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(Extraído del texto más amplio del
autor)

 No hay mejor medio para entrar en comunicación directa con una civilización del
pasado que la contemplación de una obra de arte, siempre que ésta represente,
dentro de esa civilización, algo así como un núcleo espiritual. Según las
circunstancias, esa obra puede ser una imagen sagrada, un templo, una catedral o
una mezquita. En ella suele manifestarse siempre algo esencial, algo que no
sabemos captar a través de la historia, con sus rasgos más o menos externos,
algo que se escapa al análisis de las circunstancias socio-económicas. Una
visión igualmente reveladora de una civilización, por no decir más importante
todavía, nos la proporciona la literatura, en particular aquellos escritos que
versan sobre las cuestiones eternas.
Sin embargo, tales manifestaciones literarias tienen necesariamente múltiples
facetas y, por lo general, hacen falta extensos comentarios para ponerlas al
alcance de los lectores contemporáneos. Por otra parte, una obra de arte se ve,
nos proporciona una vivencia y ésta nos hace comprender intuitivamente, sin
necesidad de rodeos intelectuales, un determinado modo de ser y de querer. Con
esa vivencia podemos relacionar después toda clase de conocimientos intuitivos
en relación con la cultura que nos ocupa. De esta manera nos resulta más fácil
familiarizarnos con el pensamiento y los conceptos morales de una cultura
budista si conocemos la imagen de Buda, representativa de esa cultura. Podemos
hacernos una idea más exacta de la vida espiritual y social de la Edad Media
cristiana después de compenetrarnos con la arquitectura de una abadía románica o
de una catedral gótica, suponiendo siempre que poseamos esa receptividad
imprescindible para captar el arte auténtico.
La cultura arábigo-española en su época de máximo esplendor, que coincide con la
existencia de un Estado hispano-árabe unificado bajo la dinastía de los Omeyas,
queda caracterizada perfectamente por la Mezquita Mayor de Córdoba.
Afortunadamente ésta ha sobrevivido, pues, aparte de ella, no queda mucho de la
antigua capital califal, en otros tiempos tan grande que, en todo Occidente sólo
pudo rivalizar con ella Constantinopla. Todavía se conservan una parte de las
antiguas murallas y un puente sobre el río Guadalquivir, el «río grande» (al-wâdî-l-kabîr)
de los árabes, puente dañado incontables veces por las inundaciones y
reconstruido después. Ciertas calles de la parte antigua recuerdan por su
trazado los barrios comerciales de la Córdoba califal, pero ya no encontrarían
cabida allí las ochenta mil tiendas y talleres que se contaban en ella. Han
desaparecido las grandes fondas donde se alojaban los comerciantes viajantes con
sus bestias de carga. Han caído en ruinas los numerosos baños públicos, las
escuelas, donde recibían enseñanza hasta los hijos de los pobres, y las grandes
bibliotecas. Apenas han quedado vestigios de los palacios de los califas y
príncipes; la fabulosa ciudad real Madînat al-Zahrâ’, al oeste de Córdoba, es un
campo de ruinas. De los muchos centenares de mezquitas que antaño adornaban
Córdoba, sólo subsiste una: la más antigua, la mayor; pero incluso ésta se
encuentra en un estado sensiblemente modificado, como consecuencia de su
transformación en una iglesia. Hace falta algún esfuerzo imaginativo para
representársela en su aspecto primitivo.

Ante todo, hay que prescindir mentalmente del oscuro edificio de la iglesia que
—en una época situada entre el gótico tardío y el barroco— fue plantada dentro
del claro bosque de pilares y arcos como una enorme araña en medio de su tela.
Si hago esta comparación, no exagero en absoluto: cualquier visitante actual de
la mezquita me dará la razón, encontrando inaceptable y carente de sentido aquel
cuerpo extraño en el corazón mismo del magnífico edificio; pues no simboliza
tanto la victoria del Cristianismo sobre el Islam como la irrupción de una nueva
era, durante la cual empezaron a separarse, bajo grandes convulsiones, la fe y
el conocimiento científico. Esto representa el opuesto absoluto de la armonía
íntima que emana de las formas del edificio islámico.
Sin ese cuerpo extraño, la sala de pilares parecería un amplio bosque sagrado de
palmeras, que invita a pasear por él de acá para allá, ofreciendo a cada paso
nuevas perspectivas de la gran sala, abriendo o cerrando sus profundidades ante
nuestra mirada. Antiguamente este bosque era todavía más diáfano, ya que las
arcadas que dan al patio estaban abiertas y no tapadas, como ahora, por un muro,
cuya continuidad sólo se ve interrumpida por dos puertas. El patio formaba parte
de la mezquita, puesto que en él se encontraban las pilas, donde los fieles
podían lavarse la cara, las manos y los pies, purificándose así para la oración.
Luego entraban en la gran sala descalzos, para no mancillar ni profanar su suelo
cubierto de esteras. Allí realizaban la oración canónica, de pie, sentados o
prosternados, tocando con la frente en el suelo. Es decir, el propio suelo es un
lugar de oración y todo está puesto en relación con su extensión estática, sobre
la cual descansa el espacio, muy al contrario de lo que ocurre en una iglesia,
donde todo se orienta recorriendo un camino que desemboca en el santuario del
altar. No existe tal finalidad en una mezquita, a pesar de que su nicho de
oración (mihrâb) parece compartir su forma con el coro de una iglesia. Pero su
único objeto es señalar la dirección de Meka y dar resonancia a las palabras del
imâm.
Este dirige la oración en común en los momentos fijados para tal efecto. Sin
embargo, fuera de las horas señaladas, cualquier creyente puede rezar sus
oraciones en cualquier parte de la mezquita y servir de imâm a toda persona que
quiera seguirle. En el Islam no existe jerarquía sacerdotal como en el
Cristianismo, y la arquitectura del edificio, con su repetición infinita de
columnas y arcadas, está en perfecta consonancia con este principio. Dondequiera
que un devoto esté rezando, de pie o prosternado sobre las esteras, ahí está
para él el centro de la mezquita; incluso, diría yo, el centro del mundo. Las
bóvedas de aljibe han sido añadidas en tiempos más recientes y conviene no
tenerlas en cuenta, pues resulta excesiva la impresión que ofrecen de división
del espacio en naves, todas ellas orientadas en la misma dirección.
Originalmente el techo era plano y descansaba sobre las vigas pintadas; era como
una respuesta al suelo plano, cubierto de esteras de color claro.
La disposición particular de los arcos que, apoyados en las columnas, se abren
en abanico a dos niveles superpuestos como ramos de una palmera datilera, tiene
una explicación evidente. El primer arquitecto tuvo a su disposición muchas
columnas procedentes de ruinas romanas. A éstas no les faltaba solidez para ser
utilizadas como soportes, pero sí longitud —incluso con arcos superpuestos— para
proporcionar la altura luminosa conveniente para una sala de tales dimensiones.
El maestro superó esta dificultad superponiendo a las columnas —encima de ábacos
resaltantes— pilastras de base rectangular que, a su vez, servían de apoyo a los
arcos que habrían de sostener el tejado. Las pilastras están enlazadas a media
altura por arcos de herradura. Quizá el arquitecto se dejara inspirar por los
acueductos romanos, quizá también por las dobles arcadas de la mezquita mayor de
Damasco, pero consta que sólo él tuvo la audaz idea de tender los arcos
inferiores libremente sobre el espacio sin mampostería de relleno. Los arcos
superiores son más pesados que los inferiores y los nacimientos de ambas series
ensanchan hacia arriba las pilastras sobrepuestas a las columnas. También este
detalle tiene reminiscencias de los troncos de palmera. Todo ello descansa sobre
unas columnas relativamente delgadas, contrastando así con la sensibilidad
europea clásica. A pesar de esto, el volteamiento múltiple no resulta de ningún
modo agobiante, pues parece flotar en el aire como un sinnúmero de arcos iris.
Debido a que los arcos inferiores, en forma de herradura, están tendidos sobre
una distancia menos amplia que los superiores, que son de medio punto, todo el
conjunto parece ensancharse hacia arriba. La alternancia flabeliforme de dovelas
claras y oscuras aumenta la impresión de un espacio que va abriéndose a partir
de un centro omnipresente, espacio a la vez estático y dinámico.

Al-Mansûr (Almanzor), gran canciller del último califa
omeya, quiso ampliar la mezquita, se hizo preciso derribar un edificio, en cuyo
patio interior crecía una palmera y que pertenecía a una mujer. La dueña se negó
a enajenar la casa si no se le proporcionaba otra que también tuviera palmera;
la autoridad judicial le dio la razón: para un árabe, una palmera es algo más
que un árbol.
El destino de la mezquita, desde los comienzos de su construcción hasta su
última ampliación, está estrechamente relacionado con los destinos de la
dinastía omeya, cuyo representante máximo, ‘Abd al-Rahmân III, sería el fundador
del califato de occidente. Durante más de dos siglos la mezquita fue sometida,
paso a paso, a varias ampliaciones, sin que esto perjudicara la unidad de sus
formas: ‘Abd al-Rahmân I, el Inmigrado, compró en 785 a los cristianos
cordobeses la catedral que —partida en dos por un muro de separación— había
servido hasta entonces de templo a las dos comunidades: cristianos y musulmanes.
Mandó derribarla y edificar en su lugar aquella parte de la gran sala que linda
con el patio. Su obra fue acabada por su hijo Hishâm aproximadamente en 796. No
obstante, ‘Abd al-Rahmân II, que gobernó entre 822 y 852, amplió la mezquita,
trasladando su muro meridional, que contiene el nicho orientado hacia la Meca,
muchas yugadas más hacia el sur. Al-Hakam ll, sucesor del gran hombre de Estado
y fundador del califato de occidente ‘Abd al-Rahmân III, continuó en la misma
dirección: alrededor de 962 derribó otra vez el muro meridional y levantó, a
gran distancia, otro nuevo que fue terminado aproximadamente en 965.

Gracias al florecimiento del comercio y de la industria y de acuerdo con la
grandeza del califato, la ciudad había crecido tanto que la mezquita antigua no
podía ya dar cabida a las multitudes que acudían a ella en los días de fiesta.
Pero tampoco entonces el edificio alcanzaría su extensión definitiva, pues el ya
citado Almanzor tuvo que ampliarlo otra vez, poco antes de la caída del califato
de occidente. Esto ocurrió durante los años 987 a 990, pero en esta ocasión se
respetó el muro meridional construido por Al-Hakâm II, llevando hacia atrás el
muro oriental. Según los cronistas árabes, de esta manera la mezquita llegaría a
tener tantas yugadas como días tiene el año. De los arcos colgaban lámparas de
plata y, cuando el gran estratega Almanzor conquistó, en la lejana Galicia,
Santiago de Compostela, mandó trasladar a Córdoba las campanas del santuario a
hombros de cautivos cristianos, con el fin de utilizarlas como lámparas. Por
cierto, respetó la tumba del apóstol Santiago, sólo destruyó la abadía, ya que
ésta era un foco de concentración para los cruzados en su lucha contra el Islam
español. Más tarde las campanas serían devueltas a Santiago a hombros de
cautivos musulmanes, después de la reconquista de Córdoba por los reyes
cristianos.
La parte más grandiosa, a la que pertenece el mihrâb y las capillas abovedadas
delante de él —todo ello conservado hasta nuestros días— fue edificada por orden
de Al-Hakam II, hijo del genial hombre de Estado ‘Abd al-Rahmân III. Esto no se
debe al azar. Al-Hakam había heredado de su padre un imperio pacificado y
floreciente. Por ello tuvo tiempo libre para fomentar, siguiendo su inclinación
natural, las artes y las ciencias. Se dice que conservaba en su biblioteca
400.000 volúmenes, gran parte de ellos anotados por el propio califa con datos
relativos a su procedencia y sus autores.
Para adornar el mihrâb de la mezquita mayor con mosaicos, solicitó al emperador
de Bizancio que le enviase un maestro entendido en este arte, con el fin de
enseñárselo, en Córdoba, a los artesanos hispano-musulmanes. Con ello quedó
tendido un puente hacia el arte bizantino, aunque esto no significara más que un
trasplante de procedimientos técnicos. Las formas decorativas que aparecen en
los mosaicos del mihrâb de Córdoba están totalmente ancladas en el estilo
geométrico del arte islámico occidental; los atauriques de las dovelas del nicho
han perdido el carácter imitativo de la naturaleza que todavía se observa en sus
modelos bizantinos; no dan una impresión de profundidad, sino están convertidos
en un melódico juego de líneas sobre el abanico de pavo real, a que se compara
el arco de entrada al mihrâb con mucha propiedad. A pesar de la sobriedad de sus
tonos cobrizos y aherrumbrados constituye un contraste florido con las
inscripciones jerárquicamente rígidas que llenan de letras doradas el fondo azul
oscuro del alfiz.
Como hemos dicho anteriormente, el mihrâb no representaba ningún santuario en el
sentido estricto de la palabra; tampoco es algo imprescindible para la
celebración del ritual islámico. Imponer a los creyentes cualquier forma creada
artificialmente sería contrario a la ley islámica, que siempre da la debida
importancia a la pobreza. No obstante, encontramos al mihrâb desde los primeros
tiempos del Islam y, si bien los autores de textos jurídicos guardan silencio al
respecto, su formay su nombre recuerdan algunos de los pasajes más misteriosos
del Corán: el « nicho de Luces» es símbolo-de la presencia divina en el corazón
humano; la palabra mihrâb corresponde al Sancta Sanctorum salomónico, en el cual
—según el Corán— un ángel había alimentado en su niñez a la Virgen María. El
nicho abovedado en sí mismo es una de las formas más antiguas del santuario, del
lugar en que se manifiesta Dios, que recupera en el marco islámico su sentido
ancestral, porque en él se recita la palabra de Dios, revelada en el Corán. Todo
ello explica por qué precisamente en la configuración del mihrâb se manifiesta
aquel sentimiento que en árabe recibe el nombre de al-hayba, palabra que
podríamos parafrasear como «temor y respeto ante lo excelso».
El maestro que proyectó el mihrâb de Córdoba creó con él el modelo de
incontables nichos de oración en España y en el Norte de África. La entrada al
nicho está coronada por un arco de herradura encuadrado en un alfiz rectangular.
El arco, cuyas dovelas forman un abanico, posee una fuerza especial, debido a
que su centro se desplaza de abajo arriba: el abanico de las dovelas irradia
desde un punto situado en la base del arco y las circunferencias interior y
exterior del mismo tienen dos puntos centrales distintos que se desplazan hacia
arriba. De este modo, todo el arco emite sus rayos como el disco de la luna o
del sol cuando se está elevando paulatinamente sobre el horizonte; el arco no es
rígido, parece respirar, ensanchando su pecho con la plenitud de su felicidad
interior, mientras el marco rectangular, que le encierra, compensa su dinamismo:
energía irradiante y quietud estática llegan a un equilibrio insuperable.
Precisamente en esto consiste la fórmula básica de la arquitectura musulmana
occidental.
El espacio interno de nicho, de base heptagonal, es relativamente amplio y está
cubierto por una bóveda de concha estriada. Quizá se deba a esta concha el
extraordinario efecto sonoro, gracias al cual las palabras pronunciadas en el
interior del nicho resultan claramente comprensibles para los devotos que se
encuentran en la sala de la mezquita.
Encontramos bóvedas de concha en los nichos de oración más antiguos de Siria y
Egipto. Quizá estén inspiradas en un modelo de la Antigüedad tardía, pero éste
no habría sido imitado si no encerrase un valor simbólico específico. La concha
alberga la perla que —según la leyenda— tiene el siguiente origen: en una noche
de primavera, la concha sube a la superficie del mar, se abre y concibe una gota
de rocío que en su seno se convertirá en perla. La concha representa, en cierto
modo, el oído del corazón que recibe, cual gota de rocío, la palabra de Dios.
¡Con qué propiedad se puede aplicar esta parábola a un nicho en el cual se
pronuncia la palabra divina!
Es característico del arte islámico utilizar la decoración más suntuosa para
enmarcar y honrar algo que, en sí mismo, no es visible: la palabra hablada. La
palabra es para el Islam lo que para el arte cristiano la imagen sagrada. El
Islam rechaza la imagen como objeto de devoción, ya que tiende a encerrar en una
forma limitada la realidad divina que simboliza. Naturalmente también la palabra
sagrada es un símbolo, en el sentido de que necesariamente reviste de forma
perceptible la realidad divina, que está por encima de toda comparación. Sí,
también la palabra se convierte en -un símbolo, pero en un símbolo que no llega
a cuajar, pues su sonido se pierde en el aire una y otra vez y demuestra así la
poca consistencia de sus propios límites. Escrito sobre el vértice del arco de
entrada al mihrâb se encuentra el versículo coránico:
«Con el nombre de Al-lâh, el Rahmân, el Rahîm. El es el Allah; no hay más dios
que EL: el Rey, el Santo, la Paz, el Fiel, el Protector, el Glorioso, el
Victorioso, el Excelso, -El está por encima de cuanto ellos (entiéndase: los
politeístas) le asocian.» (LIX, 23)
Las cúpulas que cubren las capillas de pilares cerca del mihrâb, son de un
estilo arquitectónico muy particular, que no tiene precedentes ni en oriente ni
en occidente. Sin embargo, su disposición, que a simple vista parece un juego
geométrico, no es otra cosa que la respuesta lógica al problema de cómo adaptar
—con ayuda de nervios de igual altura— la base circular de una cúpula de medio
punto al cuadrado formado por los muros sobre los cuales tiene que apoyarse. El
caso es que, si los nervios se tienden cruzados y diagonalmente, de modo que su
punto de intersección coincida con el vértice de la cúpula, pueden pasar dos
cosas: o bien los nervios diagonales no alcanzan la altura necesaria para
soportar la cúpula, o bien los nervios cruzados tienen que ser peraltados, de
modo que lleguen a formar arcos ojivales, solución que, dicho sea de paso,
adoptaron los arquitectos del gótico. No así los hispano-musulmanes que
acudieron a otro procedimiento; sobre la base de un octógono inscrito en un
cuadrado se tendió de cada una de las ocho esquinas un nervio semicircular hacia
la tercera esquina siguiente. De esta manera, los nervios se entrecruzan a
cierta distancia del vértice, dejando en el centro un espacio libre, que no
resulta demasiado grande para poder ser cubierto sin necesidad de más nervios;
en Córdoba lo encontramos cubierto por una cupulita estriada. En Persia existen
cúpulas más tardías que obedecen a un principio análogo, con la diferencia de
que los nervios cruzados de este modo, no sostienen la cúpula sino que la
refuerzan al exterior; por dentro sólo se perciben delgadas aristas entre las
distintas facetas de la bóveda.
Para dar mayor firmeza a los arcos que sostienen la cúpula, el maestro encargado
de realizar la ampliación de Al-Hakam II tuvo la genial idea de redoblar los
pilares y enlazar entre sí los arcos que parten de ellos, como si hubiera
querido trasladar el principio normativo de las cúpulas a las arcadas de apoyo.
Al utilizar juntamente con los arcos de herradura también los lobulados,
consiguió un conjunto extraordinariamente rico, dentro del cual cada parte está
simultáneamente al servicio de la claridad estática y del ritmo que anima todo
el conjunto. Es precisamente la combinación de estas propiedades lo que
satisface más al espíritu islámico y al modo de pensar de los árabes. Formas
geométricas sin ritmo resultan rígidas, sin vida; ritmo sin claridad refleja
pasión desordenada. La propia realidad de la vida es un tejido de fijeza y
cambio rítmico, de espacio y tiempo: «Ves los montes y crees que son inamovibles
y, sin embargo, pasarán como las nubes», como dice el Corán (XXVII, 90).
Es fácil imaginarse la multitud de fieles que acudían a la mezquita en los
tiempos de mayor florecimiento de Córdoba. En el siglo X la ciudad tenía más de
un millón de habitantes, sin contar los muchos pueblos y aldeas que se habían
establecido alrededor en la fecunda vega del Guadalquivir. Añádase a esto
Madinal al-Zahrâ’, ciudad de corte, a dos horas de camino al oeste de Córdoba,
edificada por ‘Abd al-Rahmân III, al norte, la residencia veraniega Al-Rusâfa;
todavía poco antes de la caída del califato surgió al oriente Madinat al-Zâhira.
Aunque en Córdoba hubiera cientos de mezquitas, la mayor, la aljama, la de los
viernes, era para una ciudad islámica lo mismo que para una ciudad cristiana la
catedral. En ella se impartían, además, enseñanzas en las ciencias religiosas. y
se celebraban juicios.
Los maestros, entre los cuales había siempre hombres famosos y muchos que habían
visitado los Santos Lugares del Islam y acumulado ciencia en Arabia, Siria y
Egipto, solían sentarse en una de las partes más claras de la gran sala, cada
uno de ellos siempre al pie de la misma columna, para transmitir generosamente
sus conocimientos no sólo a los estudiantes, sentados sobre las esteras formando
semicírculo alrededor de ellos, sino también a los oyentes eventuales, tanto
curiosos como visitantes cultos. Para sus explicaciones se basaban en su
prodigiosa memoria, o comentaban, frase por frase, alguna obra didáctica
fundamental. Objeto de estas enseñanzas eran todas las ramas del saber
relacionadas con la religión, entre ellas tanto el estudio de la lengua árabe,
vehículo de la revelación coránica, como el de la jurisprudencia en todos sus
aspectos, ya que el Islam desconoce el derecho profano: todo el orden de la
sociedad humana forma parte de la religión.
En otra parte de la gran sala y a horas determinadas, el cadí mayor de Córdoba
veía las causas judiciales. A pesar de ser —después del canciller o primer
ministro— el hombre más importante del país, el cadí recibía a las partes
litigantes con la mayor sencillez, como si estuviera sentado en una tienda de
beduinos; iba vestido con modestia, sin ostentación; sólo le acompañaban unos
pocos consejeros y alguaciles. Cuando las circunstancias del pleito eran
evidentes, solía pronunciar allí mismo su sentencia irrevocable; si se trataba
de un caso poco claro, prefería frecuentemente encomendar el asunto a Al-lâh, a
no ser que esto supusiera prolongar una injusticia existente. Muchos de los
cadíes mayores de Córdoba se hicieron famosos por sus sentencias imparciales y
justas.
Tanto las enseñanzas como las audiencias eran interrumpidas cuando sonaba, desde
el alminar situado al otro extremo del patio (hoy incorporado al campanario de
la iglesia), la llamada a la oración:
«Dios es más grande - Dios es más grande - ¡Venid a la oración! - ¡Venid a la
salvación! - Doy testimonio de que no hay más dios que Dios -Doy testimonio de
que Mahoma es el enviado de Dios - Dios es más grande - Dios es más grande -No
hay más dios que Dios».
Los hombres que ya estaban en la mezquita y que habían estado esperando la
llamada, y otros muchos que la invadían en ese momento, procedentes de las
calles y del cercano mercado, todos se dirigían hacia la qibla, el muro del
mihrâb, para colocarse, hombro con hombro y fila tras fila, detrás del imâm,
para repetir en voz alta o baja —según exige el ritual— las palabras que éste
pronunciaba, e imitar sus movimientos, inclinaciones y prosternaciones.
El rezo común se realizaba —como sigue realizándose en todos los países del
Islam— cinco veces al día: antes de la salida del sol, a mediodía, a media
tarde, a la puesta del sol y al comienzo de la noche. Participaba todo el que
pudiera. Esta repetición rítmica de un mismo ritual orientado hacia un contenido
eterno, imprimía a toda la vida un sello imborrable. Cualesquiera que fueran las
luchas internas y revueltas que dividieran al Islam español, la unidad de este
sello no se perdería jamás.
* Capítulo primero de La civilización hispano-árabe, Alianza editorial 1977, pp.
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