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Title: YAMA  •  Size: 45175  •  Last Modified: Fri, 22 Mar 2002 13:33:18 GMT

CAPÍTULO 85:  LAS CONSTELACIONES

SÛRAT AL-BURÛY

revelada en Meca, 22  versículos

 

índice

 

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm

1. wa s-samâ:i dzâti l-burûÿi

¡Por el cielo poseedor de constelaciones!

2. wa l-yáumi l-mau‘ûdi

¡Por el Día anunciado!

3. wa shâhidin wa mashhûdin

¡Por el testigo y lo atestiguado!

4. qútila as-hâbu l-ujdûdi

¡Malditos sean los compañeros del foso,

5. n-nâri dzâti l-waqûdi

-el fuego provisto de combustible-

6. idz hum ‘alaihâ qu‘ûdun

junto a cuyos bordes están sentados

7. wa hum ‘alà mâ yaf‘alûna bil-mûminîna shuhûd*

contemplando lo que hacen a los mûminîn!

8. wa mâ naqamû minhumû: illâ: an yûminû bil-lâhi l-‘açîçi l-hamîdi

No se encarnizaron con ellos más que por haberse abierto a Allah, el Poderoso, el Alabado,

9. l-ladzî lahû múlku s-samâwâti wa l-ard*

al que pertenece el dominio de los cielos y la tierra,

wa llâhu ‘alà kúlli shái:in shahîd*

y Allah es Testigo de todo...

 

             Para su estudio, dividiremos en tres apartados este capítulo (sûra) revelado en Meca y que consta de veintidós versículos (âyât, plural de aya, signo, prodigio, versículo). Esta sûra expone grandes temas de la ‘Aqîda o cosmovisión del Islam, y los rodea de una energía capaz de desatar en el lector las emociones que convienen a esas realidades -unas emociones que permiten integrar su significado y alcance verdaderos- para que el curioso no se detenga sin más en la mera formalidad de las palabras y se contente con los relatos. Por ello, se acortan las narraciones, se sugieren simplemente a modo de destellos, para que la atención se concentre en las connotaciones. El Corán consigue hacer así, de anécdotas sencillas, unas magníficas lecciones sobre el sentido de la Unidad que gobierna la existencia entera. Cada versículo -en incluso a veces cada palabra dentro de un versículo- abre ventanas hacia un universo infinito pleno de significados.

            El eje central es una historia que era conocida por los contemporáneos de la Revelación del Corán: el relato (qissa) del foso (ujdûd). En sí, el acontecimiento es simple, como casi todos los que narra el Corán. En la Arabia preislámica había un oasis en el que una parte de la población se hizo cristiana: se hicieron nasârà (plural de nasrâni), es decir, seguidores del Nazareno, de Jesús el Profeta y Mesías. Los nasârà de ese oasis -a los que el Corán describe como mûminîn, es decir, dotados de una intensa sensibilidad espiritual (Îmân)-, soportaron la creciente intransigencia y hostilidad de sus conciudadanos, que acabaron por torturarlos y quemarlos en un foso a cuyo alrededor se sentaron para contemplar el espectáculo. Los mûminîn aceptaron con paciencia y resignación ese destino antes que renunciar a Allah. La brutalidad con la que fueron tratados y finalmente asesinados escandalizó a los árabes del desierto, que hicieron correr la noticia.

            El Corán recoge el suceso entre referencias al cosmos entero, testigo de esa barbarie. El cielo, las constelaciones, el Día Anunciado (el del Fin del Mundo y la Resurrección), ‘lo que contempla algo’ y ‘lo contemplado’,... todo se junta para escandalizarse y condenar semejante hecho en el que fueron perseguidos, torturados y asesinados unos hombres y mujeres sin más razón que ‘lo que había en sus corazones’... Y es precisamente esa coincidencia del universo entero y todos sus pobladores -como si fueran ojos que presenciaran la maldad de los tiranos- lo que sugiere la terrible venganza de la que serán objeto los que perpetraron ese crimen: la violencia de Allah es infinita...

            Esta sûra habla, por tanto, de la shahâda, el testimonio. Nos habla del testigo (shâhid) y lo atestiguado (mashhûd). Nos enseña que todo es visto, y todo da fe de cada acontecimiento en una estrecha interrelación que tiene como fundamento la Unidad vertebradora de la existencia... La realidad es un ojo, y ni lo más oculto pasa desapercibido. Puesto que todo es visible y está presente, todo es juzgado: esta es la cuestión que hay en su visibilidad, es el sentido de la materialidad de las realidades. Y en la cumbre y síntesis de todo está Allah, el Señor de los Mundos, en el que todo confluye, el que lo conjuga todo bajo su Dominio (Mulk). Por ello, el primer pilar del Islam es la Shahâda, el Testimonio. El musulmán comienza dando fe de Allah y de sí, se declara mûmin, y con ello se muestra, se hace visible al universo entero, reconociéndose en medio del Ser para que el universo entero, en el seno de sus interrelaciones, de fe de él y de lo que es. Ese es su primer paso, y el segundo es el de la sinceridad, de la que son ejemplo los mûminîn citados en el texto, que se abrieron a Allah y perseveraron, incluso cuando fueron quemados en el foso -el fuego provisto de combustible-.

            El Corán nos habla en esta sûra de la visibilidad de cuanto existe y del eco de esa visibilidad en el testimonio que da la existencia entera, y por otro lado señala la fuerza del Îmân, la sensibilidad espiritual, la inocencia de corazón, que coincide con la Fitra, la naturaleza primordial de las cosas que tiende puentes hacia lo más recóndito, siendo capaz de desatar la complicidad del cosmos, y conjura a Allah mismo, trasfondo de la realidad... Ésta es la esencia de la Shahâda, el sentido de la declaración con la que empieza el Islam de una persona. Y respondiendo a los mûminîn, el Corán nos habla a continuación del permanente Domino absoluto de Allah, nos recuerda lo terrible y desmedido de su venganza, de la intensidad de su violencia -correlato en lo eterno del fuego encendido por los hombres con sus perversiones-, y sigue una lista de Nombres de Allah, cada uno de ellos con un sentido preciso en este contexto, tal como veremos en las restantes partes de esta sûra. El Corán alude a la naturaleza de esa maldad -el Kufr- y nos asegura que todo volverá a Allah y Él hará justicia entre los hombres, pues constantemente todo requiere de Él, el universo lo necesita, la existencia entera sin cesar reclama ante Él y lo invoca y espera su respuesta. Y, por último, el Corán da fe de sí, para ser conocido... Es así como se van encadenando una serie de ideas que tienen como eje el relato de las Gentes del Foso, conformando una unidad suficiente que es imagen de cómo el Islam concibe la existencia.

            Empecemos desde el principio. A la cabeza de la sûra figura un juramento (qásam) sugerente: wa s-samâ:i dzâti l-burûÿ, ¡por el cielo poseedor de constelaciones!... Allah jura citando las inmensidades del cielo (samâ) y sus habitantes, las estrellas que conforman constelaciones (burûÿ, plural de burÿ, torre, palacio, constelación, signo zodiacal). En la palabra burÿ se aúnan las ideas de torre-fortaleza desde la que se vigila, de un alcázar bello y majestuoso, de constelación de estrellas imponentes y de zodíaco que surca el cielo rodeando el mundo... Estos son los primeros testigos que Allah presenta contra los responsables del crimen que se va a relatar.

            A continuación, wa l-yáumi l-mau‘ûd, ¡por el Día anunciado!... Allah jura en segundo lugar por un Día (Yáum) que será terrible, un Día mau‘ûd, anunciado o prometido por los profetas. Mau‘ûd también significa determinado para un momento concreto, al final de los tiempos cuando la existencia se haya cumplido y agotado. Se trata del Día del Fin del Mundo y de la Resurrección, cuando todo se vuelva a poner de pie ante Allah para que Él juzgue su obra y destine unos al Fuego y otros al Jardín... Es el Yáum al-Fasl, el Día de la Discriminación, cuando lo bueno sea separado de lo malo. Es el Día Inmenso, el de la Verdad Absoluta, el de la desnudez de la realidad. Aunque se trate de un acontecimiento futuro, aquí es mencionado como testigo de los hechos actuales, y es porque en ese instante todo será presente.

            Por último, un juramento de alcance más general: wa shâhidin wa mashhûd, ¡por el testigo y lo atestiguado!... El verbo sháhida-yáshhad significa testimoniar, atestiguar, certificar, dar fe de algo, y de él derivan shâhid, testigo, y mashhûd, atestiguado. El verbo significa también contemplar, y shâhid sería contemplador y mashhûd, contemplado. Si unimos estas ideas nos aproximaremos al contenido del juramento: Allah menciona como garantes de lo que va a decir en este capítulo a todo testigo e incluso invoca aquello que ha contemplado el testigo, el hecho en sí, pues todo encuentra su unidad perfecta en la Verdad. El universo y cada criatura son testigos en favor o en contra de sí, y lo serán plenamente el Día Anunciado... Lo que sucedió en un apartado oasis en medio del desierto fue visto por la existencia entera, y también el acontecimiento se vio a sí mismo, y Allah, coronando el Ser y sintetizándolo todo, es el Testigo Verdadero (es Shahîd, descripción más intensa que la que hay en el participio shâhid).

            La breve referencia al relato en sí va precedida por el enunciado de una maldición: qútila as-hâbu l-ujdûd, ¡malditos sean los compañeros del foso,... Realmente, qútila significa sean muertos (qútila-yúqtal, voz pasiva de qátala-yáqtul, matar), y es frecuente en expresiones de ira hacia alguien, cuya destrucción y muerte es deseada. Esta maldición va dirigida contra los compañeros del foso (los as-hâb al-ujdûd), que han desatado esa ira, primero en la existencia entera, testigo de su crimen, y de Allah en el fondo de la realidad... Los compañeros (as-hâb, compañeros, gentes, es plural de sâhib, compañero, dueño) del foso (ujdûd), desencadenantes de una terrible maldición contra ellos mismos y en la que el universo coincide y de la que Allah se hace eco y pleno realizador, son los que tramaron contra los mûminîn, los que mandaron cometer el asesinato y los que horadaron el foso, todos los que participaron, directa o indirectamente, en el asunto, incluso los que se limitaron a disfrutar del espectáculo.

            Cavaron un foso y lo llenaron de an-nâri dzâti l-waqûd, fuego provisto de combustible...,  abrieron la tierra para encender en ella un fuego (nâr) que no dejaban de alimentar con combustible (waqûd). -En los relatos del Corán abundan precisiones que llaman nuestra atención porque en el conjunto se dejan de lado otros detalles que en principio lo aclararían más. Observemos que hemos necesitado reconstruir la historia con elementos tomados de otras fuentes, porque en sí el Corán es tremendamente parco. Por eso despiertan la atención estos matices aparentemente secundarios en una trama en la que se dejan a la sombra la concreción de los protagonistas, el tiempo en que ocurrió el suceso, el lugar, etc. Y es que el Corán nos enfoca hacia otras cosas. Lo relevante es la significación de esos perfiles que, destacados así, invitan a la reflexión. En realidad, se está diciendo a nuestros corazones que los compañeros del foso -reaccionando con ira ante los cristianos del oasis- crearon un infierno al que se estaban condenando: arrojaron a él a los mûminin, que eran los inocentes que sirvieron de combustible para mantener el fuego de su rabia, pero ante Allah eran ellos los destinados al fruto de sus intenciones y de sus acciones.

            Todo el universo interior al que llamamos al-Âjira, el universo de Allah, lo que nos aguarda tras la muerte, es el correlato en lo infinito de nuestros momentos actuales. En la ira de los idólatras nacía la de Allah, fuera ya de circunstancias y por tanto anterior a todo. De ahí el valor intensamente connotativo de este sencillo relato al que el Corán dedica un capítulo. El Corán ha sido revelado para advertirnos contra esa magnitud tremenda de la existencia, de la que no somos conscientes porque vivimos entretenidos en la sucesión del tiempo, consagrados a nuestras frivolidades, pero lo importante es lo que estamos labrando en la eternidad del ser. La maldad es un fuego que encendemos y que alimentamos con inocentes, y contra el que las víctimas reclaman una venganza sostenida sobre la urdimbre unitaria de la existencia. Cada daño que ocasionamos -incluso a nosotros mismos-, y que acrecienta nuestro fuego interior, implora una venganza que sólo Allah puede ejecutar, y que tendrá lugar en lo eterno... Del mismo modo, cada bien germina en el Jardín, e invoca la Misericordia de Allah, pues es fruto de la exuberancia que hay en potencia dentro del hombre.

            El Corán -utilizando siempre el presente, pues todo acontecimiento es actual ante Allah-  continúa describiendo el escenario en el que ocurrieron los hechos, como si esos detalles tuvieran una especial significación, y nos dice de los instigadores del crimen, los indeterminados ‘compañeros del foso’ idz hum ‘alaihâ qu‘ûd, junto a cuyos bordes están sentados... Se refiere a ellos en tanto que testigos de su propia iniquidad: estaban sentados (qu‘ûd, plural de qâ‘id, sentado) contemplando el tormento al que sometían a los mûminîn y a las mûminât. Si el acto en sí es atroz, merece una especial mención esa actitud: wa hum ‘alà mâ yaf‘alûna bil-mûminîna shuhûd, contemplando lo que hacen a los mûminîn!... Ellos mismos son testigos (shuhûd, plural de shâhid), y dan testimonio ante Allah de lo que hacen (fá‘ala-yáf‘al) a los mûminîn, a los inocentes, los abiertos a Allah: todo queda registrado en una memoria universal, en un Libro que se dará a leer a los hombres ante Allah. No podemos detenernos, en esta Introducción al Corán, en las muchas implicaciones de cada expresión. Bástenos ahora su significación más inmediata: se nos está retratando su indiferencia ante el dolor y el sufrimiento de los mûminîn. Lo mismo van ha encontrar en al-Âjira, donde ellos serán olvidados por Allah en el Fuego de su Ira...

            ¿Qué les empujó a cometer ese crimen?: wa mâ naqamû minhumû: illâ: an yûminû bil-lâhi l-‘açîçi l-hamîdi no se encarnizaron con ellos más que por haberse abierto a Allah, el Poderoso, el Alabado,... La única razón por la que se encarnizaron (náqama-yánqim, vengarse, encarnizarse en una venganza) con los mûminîn fue porque habían abierto sus corazones (âmana-yûmin) a Allah. En otra expresión, fueron asesinados ‘por lo que había en sus corazones’. Siempre, ‘lo que hay en los corazones’ es muy importante y determina muchas cosas: determina el mundo entero, y es signo del Destino...

            Los inocentes no habían cometido ningún delito que mereciese la ira de los compañeros del foso,... simplemente habían abandonado la idolatría. Ese acto de los mûminîn desató el rechazo y la rabia de los kuffâr porque cuestionaba sus certezas. Lo que más hiere al ser humano es que se le venga abajo el mundo, y los mûminîn, al abrirse a Allah, denunciaban la banalidad de sus contemporáneos, que vivían en un universo de ficciones. Por su lado, ellos habían orientado su ser hacia la Verdad, sin condicionarla (y eso es el Islam). Era un acto de profunda entrega a la vida pero que removía los cimientos de su sociedad, y afectó a los idólatras en lo más profundo de sus convicciones, y se desencadenó la ira de los idólatras, los cuales vengaron a sus dioses. Falta la venganza de Allah, para que quede acabado el círculo...

            Los mûminîn se habían abierto a Allah, y el Corán pasa a describírnoslo para que intuyamos el alcance de la Verdad a la que los mûminîn habían tendido puentes. Allah es al-‘Açîç, el Poderoso: este Nombre reúne tres significaciones: unidad, exclusividad y fuerza, y quiere decir que Allah es Uno en Sí, y es Único (nada se le asemeja y nada se le opone) por lo que su Poder no tiene obstáculo, y por ello Allah es Preciado (lo escaso y útil tiene más valor y es más buscado), término por el que también podría traducirse al-‘Açîç. Y Allah es al-Hamîd, el Alabado o el Digno de Alabanza, es el elogiado por los mûminîn, los sinceros, los inocentes, los que tienen el corazón limpio y no son idólatras, y en cualquier caso es Digno de ese elogio aunque nadie lo ensalzara, pues su Verdad es admirable y conmocionadora.

            Los mûminîn han intuido estas cualidades de su Señor, y hacia Él se han orientado, pero aún saben más de Él: que es al-ladzî lahû múlku s-samâwâti wa l-ard, al que pertenece el dominio de los cielos y la tierra,... es decir, nada escapa a su Dominio (Mulk), ni en los cielos (samâwât, plural de samâ) ni en la tierra (ard). Desde las constelaciones gigantescas hasta lo más insignificante escondido en profundidades abismales, el universo entero y cada una de sus partes están bajo su hegemonía. Los mûminîn, pues, se han orientado en esa dirección, se han acogido a ese Pilar Sólido y han puesto sus vidas en Manos de esa Verdad Creadora: en lugar de inventar dioses con los que saciar su inquietud espiritual, la han sincerado y han afrontado el reto de Allah, la Inmensidad que escapa a las medidas humanas y a su vez penetra en cada ser, rige la existencia, wa llâhu ‘alà kúlli shái:in shahîd, y Allah es Testigo de todo...

            Aquí el Corán utiliza un intensivo de shâhid, testigo: Allah es Shahîd, es decir, su Testimonio es más profundo, pues su Presencia es más absoluta que la del cualquier otro testigo e implica un conocimiento más profundo, en las raíces. Allah ve desde dentro de los seres y de los acontecimientos, y lo abarca todo y se impone a todo. Y en esto hay una amenaza terrible para los kuffâr. Su crimen no ha pasado desapercibido. Matando a los mûminîn mataban todo lo bueno, todo lo fresco y abierto a horizontes infinitos, condenándose a sí mismos a su propio dolor y frustración. Para los maestros sufíes, mûminîn son todo lo bueno que hay en cada ser humano, sus posibilidades, los potenciales que lo abren,... quien los mata se queda vacío frente a su horror; quien asesina su generosidad, su ternura, su valor,... se encuentra con el fuego de la avaricia, el odio, la cobardía. Los acontecimientos exteriores tienen correlatos interiores, al igual que los tienen en la grandiosidad de lo universal y todo ello está contenido en el lenguaje mágico del Corán que permite muchas lecturas precisamente porque obvia detalles que dirigieran el entendimiento en una única dirección. Lo que parecía una carencia se convierte en el detonante de una comprensión que cada vez abarca más mundos, agrandando los horizontes del lector atento que pone el corazón en lo que se le quiere decir.

            El mûmin ha trabado una alianza (walâya o wilâya) con Allah que entraña reciprocidad. Da fe de Allah, y Allah lo respalda. Se trata de una interrelación siempre creciente. Así, el momento del mûmin conjura a Allah, cada minuto suyo es un du‘â, una invocación que implica al universo y al Creador. El Îmân -la capacidad del corazón que el mûmin ha activado con su inocencia- hunde raíces en la Fitra, en la naturaleza primordial donde coincide con la existencia entera. Mientras que el kâfir ha abandonado la espontaneidad y el flujo con la Verdad, dejando atrás lo auténtico y enmarañándose en sus circunstancias, intentando lograr control sobre sus quimeras, el mûmin -con su abandono en Allah- potencia aquello de lo que es capaz, y resulta que la reverberación de su ser sacude el mundo. El pacto que ha sellado al concluir su Shahâda -el Testimonio que da de Allah y de sí- es un lazo por el que se compromete y compromete a Allah, porque ya no hay distancias entre el hombre y su Señor Creador de todas las cosas.

 

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