|

1 - EDITORIAL
Es un verdadero honor y placer poder dedicar este
Monográfico a la memoria de una mujer que tanto ha aportado al mundo con sus
traducciones de Jalal ud-Din Rumi y con sus escritos como “Islam, l’autre visage”
o “La Prière en Islam” por citar algunos.
Para
hablar de ella, hemos considerado más apropiado que ella misma, con sus propias
palabras nos relate parte de su vida, además agradecemos a Leila Bousquet el
habernos permitido incluir un artículo escrito por ella y publicado en la
revista La médina nº 3, diciembre 1999 para poder tener la perspectiva de
alguna de las personas que tuvieron el placer de compartir con ella, como Leila
dice, “un momento de su larga vida”.
Desafortunadamente pocas de sus
obras han sido traducidas al castellano, sin embargo, nos hemos permitido
traducir algunos párrafos del libro “Islam, l’autre visage” de los periodistas
Rachel y Jean-Pierre Cartier e incluir algunos párrafos de la misma para esta
publicación.
2 – HOY HABLAMOS DE ..........Eva
de Vitray Meyerovitch
Eva de Vitray, cuyo
nombre musulmán era Hawa, nació en Francia, en el seno de una familia católica
acomadada, siguió estudios en escuelas religiosas pero aunque pronto sintió la
necesidad de vivir la espiritualidad, no terminaba de encontrarla en la iglesia
católica...
“Debía
soportar el conformismo que me envolvía y cuando hablaba de mis problemas con
los sacerdotes, ellos me respondían invariablemente que no estaba bien tener
dudas y que me faltaba rezar al Señor para que me las quitara. De hecho, no me
respondían nada satisfactoriamente. Su autoritarismo me hacía sentir más
incómoda con ese deseo mío de no hacer trampa, me era imposible poner entre
paréntesis todas las cosas que me molestaban, pues tenía el sentimiento de no
poder ser verdaderamente fiel a mi tradición.”
“Cuando
tuve 18 años y empecé a estudiar filosofía, ese malestar que sentía se hizo
insoportable. Tenía el sentimiento de que, para satisfacer una necesidad de
experiencia religiosa me hacía falta poner de lado todo lo que me molestaba.
Había allí algo impuro. Algo así como el equivalente a un amor físico sin amor,
así de simple.”
Eva de Vitray fue una persona en constante búsqueda
de conocimiento y su curiosidad por aprender la llevó toda su vida a dedicarse
al estudio :
“Lo adoro.
Creo que el más bello regalo que una buena hada pudiese hacer a un niño, es
concederle la curiosidad. Todo me interesa y yo, que soy ya muy anciana, pienso
que la vejez, es decirse a uno mismo: jamás aprendería el chino o la física
nuclear. Incluso el aprendizaje de las cosas manuales me apasiona. Habría
querido hacer alfarería o ebanistería.”
Tras vivir dramáticas circunstancias durante la II Guerra Mundial, comenzó a
trabajar en la CNRS (Centro Nacional de Investigación Científica), donde el
destino le traería el primer eslabón de una cadena que la llevaría al Islam,
Muhammad Iqbal y Rûmî,
“Para hablar claramente de mi encuentro con el Islam, tendría que remontarme
hasta la inmediata post-guerra. Había visto muchas cosas terribles durante la
guerra y ello me llevó a plantearme muchas preguntas sin nunca encontrar
respuestas. Por las razones que ya les expliqué, volver a mi catolicismo de
origen habría sido para mí una huida.
Seguía igual de sedienta y me sentía muy mal en mi piel. No puedo decir que
oraba puesto que no creía en gran cosa. Fue mas bien como el S.O.S. que un barco
lanza en la noche preguntándose si alguien le escucha.
Mi
petición fue escuchada cuando estaba ya en la C.N.R.S. Estaba en mi despacho de
dirección - falsamente de dirección, pero lo era de todos modos - cuando vi
llegar a uno de mis buenos amigos que no había visto desde hacía quince años.
Era un musulmán muy conocido con quien había estudiado sánscrito hacía
tiempo....Hablamos durante largo tiempo. Tenía que equipar sus laboratorios y,
como guardaba un buen recuerdo de Francia, quiso darle la preferencia al hacer
sus pedidos. Al partir, me pasó un pequeño libro diciéndome: “Sé que Ud. siempre
ha estado interesada en las cuestiones religiosas. Lea entonces este libro, es
la gran obra de nuestro gran maestro Iqbal”. Yo dije: “Muchas gracias, querido
amigo” y dejé el libro sobre mi mesa donde fue cubierto rápidamente por papeles.
Estaba realmente muy ocupada entonces.
Un poco más tarde, abría
finalmente este famoso libro. Vi que se titulaba: Reconstruir el pensamiento
religioso del Islam y que estaba en inglés. Quería tan solo hojearlo pero desde
las primeras páginas me apasionó. Tuve de repente el sentimiento de que
respondía a todas mis preguntas. Encontré en él ese universalismo tan deseado,
esta idea de que, fundamentalmente, la Revelación no puede ser mas que una, que
dos y dos son cuatro en todas partes y que estas cifras comprenden siempre una
sola y única verdad, ya sea en caracteres aztecas, chinos o árabes. Si, una sola
verdad. El Corán no dice otra cosa.
Me
gustó tanto este libro que enseguida me puse a traducirlo. De la misma manera
amé a Iqbal y a cierto Rümî del cual hablaba sin cesar.” Ya saben, hay que estar
ya preparado para que un encuentro o un libro puedan hacer bascular la vida de
uno. Yo ya estaba sobre una vía de libre examen, de interpretación personal, de
búsqueda individual y encontré todo ello concretizado en este gran pensador.
Además, me hizo feliz constatar que no estaba sola, perdida en un atajo, sino
que me encontraba situada, sin saberlo, en una gran tradición. Y ello sin tener
que renegar de nada. No reniego ni de la Torah, ni del Evangelio. Dejé
simplemente de lado lo que siempre me había irritado, las decisiones
conciliares, dogmáticas de señores reunidos en Roma para decidir que Dios es de
esta manera o de la otra.”
Sin
embargo, el paso al Islam no fue dado de inmediato:
-¿Se
puede decir que este encuentro la llevó a entrar en el Islam?
-
Ciertamente, en la medida en que estaba preparada. Pero sin embargo, no crean
que esto fue tan simple. Me plantee sin embargo preguntas. Me dije que era muy
bonito maravillarse por el Islam, pero que no se cambia de tradición como se
cambia de camisa. Puede ser, después de todo, que tenía del cristianismo un
conocimiento muy mundano, muy aristocrático y de una joven hija de buena
familia. Me dije que los cristianos no eran tontos y que había entendido todo al
revés. Y por honestidad, me obligué a hacer, antes de decidir lo que fuera, tres
años de exégesis. “
Cuando hice mis primeros pasos en el Islam después de la lectura del libro de
Iqbal, piense que no fue fácil. Había sido educada en la religión católica por
una abuela de origen anglicano. Tenía un marido judío. Tenía el sentimiento de
hacer una locura y a veces estaba desamparada pues no tenía a nadie que me
guiara. Pedía en mi oración: ”Dime lo que debo hacer. Envíame una señal...”.
Esta
señal, la recibí en forma de un sueño. Soñé que estaba enterrada y, por una
suerte de desdoblamiento, veía mi tumba, una tumba como no había visto nunca y
sobre la cual estaba mi nombre, Eva, estaba escrito en caracteres árabes o
persas, que decían Hawa. Aquello me pareció extraño y, aún durmiendo, me decía:
“Pero vaya, no estoy muerta” Para persuadirme mejor, movía los dedos de mi pie.
Al despertar, recuerdo haberme dicho: “¡Bien! Pequeña, pedías una señal y aquí
la tienes: serás enterrada como una musulmana”.
Dedicada
en cuerpo y alma a la obra de Rûmî, dio a conocer la obra de este maestro de la
espiritualidad cuando en Europa no se conocía en absoluto en pensamiento
musulmán:
“Cuanto más avanzaba, más me
asombraba por lo que descubría. Rûmî vivió en el siglo XIII, es decir, era un
contemporáneo de San Francisco, al cual se le parecía en muchos aspectos, por su
amor a la poesía, a la naturaleza, a los animales, a los pobres... Era mal visto
por la gente de bien porque iba a consolar a las prostitutas. Decía que su única
labor era despertar las almas dormidas. Su inmensa obra poética no tuvo otro fin
y su gran obra es, sin duda, el Mathnawî del cual acabo de terminar la
traducción íntegra y que es todo un universo.
-
Quizá vamos a ser un poco indiscretos pero nos gustaría comprender mejor la
relación que tiene con él.
- Es
algo así como una relación de discípulo y maestro. ¡Es de tal estatura, de tal
dimensión; su mensaje es tan grande!
-
Pero a un maestro, se le habla, se le pide consejos, directrices. ¿Se puede
realmente tener una relación vital con un maestro que vivió hace tanto tiempo?
-
Esto depende no del maestro sino del discípulo. De la naturaleza misma del
discípulo
- ¿Iríamos demasiado lejos diciendo que Ud. le consagró su
vida?
- Le
consagré mi vida porque pensaba que su mensaje era tan urgente y tan universal.
Un mensaje de amor que retoma los valores más esenciales del cristianismo y del
Islam, sin renegar de nada, y dándole una dimensión de hecho, fraternal y
ecuménica.
-
Uds. no encontrarán en él el menor dogmatismo y esto me pareció una cosa de una
enorme importancia.
- Ud.
insiste mucho sobre su ecumenismo.
- ¿Al
centro de la rueda?
- Exacto. Este símbolo de la rueda es el gran símbolo
de los místicos del Islam. Volvamos, para comprenderlo mejor, a esta palabra:
aceptación. Si es un lugar donde todas las tradiciones se encuentran, es en la
aceptación. ¿No dijo Dante: “Su voluntad es nuestra paz”?. Numerosos musulmanes
hablan de “sumisión a Dios”. Esta actitud fundamental de abandono, de
aceptación, es el centro inmutable de la rueda. Si Ud. se queda en el exterior
de la circunferencia, se queda con todos aquellos que creen ser los únicos en
poseer la verdad y que, por consecuencia, están prontos a imponer esta verdad
por todos los medios. Pero si Ud. va hacia el centro de su propia tradición,
entonces llega por fuerza al centro de la rueda y se da cuenta de que este
centro, es justamente la aceptación, la sumisión a Dios. Y en su aceptación, Ud.
encontrará todos los otros, venidos de todas las tradiciones.
El
Sufismo según Eva:
- No se puede ser sufí sin ser
musulmán, pero se puede ser musulmán sin ser sufí. Es muy importante señalar
esto porque, muy a menudo, con un pequeño juego de racismo espiritual, la gente
que encuentra que los musulmanes son horrorosos añaden enseguida: “!Ah, los
sufíes, es diferente!. Les consideramos como unos marginales.”. Sería como decir
que Teresa de Avila era católica pero que no era cristiana. El sufismo no es en
absoluto marginal. Es, dentro del marco del Islam, una interiorización vivida.
Evidentemente con una gran libertad de pensamiento que es además la
característica del Islam esencial.
3-Eva de Vitray-Meyerovitch una vida en la
proximidad de lo esencial
Leila Bousquet
“Hay seres que tienen el don de existir, casi de la
santidad, en el arte de reconocer y seguir su vida en la mayor proximidad de lo
esencial”.
Si el “don de existir” es saber caminar en su propia luz, entonces Eva, tal como
la conocí en un momento de su larga vida, que atraviesa este siglo, fue la de
los seres con ese don.
Una mujer excepcional
En un libro reciente titulado “Lo Femenino y lo
Sagrado”, Julia Kristeva recuerda a esta “mujer notable” invitada en los
años 70 a participar en su seminario en Jussieu para dar una conferencia sobre
“la poética del Islam”. Rachel y Jean-Pierre Cartier hablan de “una mujer
excepcional” en su libro de conversación con ella.
Una periodista de Témoignage Chrétien, Véronique Badets, que la visitó dos años
antes de su muerte, evoca en un artículo aparecido en enero 1998, esta “mujer
excepcional”, en el corazón del sufismo, donde dice entre otras cosas una frase
que fue directo a mi corazón. La cito: “Si la fuerza de un destino se mide según
el número de vidas conmocionadas por su paso, entonces Eva merece una palma de
honor”. Para todas aquellas y aquellos que tuvieron la felicidad de conocerla,
Eva fue una mujer que te hacía despertar. Su “Fecundidad intelectual – una
cuarentena de obras – iba a la par con su fecundidad humana”.
Efectivamente, no pasaba el día o la semana sin que nuevos rostros de horizontes
diversos viniesen a verla a su casa, tocados por la lectura de uno de sus libros
o la escucha de una de sus conferencias y puestos “sobre el camino misterioso
que va hacia el interior”.
Numerosas vidas fueron de este modo conmovidas, a imagen de la suya propia, pues
Eva era una fabulosa narradora para transmitir lo que la había puesto a ella
misma en movimiento. Una narradora de lo absoluto. Me dijo un día que deseaba
escribir un libro a la manera de los cuentos sufís, como aquellos que ella
seleccionó en Los Caminos de la Luz,
hechos de diversas historias aparentemente sin conexión las unas con las otras
pero que, en su conjunto, dibujaban el collar de la vida. Ella lo había titulado
Las Perlas del Collar precisamente. Su voz de joven, límpida y
cristalina, se prestaba de maravilla para este engranaje perlado donde las
palabras devanaban su tranquila erudición por el hilo transparente de un tipo de
ingenuidad que parecía reencontrar los caminos de la infancia. Se hubiese dicho
que la intimidad que ella mantenía con Rûmî, al traducir sus obras, le había
teñido el alma a tal punto que, al escucharla, se tenía la sensación de marchar
sobre granos de luz. “Toda mi vida, he conocido gente apasionante”, decía en su
libro de conversaciones citado anteriormente, si bien no le gustaba hablar de
ella, había aceptado narrar algunas etapas. Vida apasionante y apasionada por el
constante trabajo, por los múltiples viajes y numerosos encuentros. Vida de
sabia y de ferviente que, con dulzura, siendo tan discreta sobre sus dolores,
consiguió vencer el esfuerzo de imponerse como la primera mujer en Francia en el
círculo masculino de los “especialistas” del sufismo.
El Destino
Vida constelada de
signos ofrecidos por la providencia, hacia los que para cumplir “su destino”,
dedicó infatigablemente todo su cuidado y coraje en aceptar y así ayudarnos a no
alejarnos del nuestro. El primero fue un día de la inmediata post-guerra cuando
trabajaba en la CNRS. Desamparada tras su ruptura con el catolicismo había
decidido estudiar la filosofía de la India y también el budismo preparando
además una tesis de filosofía sobre la simbología en Platón. Es en este estado
de desorientación interior sedienta de lo absoluto, que un signo le llegó en la
forma de un libro depositado en su mesa, así , este modo por azar, por un amigo
indio, rector de la universidad de Islamabad, de paso por Paris. Conocemos todas
y todos estos momentos en que el corazón zozobra en un desconocido reconocido,
como una encrucijada del tiempo, donde, de golpe, se siente tener un “cita con
la propia alma”.
Momentos donde el encuentro es claro. El libro se titulaba Reconstruir el
pensamiento religioso del Islam y su autor Mohamed Iqbal,
uno de los mas grandes pensadores musulmanes contemporáneos, hombre político,
filósofo, jurista y poeta, “nuestro gran maestro”, le había dicho aquel amigo
indio. Un continente se abría, el del
Islam, poco, por no decir, en absoluto conocido en
Francia, aquel del mundo indo-pakistanés. Ella emprendió tan pronto pudo la
traducción al inglés del mismo y Louis Massignon, a quien ella había ido a ver a
menudo en su desarrollo interior y del cual fue la alumna, hizo el prólogo de la
primera edición.
Este fue el primer regalo que ella hizo a la
comunidad musulmana de Francia y que hará seguir por unos cuantos más, puesto
que tradujo una gran parte de la obra de Iqbal del inglés, entre ellas su tesis
“La Metafísica en Persia,”.
En el corazón del sufismo
Cuando el corazón zozobra, se siente el vértigo sobre
el borde de las fronteras en pleno cambio de orilla, sobre todo cuando, ante un
signo tan revelador, otros signos igual de conmovedores llegan a su singladura
en favor del mismo, pero que, al mismo tiempo, hacen el paso mas seguro. Hubo
aquel sueño en el que vio su tumba sobre la cual estaba inscrito su nombre en
árabe, Hawa, tumba que encontrará mas tarde durante su primer viaje a Estambul,
en un cementerio en el abandono de mujeres discípulas de Rûmî ... Iqbal citaba a
menudo a Rûmî a quien consideraba como “su maestro”. Aquel era un nombre
desconocido para ella. Fue en búsqueda de pistas sobre él en las bibliotecas y
no encontró mas que poca cosa traducida al francés o al inglés. Emprendió pues
los estudios de persa para conocerlo mejor y se encontró en las puertas de un
nuevo continente tan vasto o más que el precedente, que nunca más la dejaría,
había entrado de una vez para siempre en el mundo de uno de los más grandes
poetas místicos persas del Islam. Su tesis, Filosofía sobre Platón, fue
abandonada, sobre la orilla de la tierra ante Rûmî y se convirtió en la
Mística y poesía en el Islams,obre
aquel que debía morar en ella hasta su muerte. Siguieron traducciones, textos,
ensayos, artículos, conferencias, tantas perlas ensartadas en el collar de su
vida transcurrida en la proximidad del Islam esencial, con entre otros, su
Antología del sufismo
,ahora un clásico, o también su traducción de La Rosaleda del Misterio.
Es así como ella vivió “en el corazón del sufismo”,
corazón vivo del Islam cuyo punto culminante fue para ella, la traducción del
Mathnawi del maestro de Konya que ella terminó en la noche de su paso aquí
abajo, libro aparecido en 1990 bajo el título La Búsqueda de lo Absoluto.
Si hay tantas vías como peregrinos en esta búsqueda, Eva no cesó de hacer
conocer y compartir la maravilla que guió la suya, aquella de la nostalgia de lo
divino que hace danzar a los derviches discípulos del Sama’, este “Oratorio
espiritual” decía ella, que Rûmî creó a la muerte de su maestro Shams de Tabriz
– “una mano-cielo, una mano-tierra, girando alrededor de Dios” como lo dijo
Rilke. ¿Es su proximidad cotidiana con tales pensadores o con Rabi’a, otra gran
mística, de quien amaba su “familiaridad con lo divino”, lo que la hizo abordar
la avalancha en ocasiones violenta de preguntas de mujeres y sobre las mujeres
con tanta serenidad? Para nosotros que la hemos flanqueado en algunas de estas
circunstancias, no hay duda de que ella supo transformar las tempestades en
lúcida y tranquilizante ternura donde se la reconocía como un perfume de
libertad.
La enfermedad, que poco a poco, hizo fundir
lentamente el cuerpo en los últimos cinco años de su vida, había dado a su
mirada un destello de una rara intensidad, como si todo hubiese sido dicho ya en
estos ojos luminosos y en su rostro cuyos trazos había afinado
sorprendentemente. Se habría dicho que el dolor había muerto en su orilla.
Rostro de dulzura donde pasaba el último soplo de una gran dama, tan delicada y
tan fuerte, tan frágil y tan densa, que nos deja silenciosamente y con el
recuerdo y la obra de una aristócrata del corazón.”
Eva de Vitray murió tras una larga enfermedad el 24
Julio del 1999 en Paris, su cuerpo se encuentra enterrado en el Cementière
Parisienne en Thiais.
4- LA TABERNA
Farid ad-Dîn
‘Attar es uno de los mayores místicos del Islam sunní iraní de los siglos VI-VII
de la Hégira (S.XII-XIII d.C.) Este periodo se distingue por un desarrollo
conjunto de la mística y literatura en lengua persa y no solamente árabe, de la
cual la obra de ‘Attâr compuesta casi todo ella en verso, representa una de las
más altas cumbres.
“Un sabio sagaz se fue a China en
busca de un maestro, (y le dijo): “Acláranos sobre la verdad”. Aquel maestro de
la vía espiritual le contestó: “En verdad la realidad se divide en 10 capítulos,
yo te diré más si estás atento, poco hablar compone el primero, callarse los
nueve siguientes” porque calla el halcón se posa en el puño del rey, porque
canta el ruiseñor se mantiene en la jaula, si tu alma adquiere la costumbre de
callar cada átomo te hablará, incluso cuando murmuraras como una fuente, si te
callas te convertirás en mar, el que de ese mar quiere la perla, para
sumergirse, debe contener el aliento
El Libro de los Secretos
Farid ad-Din Attar
“El Paraíso se encuentra a los pies de
la madre”
Hadith del Profeta Muhammad
Transmitido por el Imam Ibn Ahmad

Tumba de Rûmî:
es el corazón de Konya. Se ve de lejos la cúpula de su mausoleo cuyas tejas
esmaltadas reflejan el sol.
Es un verdadero lugar de paz con sus árboles y su
fuente que no para nunca de cantar.
|