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Title: YAMA  •  Size: 50272  •  Last Modified: Fri, 22 Mar 2002 13:32:59 GMT

CAPÍTULO 84:  EL DESGARRO

SÛRAT AL-INSHIQÂQ

revelada en Meca, 25  versículos

 

índice

 

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm

1. idzâ s-samâ:u nsháqqat

Cuando el cielo se desgarra

2. wa ádzinat li-rabbihâ wa húqqat

y atiende a su Señor, y lo hace como debe ser...

3. wa idzâ l-árdu múddat

Y cuando la tierra se allana

4. wa álqat mâ fîhâ wa tajállat

y expulsa lo que hay en ella y se vacía,

5. wa ádzinat li-rabbihâ wa húqqat*

y atiende a su Señor, y lo hace como debe ser...

6. yâ: ayyuhâ l-insânu ínnaka kâdihun ilà rábbika kádhan fa-mulâqîh*

¡Oh, ser humano! Buscas con esfuerzo a tu Señor, y Lo encontrarás.

 

             El Capítulo del Desgarro (Sûrat al-Inshiqâq) es el que hace el número ochenta y cuatro de los ciento catorce capítulos (súar, plural de sûra) en que está dividido el Corán (Qur-ân), el Libro Noble y Generoso (Karîm). Como se nos dice en su encabezamiento, esta sûra fue revelada en la ciudad de Meca (Makka) y consta de veinticinco versículos (âyât, plural de aya, versículo, signo, prodigio), que hemos dividido en cuatro breves párrafos para hacer cómodo su análisis.

            La Revelación (el Wahy; que también se dice Nuçûl o Descenso) se produjo a lo largo de veintitrés intensos años en los que, fragmento a fragmento, el Corán iba siendo dictado al corazón de Muhammad (s.a.s.) -quien es, para los sufíes, el Ser Humano (Insân) por antonomasia-.

Los primeros trece años transcurrieron en Meca, donde comenzó el Islam, siendo al principio un modesto movimiento clandestino que tardó un tiempo en hacerse público: el Profeta (s.a.s.) preveía la reacción violenta de los idólatras. Cuando se pasó a la fase siguiente -la de la comunicación abierta del Mensaje (Risâla, de donde Rasûl, Profeta, Mensajero, Enviado)- se agravaron las amenazas, la oposición fue creciendo y convirtiéndose en persecución, y Muhammad (s.a.s.) decidió que los musulmanes abandonasen la ciudad y emigraran (Hiÿra, la Emigración o Hégira) a Medina (al-Madîna, llamada antes Yázrib), un poblado oasis al norte donde el Islam creció y pudo fragar una comunidad independiente con una influencia cada vez mayor en la península de los árabes. El ascenso del Islam fue fruto de enormes y constantes esfuerzos, de un continuo esmero de los musulmanes, que fueron superando estrecheces y obstáculos hasta el Nasr, la Victoria y el Fath, la Conquista (véase el comentario a la sûra ciento diez).

            En la sucesión de los acontecimientos que tuvieron lugar hay un sugerente simbolismo que nos explica muchas cosas acerca del Islam y de su trasfondo. El Islam emergió en medio de un contexto hostil, que le obligó a una introspección en la que se hizo cargo de su propio alcance. El germen del Islam enraizó y resplandeció en esa penosa soledad a la que los primeros musulmanes se vieron obligados por las circunstancias. Una vez se vieron enterrados en el desamparo de lo clandestino, que era una especie de retiro espiritual en el que vivir radicalmente el Islam naciente, descubrieron y comprendieron la profundidad, la connotación y la exigencia de la enseñanza que se les transmitía y que era, en su apariencia, extraordinariamente sencilla: que Allah, Creador y Señor de todo, es Uno (hid), y que existimos absolutamente sujetos a Él en la esencia de nuestra raíz (dependencia a la que se llama ‘Ubûdía), y que irremisiblemente a Él volvemos -con la Resurrección (al-Qiyâma o al-Ba‘z)-.

            Esas enseñanzas básicas reciben en árabe el nombre de Tawhîd, que literalmente significa Unificación. La existencia entera, en todos y en cada uno de sus momentos, y sin que nada se interponga (ni tan siquiera la muerte), está bajo el Poder Único de Allah. Despertar a las implicaciones de esto constituye un gran desgarro, una ruptura con el mundo ilusorio en la que se saborea lo auténtico y permite el restablecimiento de una estrecha vinculación con Allah, el Real. A esa vinculación se la llama Islâm, que es absoluta rendición a la Verdad y vivencia de la sujeción a Allah.

            La apariencia simple del Tawhîd fue rota por el conflicto que desató: esas palabras sobre la Unidad que da origen y hechura a nuestra existencia, cuando son meditadas con la vida misma, contienen verdades trastornadoras. No era suficiente aceptar lo que significan los enunciados sobre la Unidad: había que centrar a los musulmanes en su alcance y forzar la atención -lo cual fue impuesto por las condiciones, que los enclaustraron y les obligaron a hacer del Tawhîd su universo, todo su mundo, y pudieron salir finalmente a la luz del día y supieron que disponían de un arma con la que acabarían construyendo una nueva civilización (Dîn), una civilización decididamente enraizada en el Tawhîd, que a su vez es la esencia de los cielos y de la tierra-...

            El Corán revelado a lo largo de los primeros trece años en Meca tiene rasgos especiales, acordes con el contexto difícil en el que se producía su comunicación. Los capítulos de ese periodo suelen ser muy breves y las frases son cortas, impactantes, tensas, muchas veces desafiantes, aparentemente inconexas, semejantes a destellos violentos que se suceden veloces dejando una impronta poco definida pero eficaz... El Corán se proponía, en esa primera etapa, iniciar a los musulmanes (al-muslimîn), despertar y atraer la atención de cada uno de ellos, arrancarlos de la desidia espiritual, desapegarlos de rutinas, enfrentarlos a la desmesura de la Verdad-Una, ‘unificarlos en sí mismos’ y demoler su mundo anterior para asentar los cimientos de una nueva visión de la existencia (una nueva ‘Aqîda) sobre la que erigir el Islam como restauración de esencias olvidadas... De ahí el tono apocalíptico de los pasajes revelados en esos densos momentos en los que se demolía un mundo para ir rehaciendo un nuevo edificio, antiquísimo en sus cimientos.

            Ese tono desmesurado era el conveniente a la radicalidad del Tawhîd. El Corán puso a los musulmanes ‘ante Allah’ de golpe, los ‘mató’ para hacerles resucitar, los apartó del mundo en el que vivían para hacerles vivir en al-Âjira, el Mundo de Allah... Así serían conscientes de su Absoluto Dominio sobre todas las cosas, incluso ahora y a pesar de los velos que disimulan la presencia directa de su Poder.

            El Corán de Meca resuena a desmoronamiento de un universo frente a la emergencia de la Verdad que lo sostiene, una Verdad relegada hasta entonces en el torbellino desatado por su propia fuerza y ante la que todo desaparece cuando se impone a Sí Misma. El Corán será la expresión de un cosmos entero que se viene abajo ante su Creador, redescubierto precisamente en la fragilidad de la existencia de todo lo creado, que sin duda habrá de acabar mientras que lo eterno que está en sus cimientos -anterior y posterior a nuestros momentos efímeros- por siempre permanecerá en la indeterminación de su Esencia misteriosa e inefable y en la Majestad de su grandeza, y que ahora se revelaban con toda su energía, plasmando su fuerza en cada la palabra comunicada a Muhammad (s.a.s.).

            Más tarde, en Medina, a lo largo de otros diez años, el estilo del Corán será muy distinto: los capítulos se harán más extensos y las frases serán más largas y claras, orientadas a servir de inspiración a una comunidad cada vez más grande y diversa. La intención entonces será la de constituir una sociedad, crear una nueva Nación (Umma), que sólo podría nacer de en medio del desierto dejado por la muerte del mundo anterior, una Nación surgida de esa poderosa experiencia espiritual en la que todo queda relativizado en la contemplación del Verdadero Señor de los cielos y de la tierra, que trasciende la vida y la muerte.

            La irrupción del Corán en la vida de Muhammad fue violenta: Allah se le reveló con la fuerza demoledora de su Esencia y de su Majestad, como debe ser. El Islam se presenta a sí mismo como tormenta desatada en el desierto, y esta metáfora es frecuente en el Corán. Efectivamente, el Islam desató una conmoción que tuvo un alcance universal. El Tawhîd, la Unidad y Unicidad de Allah, base de la ‘Aqîda, la cosmovisión que el Islam ofrece, es una radical ruptura con la idolatría (el shirk), la cual queda destruida por la sencillez de le enseñanza en la que se funda el Islam (el Tawhîd) y con ella -con la idolatría- mueren los dioses y fantasmas que cimientan el Kufr, la ignorancia, la ingratitud y la barbarie del hombre ‘separado’ de su Señor, es decir, de lo que le hace ser, de la Verdad Suprema que impera en él. Ése es el hombre ‘desintegrado’, ‘disperso’, mientras que el Islam pretende ‘unificarlo’ ante su Señor Uno-Único. ‘El ser humano uno-único ante Allah Uno-Único’ es el objetivo absoluto del Tawhîd, la Unificación...

            En coincidencia con esto, la Revelación coránica comenzó anunciando la inminencia del Fin del Mundo, signo máximo de la precariedad de nuestra existencia actual (el duniâ) y de lo relativo de todos nuestros valores, y así debía ser... Lo frágil se deshace ante Allah, quedando anunciada también así la Resurrección, referencia inmediata a su Poder, al que todo queda sometido y que  doblega incluso a la muerte, el último de los ídolos, que confunde a los hombres con su apariencia de algo definitivo. Pero sólo Allah es definitivo.

            La inminencia es signo de la irrelevancia del tiempo... Cada muerte es una manifestación de la Fuerza Reductora de Allah, y el Fin del Universo y la Reunión de la existencia ante Allah son el estandarte de su Predominio Absoluto y expresión de su Majestad, en la que su Verdad se muestra arrasándolo todo, engullendo todas las ilusiones de los seres, imponiéndose irremediablemente, marcando destinos en lo eterno de al-Âjira, el Mundo de Allah. Sobre nosotros pende una amenaza de destrucción, y ante esta certeza se disipan los fantasmas, se lleva la frente al suelo y se renace entonces en la Verdad Absoluta. Estas son las connotaciones del tema del Fin del Mundo y la Resurrección ante la Verdad, acontecimientos que cada musulmán precipita en su cotidianidad y, por otro lado, aguardan a la existencia entera.

            Sorprendentemente, el Corán describe el Fin del Mundo y posterior Resurrección como hechos presentes o pasados. Rara vez utiliza expresiones en futuro: los verbos podrían traducirse al castellano por cualquier tiempo, porque toda referencia a ese hecho nos saca de la sucesión lógica de las cosas en nuestra existencia y nos arroja a la eternidad, que es el único contexto en el que este asunto adquiere sentido.

            Una vez sugerida la irrelevancia del momento para la transformación a la que se está aludiendo -y que acontece en cada conmoción que sacude a alguien y lo hace consciente de Allah- el Corán pone al hombre frente a su verdad. Y, después, en esta sûra, el Corán vuelve a situarnos en la inmensidad del cosmos en el que vivimos, para, desde la grandeza experimentada en el vértigo de la contemplación del Poder de Allah, juzgar la estupidez del hombre engañado por los dioses que él mismo inventa y cuya falacia queda ridiculizada en las resonancias de los temas que el Corán propone. Éstos son los ejes de este capítulo del Corán, el capítulo del desgarro (inshiqâq), en el que se parte en dos el universo para mostrarnos lo que tiene dentro.

            El principio de esta sûra es contundente y nos presenta un cosmos en disolución, y hasta lo más recio y firme, lo más esplendoroso -el cielo- se disipa, y en el seno de su desvanecimiento hay un signo poderoso. La existencia se parte: idzâ s-samâ:u nsháqqat, cuando el cielo se desgarra...

            Es importante comprender el objetivo del Corán, que no pretende empezar un relato, sino destapar algo que sólo puede ser entendido como fulgor inesperado en cuyo resplandor sucede algo para lo que no hay palabras suficientes. Por ello la frase no acaba en el texto, sino que acaba en la imaginación del lector. No hay realmente un ‘tiempo’: el cielo ya se ha desgarrado con la Revelación, el cielo se desgarra en cada momento ante la mirada del que tienen visión penetrante, y el cielo se desgarrará con la aniquilación de la existencia entera para dejar paso a la Verdad... El acontecimiento al que se refiere el texto no es identificable. Su fuerza, el poder de sus resonancias, es ya su significación: idzâ s-samâ:u nsháqqat, cuando el cielo se desgarra...

            Simplemente, el Corán nos está sugiriendo la grandeza de un espectáculo tremendo. Cuando el cielo se desgarra wa ádzinat li-rabbihâ wa húqqat, y atiende a su Señor y lo hace como debe ser... Es decir, el cielo (samâ) escucha a Allah (ádzina-yâdzan, prestar oídos) tras desgarrarse (inshaqqa-yanshaqq). Cuando se quiebra, se abre hacia Allah, como todo. Y así es como debe ser (húqqa-yuháqq, ser algo como tiene que ser, voz pasiva del verbo háqqa-yahiqq, ser real, suceder verdaderamente).

            ¿Se trata de la descripción de una tormenta?, puede ser. Sin duda, se trata también del Fin del Mundo, del que todo acontecimiento violento es indicio y premonición, y que a su vez preludia lo conmocionador del posterior encuentro con Allah, cuando todas las criaturas -tras morir- escuchen a Allah, a la fuerza, dominadas por la radicalidad del momento y de la muerte. El desgarramiento del cielo es el del velo que nos impide ver y nos separa...

            Cuando algo o alguien llega a escuchar a su Señor (Rabb) -y tendrá que hacerlo- entonces se Le rinde, y su voluntad es quebrada y queda pulverizada en la conmoción: su universo se rompe, y todo es unificado en la Verdad que rige su realidad. Esto es lo que supuso la Revelación del Corán para Muhammad (s.a.s.), esto es lo que supuso el advenimiento del Islam que desató una tormenta en Arabia, esto es lo que tiene lugar en el corazón del musulmán cuando se apodera de él la pasión ante Allah, esto es lo que acontece en cada muerte cuando la vida se separa del ser humano, esto es lo que supondrá el Fin del Mundo (que es la Reunión Suprema),... Esta es la experiencia personal de todo el que intuye a su Señor, presta oídos y despierta de su idolatría, y mueren sus ídolos y su universo se parte, es decir, su corazón se rompe a causa de la desolación que le produce descubrir de pronto que había estado existiendo en un engaño, que había desatendido la Verdad, y entonces comienza, desarmado y vulnerable, su vuelta hacia Allah (Tawba), su Resurrección...

            El cielo (samâ) no es lo único que claudica ante Allah, no sólo ‘lo elevado’ responde a su imperativo, no sólo el ‘espíritu’ de la creación sino también su ‘cuerpo’ es domeñado por el Señor de los Mundos: wa idzâ l-árdu múddat, cuando la tierra se allana...

            La tierra (ard), caracterizada por las dificultades de su relieve, lo agreste de su paisaje y lo violento de sus aristas, acaba suavizándose y aplanándose (múdda-yumádd, allanarse, voz pasiva de mádda-yamudd, extender) ante Allah. Y wa álqat mâ fîhâ wa tajállat, expulsa lo que hay en ella y se vacía... la tierra, una vez sus ‘salientes’ son limados por la fuerza de la violencia de Allah (¿un terremoto? y, sin duda también el Fin del Mundo), cuando una fuerza superior ‘pule’ las asperezas de su geografía salvaje, entonces expulsa (alqà-yulqî) todo los secretos que hay en ella, revela sus misterios y se vacía (tajallà-yatajallà).

            La superficie de la tierra se allana y se extiende tras el cataclismo que acaba con las dificultades del terreno nervioso, y la tierra calmada por la sacudida, vomitando su verdad, wa ádzinat li-rabbihâ wa húqqat, atiende a su Señor y lo hace como debe ser... repitiéndose el versículo que describe la rendición del cielo ante Allah y en esa rendición se manifiesta lo que es necesariamente. Todo se parte ante Allah y muestra lo que hay en sus adentros... Y lo que hay en los adentros de cada ser es su ‘Ubûdía, su Dependencia de Allah, su Sujeción a Él, su Necesidad de Él, su Pobreza radical, y entonces Allah aparece como Rey y Dueño.

            Ya hemos dicho que la fuerza de este encabezamiento de la sûra es aplicable a toda inversión (inqilâb) que sacuda la existencia dejando paso a lo Verdadero. Por ello estos versículos -y todos los versículos afines desde el principio del Corán hasta el final- se citan para describir la conmoción y la transformación que supuso para el Profeta -el Ser Humano por antonomasia- que el Corán le fuera revelado, y para describir el advenimiento del Islam y la conmocionadora experiencia espiritual de los sufíes, y también son válidos como anuncio de cada muerte y de la destrucción del universo, englobando todas las ‘sumisiones’ a Allah. Y cada uno de esos acontecimientos remite a los demás, los ejemplifica, los implica y simboliza...

            Por ello, los versículos apocalípticos son imagen y representación de grandes verdades: según los maestros de la espiritualidad musulmana -los sufíes- ‘cuando el cielo se desgarra’ alude a la muerte (máut), en la que brilla la luz del Poder quebrantador de Allah, que somete a cada ser humano para enseñorearse en él, tal como es y sucede ya en realidad pero amplificado infinitamente en cada ser humano por la sensibilidad especial que la muerte siembra en él. Y ‘cuando la tierra se aplana’ se refiere al cuerpo cuando es domeñado por la disciplina revelada, por la práctica de la ‘Ibâda en conformidad a la Sharî‘a y en la que se reconoce a Allah como único Señor, y entonces el cuerpo expulsa sus males y sus vilezas, el egoísmo se rinde, y el cuerpo se vacía para ser habitado por la luz de Allah, que impera entonces en él tal como es ya en realidad pero amplificado ahora por la conciencia que ha adquirido el ser humano de que ello es así, y acontecen sucesos místicos y tienen lugar descubrimientos para los que no hay palabras,... y por ello la frase queda entrecortada.

            En lugar de concluir las frases iniciadas, el Corán las corta de golpe y las deja en suspenso confiando en la fuerza evocadora de sus sonidos, en la inquietud que han sembrado y en la contundencia de la interrupción, y pasa a hablar directamente al lector: yâ: ayyuhâ l-insânu ínnaka kâdihun ilà rábbika kádhan fa-mulâqîh, ¡oh, ser humano! Tú buscas con esfuerzo a tu Señor, y Lo encontrarás... La referencia a la sumisión absoluta de los cielos y de la tierra era para enmarcar esta afirmación, que tiene el tono de una sentencia lapidaria. Lo importante se encuentra aquí.

            Allah pronuncia una exclamación intensificada por la fuerza del vocativo: yâ: ayyuhâ l-insân, ¡oh, ser humano!... Allah habla directamente a la criatura con la que Él coronó la creación, el insân, el ser humano, el califa, el soberano, habla a Muhammad (s.a.s.) y a cualquiera de los hombres, sea cual sea su condición, su inclinación y aquello a lo que aspira en la vida... y le dice que en cada instante se encuentra en movimiento, que vive en medio de un movimiento penoso (kadh), un esfuerzo continuo, un cambio en el que deja algo por algo, quebrándose en él cielos y allanándose tierras...

            El Corán enseña que el hombre es una criatura en continua tensión, un ser en permanente conflicto (kâdih), imagen del universo entero, que no deja de palpitar. Haga lo que haga, ya sea el bien o el mal, ya tenga inclinaciones espirituales o materiales, todo en él es resultado de una intención, de un esmero, de un esfuerzo, todo es resultado de una violencia que engendra reacciones configuradoras... y es porque el hombre está en acción (es kâdih) hacia su Señor (Rabb), hacia su Verdad, hacia lo que lo mueve y rige, hacia su Origen que es, simultáneamente, su Destino, su Meta verdadera. Aunque no lo sepa, hacia Él va en cada movimiento, en Él acaba todo y su afán tendrá al final cumplimiento en la eternidad en la que todo reposa en su postrer momento, pues se encontrará inevitablemente con su verdadero Señor (será un mulâqî, un encontrador). Y en ese ir hacia Allah no hay paradas, sino fases que se superan, y es la peregrinación del ser...

            Así se cierra el círculo de la presentación de la sûra: Se nos han sugerido temas importantes estrechamente imbricados bajo la luz misteriosa de secretos intuidos en las profundidades del corazón y para los que las palabras son insuficientes. El Tawhîd, la Unificación, es la enseñanza, y exige una poderosa capacidad de síntesis que tiene su correlato en sentimientos enraizados en nuestra naturaleza más íntima.

            Todos y cada uno de nosotros, como humanidad y como individuos, nos encontraremos con Allah en la muerte, y la muerte (máut) es el desgarro que separa nuestra primera existencia de nuestra existencia en al-Âjira, el Universo de Allah, el Mundo de la Eternidad, al que estamos abocados...

            En Allah todo desemboca. Tras la agitación de la vida, tras los espejismos y las confusiones, tras los esfuerzos, las ilusiones y las desesperaciones, tras todo ello al fin se acaba en Allah, en la Inmensidad Origen y Destino donde nos aguarda la Verdad. La muerte no es otra cosa que un desnudamiento con el que entramos en el espacio inefable de lo Real, habiendo quedado atrás el mundo con todos sus fantasmas.

            Lo dicho acerca del carácter inevitable del encuentro con Allah (el liqâ) tiene una carga de amenaza (wa‘îd) cuando se piensa en los kuffâr (los negadores de Allah) y es una promesa de bien (wa‘d) para los musulmanes. El kâfir se encontrará con algo no deseado, con Allah, cuando esperaba encontrarse con sus dioses o con la nada: para esos sueños había trabajado, y ahora resulta que sus esfuerzos han sido vanas quimeras. El musulmán se encontrará con lo que buscaba. La insatisfacción del kâfir será su Fuego eterno, mientras que la satisfacción del musulmán será el Jardín en el que morará eternamente.  

 

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