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Title: CAPÍTULO 73  •  Size: 69408  •  Last Modified: Fri, 06 Aug 2004 10:27:20 GMT

CAPÍTULO 73: EL TAPADO 

SÛRAT AL-MÚÇÇAMMIL

revelada en Meca, 20 versículos  

índice

PRIMERA PARTE

  

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm.

1. yâ: ayyuhâ l-múççammilu

¡Tú, el tapado  (bajo un manto)!

2. qum il-láila illâ qalîlan

¡Levántate para pasar en vela la noche, salvo un poco de ella,

3. nisfahû: aw ínqus minhu qalîlan

la mitad de la noche, o quítale un poco,

4. aw çid ‘aláihi wa ráttili l-qur-âna tartîla*

o añádele algo, y recita el Corán con claridad!

5. innâ sulqî ‘aláika qáulan zaqîla*

Vamos a depositar en ti palabras pesadas...

6. ínna nâshi-ata l-láili hiya asháddu wát-an wa áqwamu qîla*

El principio de la noche es más poderoso, y en él son más rectas las palabras.

7. ínna láka fî n-nahâri sábhan tawîla*

Durante el día, tienes largas ocupaciones...

8. wa dzkur ísma rábbika wa tabáttal iláihi tabtîla*

¡Recuerda el Nombre de tu Señor, y conságrate totalmente a Él,

9. rábbu l-máshriqi wa l-mágrib* lâ: ilâha illâ hû* fá-ttajidzhu wakîla*

el Señor del oriente y del occidente, no hay más verdad que Él! ¡Tómalo como Garante!

 

 

          Sidnâ Muhammad (s.a.s.) se proclamó Mensajero del Creador de los cielos y de la tierra y comenzó a predicar entre su gente la sumisión al Señor de los mundos. La tribu dominante en Meca, Quráish, se sintió amenazada. Los notables de la ciudad vivían del comercio y del culto que los árabes rendían a los dioses que rodeaban la Kaaba, y todo ello era cuestionado por un hombre de origen humilde que se presentaba ante ellos anunciando la abolición de ese mundo de intereses y trapicheos. Los poderosos de la tribu, los grandes comerciantes, celebraron una reunión en Dâr an-Nadwa, la Casa de la Asamblea, para preparar su oposición al Islam, la nueva enseñanza que podía poner en peligro la estabilidad en Meca, la próspera ciudad en medio del desierto. La noticia llegó a oídos de Muhammad (s.a.s.), el cual se preocupó, se recogió bajo su túnica y se tapó bajo una manta, y durmió sumido en la tristeza.

          Entonces se presentó de nuevo ante él Gabriel (Sidnâ Ŷibrîl, ‘aláihi s-salâm), el Ángel de la Revelación, y le comunicó los primeros versículos de este capítulo, los que vamos a comentar a continuación. En ellos, se le ordena dejar el sueño y pasar buena parte de la noche en vela, de pie, consagrándose a la práctica del Salât y la recitación del Corán (disciplina que recibe el nombre de Qiyâm al-Láil, pasar la noche de pie, en vela, recitando el Corán en estado de recogimiento). El Profeta (s.a.s.), junto a algunos de sus seguidores, así lo hicieron, y durante un año estuvieron dedicados al Qiyâm al-Láil, con tanto entusiasmo que las piernas de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) se entumecieron e hincharon. Al cabo de ese año, una nueva revelación -los versículos que están al final de este capítulo y que veremos más adelante- vino a suavizar dicha práctica: “Tu Señor sabe que pasas en vela de pie dos tercios de la noche...”.

          Pero hay otra narración -que se repite como explicación para la sura siguiente- que cuenta cómo el Profeta (s.a.s.) había empezado mucho antes a retirarse a una cueva cercana a Meca (la caverna de Hirâ) donde se consagraba a la purificación, la meditación y el ayuno. Estos retiros habían empezado tres años antes de que le sobreviniera la primera revelación. Durante esos tres años, cada noveno mes lunar (Ramadán), Muhammad dedicaba su tiempo a esas prácticas en la soledad de la cueva, a poco más de dos kilómetros de Meca. Lo empujaba a ello la intuición de que su pueblo seguía un camino errado, y prefirió asilarse de su gente, aunque solo fuera un mes al año, para centrar su atención en cuál pudiera ser la verdad origen de todas las cosas que mueve el universo y hacia donde todo se dirige. Buscaba reconciliar su ser con quien fuera su auténtico Señor.

          Sidnâ Muhammad (s.a.s.) había elegido llevar a cabo ese retiro (jalwa), pero -puesto que Allah es la razón profunda e invisible de todas las elecciones del ser humano- en el fondo era la forma en que estaba siendo preparado para hacerse cargo de una misión inmensa. Sin que el ser humano se dé cuenta, Allah siempre actúa dirigiendo las cosas hacia sus fines; y, así, esa preferencia del que estaba destinado a ser el último de los profetas en realidad era fruto del Tadbîr de Allah, de Su manera de gestionar los asuntos para que den frutos determinados. En el aislamiento (‘uçla) de ese retiro (jalwa), Sidnâ Muhammad (s.a.s.) podía concentrar su atención y hacerse esponjoso a lo que sugiere el cosmos, se abría a lo que constantemente está diciendo el universo pero ante lo que el hombre común es sordo debido a sus muchas ocupaciones. En la soledad del aislamiento (la ‘uçla), el espíritu humano queda libre de apegos y rutinas y tiene la ocasión de penetrar en la verdadera realidad de las cosas y abrazar en su ser y abarcar en su entendimiento la inmensidad en la que existimos.

          Todo gran espíritu cuya misión es la de reorientar a la humanidad cumple con esta ley, y necesariamente ha tenido momentos en que se ha consagrado a la soledad (‘uçla) y el retiro (jalwa), que le han servido para recuperar la sensatez y la sabiduría que la mayoría de los hombres pierden como resultado de la rutina o el vértigo de la vida.

          La profecía (nubuwwa, risâla) es un don. Esto quiere decir que no es el fruto de un esfuerzo humano sino algo que es dado por Allah al hombre sin que medie ningún mérito. Sin duda, los profetas han sido los mejores hombres, pero no por ello fuero elegidos como profetas. La profecía es una intervención directa de Allah que ilumina al elegido, pero -pues su vida es modelo para una nación-, los acontecimientos que la jalonan tienen un valor pedagógico. Por ello, si bien los retiros de Muhammad (s.a.s) no fueron la causa de su elección, sí tienen el valor de instrucción en la que el musulmán aprende que el fruto de la soledad y la meditación es una especial clarividencia.

          Los momentos de reflexión, retiro y soledad son imprescindibles en la forja de un espíritu liberado de apegos y rutinas embrutecedoras. En medio de la jalwa, el corazón tiene la ocasión de conectar con las grandes verdades que están en la raíz de la realidad, y esas verdades pasan a iluminarlo. Lo trasforman, lo convierten en un ser que se alza por encima de la mediocridad. Por decirlo de alguna manera, Allah se atuvo a esta ley para indicar su importancia, y decretó en la eternidad que Muhammad (s.a.s.) -al igual que el resto de los profetas y todos los grandes- fuera empujado por su inquietud a la soledad de una cueva en la que lo aguardaba la revelación de su papel en la historia de la humanidad.

          Cada paso de Muhammad (s.a.s.) -al igual que cada acontecimiento en la existencia- fue el resultado y la manifestación del Tadbîr de Allah, de Su gestión con la que ordena el mundo. Al guiarlo a la cueva de Hirâ, preparaba su ánimo para recibir la Revelación, la cual requería una disposición absoluta, un abandono de todo para acoger en soledad un Secreto que no convive con la mediocridad del hombre común. La vida anterior de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) fue una constante preparación para ese momento, y una sucesión de “coincidencias” que ilustran al musulmán sobre el camino a seguir para purificar su corazón y sintonizarlo con la Verdad.

          Durante tres años, pues, cada Ramadán, Muhammad (s.a.s.) estuvo acudiendo, sin saberlo, a una cita, hasta que tuvo lugar el encuentro, y la Misericordia que es la materia prima de la existencia se derramó sobre su corazón. Vino ante él Ŷibrîl (‘aláihi s-salâm), el Ángel de la Revelación, y sucedió lo que él después contaría a ‘Ubâid (entre otros muchos): “Vino hasta a mí Ŷibrîl mientras estaba dormido. Traía un pedazo de tela de brocado en la que había algo escrito, y me dijo: ‘¡Lee!’. Le respondí: ‘No sé leer?, y entonces me abrazó estrechándome contra su pecho con tanta fuerza que yo creía que iba a morir asfixiado, y luego me soltó. Volvió a repetirme su orden y de nuevo le dije que no sabía leer, y me abrazó otra vez y a punto estuve de morir. Por tercera vez me ordenó que leyera y yo le respondí: ‘¿Qué tengo que leer?’ -lo dije para salvarme de él- , y entonces me dijo: “Lee con el Nombre de tu Señor, que ha creado, ha creado al ser humano a partir de un coágulo. Lee, pues tu Señor es el Más Generoso, el que ha enseñado con el cálamo, ha enseñado al ser humano lo que el ser humano no sabía’. Y leí sus palabras, y se fue. Me desperté, y era como si lo que había sucedido estuviera grabado en mi corazón. Salí de la cueva, y cuando me encontraba en la mitad de la montaña, escuché una voz del cielo que me dijo: ‘¡Oh, Muhammad! Tú eres el Mensajero de Allah y yo soy Ŷibrîl’. Alcé la vista, y he aquí que Ŷîbrîl se me mostraba bajo la forma de un hombre que cubría el espacio y cada uno de cuyos pies estaba en un extremo del horizonte, y me volvió a decir: ‘¡Oh, Muhammad! Tú eres el Mensajero de Allah y yo soy Ŷibrîl’. Yo no podía caminar, ni ir hacia delante ni regresar hacia atrás. Volví la cabeza, pero a donde la volvía lo veía. Permanecí inmóvil, hasta que llegó a mí un enviado de Jadîŷa, que venía a buscarme. Pude entonces acompañarlo y regresé a mi casa en Meca, donde me esperaba Jadîŷa. La abracé y me recosté sobre sus piernas...”.

Después de un periodo de tiempo sin que se repitiera la visión (fatra), de nuevo se le mostró Ŷibrîl y el terror se apoderó de Muhammad (s.a.s.) y su cuerpo se estremeció... Volvió a su casa, y ordenó a su gente: çammilûnî, çammilûnî, ¡tapadme! ¡tapadme!, y lo cubrieron con un manto mientras temblaba de miedo. En esta situación, volvió a parecérsele Ŷibrîl, que le dijo: yâ: ayyuhâ l-múççammil... Oh, tú, el tapado bajo un manto..., teniendo lugar el comienzo de la revelación de esta sûra.

Ya sea el primero o el segundo de estos dos relatos el que motivara la revelación de esta sûra, queda claro que, al poco de tener lugar el comienzo de la comunicación del Corán, el Profeta (s.a.s.) recibió la orden de ponerse en pie y afrontar su misión. No podía abandonarse al miedo (ni al que producen los hombres ni al que suscita la revelación), sino que debía erguirse y, a la luz de su experiencia, plantear una nueva manera de relacionarse con la existencia basada en la Verdad que está en su raíz. Al Profeta se le dijo qum, ¡levántate!, y se mantuvo firme durante más de veinte años construyendo cada día el Islam que hemos heredado los musulmanes. Cargó sobre sus espaldas con un peso gigantesco, y no lo abandonó jamás. Esa carga era la Amâna, un depósito confiado por Allah a la lealtad de Sidnâ Muhammad (s.a.s.), a su capacidad para luchar hasta cumplir con aquello que le ha sido ordenado por Quien creó y no deja de crear cada realidad. Y lo primero que debía vencer era el miedo que producía en su ánimo la envergadura de la misión a la que estaba destinado. Tendría que superar sus propios reparos, trascender sus límites, ir más allá de las posibilidades que imaginaba para su existencia.

La Amâna, lo que Allah confía al ser humano, es un tema que se repite a lo largo del Corán. Dependiendo del contexto significa muchas cosas, pero en esencia es el depósito de una verdad de cuyo cumplimiento depende el sentido del Hombre y de cada hombre. La Amâna es siempre algo valioso que Allah delega en el ser humano: el sentido mismo de su humanidad, el sentido de la soberanía humana (el califato), la revelación, el Corán, el Islam... En el caso de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) -y de él la heredamos todos los musulmanes- la Amâna que Allah le confió fue la misión de difundir el Islam (Da‘wa). Reservamos para otros contextos la explicación detallada del término Da‘wa, de connotaciones poderosas. Bástenos saber aquí que Da‘wa consiste en hacer saber a la humanidad lo que Allah quiere de ella. En cualquier caso, en otros artículos ya publicados aquí en Musulmanes Andaluces, damos cuenta del alcance profundo de esta palabra. Literalmente, significa Invitación, Llamada: Da‘wa es la convocatoria de Allah. Su consecuencia es la fundación de una comunidad que se basa en el reconocimiento del Señorío de la Verdad y la ruptura con la idolatría. Pero, además, para ser el eco de esa Invitación que Allah lanza a la humanidad, esa comunidad forjada por un Profeta no puede ser una secta complacida en la marginación. Si responde verdaderamente a la Llamada, esa comunidad debe tener un horizonte gigantesco, en la medida de la Verdad de la que se hace eco. La historia de los primeros años del Islam es el relato de la inmensidad que los musulmanes presintieron en cada palabra que les trasmitía Sidnâ Muhammad (s.a.s.). Sabían que no se trataba de una enseñaza ofrecida a una vivencia interior y espiritual, sino un reto a la totalidad del hombre, un desafío a su capacidad para salir de sus rutinas, apegos y mediocridades para afrontar el desierto en el que, desde la libertad, construye una nueva realidad cimentada sobre el sentido profundo guardado en el secreto de su condición humana.

Allah ordena a Sidnâ Muhammad que se levante. La aparatosidad de lo que le estaba sucediendo (la ruptura con la cotidianidad que suponía la revelación, el rechazo de su pueblo) no podía sumirlo en un retrotraimiento que acabaría con la dilución de su Mensaje en la configuración de una experiencia espiritual sin proyección o, a lo sumo, la creación de una secta marginada. Debía aceptar que había sido desafiado por el Creador de los Mundos y tendría que lanzar ese mismo desafío a la gente que le rodeaba. Para ello necesitaba tener un manantial del que recoger constantemente las fuerzas necesarias que le permitirían cumplir con su destino, y esa fuente sería el Corán, que iba a acompañarlo a lo largo de los años de vida que le quedaban.

La sûra comienza con un vocativo: yâ: ayyuhâ l-múççammilu qum, ¡tú, el tapado  (bajo un manto)! levántate... Allah apostrofa al Profeta (s.a.s.) describiendo su estado: múççammil, el que está escondido, tapado bajo un manto. Esta descripción de la situación en que se encontraba el Profeta, que buscaba cobijo ante la impresión que le causaba lo que le estaba sucediendo (ya sea la espectacularidad de la aparición del Ángel, ya sea la oposición de su gente) va seguida del enunciado de un imperativo: qum, levántate (del verbo, qâma-yaqûm, levantarse, ponerse de pie, erguirse).

Este conjunto -la invocación seguido de un imperativo- es el Da‘wa de Allah, Su Llamada, una Invitación que dirige a Muhammad (s.a.s.), y que lo resume todo. Desde los más profundo del misterio de la existencia le llegó al Profeta una interpelación personal que contenía una orden: ¡levántate! Este qum , ¡levántate!, debe recordarnos el kun ¡! que, antes de la creación, Allah dirigió a las cosas que estaban en la Nada y, respondiendo a esa orden, las cosas pasaron a existir, y apareció el mundo. La misma Verdad que había ordenado ser al universo que estaba antes en el vacío de la Nada, y el universo surgió, ahora se dirige a un hombre, una criatura entre las innumerables criaturas que componen el mundo, para ordenarle seguir adelante y no detenerse. Se trata, como dicen los comentaristas del Corán, de una sola palabra pero que tiene una fuerza terrible y propone al hombre dejar atrás el calor y la comodidad del anonimato y la insignificancia para emprender, por el contrario, un viaje hacia una inmensidad que sólo puede intuir. El que vive para sí mismo vive tranquilo, contento con satisfacer las demandas de su egoísmo: vive siendo pequeño y muere siendo pequeño. Pero el grande es el que carga sobre sus espaldas con la humanidad entera, y ya no puede seguir durmiendo. No tiene tiempo para el descanso ni las satisfacciones pequeñas ni la vida cómoda. Efectivamente, según los relatos, al recibir esta orden, Sidnâ Muhammad (s.a.s.) dijo a su esposa Jadîŷa: “Ha pasado el tiempo de dormir, oh Jadîŷa”. Cuando alguien renuncia al sueño, lo que tiene ante sí es una vida en el Ŷihâd, en el constante combate: contra sí mismo, contra todo lo que le rodea, buscando lo más valioso en cuanto existe, desenterrando tesoros, sacando lo mejor y lo más noble.

          Así, pues, Allah dirige su imperativo al múççammil, al que se había escondido para no tener que afrontar lo que le había sido revelado, y le ordena levantarse, pero Allah no va a abandonarlo a su suerte, y por eso le señala el medio por el que podría hacerse constantemente de fuerza con la que sostener su lucha, manteniendo su comunicación con la Fuente de todas las fuerzas: qum il-láila illâ qalîlan nisfahû: aw ínqus minhu qalîlan aw çid ‘aláihi wa ráttili l-qur-âna tartîla, ¡Levántate para pasar en vela la noche, salvo un poco de ella, la mitad de la noche, o quítale un poco, o añádele algo, y recita el Corán con claridad!...

          Como ya hemos adelantado, Muhammad (s.a.s.), antes de la revelación, se retiraba a la soledad de una cueva en las inmediaciones de Meca para practicar la renuncia a los apegos y la meditación. Su sinceridad y la pureza de su intención lo hizo trasparente, y a él, en su vacío, le fueron pronunciadas las palabras del Corán. Debía continuar manteniendo esa actitud, y todas las noches, para alimentarse de energías, tendría que dedicar buena parte de su tiempo a mantener tendido ese puente hacia Allah. Su propia habitación, entre las penumbras de la noche, sería a partir de entonces su Cueva de Hirâ, y en ella tendría lugar el encuentro con el Ángel emisario de Allah.

          La noche (láil), una vez dejado atrás el ajetreo del día, es el momento más adecuado para el retiro (jalwa) y la soledad (‘uçla) en la que el corazón del hombre está mejor dispuesto para recibir las insinuaciones del mundo trascendente. En lugar de desaprovechar la ocasión -como hace el común de los hombres-, por el contrario, Muhammad (s.a.s.) -y los musulmanes con él- recibe la orden de levantarse y, en lugar de entregarse al sueño, pasar en vela la noche (su mitad, nisf, o al menos un tercio, zúluz, de ella) para comunicar con Allah empleando la Palabra misma de Allah, es decir, recitando pausadamente (ráttala-yuráttil) el Corán.

          El tartîl, la recitación pausada del Corán, consiste en abandonarse por completo a la Palabra de Allah, de modo que Su Verbo se apodera por completo del ser humano, que pasa a vibrar con un sonido que lo trasporta a lo esencial en todas las cosas. El tartîl es una práctica que sumerge al musulmán en la Revelación, lo saca de este mundo para ponerlo ante Allah. Puesto que es la propia Palabra de Allah la que ocupa el centro, el ego queda atrás, y emerge lo que hay de verdadero en el hombre, capaz de entroncar con las verdades. Allah ordena a Su Profeta dedicar a esa práctica la mitad de la noche, dejando la otra mitad para el necesario descanso. Si esto le parecía demasiado, le autorizaba a rebajar (náqasa-yánqus) a un tercio el tiempo dedicado al tartîl, o por el contrario aumentarlo (çâda-yaçîd) en función de sus necesidades y ocupaciones.

          La forma más aconsejada para el tartîl es realizarlo de pie en el seno de un Salât. El Salât es absoluto recogimiento en el que el musulmán va doblegando su cuerpo hasta consumirlo finalmente llevando la frente al suelo (a esa sucesión de movimientos que compone un Salât y que va de la postura erguida a la prosternación se la llama rak‘a). Mientras se está de pie, se recita el Corán. Sabemos que el Profeta (s.a.s.) realizaba once rak‘as (es decir, once series de esos movimientos reunidos en pares quedando suelto uno solo al final que recibe el nombre de witr, o rak‘a impar). Al conjunto se le llama Qiyâm al-Láil, pasar la noche en vela haciendo el Salât, o bien se le da el nombre de la última de esas rak‘as, el Witr. La primera postura -la que consiste en estar de pie recitando el Corán- era prolongada por el Profeta (s.a.s.) de tal manera que las once rak‘as de su Qiyâm al-Láil ocupaban generalmente un tercio de la noche (zúluz al-láil).

          En su Músnad, el Imâm Ahmad ibn Hánbal relata que Sa‘îd ibn Hishâm preguntó a ‘Aisha (rádia llâhu ‘anhâ) por el Witr de Sidnâ Muhammad (s.a.s.). Sa‘îd acudió ante ‘Âisha (r.) y le dijo: “¡Oh, Madre de los Musulmanes! Infórmame acerca de la forma de ser de Mensajero de Allah”, y ella (r.) le dijo: “¿Es que no has leído el Corán? Su forma de ser (júluq) era el Corán”. Después, le preguntó por el Qiyâm del Profeta, y ‘Aisha (r.) le respondió: “¿No has leído la Sûra de al-Múççammil? Cuando Allah prescribió el Qiyâm, el Mensajero de Allah (s.a.s.) estuvo un año pasando la mayor parte de la noche en vela en estado de Salât hasta el extremo en que sus piernas se entumecieron y se hincharon. Allah retuvo en el cielo los últimos versículos de la sûra (en la que se autoriza suavizar dicha práctica, según veremos al final de este capítulo) durante doce meses. Cuando fue revelada la última parte de la sûra, el Qiyâm al-Láil pasó de ser una prescripción obligatoria (farîda) a un acto voluntario (tatáwwu‘)...”.

          Toda esa intensa práctica tenía un objetivo, la de preparar al Profeta (s.a.s.) y fortalecer su ánimo, pues le aguardaban años difíciles: innâ sulqî ‘aláika qáulan zaqîla, vamos a depositar en ti palabras pesadas... El verbo alqà-yulqî significa depositar, verter. Allah iba a hacer de Muhammad el depositario de una enseñanza, y era necesario adecuar el recipiente. Su cuerpo, su espíritu, su corazón, tenían que hacerse poderosos, y el Qiyâm al-Láil era la forja en la que iba a ser templado. En ese recipiente iba a ser vertida una palabra (qául) pesada (zaqîl), es decir, grave e importante, de gran alcance. Esa palabra pesada (qául zaqîl) sería la totalidad del Corán y las obligaciones que incumbirían a los musulmanes. El adjetivo zaqîl, pesado, se opone a jafîf, ligero, sin importancia. El Islam es algo de peso, por tanto quien lo asuma debe prepararse para asumir su alcance.

          Allah iba a hacer de Muhammad (s.a.s.) el depositario de una Amâna: se confiaría a su capacidad un legado grave que tendría que trasmitir con fuerza a la humanidad entera. Por ello, todos los pasos previos eran importantes para hacer poderoso al Profeta (s.a.s.). Sus retiros en la Cueva, su práctica del Qiyâm, todo ello, junto a un sin fin de circunstancias, eran el Tadbîr, la gestión de Allah con la que cumple sus propósitos.

          Cuando el firmamento se ha llenado de estrellas, al comienzo de la noche, con el cuerpo cansado por la actividad del día y la mente comienza a relajarse, llega el momento más propicio para un recogimiento fecundo: ínna nâshi-ata l-láili hiya asháddu wát-an wa áqwamu qîla, el principio de la noche es más poderoso, y en él son más rectas las palabras... Este es un pasaje difícil de traducir porque usa giros propios del árabe que sólo se comprenden cuando se tienen en cuenta los valores exactos de cada palabra. Se nos dice que el principio de la noche (nâsiat al-láil, ahí donde la noche tiene su origen) es poderoso, y por ello duro para el cuerpo, cuando el hombre se hace conciente de su peso (es asháddu wát-an) porque está cansado tras una jornada de esfuerzos: es entonces cuando necesita descansar y la voz del sueño lo reclama. En ese mismo instante en que el cuerpo está vencido, el espíritu se alza y pasa a ocupar el primer lugar. En lugar de desaprovechar ese instante sumiéndose en el sueño, el musulmán lo aprovecha para sacarle todo su rendimiento a esa emergencia del espíritu. Recogiéndose en el Salât -que no exige de esfuerzos físicos-, se entrega a la dulzura de la palabra pues entonces es cuando lo que se dice (el Corán) es recto (áqwamu qîlan). En la coincidencia de esas circunstancias -el desvanecimiento del cuerpo y la preeminencia del espíritu- el acto de absoluta rendición a Allah sumerge al musulmán en el sobrecogimiento (jushû‘) que se desprende de una concentración eficaz en lo que significa Allah. Ese jushû‘ es hecho amable por la suavidad del Corán. La Munâŷâ, el coloquio que tiene lugar en esas circunstancias, es poderoso y transfigurador...

          La noche es, pues, el tiempo para el retiro, la concentración y la inmersión absoluta en el espíritu: ínna láka fî n-nahâri sábhan tawîla, durante el día, tienes largas ocupaciones... que no debes desatender. Allah no exige al Profeta (s.a.s.) -ni a los musulmanes- una vida dedicada a la contemplación pasiva. El Islam abolió el monacato, el celibato y la consagración en exclusiva a la piedad. La función del ser humano es vivir, estar en este mundo. Para ello ha sido creado, y para que esa vida sea recta y consciente, el musulmán busca iluminación en el espíritu que lo forja. No puede huir de sus responsabilidades, sino ejecutarlas con la fuerza y resolución que es capaz de recoger de la Fuente. La Revelación aparece para reforzar la misión del hombre, no para anularla. Durante día (nahâr, la parte del día que va desde el amanecer a la puesta del sol) el ser humano tiene sabh, ocupaciones que reclaman su atención, que son largas (tawîl), es decir, exigentes. El Corán no condena esas ocupaciones, aunque absorban la atención del hombre; al contrario, orienta hacia ellas al Profeta y a los musulmanes. Durante el día, cada cual debe cumplir con lo que la vida la demanda, esmerándose en su cumplimiento, y esas ocupaciones son esenciales que solo desatiende el que desconoce el secreto de su propia existencia, y que es la rectitud acción que desarrolle sobre este mundo. Es para orientar la vida salpicándola con el Recuerdo de Allah por lo que sobreviene la revelación, no para negarla.

          El Profeta (s.a.s.) dedicará su día al Da‘wa, a difundir el Islam. Esa es su misión, y no ahorrará esfuerzos en el cumplimiento de su obligación. A la vez, debía garantizar su sustento y el de su familia, acompañar a los suyos, dirigir una comunidad, luchar contra sus enemigos y no dejarse abatir por las contrariedades. Para realizar todo ello rectamente, debía inspirarse en el espíritu con el que comunicaba por las noches: wa dzkur ísma rábbika wa tabáttal iláihi tabtîla, ¡recuerda el Nombre de tu Señor, y conságrate totalmente a Él,... Tras el ajetreo del día, viene la paz de la noche, en la que el Profeta (s.a.s.) -y los musulmanes- debe recordar a Allah. Ello es expresado con un imperativo: údzkur, ¡recuerda! (del verbo dzákara-yádzkur, recordar, mencionar). El Dzikr, el Recuerdo, la Mención, consiste en traer a la memoria a Allah: ¡Recuerda el Nombre de tu Señor... El Nombre de Allah (Ism) es el soporte para una práctica que no sólo consiste en nombrarlo, sino ante todo, tenerlo presente en el corazón. Es de suma importancia que el musulmán mencione constantemente a su Señor (Rabb), a Allah, traduciendo en palabras lo que hay en su corazón, para que ese saber íntimo llegue hasta la conciencia y se convierta en luz que guíe su existencia.

          El Dzikr no consiste en la mención cien veces o mil veces del Nombre de Allah. Es eso, y la práctica del Salât, la recitación del Corán, la enseñanza y el aprendizaje del Islam,... Todo lo que tenga que ver con el Islam es Dzikr. Y es Dzikr cuando el órgano principal en todo ello sea el corazón y la sinceridad. Por tanto, realmente consiste en hacer presente a Allah: eso es el recuerdo, el objetivo de la Mención del Nombre de la Majestad. Todo ello para propiciar una inmersión profunda en su significado y alcance, para una consagración (tabáttul o tabtîl) absoluta: tabáttal iláihi tabtîl, ¡conságrate por completo a Él! Otro imperativo que aclara el significado del primero: ¡recuerda! (údzkur) es reforzado con ¡conságrate! (tabáttal). El tabáttul, la consagración del ser, es esa ruptura total que se produce por la noche y que pone al musulmán directamente ante Allah, y que durante el día es actuar conforme a las órdenes de Allah.

          El Dzikr, el Recuerdo, es la Rememoración del Nombre de Allah, de modo que el corazón encuentre ante sí abiertas las puertas por las que saborearlo. El Tabáttul consiste en esa inmersión que ilumina definitivamente al ser humano. Y todo ello en consonancia con lo que el musulmán sabe de su Señor: rábbu l-máshriqi wa l-mágrib, el Señor del oriente y del occidente, lâ: ilâha illâ hû,  no hay más verdad que Él! fá-ttajidzhu wakîla, ¡tómalo como Garante!

          Allah es Señor (Rabb) de oriente (máshriq) y occidente (mágrib), es decir, de todo el universo. El cosmos en su totalidad no tiene otro Señor. Él es su razón. Él impera en cada instante. El musulmán, al sumergirse en Allah, coincide con la existencia entera, recupera a su Señor y olvida sus falsos dioses. Además, lâ: ilâha illâhû, no hay más verdad que Él, sólo Allah es eficaz, sólo Él es real, mientras que todo lo demás se disipa. Nada merece la atención del musulmán, más que Allah Uno-Único. Por ello, el Corán, tras describirnos en estas dos frases quién es Allah, cierra el pasaje con un nuevo imperativo: íttajidzhu wakîla, ¡hazlo ser tu Garante!, es decir, confíate a Él -pues Él tu razón de ser y quien hace ser tu mundo- y delega en Él tu existencia -coincidiendo con la verdad de tu ser-. Haz de Él tu Wakîl, tu garante, tu apoderado, de modo que tus mentiras se evaporen en la Verdad que te sostiene.

 

CONTINUACIÓN