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Title: YAMA  •  Size: 31219  •  Last Modified: Fri, 22 Mar 2002 13:33:11 GMT

CAPÍTULO 84: EL DESGARRO

SÛRAT AL-INSHIQÂQ

revelada en Meca, 25  versículos

 

índice

 

16. falâ: úqsimu bish-sháfaqi

¡Pero no! Juro por el crepúsculo,

17. wa l-láili wa mâ wásaqa

y por la noche y lo que congrega,

18. wa l-qámari idzâ ttásaqa

y por la luna cuando se completa,...

19. la-tárkabunna tábaqan ‘an tábaq*

¡pasaréis de un estado a otro!

20. fa-mâ láhum lâ yûminûna

¿Qué les pasa que no abren sus corazones,

21. wa idzâ qúria ‘aláihimu l-qur-ânu lâ yasÿudûn*

y cuando se les lee el Corán no se prosternan?

22. bal il-ladzîna kafarû yukadzdzibûna

Pero los que han negado a Allah desmienten

23. wa llâhu á‘lamu bi-mâ yû‘ûn*

y Allah sabe bien lo que contienen...

24. fa-báshshirhum bi-‘adzâbin alîm*

¡Anúnciales un castigo doloroso!

25. illâ l-ladzîna â:manû wa ‘amilû s-sâlihâti

Pero no a los que se han abierto de corazón y actúan rectamente:

lahumû: áÿrun gáiru mamnûn*

hay para ellos una recompensa ininterrumpida...

 

            Tras habernos introducido en al-Âjira, el Universo de Allah, al que accederemos con la muerte -la cuál nos expondrá por completo a lo que Allah quiera-, el Corán nos devuelve a este mundo-signo de Allah (‘âlam). Para el mûmin, el universo entero es reverberación de las verdades que están en sus cimientos, y sus cimientos son el Poder Absoluto de Allah y su Eternidad.

            En el Islam se le llama duniâ al mundo en su materialidad. No es una denominación peyorativa, pero pone el acento en su densidad que muchas veces ciega al hombre y le impide ver más allá. Pero cuando el mundo se trasforma ante el musulmán, gracias a su experiencia espiritual, y pasa a ser signo (aya, ‘alâma) y le dice muchas cosas, entonces el mundo pasa a llamarse ‘âlam, y Allah es Rabb al-‘Âlamîn, el Señor de los Mundos.

            Después de habernos sumergido en lo que nos aguarda, que es nuestra desnudez ante el Poder Absoluto de Allah, y habernos hecho saborearlo en lo definitivo de la eternidad, regresamos a nuestro mundo, y ante nosotros el mundo es ahora otra cosa y descubrimos el Poder de Allah forjando ya cada instante: falâ: úqsimu bish-sháfaq, ¡Pero no! Juro por el crepúsculo,... Esta tercera parte de la sûra comienza con un ¡no! tajante (, ¡no!). Es una exclamación que sirve para romper el discurso y reclamar de nuevo nuestra atención. Tras habernos permitido la contemplación de un mundo interior extraordinario, el Corán nos ‘espabila’ con el ¡no! que nos sitúa ahora en otra parte.

            Para que no disminuya la intensidad, inmediatamente a continuación Allah jura (áqsama-yúqsim, jurar). El juramento (qásam) es un recurso constante en el Corán durante su primera época. Con él el lenguaje se hace contundente y las expresiones son vigorosas.

            El juramento comienza mencionando el crepúsculo (sháfaq), que es el instante que sigue a la puesta del sol: la naturaleza se calma mientras las penumbras van apoderándose del mundo wa l-láili wa mâ wásaq, y por la noche y lo que congrega,... el juramento sigue para hablar de la noche (láil) que junta y reúne (wásaqa-yásiq, congregar, acumular, abarcar), como si abrazara y acogiera en su seno a la existencia entera sumiéndola en la oscuridad. Es difícil no darse cuenta de la consonancia con lo dicho antes sobre el efecto de la muerte, y el juramento resulta ser una escenificación de las verdades referidas, y que tienen su plasmación en la sucesión del tiempo en nuestra existencia cotidiana: wa l-qámari idzâ ttásaq, y por la luna cuando se completa,... y en medio de esa oscuridad nocturna, semejante a las penumbras de la tumba, resplandece la luna (qámar) de la Resurrección, y se completa todo (ittásaqa-yáttasiq, completarse, alcanzar la armonía)... La creación sigue una lógica interna que la conjuga, y todo está entrelazado sobre una suprema significación (ma‘nà).

            Las imágenes eran para enmarcar lo que sigue: la-tárkabunna tábaqan ‘an tábaq, ¡pasaréis de un estado a otro!... el crepúsculo, la noche y la luna son testigos de la verdad de lo que Allah dice, y es que vosotros, los seres humanos pasaréis de un estado a otro, al igual que todo en la naturaleza. Hay una constante superación de fases (tábaq, fase, estado, nivel, capa) hasta alcanzar la plenitud, y todas ellas las cabalgará (rákiba-yárkab, cabalgar, montar) el hombre. Cada criatura da pasos hacia su Señor, superando la distancia, hasta encontrarse con Él en la muerte, a partir de la que también empiezan nuevas fases, y el hombre pasará por la Exposición de los Actos, la Balanza, el Interrogatorio, el Sendero, el Estanque, etc.

            Mientras resuenan en los oídos del lector las últimas palabras del pasaje anterior, el Corán expresa su asombro ante la desidia del hombre, el cual vive en medio de signos que no dejan de recordarle que la existencia entera se dirige a su ocaso en la verdad en la que ha tenido origen, y en la que se reencontrará con su Señor: fa-mâ láhum lâ yûminûn, ¿qué les pasa que no abren sus corazones,... ¿qué sucede al hombre que no abre su corazón a pesar de que Allah llama a su puerta en cada signo con el que se encuentra? El cosmos, la naturaleza, el ser humano en si, todo habla de Allah, de su Fuerza y de su Ciencia. El Îmân, la apertura exigida, es sensibilidad, es esponjosidad. Pero en lugar de expandir esa riqueza, el hombre se cierra (káfara-yákfur, cerrarse, esconder, camuflar, negar, rechazar, ser desagradecido).

            El Corán se pregunta por qué el ser humano no se abre (âmana-yûmin, abrirse hacia Él, recoger lo que viene de Él, confiar en Él), por qué no estimula en sí el Îmân, por qué no se expande con él, por qué no lo acompaña al infinito al que aspira el Îmân, la intuición más íntima que anida en su corazón.

El Îmân es estimulado una y otra vez por los infinitos signos de Allah y por los profetas, es decir, por las Revelaciones en medio de las que vive cada hombre. Y de entre esos signos extraordianrios, el más grande es el Corán. ¿Por qué wa idzâ qúria ‘aláihimu l-qur-ânu lâ yasÿudûn, cuando se les lee el Corán no se prosternan?... El Corán le es recitado (qúria-yuqra, ser recitado o leído, voz pasiva de qáraa-yaqra, recitar, leer) al hombre y el hombre no reacciona, y su reacción debiera ser prosternarse, llevar la frente al suelo (sáÿada-yásÿud), es decir, rendirse por completo a Allah, someterse a Él, retornar a Él...

            Para no hacerlo, el hombre se revuelve: bal il-ladzîna kafarû yukadzdzibûn, pero los que han negado a Allah desmienten... los que reprimen su Îmân, los que se cierran y se tornan insensibles (káfara-yákfur, cerrarse, esconder, camuflar, negar, rechazar, ser desagradecido) se escudan tras el takdzîb, el desmentido. Dicen que el Corán miente, que los signos engañan, que nada significa nada, y así cierran los ojos y se hunden en su ignorancia y egoísmo: wa llâhu á‘lamu bi-mâ yû‘ûn, y Allah sabe bien lo que contienen... Allah sabe bien (es á‘lam, el mejor conocedor) de lo que hay en ellos (au‘à-yû‘î, contener). Él sabe mejor que nadie lo que guardan en sus pechos, los secretos que esconden, las enfermedades que encierran en sus corazones, las causas más secretas de sus maldades, lo que les hace retrotraerse, lo que les aleja, lo que les lleva a declarar falsos los signos de su Señor, y es algo que será quemado... fa-báshshirhum bi-‘adzâbin alîm, ¡anúnciales un castigo doloroso!... les aguarda un tormento (‘adzâb, tormento, castigo) que será alîm, doloroso.

            Allah ordena al Profeta trasmitir (báshshara-yubnáshshir, anunciar) a los kuffâr la noticia del tormento que les aguarda porque él ha sido enviado a todos, a los musulmanes y a los no-musulmanes, para comunicar a cada cual su Destino en la Inmensidad de Allah, en al-Âjira, en la existencia que hay tras la muerte. El verbo báshshara-yubáshshir significa en realidad dar una buena noticia, comunicar una bushrà o bishâra, una noticia que alegra. Al Profeta (s.a.s.) se le llama también Bashîr, el Anunciador de una buena noticia. Suponemos que aquí se emplea el verbo con ironía. Normalmente, el Corán emplea en estos casos el verbo ándzara-yúndizr, advertir, amenazar, pues la función del Profeta (s.a.s) ante los kuffâr es la de ser un Advertidor (Nadzîr), alguien que pronuncia una advertencia (indzâr).

            Después de haber ordenado al Profeta anunciar a los kuffâr un destino terrible en al-Âjira (el ‘adzâb alîm, el castigo doloroso), se introduce una excepción retórica: illâ l-ladzîna â:manû wa ‘amilû s-sâlihât, pero no a los que se han abierto de corazón y actúan rectamente... Es retórica porque en ningún momento el Profeta debía comunicar ese destino a los mûminîn como para ser después exceptuados. El empleo de la partícula illâ, pero no a, excepto, salvo, es para interrumpir la sentencia e introducir un mensaje contrario y hacerlo de forma desconcertante y quede así subrayada, precisamente, la diferencia.

            En contraposición, para los mûminîn, para quienes se hayan abierto a Allah interiormente (âmana-yûmin) y exteriormente hayan obrado con rectitud (‘ámila-yá‘mal, hacer, sâlihât, acciones rectas y conformes a la Voluntad de Allah), en lugar de un castigo doloroso, lahumû: áÿrun gáiru mamnûn, hay para ellos una recompensa ininterrumpida... para ellos habrá una recompensa (aÿr), es decir, recogerán junto a Allah el fruto en la eternidad de su Îmân y de sus acciones presentes (las sâlihât, los actos nobles), y ese fruto será mamnûn, ininterrumpido en la Casa de la Eternidad (Dâr al-Baqâ).

 

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