CONVERSOS OCCIDENTALES

YIA.LM

AL ISLAM

 

VIAJEROS OLVIDADOS

 

LAILA MAHMUDA

FUE

ISABELLE EBERHARDT

ISABELLE EBERHARDT Y LA LIBERTAD

 

Abd Fatah Checa

 

 «Europa se ha desplazado hacia el Islam, no de manera esporádica, sino planeando iniciativas y proyectos de largo alcance, en el contexto de dos fenómenos históricos concretos: las Cruzadas y el colonialismo. Esto fomenta ante todo el asentamiento de la presencia europea en el mundo musulmán, pero le permite traer también, como en camino "de vuelta", manifestaciones islámicas diversas que se propagan y aclimatan a su manera»

(Pedro Martínez Montávez y Carmen Ruíz Bravo-Villasante: Europa Islámica. Anaya, Madrid, Pág. 36).

 

 

     Isabelle Eberhardt también conocida como "La Novia del Sahara", "La Rebelde" y "Laila Mahmuda". Una mujer singular que no publicó sus libros en vida, pero que escribió mucho, sus escritos son un testimonio admirable del África blanca de finales del siglo XIX y principios del XX. Esta obra forzosamente muy breve ocupa un lugar destacado entre las obras de autores occidentales que fueron atraídos poderosamente por el Islam y el mundo musulmán, y que trataron, con mayor o menor fortuna, integrarse a él. Cuando se conoce la biografía de Isabelle Eberhardt, uno queda fascinado porque, irresistiblemente, se trata de una auténtica vida de novela. Su obra todavía espera una edición crítica que la saque del caos y del olvido que la amenaza. El editor Fasquelle le hizo justicia a esta mujer singular e irrepetible publicando tres obras: una novela, Le Trimardeur, las Notes de route y una recopilación de crónicas, Dans l'ombre chaude de l'Islam, firmadas por ella y por Victor Barrcand. Asimismo, Mes journaliers apareció en las Editions de la Connaissance.  .

    Isabelle Eberhardt siguió la senda que otras muchas mujeres viajeras, buscadoras incansables recorrieron antes que ella. Un caso digno de mención es el arrebato romántico de Lady Lucy Hester Stanhope (1776-1839), que abandonó Inglaterra en 1810 buscando como otros tantos compatriotas (Byron, Keats, Shelley) el sol y las aventuras en el Mediterráneo. Tras un naufragio junto a la isla de Rodas en 1811, se decidió a usar ropas musulmanas masculinas para siempre y se fue a vivir al Líbano, cerca de Sidón.

    Tras las huellas de Lady Stanhope, huyendo de la moral victoriana y de cierta melancolía, otra dama de alcurnia, Lady Jane Digby (1807-1881) llegaría a Damasco, y se convertiría en la esposa de un sheij musulmán.

 

 

 

     Pero entre las mujeres mas conocidas en occidente por su búsqueda de libertad y espiritualidad nos encontramos con, Alexandra David-Néel, que nació en París en 1868,  hija única de un francés hugonote y una católica de origen escandinavo. Antes de los veinte ya contaba en su currículo con un libro de ideología anarquista prologado por Eliseo Reclús, un viaje en bicicleta a España, Italia y Suiza y estudios en la Sociedad Teosófica con Madame Blavatsky. Se dice que llegó a ingresar en la masonería. A los veinticinco ya había viajado a la India y a Túnez. En este país estudió el Corán y vivió como una musulmana, realizando todas las ibadas (praticas del  Islám). Había estudiado música y canto, y su buena voz le permitió debutar como diva de la ópera de Hanoi, apadrinada por el compositor Massenet. En Túnez, conoció al ingeniero ferroviario Philippe Néel, con el que contrajo matrimonio en 1904, alcanzando el estatus anhelado por cualquier mujer de su época. Pero Alexandra no era "cualquier mujer". Su relación con Philippe nunca fue mala, pero ella no estaba hecha para el matrimonio y siete años después, cuando tenía cuarenta y tres, hizo las maletas, dejó plantado al ingeniero, y emprendió rumbo a Egipto, y de ahí a Ceilán, India, Sikkim, Nepal y Tíbet. Siendo la primera mujer occidental en visitar Lhasa.

 

 

     

Isabelle Eberhardt, nace en Ginebra, el 17 febrero de 1877, de madre aristocrática alemana luterana, Nathalie de Moerder (hija natural de la Srtª Eberhardt y de un judío ruso), y de padre únicamente desconocido para el estado civil. Nathalie se había casado -con veinte años y en 1860- con un senador y general ruso, Paul Carlowitch de Moerder, cubierto de condecoraciones y de rentas y que le doblaba la edad.
      Nathalie de Moerder, romántica, cae en los brazos del siempre inevitable preceptor maduro de cuarenta y cuatro años de nombre Trofimovsky, conocido como “Vava”. Pero no se trata ya del teólogo francés del s. XII, enamorado de su alumna Héloïse -nieta del canónigo Foulbert-, puesto que ahora es la madre quien se enamora del preceptor de sus hijos. Tampoco se trata ya de Joulien Sorel -protagonista de Le Rouge et le Noir de Stendhal- cuyos sentimientos dan paso a la ambición que le conducen al cadalso.
      Ahora, este preceptor enamorado, antiguo pope de la Iglesia ortodoxa, filósofo y políglota, que conoce el griego, latín, turco, árabe y alemán tan bien como el ruso, es un seductor serio -eso sí casado y con cuatro hijos-, que temiendo el escándalo y arropando a su dócil amante, cual Ifigenia, abandona Rusia con todos los niños Moerder -Nicolás, Olga y Wladimir- para vivir el amor perfecto.
     

      Trofimovsky y Nathalie van primero a Estambul, Nápoles, y luego remontan Italia hasta Suiza. Paul de Moerder, desesperado, sigue a la pareja en su peregrinación, los alcanza en un hotel de Nápoles. Se producen homéricas disputas entre el ex pope y el marido burlado e intenta hacer retornar al hogar a su esposa. Trofimovsky (Vava), tal vez por sus creencias libertarias -nihilista, amigo de Bakunin y discípulo de Tolstoi- o tal vez por falta de dinero, permite el reencuentro de Nathalie con su esposo. De ese escaso tiempo de momentos compartidos nace Agustín, que es reconocido por Paul de Moerder. Un año después, 1873, muere el general, dejando a su mujer una considerable fortuna. Así, en 1872, Vava, Nathalie y los niños -que son ya cuatro por el nacimiento del pequeño Augustín- se instalan en Meyrin, cerca de Génova, en una quinta a la que se le da pronto el nombre de "tropical", porque el ex pope se afana en cultivar cactus en su jardín. En febrero de 1877, Vava viaja a San Petersburgo Rusia para poner en orden la herencia del general. Durante su ausencia, Nathalie da a luz a su quinto hijo, una niña que recibe el nombre de Isabelle Wilhelmine.

 

      ¿De quién es hija Isabelle Eberhardt, cuya vida novelesca da comienzo con un misterio? En su libro consagrado a Rimbaud, Pierre Arnoult atribuye sin rodeos la paternidad de Isabelle al autor de "El barco ebrio". Para ello se basa en tres indicios, por lo demás muy frágiles: el parecido fisico entre Isabelle y Rimbaud; la presencia de Arthur en la región del lago Léman en junio de 1876; el nombre de la recién nacida, Isabelle Wilhelmine, inexplicable por el lado de los MoerderTrophimowsky, pero vinculado por parte de Rimbaud con su hermana preferida y con la reina de Holanda, en cuyo ejército acaba de alistarse. Francoise d'Eaubonne, en su excelente biografia de Isabelle Eberhardt, añade a dichos indicios un misterioso juramento, avalado por el testimonio de varias personas: "Yo moriré convertida en musulmana como mi padre". Desde luego, no se trata de Trophirnowsky y no podemos sino asombrarnos del extraño tropismo que el Islam obra en los destinos de Rimbaud y de Isabelle Eberhardt, Una y otro fueron sinceros conversos. Isabelle Rimbaud cuenta que su hermano, al agonizar, recitó la plegaria Allah kermin.

      Era preciso mencionar, desde luego, esta hipótesis de Pierre Arnoult, que evidencia un romanticismo descabellado; no obstante, la audaz y genial Isabelle Eberhardt no tenía necesidad de ese parentesco extraordinario.


     


      El fuerte carácter de Trofimovsky se impone, pues, por hostilidad a las convenciones sociales o por provocación, no reconoce a la nueva criatura. Isabelle firmará, en un principio, con el apellido de su madre. Pero la adolescente juega a cambiar de identidad, a borrar las pistas, según la época de su vida y, sobre todo, según el interlocutor del momento.
      Así, entre los muchos pseudónimos, firmará como Myriam en la correspondencia mantenida con Agustín, su hermanastro y amor de infancia, con quien subió a los árboles, cortó leña y montó a caballo -ya que la doctrina libertaria no admite distinción de sexo-. En las cartas a una amiga firmará con el nombre de Nadia y en la correspondencia mantenida con Abu Naddara -profesor de árabe que tenía cierto éxito en los medios orientalistas parisinos-, lo hará como N. Podolinsky, y más abajo escribirá: I. de Moerder: Ese juego de pseudónimos, de máscaras, ya literarias, se sitúan en un contexto narrativo, toman vida, y se convierten en personajes dentro de una situación mitad ficticia y mitad real.
      Pero Trofimovsky, a quien jamás Isabelle llama padre -ella como los niños se refieren a él como "Vava" o "el viejo"- es, sin duda, la personalidad más influyente. Él es quien educa a Isabelle -nada de colegios-. Él le enseña filosofía, historia, geografía y algo de medicina. El ex pope  somete a sus cinco hijos a una presión espiritual abrumadora, febril, agitada, con el auxilio de una enorme y extravagante biblioteca. Le enseña todas las lenguas que conoce y sobre todo ruso, idioma que utiliza diariamente, mientras Nathalie y los niños hablan en francés.

 

 

 


      Todo lo que será Isabelle, después, encontrará su esencia cerca de Ginebra, en la villa de Meiryn -"Villa Nueva"-, que Trofimovsky y Nathalie adquirieron cuando nació nuestra protagonista. Lugar paradisíaco, capullo de crisálida -cerrado, aislado y singular- donde "Vava" cultiva plantas que invaden la casa cercándola cada día más. Un amigo que visita la casa refiere: “Mucho había oído hablar del maravilloso jardín de Trophirnowsky. Me hice de una carta de presentaclón y fui a visitarlo. En el patio un muchacho partía leña. Alto, airoso, parecía de dieciséis años. La cara redonda, un poco como luna llena, imberbe, los cabellos negros. Era Isabelle Eberhardt, aunque no lo advertí a primera vista. "¿Ha visto a mi hija?", me preguntó Trophimowsky. "Se viste como si fuera un hombre; le resulta más cómodo para ir a la ciudad". ¡Padre e hija formaban una pareja extraordinaria Culto, inteligente, feroz enemigo de cualquier disciplina, el ex pope sentía aversión por la Biblia. "¡jesucristo, canalla!", profería a cada momento, asestando un puñetazo en la mesa.

 

       Si Trophimowsky no es el padre consanguíneo de Isabelle, sin duda es su hija espiritual. Es un periodo feliz para Isabelle, amante del estudio, llena sus cuadernos con apuntes y reflexiones de historia, geografía y literatura. Sus lecturas son variadas: El marino y escritor Pierre Loti -de quien copia párrafos enteros y que influirá en su escritura-, los Goncourt, Fromentin, d'Annunzio, Dostoievski, Hugo, Daudet y Zola, así como las anotaciones, que hará, de textos de la Biblia.
      "Vava" intenta realizar su proyecto de vida campesina y hace trabajar por igual a niños y niñas en el jardín. Discípulo de Bakunin, había concebido así la educación: "Preparar a cada niño o niña tanto para la vida del pensamiento como para la del trabajo, a fin de que todos puedan convertirse igualmente en seres humanos completos".
      Luego Isabelle no sólo adopta otros nombres, sino que además le gusta travestirse, lejos de toda disciplina y presión social. Ha sido educada como un chico y ése es el motivo principal de esa costumbre de vestirse con prendas masculinas. Una foto de 1895 -tiene entonces 18 años-, la muestra con traje de marinero, como un joven adolescente dotado de dulzura: rostro con pómulos levemente pronunciados, cutis claro, nariz chata, labios gordezuelos y mirada oscura de gran belleza. Bajo la gorra: el pelo cortado a cepillo y una frente amplia en la que se pronuncia levemente el hueso frontal.

     En 1894, su querido y amado hermano Augustín se fuga. La primera carta que su hermana recibe está fechada en Sidi Bel Abbas en Orán: el hijo del general Von Moerder se ha convertido en legionario. Para su padre el suceso es un síntoma de decadencia; para Isabelle es una llamada. Hace años que aprende árabe. Cada carta de su hermano predilecto va madurando su decisión.

 A su cómplice Hermano Agustí, le escribe: "¡Tú en tierras del Magreb, la Casa del Islam, que -no sé si recuerdas- era nuestra Kaaba!"
      Y continúa Isabelle, en lengua árabe:


     "Mi cuerpo está en Occidente
     Y mi alma está en Oriente;
     Mi cuerpo está en los países infieles,
     Mi corazón está en Estambul
     ¡Y mi corazón está en Orán!


     ¡Oh, siempre contigo"
(y entonces Isabelle retoma del latín "hieme et aestate", palabras que Agustín le dirigiera antes a ella: "Hieme et aestate, et prope et procul, usque dum vivam et ultra": "En invierno y en verano, de cerca y de lejos, mientras viva y más allá de mi vida").
      Toda la escritura de la adolescente Isabelle -su caligrafía es hermosa, sofisticada, adornada con dibujos geométricos y arabescos de un orientalismo puro- muestra un temperamento singular, excepcional, y una fuerte sensualidad. Educada junto a un hermano, al que adora, será amiga, camarada y atenta interlocutora de los hombres. Pero también el carácter dócil de su madre hará que Isabelle sea tierna y vulnerable.
      Y aquí nos encontramos, con estas dos mujeres entristecidas por la huída de Agustín quien, tal vez, formó parte del grupo de activistas rusos que frecuentaban "Villa Nueva" y que, bajo la presión de unos acontecimientos que siguen sin aclararse, se habría visto obligado a abandonar Suiza. En la correspondencia, que ambos mantienen, hablan en clave de este asunto, puesto que saben que "Vava" estallaría en cólera, por lo que Isabelle, al corriente de su fuga, le habría ayudado a partir.
      Pero, sobre todo, ahí está la obra de Isabelle, que bebe de las fuentes de su pasado y que, muchas veces, encuentra la materia de sus textos en los personajes de su infancia, 
y mas adelante en su juventud  con la lectura de textos de tantos intelectuales e islamólogos franceses  de finales del siglo XIX y principios del XX convertidos al Islam, como Michel Chdkiewicz, su hija Claude Addas, Vincent Manssur Monteil etc.. Su obra Trimadeur toma prestado el tema de este episodio: Dmitri Orshanow -miembro de una red anarquista clandestina y junto con sus camaradas- organiza las evasiones de los deportados políticos de Siberia. Al ser denunciado, huye de Ginebra, se enrola en la Legión Extranjera y marcha para África.
      Pero volvamos a nuestros personajes femeninos. Natahalie no soporta más su vida en Ginebra -su carácter apacible parece aplastarse ante la vehemente personalidad de su compañero- e Isabelle dirige cada vez más su mirada hacia África.
      El fotógrafo, Louis David, les propone alquilarles la casa que tiene en Bone (Argelia). Madre e hija se embarcan hacia Annaba.
      Era mayo de 1897. Isabelle tenía veinte años. Las dos mujeres se establecen en la ciudad de Bone. Para Isabelle aquello es la plenitud. Un golpe de vista rápido, y su rostro recuerda la belleza voluptuosa de Arthur Rimbaud -el poeta "ladrón de fuego"-. Dicen que era esbelta y de manos largas y finas. El fotógrafo Louis David, la capta con ropajes árabes, beduinos y sirios. Pero es curioso observar, que cuando se viste de mujer aparece un joven disfrazado. En cambio, con atavíos beduinos es, enteramente, ella misma. Habría que pensar, por tanto, que si conservó toda su vida la umara (turbante, casquete) en la cabeza, es porque ese atuendo le iba, perfectamente, a su cabeza.
      Esta hija de la soledad y de la curiosidad -lejos de toda convención social- se siente árabe y musulmana. Por pura delectación del alma. Al poco tiempo abandonan la casa del fotógrafo, que estaba rodeada de colonos y funcionarios franceses (es fácil imaginar las reacciones de éstos ante la actitud de las dos mujeres), y se instalan en los confines del barrio indígena, en una casa sencilla de adobe blanqueada con cal y un patio interior con azulejos y naranjos donde viven su libertad. Ellas han elegido su  propio camino de peregrinación por la vida. Dice hadit (dichos o costumbres del profeta Muhammad (s.a.s) “Quien emigra hacia Allah y su Mensajero, su emigración alcanzará a Allah y a su Mensajero, y quien emigra en procura del mundo su emigración será para el mundo”.

 

Días felices.
      Isabelle trueca sus vestidos europeos por una chilaba blanca, fuma kif, profundiza sus estudios de árabe clásico, estudia a fondo el Islam y decide hacer la  shahada (testimonio de reconocimiento del Islam) en una sincera declaración de intenciones. La shahada es inmersión absoluta en el Tawhid en la unidad y unicidad de Allah. El profeta Muhammad (s.a.s) enseñaba que todo tiene una puerta, es decir, que todo necesita un primer paso, un acto de intención (ni´a), un acto de voluntad con el cual tú mismo te sitúas ante lo que puede ser. Nathalie, influida por su hija decide pasar esa puerta y también  entra en la vía (Din) del Islam,  comprendiendo que “No hay imposición en el Din” “Laikraha fi d-din”, (al-Báqara, 256), pero enferma del corazón al poco tiempo y fallece en noviembre en Touggour,  el mismo año de su llegada. Isabelle siente el dolor de la perdida de su ser mas querido, y en su corazón como el de cualquier musulmán que pierde a un ser querido repite las palabras “Inna lillahi wa Inna ilahi rayi´un”, "de Allah provenimos y a El regresamos". Trophimowsky acude puntual a enterrarla. En esa misma época, André Gide escribe El inmoralista, historia de un hombre que alcanza la salud moral y la felicidad física en esa misma Argelia.  Isabelle entierra a su madre en el cementerio musulmán y sobre la tumba hace grabar su nombre islámico: "Fathima-Manubia".  

     Su vida transcurrió entonces en un perpetuo vaivén entre África y Europa. Se cuenta que hacia 1899, estuvo apunto de casarse con un turco, pero que esta relación fracaso. Ella sólo aspira a compenetrarse cada vez más íntimamente con el Islam; pero nada es fácil. Para el gobierno francés es motivo de recelo esa mujer rusa con nombre alemán, vestida como un hombre, que sólo frecuenta los medios "indígenas" y vive, además, constantemente apremiada por problemas económicos.

    El conocimiento de la lengua del Corán establece, entre Isabelle y la civilización musulmana, otras ataduras que las suscitadas por un orientalismo simplón o por una fascinación ignorante. En su acercamiento al Magreb, Isabelle es el reflejo de la fusión con esa tierra de acogida, y describirá a los argelinos, más tarde, como pueblo colonizado, anclando el relato de su peregrinación en el corazón de la mitología.
      Rápidamente, presiente la realidad del país, asume sus valores esenciales y los comprende. En Yasmina, una novela que cuenta el amor imposible entre un oficial francés y una joven árabe -tema recurrente en ella y metáfora del difícil encuentro-, Isabelle ha percibido el conflicto entre culturas.
      Pero Isabelle, añorando a su madre -"el Espíritu blanco que ha dejado para siempre el depravado mundo terrestre que le era tan ajeno"-, se marcha a Argel. Allí le llega la noticia de las extrañas circunstancias del suicidio de su hermano Wladimir. Discreta y silenciosa, como siempre, no mencionó jamás las circunstancias de esta muerte. “Sólo Allah sabe” (Allahu A´Lam). En los momentos adversos, su pluma expresa una naturaleza contradictoria así como la plenitud de un misticismo:
      "Lo que me hace más daño es la prodigiosa movilidad de mi naturaleza y la inestabilidad realmente desoladora de mis estados de ánimo, que se suceden unos a otros con rapidez inaudita. Eso me hace sufrir y no conozco otro remedio más que la muda contemplación de la naturaleza, lejos de los hombres, cara a cara con el gran Inconcebible, único refugio de las almas desamparadas […] Niña educada sin religión, en medio de la incredulidad y la desgracia, en el fondo de mi alma atribuyo la poca felicidad que me ha sobrevenido en la tierra sólo a la clemencia de Allah Misericordioso, y todas mis desgracias a ese Mektub [lo que está escrito] misterioso, contra el que resulta inútil e insensato rebelarse. Y he aquí, si no la razón fundamental, una de las causas del respeto y del apego profundo que siento por el Islam".

      Poco después Isabelle abandona Argel y se va a Túnez, donde acaban sus veintiún años. Se une como “escribano” a una pequeña caravana , a la cual las autoridades tunecinas han encomendado hacer averiguaciones sumarias y recabar impuestos le acompañan dos viejos notarios árabes de un destacamento de espahíes. De esa época, existe un texto, entre sus manuscritos: La zawíya [lugar de reunión de los sufíes], donde queda expresada su emoción por el Din del Islam  senda de los que abren sus corazones ante Allah. También en estos manuscritos queda revelada la naturaleza de su sensualidad, que ella llama la "virilidad" de su naturaleza. Con la misma pasión la veremos frecuentar los bajos fondos de Argel y los lugares de recogimiento y oración:
      "¡Qué éxtasis! ¡Qué borracheras de amor bajo aquel sol ardiente! Mi naturaleza era también ardiente y la sangre me fluía con rapidez febril por mis venas inflamadas de pasión […] Unas veces era la embriaguez de mi alma en aquel país maravilloso, bajo aquel sol único y los sublimes vuelos del pensamiento hacia las regiones serenas de la especulación, otras veces los dulces éxtasis siempre preñados de melancolía, los éxtasis del arte, esa quintaesencia goce de goces".

      Al hilo de los reencuentros y de los lugares, el descubrimiento estético se sublima en emociones amorosas y místicas. El país de los mares de arena será el lugar de su propio descubrimiento. Por un extraño efecto de retorno, allí donde la mirada sólo puede colgarse del horizonte, el viaje se hace interior: "El Ued [curso de agua en el desierto] me llegó como revelación de belleza visual y de profundo misterio, la toma de posesión de mi ser errante e inquieto por un aspecto de la tierra que no había sospechado". En ese oasis, en agosto de 1900, encontrará al hombre de su vida un suboficial de las tropas indígenas, que se convierte en su amante estable. También al igual que ella es un buscador un sufí y se llama Slimane Ehnni,  los dos recibirá la investidura de la Tariqa (vía dentro del sufismo) Qadriya, y con el Dzikr (recuerdo de Allah) entraran de lleno en la vida del sufismo:  Isabelle aprende las técnicas sufíes de éxtasis místico al que su naturaleza le predispone porque todo en ella fluye con naturalidad haciendo suyas las palabras del Corán que dice “Todo pertenece a Allah” (Al Mulku Lillah) desde entonces Isabelle será ya Si Mahmoud Essadi. Pseudónimo que sobresale por encima de los demás y que recuerda al poeta viajero de Chiraz en Irán, quien, en el s. XIII, ensalzaba al amor "la renuncia y el arte de domeñarse uno mismo", según la misma  Isabelle  Eberhardt en sus Escritos íntimos.

      Sin embargo, la confusión en torno a la identidad de esta mujer siembra desconcierto: ¡es difícil imaginar a una mujer vestida con ropajes árabes, galopando sola y por placer con su caballo Suf por tierras tan áridas!. También la unión de la europea con el espahí indígena provoca escándalo y sospecha entre las autoridades francesas.
      El 29 enero de 1901, en Behina, fue víctima de intento de asesinato, un beduino fanático -supuestamente siguiendo órdenes de un ángel le ataca- se dice que pertenece a lo tidjanyas. Herida de dos sablazos, es operada y curada en el hospital Militar de El-Oued.. En mayo, las  autoridades coloniales francesas aprovechan esta situación y le "aconsejan" esperar en Francia el juicio que se llevará a cabo en Constantina por su intento de asesinato. Isabelle se dirige a Marsella, con nombre falso y vestida con un mono de fogonero, puesto que viaja en 4ª clase, que no estaba autorizada para mujeres. Isabelle se dedica a escribir cuentos en  Marsella, no puede aguantar esta forma monótona de vida  en Francia donde se aburre. Desde Francia escribe dos cartas para La Dépêche algérienne, con el fin de dar su versión de los hechos. Cuando su agresor es juzgado por el consejo de guerra, Isabelle escandaliza a jueces y testigos asumiendo ardorosamente su propia defensa, sin ocultar nada acerca de su vida y sus creencias.  Isabel perdonó al culpable, siguiendo la máximas coránicas: “Devuelve con bien el mal que te hagan”; “no agredáis”; “No injuriéis ni insultéis a nadie”; “No os burléis de nadie”; “Dad a tu enemigo tu justicia y tu imparcialidad”. Sin embargo fue condenado. Para el culpable, trabajos forzado a perpetuidad; para la víctima, la expulsión. ¡No es otro el precio que debe pagar una vida emancipada e insolente que se enfrenta a las costumbres y al régimen militar! A pesar que su unión con su amado Slimane Ehnni seguía siendo rechazada, finalmente consigue la autorización para casarse con él por el estado civil. De esa manera adquiere la nacionalidad francesa y nadie puede impedirle que vuelva a Argelia donde la pareja se reúne en Argel el 14 de enero de 1902. Pero su desafío a las autoridades no le facilita las cosas.
      La sed por los espacios del desierto, por la quietud en el alborozo de las embriagadoras galopadas o en la lenta marcha de los blancos dromedarios por los caminos del sur, vuelven a Isabelle. ¡No será el matrimonio el que estabilice a esta nómada incansable. Isabelle hace suya, subrayándola, esta frase del mariscal de Sajonia: "No hay que vivir, sino partir". El desierto se convierte en una página blanca en la que proyecta su imaginario y en un espejo en el que se refleja en este ambiente, en ese mundo no hay prisas ni vidas agitadas y puede vivir la vida de los ritos de las gentes del desierto, saboreando los momentos como si fueran eternos “tomar el primer vaso que contiene un té fuerte y amargo como la vida, y muy caliente como el sol del desierto. El segundo, más templado y suave, sabe a menta y es dulce como el amor. El tercero es el más flojo y dulce, como la muerte, y se hace durar”.  Se interesa especialmente por la hidrología, por los ueds, por las fuentes y torrentes. Sigue a las caravanas y convoyes militares, escribiendo crónicas, como enviada especial, para Akhbar, el semanario argelino bilingüe fundado por Victor Barrucand.


      En sus relatos, ricos en matices, no duda en defender a los fellahs [campesinos] y en oponerse a la colonización, convirtiéndose en sorprendente testigo de la realidad argelina. Colabora también con Luce Denaben, directora de la escuela-obrador de las jóvenes musulmanas de Argel.
      Isabelle, por primera vez, puede vivir del periodismo y Slimane Ehnni consigue un puesto de intérprete.
      En 1903, se encuentra, en primera línea, en Aín Sefra [Fuente Amarilla], donde un conflicto de fronteras hace estragos entre Marruecos y Argelia. Sus artículos y análisis políticos se recogen en diversos periódicos entre ellos Le Mercure de France. Isabelle comienza su amistad con el coronel Lyautey, futuro Mariscal de Francia, a quien servirá de intérprete, siempre envuelta entre los pliegues de su albornoz, calzada con botas de marroquín y cubierta con turbante, mientras afronta el caliente aliento del desierto, los accesos de fiebre y la debilidad de su salud que se renueva.


      Orgullosa de su existencia de mujer libre, vive a la manera de los soldados beduinos del sur oranés. Lyautey la definió así: "Era lo que más me atrae del mundo: una rebelde. Encontrar a alguien que sea verdaderamente ella misma, fuera de cualquier prejuicio, cualquier cliché, y que pase por la vida tan liberada de todo, cual pájaro en el espacio, sí que regalo... ¡Amaba ese prodigioso temperamento de artista y todo lo que en ella hacía sobresaltar a los notarios, caporales y mandarines de cualquier calaña!".
      Pero ninguna vida está hecha de una sola pieza. Entre la búsqueda desesperada del sentido de la vida, y la última destrucción de la esperanza, se encuentra todo el misterio de las experiencias de la vida que indica, ante todo, nuestra diferencia absoluta frente al mundo y el drama imposible que es nuestra vida en la tierra. La realidad del corazón es interior, y esa puja del espíritu  (yihád al-nafs) en nosotros no se muestra al mundo sino a través de ciertos indicios ennoblecedores, como las virtudes,“Los caminos de Allah son tantos como los corazones de los hombres” (hadit). Isabelle, consciente de esta vida y generosa, procuró también desembarazarse de todo lo superfluo: "Nadie ha vivido jamás tan al día como yo, nadie ha sido jamás tan dependiente del azar".
      Su pequeño baúl, sus cojines bordados de arabescos, eran sus únicas posesiones, sólo la escritura fue para ella una necesidad, una emoción nacida, que debía ser afirmada y equilibrada, justificada por el cálamo, pues su sensibilidad, su ansia de "pureza" se traducía en escritura:
      "Estar sano corporalmente, limpio de toda mancha después de generosos baños de agua fresca, ser sencillo y creer, no haber dudado nunca, no haber luchado nunca contra uno mismo, esperar sin miedo ni impaciencia la hora inevitable de la eternidad... He ahí la paz y la felicidad musulmanas. ¿Y quién sabe? Quizá también la sabiduría. [...] Lo que tantos soñadores han buscado, lo ha encontrado gente más sencilla. Más allá de la ciencia y del progreso de los siglos, bajo las cortinas levantadas del porvenir, veo pasar al hombre futuro. Y comprendo también que uno pueda acabar en la paz y el silencio de alguna zagüíya del sur, acabar en éxtasis, sin deseos ni añoranzas, frente a espléndidos horizontes".
      Y sobre la muerte escribió: "Todo el gran encanto punzante, emocionante de la vida viene tal vez de la certeza de la muerte. Si las cosas debieran durar, nos parecerían indignas de apego". Luego, añadió -intuitiva-: "iré solitaria hasta la muerte".

      Como testamento literario suyo, he deseado recoger lo que escribió en Bone, su primera residencia africana: "escribo porque me gusta el processus de creación literaria, escribo como amo, porque probablemente ése es mi destino. Y es mi único verdadero consuelo".
      En su escritura y en sus actos está la sal de su vida: la lucidez, el coraje, el conocimiento profundo de los indígenas, el sentido innato de la justicia, la libertad de ser y de pensar llevada a la temeridad más extrema.


La aventura -como puede suceder en una novela- termina mal. El 21 de octubre de 1904, cuesta bajo del djebel [montaña] Mekter, unas aguas en furia atraviesan la aldea de Aín Sefra. El ued se ha salido del lecho. La puerta del gurbí [choza árabe] de adobe y paja, donde vive Isabelle y su amado es invadida con violencia por el barro amarillento, ella con valor y fuerza saca a su marido de la choza, regresa a por un manuscrito y cuando trata de salir nuevamente, la casa se derrumba sobre ella y en esta ocasión "La Rebelde" no  resiste esa avalancha. En el fárrago, tras el umbral, vestida de caballero árabe, su cuerpo yace inerte en el barro. Tenía 27 años.


      Así la encontraron los militares que el general Lyautey mandó en su búsqueda. Junto a ella -aunque hay páginas manchadas de barro-, la casi totalidad de lo que había escrito. Una bolsa salvada de la crecida del río guardaba cuadernos, libros de notas y cartas. Cuatro cuadernos intactos -exceptuando las cubiertas descoloridas- forman lo que Isabelle llamaba "Mis diarios".


      La gran mayoría de los textos se publicarán tras su muerte, sólo algunas novelas breves y los reportajes para los periódicos, ya citados, vieron la luz en vida de Isabelle.


      Su vida y obra están íntimamente aunadas: la vida es "un tejido de historias narradas" (dice Paul Ricoeur en Temps et récit III, 1985).


      Su llama se mantiene viva y es, como ella, inesperada.


      Su sencilla tumba -dos sencillas piedras blancas de los cementerios del desierto- reposa en Aín Sefra.


      Una calle de Argel lleva su nombre.

 

Bibliografías

Para poder realizar esta pequeña biografía de Isabelle Eberhardt, nos hemos documentado con distintos trabajos, entre los que destacamos el de Michel Tournier titulado “ Isabelle Eberhardt o la metamorfosis”.  Del libro de ensayos literarios del mismo autor titulado “El vuelo del vampiro”. Pero hemos de destacar el trabajo de Leonor Merino (Drª de la Universidad Autónoma de Madrid traductora y autora de Encrucijada de Literaturas Magrebíes)  Nadie como otra mujer para poder comprender la sensibilidad y vivencias de Isabelle Eberhardt y que documenta en su “Centenario de la muerte de Isabelle Eberhart " –Nómada, bohemia y poeta, en búsqueda de absoluto-

 

                    

  CONVERSOS