri illâ malâ:ika*

No hemos puesto sino a ángeles como dueños del Fuego,

wa mâ ÿa‘alnâ ‘iddatahumû: illâ fítnatan lil-ladzîna kafarû

y no hemos hecho de ese número más que razón de desconcierto para los negadores,

li-yastáiqina l-ladzîna ûtu l-kitâba  wa yaçdâda l-ladzîna â:manû: îmânan

para que encuentren certeza aquellos a los que ha sido dado el Libro y aumente la fuerza de corazón de los que se han abierto a Allah,

wa lâ yartâba l-ladzîna ûtu l-kitâba wa l-mûminûna

para que no titubeen aquellos a los que ha sido dado el libro ni los que se han abierto a Allah,

wa li-yaqûla l-ladzîna fî qulûbihim máradun wa l-kâfirûna

y para que digan aquellos en cuyos corazones hay una enfermedad y los negadores:

mâdzâ: arâda llâhu bi-hâdzâ mázala*

“¿Qué es lo que Allah pretende con este ejemplo?”

kadzâlika yudíllu llâhu man yashâ:u wa yahdî man yashâ:*

Así es como Allah extravía a quien quiere y guía a quien quiere.

wa mâ yá‘lamu ÿunûda rábbika illâ hu*

No conoce los ejércitos de tu Señor más que Él mismo.

wa mâ hiya illâ dzikrà lil-báshar*

No se trata más que de un Recuerdo para los seres humanos.

 

 

         El pasaje anterior a éste, acababa con una referencia enigmática: el Fuego de Sáqar está guardado por diecinueve ángeles... Parece ser que cuando este dato llegó a oídos de los mushrikîn (los idólatras) de Meca, lo aprovecharon para sembrar la discordia y la duda entre los musulmanes: ¿Por qué diecinueve? ¿No son demasiado pocos?... Comenzaron de nuevo también las burlas, y unos se dijeron a otros: “Que cada diez de nosotros se hagan cargo de uno de esos guardianes, y acabaremos con ellos”, “No, vosotros encargaos de dos, y dejadme a mí el resto”...

         Recordemos que el Corán está describiendo la forma de ser del kâfir, el negador que se parapeta detrás de lo que sea con tal de no tener que encarar el reto que supone la Revelación. El kâfir, simultáneamente,  declara la guerra a la Revelación. Es su mecanismo de defensa. Hemos visto cómo, arrebatado por el poder fascinante del Corán, a punto estuvo al-Walîd ibn al-Mugîra de aceptar al Profeta, pero su arrogancia y su afecto a la posición privilegiada entre los suyos le echaron atrás en el último momento, y lo convirtieron en acérrimo opositor del Profeta y del Islam. Su arredramiento le mereció el duro pasaje coránico que hemos visto en la parte anterior de la sura publicada en el pasado número de Musulmanes Andaluces. Pero esto nos da una idea de la exigencia que dirige el Islam: musulmán es el que es capaz de cuestionar su egoísmo y poner en peligro su mundo en la rendición absoluta que debe a su verdadero Creador y Señor. Al-Walîd no supo responder a ese desafío, y se quedó atrás, en el Kufr, en la ceguera y la ignorancia, satisfecho de sí mismo y complaciente con su gente, y en eterno conflicto con la Verdad. Esto es a lo que llamamos Kufr, y de él deriva el Shirk, la idolatría, pues quien no reconoce a Allah como su Único Señor es gobernado por infinitos dioses y está sometido a todo.

         El extravío del kâfir tiene su paradero final en una eternidad de tormento, dolor y privación. Su muerte retirará el velo ante ese destino. El Corán lo condena al Fuego de Sáqar, el infierno que abrasa. ¿Qué es Sáqar? Su naturaleza no puede ser expresada en palabras, pero Sáqar sí puede ser descrito, y, para empezar, tiene diecinueve guardianes. Para la mayoría de los comentaristas, se trata de diecinueve ángeles terribles; para algunos otros son diecinueve filas de ángeles; según los demás, diecinueve tipos distintos de ángeles son los encargados de custodiar el Fuego de la eternidad en el que será abrasado el Kufr. Ese Fuego futuro es el trasfondo de la actualidad del kâfir.

         Pero, en lugar de satisfacer la curiosidad que despierta la cuestión del número, el Corán va a realizar una serie de reflexiones iluminadoras. Primero, se nos dice que los guardianes del Fuego son ángeles (malâika), pertenecen por tanto al mismo mundo ausente a los sentidos en el que está el Fuego indefinible: wa mâ ÿa‘alnâ: as-hâba n-nâri illâ malâ:ika, no hemos puesto sino a ángeles como dueños del Fuego,... Allah ha puesto (yá‘ala-yáy‘al) a ángeles (malâika), que son seres de luz, para que sean los guardianes y dueños (as-hâb, literalmente, los compañeros) del Fuego (Nâr). Diecinueve ángeles violentos y terribles están dispuestos a las puertas de ese infierno, y no dejarán salir a nadie de él.

¿Qué son los malâika? De ellos, el Corán casi sólo nos dice que son nobles criaturas de luz “que no desobedecen a Allah y ejecutan lo que Él les ordena”. Además, son criaturas aladas, no pertenecen al mundo de la gravidez material. Forman parte del Gáib, el universo invisible a los sentidos físicos, y que, sin embargo, ese Gáib misterioso es la razón de lo que pasa en este mundo nuestro. El Gáib es la razón espiritual de cada uno de nuestros instantes. Los malâika pertenecen a ese dominio, donde también aguarda Sáqar a los mushrikîn. No conocemos el Gáib (lo ausente a nuestros sentidos, el futuro que nos espera, los seres que habitan esos mundos), pero es Allah -que es el Gáib del Gáib, el que sostiene desde su trascendencia absoluta la totalidad de los mundos- quien nos informa de los acontecimientos que tienen lugar en el seno de esas regiones a las que no tienen acceso nuestros sentidos, y nos dice que Sáqar, ahí, está guardado por diecinueve malâika, que cumplen las órdenes de su Señor con las fuerzas de las que Él los provee. Puesto que las energías que necesitan para guardar ese infierno, Él les proporciona el poderío desmesurado que necesitan, y las ironías de los kuffâr quedan con ello reducidas al ridículo.

Y, ante estas informaciones, ¿cuál es la actitud del ser humano?: wa mâ ÿa‘alnâ ‘iddatahumû: illâ fítnatan lil-ladzîna kafarû, no hemos hecho de ese número más que razón de desconcierto para los negadores... Allah cita en el Corán números (‘idda) que provocan diversas reacciones. Para los que han negado a Allah (al-ladzîna kafarû), tales datos son motivo para hacer gala de cinismo, o bien desatan entre ellos largas y vanas especulaciones. La actitud del kâfir ante esas informaciones, cuando no es la burla, es la de quien se pregunta “¿por qué Allah dice exactamente ese número? ¿Qué hay detrás de ello?”, y se pone a divagar perdiéndose por laberintos que él mismo inventa. Esos números que parecen en el Corán son fitna para el kâfir, son discordia y desconcierto, y arrancan y desatan el mal que hay en ellos.

Allah hace que eso sea así. Esos números, como el diecinueve aquí, no aparecen por causalidad. Ha sido puesto (yá‘ala-yáy‘al) por Allah para que sea causa de fitna, de discordia y desconcierto entre los kuffâr, para sumirlos en el rechazo al Corán o perderlos en el laberinto de sus cavilaciones. La fitna, la desorientación, es con lo que Allah corona la inclinación del kâfir: su ignorancia, su frivolidad, su arrogancia,... todo ello demanda de forma natural sumirse en el caos de la fitna. Se trata de la mentalidad que se pierde en los detalles y no es capaz de ver el conjunto. Quien no trasciende lo concreto para penetrar en el corazón de la realidad, por siempre está condenado a la superficie de las cosas, y en esa superficie sólo hay fitna, que es discordancia, conflicto, guerra civil. “Diecinueve”, por tanto, es una de las claves de la ruina y miseria de los kuffâr. Y, así, el Corán habla de diecinueve terribles ángeles guardianes del Infierno, y el kâfir se enreda con el número. Pues bien, el número ha sido puesto por Allah precisamente para provocar ese efecto y se quede enmarañado en la cantidad quien no tiene nada que hacer en el corazón de las cosas.

al-ladzîna kafarû es una expresión contundente: los que han negado, los que han rechazado, los que han ignorado... Realmente, significa los que han ocultado, los que han camuflado. Pero, sobre todo, significa los que se han mostrado desagradecidos. Si juntamos todas estas ideas sabremos lo que es el Kufr, que, a su vez, está en la raíz del Shirk, la idolatría. El Kufr es negación, rechazo, ignorancia, ocultamiento, distorsión e ingratitud, ante la Verdad. Es lo contrario al Islâm, que significa rendición, claudicación, sumisión sin reparos a la Verdad, entrega a ella; y siendo la Verdad -como es- Infinita y Eterna, el Islâm es su afirmación, su aceptación, es la reacción de quien la conoce, el que la exterioriza con su ser, el que la hace plena con su ser, y es la actitud del agradecido. El número que pierde al kâfir, tiene para el múslim otra significación: li-yastáiqina l-ladzîna ûtu l-kitâba wa yaçdâda l-ladzîna â:manû: îmânan, para que encuentren certeza aquellos a los que ha sido dado el Libro y aumente la fuerza de corazón de los que se han abierto a Allah.

La mención del número despierta en el corazón del kâfir la inclinación hacia la polémica propia de quien sólo atiende a lo superficial, quien no diferencia lo que exige de él claudicación y lo que exige que reflexione y opine. El número es la excusa que Allah le da para sacar fuera de sí su ira y su ignorancia. Es una trampa de Allah. Es decir, es el modo con el que Allah hace que tenga cumplimiento lo que hay en el kâfir, y, así, su destino -el Fuego- tiene sentido.

El Gáib, lo invisible, lo inaccesible a las percepciones humanos, pertenece al ámbito de Allah, y sobre ello el hombre no sabe ni mucho ni poco. Cuando Allah informa sobre el Gáib lo hace siendo Él la única fuente posible para ese conocimiento, y no para suscitar debates imposibles. Ante una información de ese tipo sólo cabe el taslîm, la rendición y la aceptación, ateniéndonos a su literalidad estricta y sin someterla a polémicas. Sólo es lícito polemizar y discutir sobre aquello para lo que tenemos elementos de juicio. Por tanto, ¿por qué son diecinueve los guardianes de Sáqar? Si Allah no responde a esta pregunta, no hay nada que hacer, y sólo podemos remitirnos a su sabiduría con la que coordina la existencia entera. Tan vana es esa pregunta como la de quien dice: ¿Por qué son siete los cielos? ¿Por qué Allah ha creado a los seres humanos con arcilla y ha hecho a los genios a partir de fuego? ¿Por qué la gestación dura nueve meses? ¿Por qué las tortugas pueden vivir cientos de años? ¿Por qué...? En la mayoría de las ocasiones, la respuesta será simplemente “porque el Creador ha decidido que sea así y Él hace lo que quiere”.

Volviendo a la cuestión del diecinueve, ante la polémica desatada por su mención, el Corán aclara para qué aparece en el Corán: li-yastáiqina l-ladzîna ûtu l-kitâba wa yaçdâda l-ladzîna â:manû: îmânan, para que encuentren certeza aquellos a los que ha sido dado el Libro y aumente la fuerza de corazón de los que se han abierto a Allah. Y esta respuesta es realmente magistral. El Corán no se entrega a disquisiciones esotéricas ni justifica nada, simplemente se presenta como guía.

Primero, nos dice que es citado tal número para que aquellos a los que ha sido dado el Libro (al-ladzîna ûtû l-kitâb), es decir, las naciones anteriores al Islam, los pueblos que han recibido libros revelados, principalmente los judíos y los cristianos, encontrarán en ese número -que alude a la cantidad de vigilantes del infierno- unas correspondencias con lo que hay en el libro que les corresponde y que aumentarán su certeza (istáiqana-yastáiqin, tener absoluta seguridad y certeza, darse cuenta de algo). Es decir, al oír ese número, los que se han consagrado al estudio de los libros revelados en tiempos remotos, tendrán la certeza (yaqîn) de que el Corán es su continuación y les ayudará a aceptarlo.

Esto por un lado, y por otro están aquellos que han abierto sus corazones a Allah (al-ladzîna âmanû), para quienes todo lo que les viene de Allah hace que su sensibilidad espiritual (Îmân) aumente y se acreciente (içdâda-yaçdâd). Estos -a los que Allah llama en el Corán al-ladzîna âmanû (en oposición completa a los al-ladzîna kafarû)- son los musulmanes (muslimîn), los que han aceptado al Profeta y se han unido a su Nación, y lo han hecho con sinceridad (por tanto, son también mûminîn), y todo lo que les llega de Allah se encuentra con corazones sedientos de Allah, que son capaces de absorber cuanto les viene de Él, y convierten cada una de sus palabras en nutriente que les da vida. Ante el número citado, esos corazones que no se detienen en la superficialidad sino que penetran hasta la esencia, lo que descubren es la sabiduría de Quien ha construido el universo con medidas exactas, determinándolo todo con precisión desde su Libertad, y la existencia entera está sometida a su decisión, expuesta a su deseo, al amparo de su misericordia. Esta sabiduría aumenta su Îmân, hace más sólida la habilidad de sus corazones para penetrar en lo esencial de la existencia, y lo esencial en la existencia es el Acto Libre con el que Allah forja cada realidad. Ese número, por tanto, para ellos, es detonante de una admiración que los sumerge en la evocación del Poder Hacedor según Su Voluntad. El número, por otro lado, les ayuda a imaginar y hacerse una representación de lo que el Corán está diciendo sobre el Sáqar, el Infierno en el que serán abrasados los que son incapaces de alzarse por encima del mundo de la frustración.

El Corán no nos revela el por qué del número misterioso, pero sí su para qué. -¿Por qué son diecinueve los ángeles que guardan el universo? Es una pregunta que el Corán no responde por que no quiere satisfacer la frivolidad de los hombres ni busca satisfacer su curiosidad. -¿Para qué se menciona ese número entonces? Para que aquellos a los que ha sido dado un Libro Revelado comprueben que el Corán lo completa, y para que aquellos cuyos corazones estén abiertos a Allah se vean reforzados porque es un dato añadido que les sirve para imaginar el terrible Sáqar al que alude el Corán.

En definitiva, si el número es ruina para los al-ladzîna kafarû porque en su caso es ocasión para que sigan inmersos en sus banalidades, para los al-ladzîna ûtû l-kitâb y los al-ladzîna âmanû, el número borra dudas y aclara imágenes: wa lâ yartâba l-ladzîna ûtu l-kitâba wa l-mûminûna, para que no titubeen aquellos a los que ha sido dado el libro ni los que se han abierto a Allah,... Con la mención de ese número, Allah elimina el ráib, la duda, el irtiyâb, la vacilación, de los corazones de quienes han recibido un libro revelado, así como de los de los mûminûn (que son al-ladzîna âmanû), y, así, esos corazones van ganando en firmeza mientras que los corazones de quienes se han cerrado van oscureciéndose.

Es importante que el fuero interno del ser humano no dude (irtâba-yartâb). La duda es inseguridad, y la inseguridad es dolor y no permite la inmersión en las aguas claras de la certeza (el yaqîn) ni tampoco favorece el desarrollo de esa habilidad del corazón a la que llamamos Îmân. Pues, sin embargo, sólo en la certeza y la sensibilidad espiritual están la plenitud y la satisfacción.

Allah elimina con sabiduría y sutileza las dudas de sus elegidos, y lo hace sin crear en ellos nuevas penalidades: wa li-yaqûla l-ladzîna fî qulûbihim máradun wa l-kâfirûna, que digan aquellos en cuyos corazones hay una enfermedad y los negadores: mâdzâ: arâda llâhu bi-hâdzâ mázala, “¿qué es lo que Allah pretende con este ejemplo?”... Hemos visto cómo en el caso de los kuffâr, la reacción ante los detalles que expone el Corán crean en ellos burlas; pero hay otro tipo de kuffâr aún peores, y son aquellos en cuyos corazones hay una enfermedad, al-ladzîna fî qulûbihim márad, es decir, los hipócritas (munâfiqûn). Los hipócritas son aquellos en cuyos corazones no ha enraizado el Islam. Son musulmanes aparentemente, es decir, se presentan como musulmanes pero no se han rendido realmente a Allah. Están dentro del Islam pero con el nivel mental y espiritual de los kuffâr, y sustituyen la claudicación ante Allah por la especulación entorno a lo que Allah ha dicho. En sus corazones (qulûb) hay una enfermedad (márad), que es la incapacidad para una verdadera entrega. Ellos son los que dicen (qâla-yaqûl, decir): mâdzâ: arâda llâhu bi-hâdzâ mázala, “¿qué es lo que Allah pretende con este ejemplo?”... ¿Qué quiere (arâda-yurîd) decir exactamente con esta imagen (mázal, imagen, ejemplo)? Al presentar la imagen de los diecinueve ángeles, ¿qué quiere decirnos Allah? ¿a qué se está refiriendo? Esta simple actitud demuestra la existencia en ellos de una enfermedad, la hipocresía (nifâq), que consiste en que no son verdaderamente musulmanes aunque pretendan serlo. No se han rendido ante Allah porque en ellos hay una terrible insatisfacción que les impide lanzarse al océano del Uno-Único.

Es necesaria una advertencia importante. No se trata de que Allah nos prohíba reflexionar y comprender. Todo lo contrario. El Corán está lleno de imperativos que ordenan a los musulmanes pensar y no admitir nada incomprensible. Pero aquí no se trata de eso. Aquí, Allah nos está hablando de una actitud espiritual determinante del destino. Está el Kufr, que es el rechazo frontal a la esencia de las cosas. Está el Îmân, que es la habilidad del corazón para penetrar en el fondo de las cosas. Y está el Nifâq, la hipocresía, que es un sucedáneo del Îmân, que es Kufr disfrazado de Îmân. El Nifâq es ceguera que pretende ser sabia y penetrante.

El munâfiq, el hipócrita, no tiene ninguna capacidad para comprender realmente. No hace sino sustituir la realidad, y con ello se considera satisfecho. Pero con ello no abandona su profunda insatisfacción, no deja de estar privado -al igual que sucede al kâfir-. Su búsqueda de conocimiento parte de su enfermedad, y no de ninguna habilidad. Por ello, el Corán suma los hipócritas a los ignorantes: al-ladzîna fî qulubihim márad, wa l-kâfirûn, los que tienen en sus corazones una enfermedad, y los kuffâr...

Citando el número -y a cada instante a lo largo de la vida de un ser humano-, Allah guía a quien quiere y confunde a quien quiere: kadzâlika yudíllu llâhu man yashâ:u wa yahdî man yashâ:, así es como Allah extravía a quien quiere y guía a quien quiere... Esta frase contundente pertenece al número de los versículos que hablan de lo que sucede en lo más profundo de la realidad. Constantemente, los seres humanos nos debatimos en nuestra cotidianidad creyendo que somos libres y protagonistas de nuestras decisiones, cuando en el fondo, siempre es Allah el que mueve todos los hilos. Él es el desencadenante de todos los acontecimientos, pues Él es el Gáib del Gáib, lo oculto tras lo oculto, el verdaderamente Eficaz.

         Y, así, un dato aparentemente insignificante e inocente como el número de los ángeles que guardan el Infierno, es, en realidad, el detonante que hace que se manifieste el Kufr, el Îmân o el Nifâq, y el destino de cada criatura queda sellado según lo que Allah ya sabe en la eternidad de su Ciencia. Es así (kadzâlika), de esta forma tan sutil, como Allah extravía (adalla-yudill) a quien quiere y guía (hadà-yahdî) a quien quiere. ¿A quién confunde Allah? ¿A quién guía? A quien Él quiere (shâa-yashâ). Su Querer (Mashía) es libre. ¿Por qué son diecinueve los ángeles que guardan el Infierno? Porque Él quiere. ¿Por qué el mundo es como es? Por que Él quiere que así sea. Él no está obligado a nada. No hay razones para Allah.

         Esta reflexión -tan dura para un occidental- es, sin embargo, la clave para una verdadera inmersión en el Tawhîd, en el sentido de la Unidad y Unicidad de la Verdad Creadora, sin Origen para Sí, sin motivo para Sí, Plena en Sí, absolutamente Libre en Sí. La existencia entera no es sino respuesta a su imperativo, y su imperativo tiene una fuerza absoluta, sin necesidad de estar justificada, porque cualquier justificación sería una mengua. Concebir esa Inmensidad es asomarse al gran reto del Islam, y da sentido a esa actitud que significa fluir realmente con la Verdad, y saber que esa inmersión es la Verdad misma. El Islam no es una elección, sino la Verdad de las cosas en la Verdad de Allah, Señor de los Mundos. Para salir del nudo que atraganta al hombre hay que realizar un profundo acto de Islam, en consonancia con la realidad, que es devenir en Manos de Quien hace ser las cosas sin que nada lo condicione. Esta es la clave del muwáhhid, el unitario. El muwáhhid no tiene más dios que su Señor, y sabe que su Señor no tiene nada por encima, que ninguna ley lo rige, que no rinde cunetas ante nada ni ante nadie, y por ello mismo Él es la Razón de todo y nada es razón de Él. Superar la necesidad de que Allah se justifique es avanzar por la Libertad del creador y eliminar los últimos dioses que atan al hombre a sí mismo.

         Profundizar en lo dicho es aceptar el gran reto del Islam que significa romper con todas las conveniencias para afrontar a Allah, Creador y Configurador Libre de lo que somos y de cada uno de nuestros instantes. Así nos sumergimos en la Verdad que no depende de nosotros, ni de nuestros juicios ni de nuestras valoraciones, y vemos que todo es Mashía, el Querer Insondable del Uno Trascendente.

         Este poderoso versículo acaba con dos frases igualmente sugerentes: wa mâ yá‘lamu ÿunûda rábbika illâ hu, no conoce los ejércitos de tu Señor más que Él... Todo está al servicio de Allah, todo cumple con su Querer, todo se mueve para que tenga realización lo que Él decreta en el Gáib del Gáib, en lo oculto de lo oculto. Todas las criaturas son ŷunûd (ejércitos) de Allah... Y sólo Él los conoce (‘álima-yá‘lam), sólo Él sabe cuáles son sus claves. Se refiere, sin duda, concretamente a los ángeles, y a todos los moradores del Gáib, lo invisible, pero es transpolable a todas las criaturas y a sus secretos. Tu Señor (Rabb), es decir, la Verdad que te rige y rige el universo entero, tiene sometido a su designio todo lo que existe, y todo, por tanto, está a su servicio, sometido a su voluntad en lo más profundo de su ser, lo sepa o no lo sepa, lo haga advertidamente o sin darse cuenta, pues no hay más realidad que el Poder que gobierna la existencia.

La última frase del versículo es la siguiente: wa mâ hiya illâ dzikrà lil-báshar, no se trata más que de un Recuerdo para los seres humanos. Todo lo dicho es un recordatorio (dzikrà) que tal vez sirva para despertar la memoria de los seres humanos (báshar). Quiere decir que todo lo dicho es sabido por el hombre en lo más íntimo de su ser, pero el velo de la agitación, la angustia y el vértigo de la existencia le impide recordarlo. Al-Walîd estuvo a un paso: oyó el Corán y su corazón se resintió, pero en lugar de seguir lo que le decía su voz interna, opto por aferrarse a sus seguridades creadas en torno a un mundo destinado a desaparecer y dejarlo a solas, desarmado, ante su Creador.

 

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