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En la Edad Media, en un
contexto de enfrentamientos militares y de polémica
religiosa como resultado de las invasiones cruzadas, y los
contactos con la España y la Sicilia musulmanas, los
europeos pudieron acceder al conocimiento de una
civilización que en muchos aspectos materiales, culturales y
espirituales era superior a la suya. La transmisión de la
herencia científica de la Antigüedad efectuada por los
musulmanes y los propios avances intelectuales del mundo
islámico fueron igualmente conocidos desde finales del siglo
XI, principalmente a través de España.
Un esfuerzo de
conocimiento del Islam como religión se manifestó en Europa
desde el siglo XII. «La prueba de ello la tenemos en
Pedro de Alfonso, judío español bautizado en Huesca en 1106
y convertido en médico del rey Enrique I de Inglaterra (y
muerto en 1110); traductor de obras de astronomía, pero
también redactor de la primera obra que contenía datos de
algún valor objetivo sobre Mahoma y el Islam» (Maxime
Rodinson: La fascinación del Islam, Júcar, Madrid,
1989, pág. 32).
Los primeros
traductores
Los primeros estudios
fueron llevados a cabo en Cataluña por Gerbert d’Aurillac
(938-1003), convertido en Papa bajo el nombre de
Silvestre II en 999.
En los siglos XII-XIII se
potenció aun más la transmisión a Europa de la ciencia y la
filosofía musulmanas que se desarrollaban en Oriente y en la
misma al-Ándalus, junto con los conocimientos científicos y
filosóficos de la Antigüedad, que habían sido revalorizados
por los pensadores del Islam. Esta corriente transmisora fue
alimentada por las traducciones de textos árabes al latín
que efectuó la escuela de traductores de Toledo. Dicha
escuela, hasta 1152, reunió a sabios musulmanes, judíos y
cristianos bajo los auspicios del arzobispo Raimundo de
Sauvetat, y alcanzó su apogeo con el monarca Alfonso X el
Sabio, que reinó desde 1252 a 1284 (Véase Francisco Márquez
Villanueva: Concepto cultural alfonsí, Mapfre,
Madrid, 1992).
Pedro el Venerable
(1094-1156), abad de Cluny, encargó en 1143 al inglés
Roberto de Ketton o «el Ketenense» (también llamado
Roberto de Chester o Robertus Castrensis) una traducción del
Corán (la primera al latín) que proporcionó la base para
otras traducciones europeas hasta el siglo XVII. Esto se
produjo casi medio siglo después de declararse la Primera
Cruzada contra el Islam. No se ha logrado establecer si «Petrus
Venerabilis» tenía el objetivo de poder así «refutar el
Corán», o si usó este argumento como pretexto, para
protegerse. Lo cierto es que intentó transformar las
Cruzadas en una tarea misionera y no violenta. Pero no menos
cierto es que el traductor, Roberto de Ketton, era
«constantemente obligado a intensificar o exagerar un texto
inofensivo para darle un tono desagradable o licencioso o a
proferir una interpretación inverosímil pero molesta antes
que una más adecuada pero también más normal y decente»
(Normal Daniel: Islam and the West, the Making of an
Image, Edinburgh University Press, Edinburgo, 1960). El
Doctor de la Iglesia Bernard de Clairvaux (1091-1153) —el
impulsor de la Segunda Cruzada— se negó incluso a leer esta
traducción (cuyo manuscrito se encuentra actualmente en la
Bibliothèque de l'Arsenal, en París). Cuatrocientos años más
tarde, en 1542/43, Theodor Bibliander ("Buchmann"), teólogo
y sucesor del reformista suizo Huldrych Zwingli (1484-1531)
—el autor de la obra De vera et falsa religione
(1525), reeditó en Basilea la traducción de Pedro el
Venerable. Fue consecuentemente arrestado y sólo pudo
recuperar su libertad mediante la intercesión personal de
Martin Lutero (1483-1546), quien por cierto escribió el
prefacio a la cuarta edición que apareció en Zurich en 1550.
Esta primera versión latina fue volcada al italiano por
Andrea Arrivabene, en 1547; la versión italiana vertida al
alemán (Solomon Schweigger, 1616 y 1623, y ésta fue la base
para la versión al holandes (anónimo, 1641). La primera
versión francesa es de André du Ryer, que fue retraducida al
inglés por Alexander Ross (1649-88, la primera edición del
Corán en inglés), al holandés (Glazemaker), al alemán (Lange)
y al ruso (Postnikov y Veryovkin). Sin embargo, estas
traducciones eran parciales y bastante defectuosas. Habrá
que esperar al siglo XIX para que la traducción del original
árabe sea la normal, y al XX para encontrar traducciones
hechas por musulmanes a idiomas europeos.
El lombardo Gerardo de
Cremona (1114-1187) fue a Toledo en busca de manuscritos
islámicos para traducirlos y añadirlos al tesoro filosófico
occidental.
«Estos préstamos
literarios no son de extrañar, ya que Europa atravesó un
período de intenso contacto intelectual con el Islam después
del fracaso de las Cruzadas. La espiritualidad europea
cambia de táctica política y se lanza entonces, por usar las
palabras de José Muñoz Sendino, al "nuevo intento de
conquistar el Islam a base de conocerlo". Pero esta
inteligente labor evangelizadora, que impulsa en buena
medida las traducciones en masa de los libros de religión y
sabiduría musulmana y la fundación de enclaves en tierra de
sarracenos para aprender mejor el árabe, tiene un resultado
secundario, probablemente inesperado: la "islamización" de
Europa. (Dicho claro está en un sentido muy amplio). La
inteligencia cristiana europea -aun la más militante- no se
puede sustraer a la poderosa influencia intelectual del
Islam, que admira en más de un sentido» (Luce López-Baralt:
San Juan de la Cruz y el Islam, Hiperión, Madrid,
1985, pág. 13).
FEDERICO II
Mecenas, científico y
estadista
Una civilización original
había sido fundada por los normandos, en el Mediodía de
Italia y en Sicilia. Este reino apareció de pronto con una
cultura nueva y simbiótica para la Edad Media cristiana y un
estado político extraordinario para el occidente feudal. Los
dominios de Roger II tomaron el nombre del Reino de las Dos
Sicilias porque la parte meridional de Italia fue conocida
como «Sicilia a este lado del cabo de Faro».
En 1194 el poder normando
en Sicilia, pasó a manos de la casa de los Hohenstaufen
("Alta Staufen", un castillo y aldea de Suabia). Esta
familia reinará entre los siglos X y XIII en Suabia (en
alemán, Schwaben; en latín, Suevia), ducado
medieval al suroeste de Alemania, en lo que hoy es Baden-Württemberg
y algunas zonas de Baviera y Suiza. La región era conocida
en la antigüedad como Alemania.
Un hombre admirable, semi-misterioso
para nosotros (superficiales y globalizados seres en los
umbrales del siglo XXI), el emperador Federico II, nacido en
Lesi (cerca de Ancona) el 26 de diciembre de 1194, hijo de
Enrique VI de Hohenstaufen y Constanza de Sicilia, sería el
autor intelectual de un movimiento religioso, cultural y
social que nada, en el pasado de la cristiandad, dejaba
presentir. Sus efectos conmoverían al mundo de su época y
perdurarían en la conciencia religiosa de Italia.
Si se abarca en conjunto
la vida y obra de Federico II, se reconoce rápidamente a qué
punto el emperador suabo ha cambiado las tradiciones sobre
las cuales vivía el mundo desde el fin de la época
carolingia (siglos VII al X). Entre él y su abuelo
Barbarroja hay ciertamente un abismo. Federico I (ahogado en
el río Cydnos, en Anatolia, en 1190, cuando intentaba sumar
su ejército teutón a la tercera cruzada) es el emperador
medieval por excelencia, un rey de los romanos análogo a
todos sus predecesores, encarnación del orden feudal
europeo. Lo que caracteriza sobre todo la renovación
intelectual dirigida por Federico II y que provocará
paulatinamente un durísimo enfrentamiento con la Iglesia y
el Papado, es el predominio de la cultura islámica.
¿Cristiano
revolucionario o idealista cripto-musulmán?
Coronado emperador del
Sacro Imperio Romano Germánico en 1220, hizo de Sicilia un
estado moderno al desarticular el feudalismo a través de las
constituciones de Melfi (Apulia), en 1231, y al organizar
una administración centralizada y crear monopolios
comerciales.
Federico no vaciló
también en proteger a patarinos y arnaldistas y dar refugio
a cátaros y albingenses —que tomaron su nombre del pueblo de
Albi, junto al río Tarn— éstos últimos sectarios heréticos
profesantes de un total desprecio de a toda autoridad
religiosa o secular, y que fueron perseguidos
implacablemente por la Iglesia entre 1209-1255 (empresa que
propició la constitución de la Santa Inquisición en 1231). Y
al reivindicar el pensamiento de Arnaldo de Brescia
(1110-1155) —el reformista italiano traicionado por su
abuelo Barbarroja y ejecutado por orden papal—, de combatir
la corrupción del alto clero, se convertía en el archi-enemigo
de la prelatura. En su encíclica de 1246, Federico escribía:
«Los clérigos se han enriquecido con las limosnas de los
grandes y oprimen a nuestros hijos y a nuestros súbditos...
Nuestra conciencia es pura, y, por consiguiente Dios está
con nosotros; invocamos su testimonio sobre la intención que
siempre hemos tenido de reducir los clérigos de todos los
grados, y sobre todo los más altos, a un estado tal que
vuelvan a la condición en que estaban en la Iglesia
primitiva, llevando una vida completamente apostólica e
imitando la humildad del Señor. Los clérigos de esos tiempos
conversaban con los ángeles, hacían milagros sorprendentes,
curaban a los enfermos, resucitaban a los muertos, reinaban
sobre los reyes por la santidad de su vida y no por la
fuerza de las armas. Estos, entregados al siglo, embriagados
de delicias, olvidan a Dios; son demasiados ricos; y la
riqueza ahoga en ellos la religión. Es un acto de caridad
aliviarlos de esas riquezas que los oprimen y los condenan.
Que todos se unan a nosotros, dedicándose a esta obra, que
los clérigos abandonen lo superfluo, se resignen a la
simpleza, para mejor obedecer a Dios» (Huillard-Bréholles:
Historia diplomática. Frederici II, 12 tomos, París,
1852-1861, tomo VI, pág. 391). En 1249, acusa frente a la
cristiandad entera, al pontífice Inocencio IV de haber
seducido al médico que, en Parma, trató de envenenar al
emperador; invoca el concurso de todos los príncipes para la
salvación de «la santa Iglesia», que tiene, dice, el
derecho y la voluntad «de reformar para el honor de Dios».
El enfrentamiento con el
Vaticano comenzó a raíz de la participación de Federico como
comandante general de la sexta cruzada (1228-1229). Este
logró la temporal cesión de Jerusalem (hasta 1244) gracias a
un acuerdo con el sultán ayyubí al-Kamil Nasiruddín Muhammad
(g. 1218-1238), sobrino de Saladino.
El 18 de febrero de 1229
Jerusalem fue entregado al cuidado del emperador germánico.
Este inmediatamente entró en la ciudad santa y visitó los
santuarios islámicos. El cadí de Nablus que era su guía fue
testigo de cómo Federico expulsó a un sacerdote cristiano
que había intentado entrar en la Mezquita al-Aksa. El
historiador Sibt Ibn al-Yawzí (1186-1256) en su obra
Miraat az-zamán ("El espejo del tiempo") narra este
episodio: «Al-Kamil había ordenado al cadí de Nablus
Shamsuddín que diese instrucciones a los muecines para que
durante la estadía del Emperador en Jerusalem no saliesen a
los alminares ni lanzasen el llamado a la plegaria en la
zona sagrada. El cadí se había olvidado de advertir a los
muecines, y así, el muecín Abdul Karim subió esa noche y
comenzó a recitar los versículos coránicos: "Dios
no ha tenido ningún hijo ni hay otro dios junto con El. Sino
no, cada dios se habría atribuido lo que hubiera creado y
unos habrían sido superiores a otros. ¡Gloria a Dios, que
está por encima de lo que le atribuyen!" (Sura
23, aleya 91). Al otro día, el cadí llamó a Abdul
Karim y le informó sobre la orden del sultán, y así, la
segunda noche éste no subió al alminar. A la mañana
siguiente, el Emperador llamó al cadí y le dijo: ¡"Oh, cadí!
¿Dónde está ese hombre que ayer salió al alminar y dijo
aquellas palabras?" El cadí le informó acerca de la
recomendación que le había hecho el sultán.·"Habéis
procedido mal, oh, cadí. Mi principal objetivo en pasar la
noche en Jerusalem era oir la llamada a la oración hecha por
el muecín.¿Acaso, si vosotros estuviéseis junto a mí, en mi
país, suspendería yo el repique de las campanas por
vosotros?. Por Dios, no lo hagáis. Distribuyó luego una suma
de dinero entre los agregados que se ocupan del servicio del
santuario, los muecines y devotos del mismo. Sólo permaneció
en Jerusalem dos noches, y regresó a Acre, por temor a los
templarios, que querían darle muerte» (cfr. Nilda
Guglielmi: El Mundo Musulmán, Facultad de Filosofía y
Letras, UBA, Buenos Aires, 1990, pág. 64-65; E. Kantorowicz:
Frederick the Second, Londres, 1931; Pierre Bouille:
La extraña cruzada de Federico II, Plaza y Janés,
Barcelona, 1970; David Abulafia: Frederick II. A medieval
emperor, Pimlico, Londres, 1992).
El emperador tres
veces excomulgado y el adiós a las cruzadas
Por sus simpatías hacia
el Islam y negligencia en el cumplimiento de sus deberes de
cruzado fue excomulgado tres veces (1227, 1239 y 1245) por
los pontífices Gregorio IX e Inocencio IV bajo los cargos de
«Anticristo», «islamófilo y arabizante», «desobediente de
los dictados pontificios», «ateo» y muchos más.
Sin embargo, la cruzada
del César excomulgado tuvo una consecuencia muy importante
que seguramente él había previsto y buscado. Ese
acercamiento pacífico entre Europa y Asia, entre el Islam y
la Cristiandad, modificó las ideas que habían nutrido a la
Edad Media desde el tiempo de Pedro el Ermitaño. El
prejuicio de la cruzada se disipó el día que se comprendió
que no era necesario cubrirse con una cruz y correr a un
estéril martirio para obtener que la cuna y la tumba de
Jesús (la Paz sea con él) fuesen un territorio sagrado
enclavado en tierra musulmana. La empresa de 1229 marcó el
término de la cruzada ecuménica. Ya no se verá a la
cristiandad estremecerse y rebelarse pensando en los dolores
de Jerusalem. Desde ese momento Alemania e Italia, por
consiguiente el sacro imperio romano germánico, renuncian a
Palestina. Y ya no será en Jerusalem, sino en Egipto
(1249-1254), luego en Túnez (1270), donde el último de los
reyes cruzados, san Luis IX de Francia, intentará recuperar
la llave del Santo Sepulcro, empresa que le costará la vida.
Pero lo que desde entonces perdió la cristiandad en
entusiasmo, la Santa Sede debía perderlo en prestigio. En
adelante y hasta el siglo XVI, cada vez que llame a los
pueblos y príncipes a la cruzada, ostentará su propia
impotencia, vox clamantis in deserto.
Discípulo de sabios
musulmanes y judíos
El sultán al-Kamil quedó
fascinado de hallar un monarca europeo que entendía el
árabe, leía el Sagrado Corán y apreciaba sobremanera la
literatura, ciencia y filosofía islámicas. A partir de
entonces, y durante los siguientes veinte años, las cortes
de El Cairo y de Palermo mantuvieron un permanente y
enriquecedor intercambio diplomático y cultural.
Federico (en alemán
Friedrich: "Señor de la paz") era un erudito que hablaba
cinco lenguas fluidamente (latín, griego, alemán, francés y
árabe). En 1229, el emperador, al tiempo que negociaba con
el sultán en El Cairo, cargaba a los embajadores y
cortesanos musulmanes de preguntas sabias para los doctores
de Arabia, Egipto y Siria.
Más tarde interrogaba
también sobre los mismos puntos de metafísica a Yehuda Ben
Salomón Cohen, autor de una enciclopedia, llamada en latín
Inquisitio sapientiæ ("La búsqueda de la sabiduría").
Este místico judío toledano viajó a Italia especialmente y
allí tradujo su enciclopedia del árabe al hebreo, siempre
sostenido por el mecenazgo de Federico. El emperador suabo
también tuvo bajo su protección a otros sabios judíos en su
corte de Foggia (Apulia).
Pero con quien tendría el
más extraordinario intercambio sería con el místico
hispanomusulmán Ibn Sabín de Murcia (1218-1269). El
orientalista francés Ernest Renan (1823-1892) dice sobre el
particular: «Uno de los más curiosos documentos de estas
relaciones de Federico con los filósofos árabes, ha sido
descubierto por Michele Amari (islamólogo italiano que
vivió entre 1806-1882). Hacia el año 1240, el emperador
envió a los sabios de los diversos países musulmanes una
serie de cuestiones filosóficas, acerca de las cuales parece
que no se le dejó satisfecho. Dirigióse en su desesperación,
al califa almohade al-Rashid (g. 1232-1242), para
descubrir la morada de Ibn Sabín de Murcia (localizada
más tarde en Ceuta) que era entonces el más célebre
filósofo del Magreb y de España y hacerle cumplir su
programa. El texto árabe de las cuestiones de Federico y las
respuestas de Ibn Sabín nos ha sido conservado en un
manuscrito de Oxford, bajo el título de "Cuestiones
sicilianas". La eternidad del mundo, el método que conviene
a la metafísica y a la teología, el valor y el número de las
categorías, la naturaleza del alma: he aquí los puntos
acerca de los cuales el emperador pedía luces a los
infieles» (E. Renan: Averroes y el averroísmo,
Hiperión, Madrid, 1992, pág. 200).
«¿Aristóteles,
preguntaba Federico, ha demostrado la eternidad del mundo?
Si no lo ha hecho, ¿qué valen sus argumentos? ¿Cuál es el
fin de la ciencia teológica y cuáles son los principios
preliminares de esta ciencia, si tiene principios
preliminares, esto es, si depende de la razón pura? ¿Cuál es
la naturaleza del alma? ¿Es inmortal? ¿Cuál es el índice de
su inmortalidad? ¿Qué significan las palabras de Mahoma: "El
corazón del creyente está entre los dedos del
Misericordiosísimo?» (del artículo de Michele Amari en
el Journal Asiatique, pág. 240 y sigs., París, febrero-marzo
de 1853).
Un astrólogo escocés
en la corte de Federico
El polímata escocés
Miguel Escoto (1175-1236) fue atraído a la Sicilia
islamizada del emperador alemán Federico II donde estudió
alquimia, química, ocultismo, metalurgia y filosofía. En
poco tiempo se convirtió en el astrólogo oficial de la
refinada corte suava. Previamente, Miguel Escoto había
peregrinado en busca de conocimientos por España e Italia.
Lo hallamos en Toledo en 1217, en Bolonia en 1220, en Roma
en 1224-1227, y en adelante en Palermo, Foggia o Nápoles
(1228-1235). Su primera traducción importante fue la
Esférica del astrónomo sevillano al-Bitruÿí (m. 1204) — el
Alpetragio de los latinos—, que era una crítica de Claudio
Ptolomeo.
En la Universidad de
Nápoles (fundada por Federico II en 1224), Escoto tradujo al
latín los comentarios aristotélicos del filósofo y médico
cordobés Averroes (1126-1198) con la ayuda del filósofo
judío francés Jacob Anatoli (1194-1258) que los traducía al
hebreo (cfr. Lynn Thorndike: History of Magic and
Experimental Science, Nueva York, 1929, págs. 319-328).
El Novellino y
las tres religiones monoteístas
Un libro precioso para la
inteligencia de esta hora singular de la civilización
meridional, el Novellino (Edizione Gualteruzzi,
Collezione di Classici italiani, Turín, 1930), nos ha
conservado algunos de los recuerdos populares de Italia
sobre la crisis que había comenzado a conmocionar al
cristianismo. El Novellino que es obra de un ignoto
compilador, probablemente florentino, de los últimos treinta
años del siglo XIII, encierra un grupo distinto de cuentos
provenientes de la corte de Federico II. El emperador es
celebrado ahí como Stupor Mundi ("Asombro del
Mundo"). En esta corte donde las almas son tan elevadas, la
práctica estrecha, farisaica del culto cristiano es
desdeñada y se borra con la intención recta de la
conciencia. Le han denunciado a Federico un herrero «que
trabajaba en su arte todo el tiempo, sin respetar domingos,
ni día de Pascua, ni ninguna otra fiesta, por grande que
fuera» (Novellino, 139). El emperador en su
calidad de «dueño y señor de la ley», llama al
artesano y lo interroga. «Necesito ganar cuatro sueldos
por día; doy doce denarios a Dios, doce a mi padre para
vivir, porque es tan viejo que no puede ganar su sustento;
otros doce a mi mujer y los doce restantes son para mis
gastos». El emperador oyendo su narración, sonrió y le
dijo: «Anda buen hombre, has sido más fuerte que todos
mis sabios. ¡Qué Dios te dé suerte!». El herrero volvió
pues a su casa sano y salvo, y dueño de hacer lo que
quisiera.
Frente a Federico II
encontramos en el Novellino a Salahuddín al-Ayubí
(1138-1193), más conocido como Saladino, el sultán de la
tercera cruzada, «muy noble señor, valiente y liberal».
Por él, el Islam cumple un gran papel al lado de la religión
cristiana; da también a su tiempo una lección de piedad a
los caballeros cristianos. Un día de tregua, Saladino hizo
una visita al campo de los cruzados. Vio a los señores
comiendo en las mesas «cubiertas con manteles
blanquísimos»; vio la comida del rey de Francia y elogió
mucho ese orden. «Pero viendo a los pobres miserablemente
en tierra, condenó eso enérgicamente diciendo que los amigos
del Señor Dios comían de una manera más vil que los otros».
Después llegó a los cruzados el turno de ir al campo de
Saladino. El sultán los recibió en su tienda, donde
pisotearon una alfombra con dibujos de cruces; «escupían
encima como sobre la tierra desnuda». Entonces él los
reprendió severamente: «Predicáis por la cruz, y venís a
ultrajarla ante mis ojos; no amáis a vuestro Dios más que
con palabras y en apariencia, no en acción» (Novellino,
71).
Otra de las historias
trata de la fe judía. Saladino, necesitando dinero para
continuar la guerra santa contra los cruzados, llamó a un
rico judío para confiscarle parte de su fortuna y destinarla
para ese emprendimiento. Pero, el indulgente soberano
musulmán quiso concederle una alternativa al comerciante y
le propuso un acertijo. Le preguntó cuál era la mejor fe; si
el judío contestaba: la judía, era menospreciar la fe del
sultán; si decía: la musulmana, era una apostasía; en uno y
otro sentido, un pretexto de confiscación. Pero el judío
tenía reservado una historia edificante: «Excelencia,
había un padre que tenía tres hijos y un anillo adornado con
una piedra preciosa, la mejor del mundo. Los tres hijos
rogaban al padre que les dejara la sortija al morir, y el
padre para contentar a todos, llamó a un buen orfebre y le
dijo: "Señor, hacedme dos anillos semejantes a éste y
colocadle a cada uno una piedra parecida a ésta". El maestro
hizo los anillos tan parecidos que nadie fuera del padre,
podía distinguir el verdadero. Llamó aparte a cada uno de
sus hijos, y le dijo el secreto a cada uno, y, cada uno,
creyó recibir el verdadero anillo, que el padre solo conocía
bien. Es la historia de las tres religiones, excelencia. El
Padre que las ha dado sabe cuál es la mejor, y cada uno de
sus hijos, es decir nosotros, creemos que tenemos la buena».
El sultán quedó maravillado, y dejó que el judío se marchara
sin pedirle nada (Novellino, 112).
«Il Novellino può
considerarsi un anticipazione del Decameron e la piu
espressione dello spirito italiano all'inizio della prosa
letteraria in volgare» (Enciclopedia Italiana di
Scienze, Lettere ed Arti, Rizzoli, Milán, 1951, tomo
XXIV, pág. 1001).
Mecenas de lo plural y
lo múltiple
Federico II demostró, con
la conducta de toda su vida, hasta qué punto convenía el
eclecticismo, el racionalismo, la tolerancia, la búsqueda
del conocimiento «hasta en la China», «sin importar el
recipiente que lo encierra» de los doctores musulmanes,
consejeros permanentes de su corte. Supo conservar, con la
religión dominante de Occidente, perpetuos retornos al
Islam. Eso le posibilitó una amplia y fructífera gama de
alianzas y proyecciones que redundaron en beneficio de su
reino y de su pueblo. Así, se integraron a su ejército
musulmanes, judíos y albigenses, griegos, armenios e
italianos de todas las regiones; el matemático Leonardo
Fibonacci de Pisa (1170-1240), el primer algebrista
cristiano, discípulo de un profesor musulmán de Bugía
(Argelia), y gran viajero en Egipto, Siria y Grecia,
desarrolló el tratado Algoritmi de numero indorum del
matemático persa al-Juarizmí (m. 863) en la corte de
Federico; tránsfugas del Mediodía francés, trovadores o
rabinos provenzales, que llevaban los recuerdos de una
comarca como el Languedoc (cuna de la "lengua de oc") donde
la civilización caballeresca se había acomodado a partir de
la llegada de los musulmanes a principios del siglo VIII,
pululaban en plena libertad por las calles de Palermo,
Lucera, Capua o Nápoles. Con la ayuda de todos esos
espíritus libres o de esos descontentos, Federico hizo ver a
la Edad Media, en la hora en que la escolástica adquiría
mayor brillo en Francia y censuraba el estudio de la
filosofía y la investigación racionalista fomentadas por los
profesores y estudiantes averroístas que serían encabezados
por Siger de Brabante (¿1235?-1281/84), que el pensamiento
del hombre, librado de la rigidez y el anquilosamiento
teológico, podía escrutar los secretos de Dios, interrogar
los misterios del alma, descubrir las leyes de la naturaleza
y volver transformado en un creyente más sincero y
bondadoso.
Finalmente, sería en la
gran Sicilia plural y múltiple donde el latín vulgar dejaría
de ser tal y comenzaría su transformación en el italiano,
llevado y utilizado por hombres cultos de Toscana, lo que
daría lugar en el trecento a la obra excelsa de Dante
Alighieri (1265-1321) y Francesco Petrarca (1304-1374).
Los hijos de Federico
Uno de los numerosos
hijos que tuvo Federico fue Enzio (1224-1272), un hombre muy
perspicaz y valiente. «Federico II, eficazmente ayudado
por su hijo Enzio, dio una vez más pruebas de su energía y
habilidad... El Papa convocó en un Concilio en Roma para
condenar solemnemente a su enemigo, reuniéndose todos los
prelados en Génova, donde se embarcaron con su séquito en 27
naves, pero Enzio les salió al encuentro con su flota (3 de
mayo de 1241) y se apoderó de 22 navíos, haciendo
prisioneros a 100 cardenales, arzbispos, obispos, abades y a
4000 ciudadanos genoveses, sin contar otros 2000 que se
ahogaron» (Enciclopedia Espasa-Calpe, Madrid,
1993, tomo 23, pág. 524). Enzio fue uno de los más famosos
jefes del partido gibelino (italianización del nombre
Waiblingen, un señorío de los Hohenstaufen; facción opuesta
a los güelfos, a su vez corrupción de Welf, los duques de
Sajonia y Baviera favorables a Roma) que apoyaba
incondicionalmente a los Hohenstaufen contra el papado.
Capturado en 1249, fue confinado de por vida en el palacio
del podestá (gobernador) de Bolonia.
El hijo favorito de
Federico y príncipe heredero fue Conrado IV Hohenstaufen,
nacido en 1228. Rey de Germania (1237-1254), fue el último
gran emperador de la dinastía Hohenstaufen del Sacro Imperio
Romano Germánico. Al morir Conrado, en 1254, Manfredo
(1232-1266), otro hijo de Federico II, se adjudicó la
regencia de Sicilia en nombre de su sobrino, el infante
Conradino (Conrado II de Sicilia). El papa Alejandro IV le
excomulgó y otorgó esa dignidad al hijo de Enrique III de
Inglaterra, Edmundo, en 1255.
Manfredo entonces derrotó
con la ayuda de los musulmanes mamelucos a las tropas
pontificias en el año 1257 y se convirtió en señor de
Nápoles y Sicilia. Fue coronado en Palermo el 10 de agosto
de 1258, tras los rumores del fallecimiento de Conradino.
Entonces fue excomulgado de nuevo por el papa Alejandro IV,
esta vez por «servir los intereses de los herejes
sarracenos» (nombre con el que los europeos
bajo-medievales designaban a los musulmanes y que parece
provenir del término árabe sharqiyyín: "orientales").
Más tarde, Manfredo,
aliado con los gibelinos, derrotó a los güelfos en
Montaperti en el año 1260 y conquistó la Toscana. Fortaleció
su posición al prometer en matrimonio a su hija Constanza
con el infante Pedro de Aragón, futuro Pedro III de Aragón.
Pero su excomunión fue renovada por el nuevo papa Urbano IV
el cual, considerando que debía ser anulado el acuerdo entre
Alejandro IV y Edmundo, ofreció la corona de Sicilia a
Carlos de Anjou. Manfredo murió el 26 de febrero de 1266 en
la batalla de Benevento, en el reino de Nápoles, peleando
contra las fuerzas francesas y pontificias.
El sirio Ÿamaluddín
Muhammad Ibn Uasil (1207-1298), diplomático y jurista, dejó
una crónica del período ayyubí y del comienzo de la era
mameluca llamada Mufarriÿ al-kurub fi ajbar bani Ayyub
(ed. H.M. Rabie, El Cairo, 1979). En 1261 fue enviado como
embajador del sultán mameluco Baibars (1223-1277) a la
ciudad italiana de Barletta (a mitad de camino entre Foggia
y Bari), a entablar una alianza con Manfredo. Ibn Uasil
describe a Manfredo como «un hombre distinguido, amante
de las ciencias especulativas que conocía a fondo las diez
proposiciones del Libro de Geometría de Euclides».
Un precursor del
empirismo y la modernidad
Federico fue un defensor
del libre albedrío y de la investigación de las ciencias
basada en la experiencia. La gran escuela de Salerno,
protegida por el emperador, renovaba para el Occidente los
estudios médicos, según los métodos de la ciencia musulmana,
la observación directa de los órganos y las funciones del
cuerpo humano, la búsqueda de las plantas saludables, el
análisis de los venenos, el experimento de las aguas
termales, los secretos de la dieta. En el centro salernitano
estudiaban hombres y mujeres (algo inimaginable en el resto
de Europa) las enseñanzas y métodos de los médicos del
Islam: ar-Razí o Razes (844-926), Abu Yaqub Ishaq Ibn
Suleiman al-Israilí (855-955), Alí Ibn al-Abbás al-Maÿusí
(m. 994), el Haly Abbás de los latinos, Ibn al-Ÿazzar
(931-1009), Abulcasis (936-1013) y Avicena (980-1037).
Federico restableció el
reglamento de los emperadores romanos que prohibía la
medicina a quienes no hubieran rendido examen y obtenido la
correspondiente matrícula. Fijó en cinco años el curso de
medicina y cirugía. Hizo estudiar las propiedades de los
manantiales calientes de Puzzuoles. El mismo daba
prescripciones a sus amigos e inventaba recetas. Le traían
de Asia y de África los animales más raros y estudiaba sus
costumbres: el libro De arte venandi cum avibus que
se le atribuye, es un tratado de cetrería inspirado en
fuentes árabes, sobre anatomía y educación de las aves de
caza.
Parecer ser que criaba
niños en el aislamiento para ver qué idioma inventarían, el
hebreo, el griego, el árabe, el latín, o el idioma de sus
padres, según lo detalla el fraile franciscano Salimbene di
Adam (1221-1290) en su crónica XII scelera Friderici
imperatoris escrita en 1248. Por ejemplo, hacía sondar
por sus buzos los remolinos del estrecho de Messina; se
preocupaba de la distancia que separa la tierra de los
astros. Los monjes se escandalizaron por esta curiosidad
universal; veían en ella señales de orgullo y de impiedad;
Salimbene la califica con inefable desdén, de perversidad
maldita, de presunción malvada, de locura (Crónica,
169, 170, escrita entre 1282-1290).
A la Edad Media no le
agradaba que se escrutara demasiado de cerca las
profundidades de la obra divina, que se investigaran los
secretos de la vida humana o los de la máquina celeste. Las
ciencias de la naturaleza le parecían sospechosas de
maleficio o hechicería. Italia, internada por los
Hohenstaufen en las sendas de la observación experimental,
debía ser largo tiempo todavía la única provincia de la
cristiandad donde el hombre contemplara, sin inquietud,
tanto los fenómenos y las leyes del mundo visible como del
oculto.
La asimilación y
aplicación por parte de Federico de los principios
racionalistas de Averroes explica las motivaciones de
semejante praxis. Para el filósofo cordobés fe y razón son
una armonía y no los opuestos que concebía la miopía
escolástica de la Alta Edad Media: «Que la revelación
invite a considerar por la razón (bi-l-aql) los seres
existentes y a buscar por medio de ella su conocimiento, es
cosa bien manifiesta en más de una aleya del Libro de Dios.
Así, por ejemplo, dice: "Considerad, ¡oh vosotros, los que
tenéis entendimiento" (Corán, 59-2). Este es un texto que
prueba la necesidad de emplear el raciocinio intelectual
(al-qiyas al-'aqlí), o el racional y el religioso a la vez
(al-'aqlí wa-l-shar'í ma'an). Asimismo, dice en otro lugar:
"Y porqué no ponen su atención en el reino de los cielos y
de la tierra y en lo que Dios creó" (Corán, 7-184). Este es
también un texto que exhorta al estudio reflexivo sobre
todos los seres» (Fasl al-Maqal, "Doctrina
decisiva y fundamento de la concordia entre la revelación y
la ciencia"; trad. castellana por M. Alonso: La teología
de Averroes, CSIC, Madrid, 1947, págs. 150-151).
El 13 de diciembre de
1250 Federico II fallecía en el castillo de Fiorentino (Apulia).
«La túnica con la cual fue sepultado, estaba bordada en
oro con inscripciones arábigas» (Emir Emin Arslan:
Los Arabes, Sopena, Buenos Aires, 1943, Pág. 102). Véase
Eugenio Montes: Federico II de Sicilia y Alfonso X de
Castilla, Madrid, 1943.
Siger de Brabante:
El filósofo belga Siger
de Brabante (¿1235?-1281/84), sacerdote secular, era un
hombre muy sabio. Los fragmentos subsistentes de sus obras
citan a al-Kindí, al-Farabí, al-Gazalí, Avicena, Avempace,
Ibn Gabirol, Averroes y Maimónides. En una serie de
comentarios sobre Aristóteles y en un opúsculo de
controversia llamado «Contra esos hombres famosos en
filosofía, Alberto y Tomás», Siger sostenía que san
Alberto Magno y santo Tomás de Aquino interpretaban
falsamente al filósofo griego y que Averroes lo hacía
correctamente. Que Siger tenía muchos seguidores en la
Universidad de París se deduce de la presentación de su
candidatura al rectorado en 1271, aunque no prosperó. Nada
puede probar mejor la fuerza del movimiento averroísta en
París que los repetidos ataques de Etienne Tempier, obispo
de la ciudad a orillas del Sena. En octubre de 1277 Siger
fue condenado por la Inquisición. Sus últimos días
transcurrieron en Italia como preso de la curia romana.
Entre 1281 y 1284 fue acuchillado en Orvieto (Umbría) por su
amanuense, calificado como un monje «medio loco» por la
versión eclesiástica. Hay razones para creer las versiones
de diversos historiadores que señalan la complicidad de la
curia en la muerte de Siger.
Franciscanismo e
Islam:
Cuando a fines de agosto
de 1219, la quinta cruzada acosaba la ciudad egipcia de
Damietta, en el delta del Nilo, se produjo un memorable
encuentro entre el ilustre religioso italiano San
Francisco de Asís (1182-1226) y el sultán al-Kamil, quien,
como ya vimos, más tarde haría la alianza con Federico II.
«Horrorizado por la furia con que los cruzados mataban a
la población musulmana en la toma de Damietta, Francisco
regresó a Italia enfermo y entristecido» (P. Sabatier:
Life of St. Francis of Assisi, Nueva York, 1909, pág.
229). A partir de entonces, franciscanos y musulmanes
protagonizarían una relación fructífera en intercambios de
la que abundan ejemplos singulares (cfr. Maximiliano
Roncaglia: St. Francis of Assisi and the Middle East,
Franciscan Center of Oriental Studies, El Cairo, 1957).
El teólogo y filósofo
inglés Alexander de Hales (1170 a 1185-1245), llamado el
Doctor Irrefragabilis, entró en la orden franciscana en
1236, y fue uno de los primeros escolásticos que aceptó la
influencia de la filosofía islámica. Su discípulo, Jean de
la Rochelle (m. 1245), catedrático de la Universidad de
París, profundizó los estudios sobre el Islam y adoptó
postulados averroístas.
El sabio inglés y
sacerdote franciscano Roger Bacon (1214-1294), llamado el
Doctor Mirabilis, dice: «La filosofía fue renovada
principalmente por Aristóteles en lengua griega, y después
por Avicena en lengua árabe».
El franciscano Ramon
Llull o Raimundo Lulio (1235-1316), gran conocedor de la
lengua y la cultura árabes, preconizó la creación de un
centro de estudios islámicos para la enseñanza de misioneros
en Roma. Roger Marston, otro franciscano inglés, que estudió
en París, y que fue profesor en Oxford, también aceptó la
noción aviceniana de la inteligencia activa, y al igual que
Bacon, la identificó con el Dios que había inspirado e
iluminado el alma de San Agustín (354-430). Es en conexión
con Marston y sus ideas, como el filósofo y medievalista
francés Etienne Gilson (1884-1978) crea la acertada
expresión de «agustinismo avicenizante» (cfr. E. Gilson:
Roger Marston: Un cas d'agustinisme avicennisant, Arch.
d'hist. doctr. et litter., París, 1933).
Un caso excepcional es el
misionero franciscano Oderico da Pordenone (1265-1331),
nativo del Friul. Sus travesías por países musulmanes y el
Oriente son tan fabulosos como reales. Viajero incansable
durante casi dieciséis años (1314-1330) y contemporáneo de
Ibn Battuta (1304-1377), con quien estuvo muy cerca de
encontrarse, recorrió en su itinerario de ida desde Italia,
Turquía, Irán (Sultaniyya, Kashán, Yazd, Shiraz y Ormuz),
India (Malabar), Sumatra, Java, Borneo y China; volviendo a
través del Tibet, el Jorasán y Armenia. Sus libro de viajes
fue plagiado en gran parte por un aventurero de dudoso
origen llamado Sir John Mandeville o Jean de Bourgogne
(Saint Albans, 1300-Lieja, 1372) que escribió una crónica,
aunque parece que fue un impostor y nunca viajó al Oriente (cfr.
Oderico da Pordenone: Relación de Viaje, Introducción
y notas de Nilda Guglielmi, Editorial Biblos, Buenos Aires,
1987; The Travels of Sir John Mandeville, Penguin,
Londres, 1983).
Uno de los franciscanos
que orientaron su atención, gracias a la obra de Llull,
hacia la fe y el pensamiento del Islam, fue el célebre Fray
Anselmo Turmeda (1352-1432). Nacido como su maestro en la
isla de Mallorca, se hizo musulmán con el nombre de Abdallah
al-Tarÿumán ("El traductor") y fijó su residencia en Túnez.
Hacia 1420 escribió un libro apologético del Islam que fue
traducido al castellano del árabe por Míkel de Epalza, con
el título Fray Anselm Turmeda (‘Abdallah al-Tarÿumán) y
su polémica islamo-cristiana, Hiperión, Madrid, 1994.
«Hacia 1432 murió entre los musulmanes con fama de
virtuoso. Siendo sepultado honoríficamente, y conservando
todavía hoy su sepulcro un prestigio de santidad que le hace
meta de visitas y peregrinaciones» (cfr. Cristóbal
Cuevas: El pensamiento del Islam. Contenido e Historia.
Influencia en la Mística española, Istmo, Madrid, 1972.
Otro franciscano lulista
fue Fray Raimundo de Sabunde (m. 1436), que estudió
las obras de Averroes e Ibn al-Arabi.
Peregrinos de
Occidente: desde Jacobo de Ancona a Ludovico Vertomano.
La aventura, la
curiosidad, la búsqueda del conocimiento, la redención y la
piedad fueron motores de numerosos europeos medievales y
renacentistas para incursionar en el Oriente, cercano, medio
y lejano.
Uno de ellos fue el hasta
ahora desconocido Jacobo Ben Salomón de Ancona (1221-1281?),
un mercader judío italiano que realizó entre 1270 y 1273 un
gigantesco itinerario desde su nativa Ancona (Italia),
pasando por Ragusa (Dubrovnik), Creta, Rodas, Damasco,
Bagdad, Basora, Cormosa (Ormuz, hoy Bandar Abbás, Irán),
Cambay (Gujarat, India), Ceilán (Sri Lanka), Singapur, hasta
la impensable Zaitún (hoy Chuan-chow o Quangzhou, más
conocida como Cantón), el puerto más importante del Lejano
Oriente en poder del mongol Kublai Jan (1215-1294), un
soberano budista muy tolerante con todas las creencias y
mecenas de la literatura y las artes. Jacobo hizo su
trayecto de regreso volviendo sobre sus pasos hasta el
Océano Indico pero desviándose luego hacia el suroeste,
cruzando por Adén, el Mar Rojo, El Cairo, Alejandría hasta
su Italia natal. Su epopeya es anterior a los viajes de
Marco Polo (1271-1295), Oderico da Pordenone (1265-1331) y
de Ibn Battuta (1325-1349), quienes también llegaron hasta
la lejana Zaitún (en árabe significa olivo), llamada «La
ciudad de la luz»: «La rada de Zaitún es una de las
mayores del mundo o —mejor dicho— la mayor. Allá vi cien
enormes juncos, aparte de incontables embarcaciones menores.
Es una inmensa bahía que penetra en tierra hasta confundirse
con el gran río (Sikiang, "río del oeste", 2.100 km).
En este lugar, como en toda China, cada habitante dispone de
un huerto en cuya mitad tiene la casa, lo mismo que, entre
nosotros, sucede en Siÿilmasa. Por eso sus ciudades son tan
extensas. Los musulmanes habitan en una ciudad separada»
(Ibn Battuta: A través del Islam, Alianza, Madrid,
1988, págs. 725-726). La historia de Jacobo de Ancona fue
descubierta e investigada por el erudito judío británico
David Selbourne y nos permite acceder a detalles poco
conocidos del mundo islámico del siglo XIII (cfr. David
Selbourne: The City of Light. Jacob d'Ancona, Little,
Brown and Company, Londres, 1997).
En agosto de 1384 trece
florentinos emprendieron el camino a Tierra Santa. Uno de
ellos fue Simone Sigoli que nos brinda este testimonio de
Damasco: «Ahora bien, pensad qué noble cosa debe ser ver
todo esto; algo que la lengua no podría describir ni pensar
el corazón». Su compañero Leonardo Frescobaldi al hablar
del mar de Galilea subraya que no tiene agua salada, sino
«dulce, fina y buena para tomar, casi como la de los lagos
de Italia». Sobre Damasco agrega: «Allí se
encuentran, entre otras flores, violetas y rosas más
odoríferas que las nuestras». Al mencionar de la ciudad
palestina de Gaza dice que es «muy industriosa, allí se
realizan las más finas piezas de vidrio» (cfr. Visit
to the Holy Places of Egypt, Sinaï, Palestine and Syria in
1384, by Frescobaldi, Gucci and Sigoli. Traducida del
italiano por Theopilus Bellorini y eugene Hoade, Franciscan
Press, Jerusalem, 1948; Nilda Guglielmi: Guía para
viajeros medievales. Oriente. Siglos XIII-XV, Programa
de Investigaciones Medievales. Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas, Buenos Aires, 1994,
págs. 70 y 103).
Niccoló dei Conti
(1379-1469), por su parte, salió de Venecia en 1414 y visitó
Damasco, Bagdad, Cambay, el Decán, Coromandel, Ceilán,
Sumatra, Java, hasta Ava (sobre el río Irrawaddy, a 10 km al
suroeste de Mandalay, capital hasta 1783, hoy en ruinas) en
Birmania, retornando por el valle del Ganges, Adén, Ÿidda
(Arabia) y El Cairo, llegando a Venecia en 1444. Durante su
viaje de casi treinta años en Oriente logró conocer
profundamente la cultura y la fe islámica y se hizo
musulmán. Como pena de haber renunciado al cristianismo, fue
obligado por el Pontífice Eugenio IV (1383-1447) a relatar
al secretario papal, el humanista Gian Francesco Poggio
Bracciolini (1380-1459), los sucesos de su derrotero, los
cuales se publicaron en 1723 con el título Historiae de
varietate fortunae (cfr. Girolamo Adorno y Girolamo da
Santo Stefano: Viaggi in Persia, India e Giava di Niccolò
dei Conti. a cargo de Mario Longhena, Milán, sin fecha).
Ludovico Vertomano o
Vartomanus —también Varthema o Bartema— (1470-1510?) fue un
gentilhombre oriundo de la ciudad de Roma y el primer
cristiano que visitó La Meca y Medina. En 1503 salió de
Venecia a Alejandría, pasando por Trípoli, Antioquía,
Damasco (8 de abril). Vertomano en su relación de viaje
calcula que la caravana de peregrinos damascenos estaba
integrada por cuarenta mil almas y treinta y cinco mil
camellos con una escolta de tres compañías de guerreros
mamelucos que tuvieron que estar combatiendo durante todo el
camino hacia las dos Ciudades Santas contra los beduinos del
desierto hiÿazi, abatiendo a numerosos enemigos, y sufriendo
leves bajas. «Si alguno preguntara —dice el autor—
cuál fuese la causa de hacer este viaje, ciertamente no
podré darle mejor razón que el ardiente deseo de conocer,
que a tantos otros movió a ver el mundo y los milagros de
Dios que lo conforman» (Navigation & Voyages of Lewes
Werthomanus to the regions of Arabia, Persia, Egypt, Syria,
Ethiopia, and East India, both within and without the River
of Ganges, containing many notable and strange things both
Historical and Natural. Traducida por Richard Eden,
Londres, 1576). Esta declaración es una de sus tantas
imposturas, pues Vertomano era un mercenario al servicio del
colonialismo portugués como veremos. Luego de fingir
realizar las ceremonias de la peregrinación (haÿÿ) en
Medina y La Meca, escapó hacia el puerto de Ÿidda sobre el
Mar Rojo y embarcó hacia Irán. Tras sufrir distintas
peripecias en Yemen y Adén llegó al Golfo Pérsico donde es
evidente que hizo un relevamiento de las defensas del puerto
iraní de Ormuz que sería atacado y conquistado por los
portugueses en 1514 hasta que fueran desalojados por el
ejército (integrado por muchos armenios) del safaví Abbás el
Grande en 1622. Vertomano se dirigió entonces a la India y
al archipiélago malayo donde también llevó a cabo tareas de
espionaje contra los musulmanes en Sumatra, Java, Borneo,
hasta las Molucas (las islas de las codiciadas especias),
examinando cuidadosamente la plaza fuerte del sultanato de
Malaca (en el actual Singapur), que sería capturada por
Alfonso de Albuquerque (1453-1515) en 1511 y retenida
hasta 1641, cuando el dominio lusitano sería reemplazado por
el holandés (cuya importancia estratégica no pasó por alto a
los ingleses que la ocuparon entre 1795-1965). El escritor
austriaco de origen judío Stefan Zweig (1887-1942) nos narra
una de las colaboraciones de Vertomano a la corona lisboeta:
«A la vuelta, disfrazado de monje mahometano, se entera
en Calicut (en la actual Kerala, sobre la costa de
Malabar, India), por boca de dos cristianos renegados,
del planeado ataque del zamorín (príncipe) contra los
portugueses. Animado de solidaridad cristiana, corre a
reunirse con los lusos... Cuando el 16 de marzo de 1506 los
doscientos barcos del zamorín esperan caer por sorpresa
sobre los once de los portugueses, éstos ya están dispuestos
para la defensa» (S. Zweig: Magallanes. Historia del
primer viaje alrededor del mundo, Editorial Juventud,
Barcelona, 1990, Pág. 34).
Vertomano retornaría a
Europa en 1507 vía el Cabo de Buena Esperanza, ignorándose
la suerte que corrió después de 1510.
Veamos cuál era la
naturaleza de la conquista portuguesa de los sultanatos
islámicos de la India e Indonesia a través de la óptica
objetiva del historiador alemán Georg Friederici: «Cuando
Albuquerque tomó Goa y envió a sus soldados a saquear la
ciudad, dio orden —que aun tenemos y que además está
explicada de su puño y letra— de cazar por toda la isla a
los musulmanes: hombres, mujeres y niños, y matarlos a
todos, pues era su voluntad que no quedase una sola alma
musulmana con vida. La cacería humana duró cuatro días y
cuatro noches, y su resultado fue la matanza de 6.000
hombres, mujeres y niños... Albuquerque dejó con vida a los
hindúes. Sin embargo, hizo que fueran entregados los
musulmanes refugiados entre aquellos, y los encerró en
mezquitas con todos los que, por casualidad, habían escapado
a la muerte, después de lo cual ordenó quemarlos vivos...
Albuquerque hizo castrar, cortarles las orejas, la nariz, la
mano derecha y el pulgar de la izquierda a los renegados que
había capturado al tomar Benjarmasín (asentamiento
musulmán en Borneo), pero que se había comprometido a
dejar con vida de acuerdo con las condiciones de
capitulación. Fuera de eso, acostumbraba quemarlos vivos.
Así procedían Almeida y Albuquerque, los más altos
dirigentes de la conquista portuguesa en Oriente» (G.
Friederici: El carácter del descubrimiento y de la
conquista de América, 3 vols. Vol. I, Los
Portugueses, FCE, México, 1987, págs. 71-72). Veáse
también sobre el particular el excelente estudio del
historiador y diplomático indio Kavalam Madhava Panikkar
(1895-1963): Asia y la dominación occidental. Un examen
de la historia del Asia desde la llegada de Vasco da Gama
(1498-1945), 1ª parte: "La edad de la expansión
1498-1750". I. La India y el Océano Índico, Eudeba, Buenos
Aires, 1966, Págs. 3-54.
Los jesuitas y el
Islam:
Los jesuitas, como los
franciscanos, recibieron múltiples influencias del Islam
debido principalmente a sus permanentes contactos con el
mundo oriental. Misioneros jesuitas como el español San
Francisco Javier (1506-1552) y el italiano Matteo Ricci
(1552-1610) estudiaron las doctrinas y la cultura musulmana,
especialmente durante sus estadías en la India. La Compañía
de Jesús se expandió por todo el Asia y por las costas de
África, especialmente a partir de fines del siglo XVI, y el
Islam y los musulmanes fueron una constante en su horizonte.
Jesuitas eminentes se convirtieron en expertos arabistas e
islamólogos, siendo el más sobresaliente de todos ellos
Miguel Asín Palacios (cfr. Miguel Batllori: La cultura
hispano-árabe-italiana de los jesuitas expulsos, Madrid,
1966). El propio fundador de la orden, San Ignacio o Iñigo
de Loyola (1491-1556), recibió todo tipo de influencias
islámicas, especialmente durante su peregrinación a
Jerusalén en 1523-24. El sacerdote y periodista francés
Victor Charbonnel (Murat 1863-París 1926) escribió un
interesante artículo titulado L’Origine musulmane des
jésuites, en Revue des Revue Nº 19, París, octubre 1899,
págs. 333-352.
Embajadores y
cardenales:
De los multifacéticos
aspectos del mundo musulmán a comienzos del siglo XV,
especialmente de los timuríes convertidos al Islam y sus
ciudades rebosantes de cultura y ciencia como Samarcanda y
Bujará, se hizo eco el embajador español Ruy González de
Clavijo (m. 1412), enviado por Enrique III de Castilla a la
corte de Tamerlán entre 1403 y 1406, en la relación escrita
de su viaje (R.G. de Clavijo: Embajada a Tamerlán,
CSIC, Madrid, 1943; R.G. de Clavijo: Relación de la
Embajada de Enrique III al Gran Tamorlán, Espasa-Calpe
Argentina, Buenos Aires, 1952).
En 1454, Juan de Segovia
(1400-1458) trató de realizar una serie de conferencias con
los fuqahâ’ (sabios musulmanes) y hacia 1456 tradujo el
Sagrado Corán por primera vez al castellano, con la ayuda de
un morisco, Isa ibn Ÿabir (cfr. Darío Cabanelas Rodríguez:
Juan de Segovia y el problema islámico, Ed.
Universidad de Granada, Granada, 1998).
En 1461, el cardenal
Nicolás de Cusa (1401-1464) escribió una presentación del
Corán desde un punto de vista muy avanzado para su tiempo.
Entre 1586 y 1610, el cardenal Fernando de Médicis
(1549-1609) hizo imprimir por primera vez en árabe una serie
de obras de importantes autores musulmanes, como Avicena y
al-Idrisí, ya disponibles en latín.
A partir de esta época,
los estudios sobre el Islam se extendieron por toda Europa.
En Italia, encontraremos a Andrea Alpago (m. 1520) dedicado,
enteramente, a nuevas traducciones de Avicena, Averroes y
otros pensadores musulmanes.
Miguel Servet:
El médico y teólogo
español Miguel Servet (1511-1553) fue un estudioso de los
místicos del Islam y de pensadores judíos como el granadino
Moshé Ibn Ezra y el cordobés Maimónides.
Ejerció la medicina en
Francia, en Charlieu, Lyon y Vienne y logró observar la
circulación de la sangre gracias a sus estudios del tratado
de Ibn Nafís (1210-1288). Conoció personalmente al
intolerante teólogo francés Jean Calvino (1509-1564), con
quien discutió sobre religión y se enemistó profundamente.
En su tratado de teología Christianismo restitutio
(1553), Servet niega la doctrina trinitaria argumentando que
para él la Santísima Trinidad no era más que tres modos de
distintos de la manifestación del Ser Absoluto.
«El unitarismo
antitrinitario de Servet, aparte de las razones antes
expuestas, vuelve a coincidir con el pensamiento
musulmán...»
«La fama de
islamizante de Miguel Servet hubo de hallarse muy extendida
en su tiempo, como se deduce del hecho de que en el juicio
que se le siguió en Ginebra, concretamente en la sesión del
23 de agosto de 1553, el procurador general le preguntara
entre otras cosas: «¿Por qué había leído el Corán?»
(Cristóbal Cuevas: El pensamiento del Islam, Istmo,
Madrid, 1972, págs. 306-307)
A causa de este libro,
Calvino enfurecido por la falta de argumentos para
refutarlo, denunció a Servet al gran inquisidor de Lyon. Y
aunque Servet logró escapar durante un tiempo, fue
reconocido en Ginebra donde Calvino lo hizo detener bajo la
acusación de heresiarca. Servet fue llevado ante un tribunal
que más tenía que ver con una farsa que con la justicia.
Así, en poco tiempo fue condenado a morir quemado vivo,
sentencia que se llevó a cabo en Champel, cerca de Ginebra.
La Ilustración
fascinada:
Con la multiplicación de
los intercambios diplomáticos entre la corte de Luis XIV
(1638-1715), «le Roi-Soleil», y los soberanos mogoles,
persas y turcos, el Islam se presentó como un universo
encantado y misterioso para la imaginación europea. Fue la
época en que comenzaron las costumbres, la moda y la música
«a la turca». El dramaturgo y actor francés Jean Baptiste
Poquelin, llamado Molière (1622-1673)—inspirado en las
características de dos embajadas otomanas llegadas a París
en 1640 y 1669—, se complacerá en poner en escena a «El
burgués gentilhombre» (1670), fascinado por el «Gran
Mamouchí», a quien intentará imitarle el vestuario.
(cfr. C.D. Rouillard: The Turk in
French History, Thought and Literature, 1520-1660, París,
1941).
En cuanto esto,
Charles-Louis de Secondat, barón de La Brède y de
Montesquieu (1689-1755), autor de las «Cartas persas»
(1721), se preguntará, no sin cierta ironía: «¿cómo
podemos ser persas?». Este renombrado filósofo francés
quedó gratamente sorprendido por la personalidad y las
actividades del embajador iraní Muhammad Reza Beg, enviado a
París en 1714 por el shah safaví Husain (gob. 1694-1722),
fenómeno analizado por M. Herbette: Une Ambassade Persane
sous Louis XIV, París, 1907. En su obra, Montesquieu
describe el viaje imaginario de dos persas (Usbek y Rica) a
París en los últimos tiempos del reinado de Luis XIV. Estos
supuestos viajeros exponen a sus amigos de Persia, en estilo
epistolar, comentarios sobre las costumbres, leyes e
instituciones francesas. Con curiosidad y sin prejuicios,
los dos persas observan ingenuamente los salones, los cafés,
los teatros, la corte, la iglesia..., lo que da pie al autor
para realizar una inteligente sátira, una audaz e ingeniosa
crítica, de su país y de sus conciudadanos. (cfr.
Montesquieu: Cartas persas, Alba, Madrid, 1997).
El conocimiento del mundo
otomano y de Irán fue ampliado también en el siglo XVII por
obra de algunos viajeros como Pietro Della Valle
(1586-1652), llamado Oleanus, que llevó a cabo las primeras
traducciones persas al alemán.
En Francia, la época de
las Luces auspició un estudio más objetivo de la
civilización islámica. Publicada en 1697, la Bibliothèque
orientale del sabio francés Barthélemy d’Herbelot
(1625-1695) constituyó la primera enciclopedia de historia y
cultura musulmanas redactada a partir de fuentes árabes,
turcas y persas.
Iniciada en 1704, la
edición de "Las mil y una noches" (Alf laila ua laila),
traducidas al francés por Antoine Galland (1646-1715),
despertó una vasta y un tanto excesiva y deformada
fascinación por el Oriente, en particular el mundo
árabe-islámico; la obra no tardó en ser traducida a las
restantes lenguas europeas. También en el siglo XVIII el
abogado inglés George Sale (1697-1736) publica en
1734 una notable traducción del Corán con excelentes notas y
documentos.
Es muy original la
historia del noble y militar francés Claude--Alexandre,
Conde de Bonneval (1675-1747). Entre 1691 y 1704 revistó en
el ejército francés, siendo ascendido a coronel de
artillería (1701). Luego de ser juzgado injustamente en una
corte marcial, por una supuesta ofensa contra la favorita
del rey Luis XIV, Françoise d'Aubigné, Madame de Maintenon
(1635-1719), abandonó Francia y hacia 1729 llega a Estambul
y se convierte al Islam con el nombre de Ahmad. Entra a
servir en el ejército otomano con la jerarquía de pashá y el
rango de comandante de artillería. Se destacó en la guerra
contra Rusia (1737-1739) y Persia (1743-1746).
Pintores y músicos:
El neerlandés Rembrandt
(1606-1669) fue el primer pintor occidental que se interesó
por el arte islámico lo suficientemente como para hacer
copias de algunas miniaturas que llegaron a Holanda
procedentes de la corte mogola (retratos de Akbar y su hijo
Ÿahanguir), que hoy se pueden ver en el Museo Boymans Van
Beunigen de Rotterdam.
Otros pintores como el
alemán Albrecht Dürer o Alberto Durero (1471-1528) y el
francés Jean-Antoine Watteau (1684-1721) tendrán influencias
del arte islámico y las reflejarán en sus obras. Igualmente,
músicos eximios como Jean Baptiste Lully (1632-1687),
François Couperin «Le Grand» (1668-1733), Christoph
Willibald Gluck (1714-1787), Wolfgang Amadeus Mozart
(1756-1791), Michael Haydn (1737-1806) y Ludwig van
Beethoven (1770-1827), harán música «alla turca», a partir
de los parámetros de la música otomana y de las cadencias de
las bandas militares de los jenízaros. Más tarde,
compositores como los italianos Cherubini (1760-1842) y
Rossini (1792-1868), los franceses Bizet (1838-1875),
Delibes (1836-1891), Chabrier (1841-1894), Massenet
(1842-1912) y Ravel (1875-1937), los rusos Borodin
(1833-1887), Rimski-Korsakov (1844-1908), e Ippolitov-Ivanov
(1859-1935), los españoles Isaac Albéniz (1860-1909),
Enrique Granados (1867-1916) y Manuel de Falla (1876-1946),
el húngaro Bela Bartok (1881-1945), el inglés Albert William
Kètelbey (1875-1959) —autor de «En un Mercado Persa»—, y el
armenio Aram Ilich Khachaturian (1903-1978), trasuntaron en
sus obras fuertes influjos musicales del mundo musulmán.
Giuseppe Donizetti, un
hermano del compositor Gaetano Donizetti (1797-1848), fue
enviado a Estambul en 1827 por un acuerdo entre las
autoridades otomanas y sardas para que un músico europeo se
hiciera cargo de la enseñanza musical de un grupo de
instrumentistas turcos. Donizetti en poco tiempo fue
designado como encargado de la escuela imperial otomana de
música y creó un nuevo estilo en las bandas militares
otomanas incorporando tambores y trompetas. Por sus méritos
el lombardo logró el título de miralay y más tarde de pashá.
Donizetti organizó una orquesta para tocar frente al sultán
Mahmud II (1785-1839). En un libro publicado en 1832, un
viajero inglés da su impresión sobre este conjunto: «...
fue un inesperado obsequio para mí, en los bancos del
Bósforo, escuchar la música de Rossini, ejecutada
honrosamente por el profesor, Signore Donizetti. Al llegar
al embarcadero de palacio, encontramos a la banda que estaba
tocando. Me sorprendió cuán jóvenes eran los
instrumentistas, y más aun que fueran todos ellos miembros
de la corte, educados para entretener al sultán. Su
capacidad de aprendizaje, la cual Donizetti me informó que
hubiera sido excepcional incluso en Italia, demuestra que
los turcos son músicos por naturaleza» (A. Slade:
Records of Travel in Turkey, Greece..., Londres, 1832,
págs. 135-36).
ORIENTALISTAS Y
ROMANTICOS: DE GOETHE A NAPOLEON:
Un intelectual inglés
como William Beckford (1760-1844) escribirá una novela
inspirada en temas musulmanes como Vathek (Oxford
University Press, Oxford, 1988 y Alianza, Madrid, 1993), y
el alemán Christoph Friedrich Bretzner (1746-1807) en su
Belmonte y Costanza (1781) introducirá a Bassa Selim, un
musulmán que representa a esa humanidad sincera que no se
encuentra entre los europeos. Sobre ese argumento de
Bretzner crearía Mozart, en una adaptación libre, una pieza
cantada en tres actos, el célebre Rapto del serrallo
(1782).
Goethe:
En Alemania, el escritor
y poeta Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) publicó en
1773 su poema «Mahoma», en el que incluye como personajes al
Santo Profeta del Islam, a su yerno y sucesor Alí Ibn Abi
Talib, y a su hija Fátima. Para la construcción de esta
obra, Goethe utilizó como fuentes el libro de Jean Gagnier
(1670-1740) La vie de Mahomet (Amsterdam, 1732), y la
tragedia de Voltaire (1694-1778) Mahomet (París,
1741). Ya antes de esta realización, en junio de 1772,
escríbele Goethe a su amigo el polígrafo Johann Gottfried
Herder (1744-1803) desde Wetzlar: «Siéntome tentado a
pedirle a dios como Moisés en el Corán.. Señor, hazme
espacio en mi menguado pecho». Su extenso y polifacético
«Diván de Oriente y Occidente» trasunta un reconocimiento de
la sabiduría coránica y la mística de los poetas musulmanes
como Firdusí, Rumí, Hafiz y Sa’adi (Véase J. W. Goethe,
Obras Completas, tomos 1 y 3, Aguilar, Madrid, 1987).
El 12 de junio de 1755 la
prusiana Universidad de Königsberg (Kaliningrad, Rusia, a
partir de 1946) otorgó a Emmanuel Kant (1724-1804) el título
de Doctor en Filosofía. En su diploma figura un
encabezamiento en árabe; se trata de la primera aleya del
Sagrado Corán: «En el Nombre de Dios, Graciabilísimo,
Misericordiosísimo». Este testimonio documentado
demuestra la profundidad de la penetración de la ciencia y
el pensamiento islámicos en Europa, en lugares tan
recónditos como la Prusia oriental (cfr. Martínez Montávez y
Ruíz Bravo-Villasante: Europa Islámica. O. cit., pág.
128).
El conde polaco Jan
Potocki (1761-1815), curioso e infatigable viajero, recorrió
grandes regiones del mundo musulmán, desde Marruecos al
Cáucaso, pasando por Egipto y Turquía, aportando
interesantes descripciones en sus libros de viajes (cfr. Jan
Potocki: Viaje al Imperio de Marruecos, Laertes,
Barcelona, 1991; Viaje a Turquía y Egipto, Laertes,
Barcelona, 1992; Viaje a las estepas de Astracán y del
Cáucaso, Laertes, Barcelona, 1994). Más tarde, sería
imitado por el novelista francés Gustave Flaubert
(1821-1880) con su Viaje al Oriente (Cátedra, Madrid,
1993).
Napoleón Bonaparte:
Una traducción del Corán
al francés por el viajero Claude Savary (1750-1788) —public.
por la Edit. "El Nilo", Bs. As., 1944—, y una «Vida de
Mahoma» (Amsterdam, 1731) del historiador Henri de
Boulainvilliers (1658-1722) despertarían una admiración del
Islam por Napoleón Bonaparte (1769-1821) que se mantendría
hasta sus últimos días en Santa Helena. Durante todo el
tiempo que duró la primera campaña de Italia (1796),
Bonaparte utilizó su tiempo libre en leer libros de autores
musulmanes. Vale la pena señalar que años después se
descubrió que casi todos los volúmenes de la célebre
biblioteca de Milán referidos al Islam y a Oriente llevaban
notas de puño y letra del estratega corso. «El mismo
Napoleón no sólo hacía la Historia, también la pensaba, la
del pasado, más que la del presente, y cada uno de sus
juicios demuestra una precisión infalible» (Hichem Djaït:
Europa y el Islam, Libertarias/al-Quibla, Madrid,
1990, pág.230). Así gustó decir: «El Islam conquistó la
mitad del globo en sólo diez años, mientras el Cristianismo
necesitó trescientos años», «No hay más Dios que el
Dios de Mahoma y es absurdo creer que tres sean uno», «El
justo es una imagen de Dios sobre la tierra», y «Todo
proclama la existencia de Dios y sobre esto no es posible
dudar» (cfr. Roger Peyre: Napoléon y su tiempo, 2
vols., Vol. 1: Bonaparte, Salvat, Barcelona, 1889; Christian
Cherfils: Bonaparte et l'Islam d'après les documents
français arabes, A. Pedone, París, 1914).
Uno de sus generales,
Jacques François de Boussay, barón de Menou (1750-1810),
—mariscal de campo en 1792 y comandante del Ejército de
Oriente entre 1800-1801—, se convirtió al Islam en Egipto y
adoptó el nombre de Abdallah. En su «Memorial de Santa
Helena», Napoleón dice: «El fenómeno más singular de mi
reinado es sin duda que el Santo Padre (Pio VIII)
fuese recibido en las fronteras por el converso Abdallah
Menou» (cfr. Jean Tranié y J.C. Carmigniani:
Bonaparte. La campagne d’Egypte, Editions Pymalion/Gérard
Watelet, París, 1988; Albert Manfred: Napoleón Bonaparte,
Akal, Madrid, 1988, Cap. V: Egipto y Siria, Págs. 151-175).
Abdallah Menou, por otra parte, editó el primer periódico en
lengua árabe en agosto de 1800, titulado «La advertencia» (Al-Tanbih),
de efímera duración. Esto abriría el camino para la primera
imprenta árabe en Bulaq (Egipto) en 1822; el primer diario
oficial: Al-Waqa'i al-misriyya ("Los acontecimientos
de Egipto) aparecería el 20 de noviembre de 1928.
El historiador egipcio
Sheij Abderrahmán al-Ÿabartí (1753-1825), que fue testigo
presencial de la entrada de las fuerzas francesas, aporta
cierto datos interesantes de la idiosincrasia de los
bonapartistas: «Si los musulmanes se acercaban para
inspeccionar no les impedían que entrasen en sus lugares más
preciados... y si encontraban en el visitante el apetito o
el deseo de saber le demostraban amistad y amor y le traían
toda suerte de imágenes y mapas, y animales y aves y
plantas, e historias de los antiguos y de las naciones y
relatos de los profetas... Los visité a menudo, y me
mostraban todo eso» (cfr. Abd al-Rahman al-Jabarti:
Aÿa'ib al-athar fi'l taraÿim ua'l-ajbar, El Cairo, 1965,
vol. 4, pág. 348; Shmuel Moreh: Napoleon in Egypt: Al-Jabarti's
Chronicle of the French Occupation, 1798, Markus Wiener
Publishing, Princeton, 1993).
Aubert-Dubayet:
Un personaje de excepción
fue el general francés Jean Baptiste Annibal Aubert-Dubayet.
Nacido en Nueva Orleans (Louisiana) en 1757, participó en la
Revolución Americana como teniente a las órdenes del marqués
de Lafayette (1757-1834) y luego en la Revolución Francesa
desde el comienzo, siendo elegido diputado de Isère en la
Asamblea Legislativa. Luego de combatir contra los
austríacos y los monárquicos de la Vendée y ser ascendido a
general, en 1795 fue nombrado ministro de la Guerra. El 8 de
febrero 1796 fue enviado por el Directorio a Estambul como
embajador plenipotenciario y asesor militar. Aubert-Dubayet
llegó a la «Sublime Puerta» (Bab-i Alí) con un grueso
contingente de oficiales de ejército y marina y en poco
tiempo abrió varias escuelas y centros de entrenamiento
militar para reorganizar las obsoletas fuerzas armadas
otomanas, teniendo como hipótesis de conflicto la guerra
contra Inglaterra. Aubert-Dubayet aprendió el turco y se
dedicó al estudio de diversos temas islámicos; también fundó
una biblioteca con 400 libros europeos entre los que se
contaba la Grande Encyclopédie, y exigió que los
militares otomanos aprendieran el francés. El 17 de
diciembre de 1797, Aubert-Dubayet falleció en Estambul,
dejando inconclusos sus numerosos planes y proyectos, que
teniendo en cuenta la expedición de Bonaparte a Egipto y la
India del año siguiente, y el rol preponderante del Imperio
Otomano en esa estrategia, muy probablemente hubiesen
cambiado el curso de la historia.
Domingo Badía «Alí Bey»:
Uno de los viajeros
europeos que más recorrió el mundo islámico a principios del
siglo XIX fue el catalán Domingo Badía y Leblich
(1767-1818). Con el apoyo de Manuel Godoy (1767-1851),
primer ministro español y partidario de Bonaparte, y con el
propósito de encontrar los mejores caminos para el
desarrollo comercial y cultural de España en el mundo
islámico, Domingo Badía se inventó una identidad, Alí Bey
al-Abbasí, y fingiendo ser musulmán realizó una extenso
periplo que lo llevó desde Marruecos a Turquía, pasando por
Egipto, Palestina y Siria y que incluyó una peregrinación a
La Meca. Por eso se lo conoce como el Burton o el Lawrence
español. Cuando estaba llevando a cabo su segunda
peregrinación a la ciudad más santa del Islam murió de
disentería, a principios de septiembre de 1818, aunque se
dice que fue envenenado por medio de una taza de café
servida por un agente británico, pues el Gobierno de Londres
estaba celoso de la misión que perseguía. Sus «Viajes» se
publicaron en alemán, francés, inglés e italiano antes que
en castellano (cfr. Alí Bey/Domingo Badía: Viajes por
Marruecos, Trípoli, Grecia y Egipto. Prólogo de Juan
Goytisolo, Olañeta, palma de Mallorca, 1982; Alí Bey/Domingo
Badía: Viajes por Arabia, Palestina, Siria y Turquía,
Olañeta, Palma de Mallorca, 1982).
Viajeras distinguidas:
Lady Mary Wortley Montagu
(1689-1762) fue una poetisa y escritora inglesa del siglo
XVIII. Intrépida viajera, tuvo la fortuna de acompañar a su
esposo embajador Lord Edward Wortley Montagu (m. 1761) por
países de Europa y África y describir sus travesías en un
epistolario que fue publicado póstumamente. Políglota
—hablaba fluidamente griego, latín, alemán, francés e
italiano—, hizo una magnífica definición de la función del
libro: «Ningún entretenimiento es tan barato como la
lectura, ningún placer es tan duradero. Si una mujer puede
disfrutar de una obra literaria, no buscará nuevas modas, ni
diversiones costosas, ni compañías variadas». En 1717
llegó a Estambul y escribió esto entre muchos otros apuntes:
«Es muy fácil ver que ellas (las mujeres musulmanas
turcas) tienen más libertad que nosotras... El sistema
judicial inglés es demasiado rígido y a menudo injusto, pero
en cambio la Ley otomana es más apropiada y mejor ejecutada
que la nuestra...». Comentando una reunión en la que fue
agasajada con regalos, música y manjares, dice: «Me
retiré con las mismas ceremonias de antes, y no pude menos
que creer que había estado algunas horas en el paraíso de
Mahoma, tan sorprendida estaba de lo que había visto» (cfr.
The Complete Letters of Lady Mary Wortley Montagu, vol.
1, 1708-1720, Robert Halsband, Oxford, 1965; Lily Sosa
de Newton: Lady Montagu a campo traviesa, Otros
Países y Continentes Nº 12, Buenos Aires, oct-nov-dic 1995,
Pág. 12).
Un caso digno de mención
es el arrebato romántico de Lady Lucy Hester Stanhope
(1776-1839), que abandonó Inglaterra en 1810 buscando como
otros tantos compatriotas (Byron, Keats, Shelley) el sol y
las aventuras en el Mediterráneo. Tras un naufragio junto a
la isla de Rodas en 1811, se decidió a usar ropas musulmanas
masculinas para siempre y se fue a vivir al Líbano, cerca de
Sidón, donde se estableció en el seno de una comunidad
drusa. Allí en la aldea de Ÿoun se convirtió en una especie
de «profetisa buena, sistemática, práctica... llevando un
turbante muy grande... y una especie de atavío eclesiástico
que parecía sobrepelliz» (James Morris: El mercado de
Seleucia, Peuser, Buenos Aires, 1960, pág. 124).
Tras las huellas de Lady
Stanhope, huyendo de la moral victoriana y de cierta
melancolía, otra dama de alcurnia, Lady Jane Digby
(1807-1881) llegaría a Damasco, y se convertiría en la
esposa de un sheij musulmán.
ARABISTAS E
ISLAMÓLOGOS:
El Orientalismo se ha
definido como la ciencia que estudia la civilización de los
pueblos orientales. Pero en la práctica, el orientalismo se
ha dedicado exclusivamente a conocer el pensamiento y la
cultura del mundo islámico, ya que los investigadores en
otras regiones orientales han pasado a tener una
denominación específica: indianistas, sinólogos, etc.
La pasión por la
Egiptología hacia fines del siglo XVIII, la fundación de
escuelas de estudios orientales y, principalmente, la
expedición de Bonaparte a Egipto en 1798, hizo que el
Oriente fuera conocido y admirado por el gran público
europeo. Originalmente, el Orientalismo fue una tendencia
romántica. Así, desde 1800, Friedrich von Schlegel
(1772-1829) proclama la alianza de lo gótico y el
orientalismo contra lo clásico.
No fue ninguna casualidad
que Víctor Hugo (1802-1885), el memorable autor de «Los
miserables» (1862), manifestara con convicción: «El
orientalismo, bien como imagen o como pensamiento, se ha
convertido en una especie de preocupación general».
En este contexto, se
puede afirmar que «Europa se ha desplazado hacia el
Islam, no de manera esporádica, sino planeando iniciativas y
proyectos de largo alcance, en el contexto de dos fenómenos
históricos concretos: las Cruzadas y el colonialismo. Esto
fomenta ante todo el asentamiento de la presencia europea en
el mundo musulmán, pero le permite traer también, como en
camino "de vuelta", manifestaciones islámicas diversas que
se propagan y aclimatan a su manera» (Pedro Martínez
Montávez y Carmen Ruíz Bravo-Villasante: Europa Islámica.
Anaya, Madrid, Pág. 36).
Al ampliarse el campo de
los arabistas con las múltiples disciplinas de las ciencias
y el pensamiento del Islam hizo que cambiase su denominación
y fuesen llamados islamólogos. La islamología verdadera
ciencia de investigación ha producido una serie de escuelas,
fenómeno único en el estudio de las civilizaciones
orientales.
LA ESCUELA
AUSTRO-ALEMANA:
Johann Jakob Reiske
(1716-1774), fue un pionero de la filología árabe. Le siguió
el notable arabista Gustav Lebrecht Flügel (1802-1870),
traductor del Corán y de la obra de Katib Çelebi.
Entre los austriacos,
interesados por los Balcanes otomanos, hubo también
prestigiosos islamólogos, como Josef von Hammer-Purgstall
(1774-1856), políglota, especialista del Imperio otomano,
traductor de Hafiz y editor de una revista sobre Oriente.
Un carácter primordial
tuvo la «Historia del Corán» de Theodor Nöldeke (1836-1930)
en 1860, así como la obra del vienés Alfred von Kremer
(1828-1889) sobre la cultura material e intelectual del
Islam medieval. Desde mediados del siglo XIX, se editaron y
publicaron textos fundamentales del Islam en su lengua
original, como la Síra «Vida del Profeta», por Heinrich
Ferdinand Wüstenfeld (1809-1899), diccionarios biográficos y
enciclopedias geográficas.
El análisis crítico de
las fuentes comenzó por la misma época, y así Julius
Wellhausen (1844-1918) lo aplicó a los primeros
historiadores musulmanes.
La arqueología musulmana
tuvo a uno de sus pioneros en el alemán Ernst Emil Herzfeld
(1879-1948). El austríaco Alois Musil (1868-1944) descubrió
los castillos omeyas del desierto sirio (1895-1915).
En cuanto a la monumental
Geschichte der Arabischen Litteratur (publicada por
E.J. Brill, Leiden, 1996) del alemán Carl Brockelmann
(1868-1956) ha permanecido hasta hoy en día como la base de
la bibliografía árabe.
El alemán de origen judío
Salomon Munk (1803-1867), Gotthold Weil (1882-1960) y Helmut
Ritter (1892-1971) son otros importantes investigadores.
Ha sido también loable la
tarea del austríaco Gustav Edmund von Grunebaum (1909-1972),
fundador del departamento de estudios islámicos de la
Universidad de California en Los Angeles que hoy lleva su
nombre.
Eckhard Neubauer
(historiador de la ciencia islámica de Frankfort), es uno de
los más relevantes islamólogos alemanes contemporáneos.
LA ESCUELA ITALIANA:
En Italia el primer gran
traductor del árabe fue Michele Amari (1806-1882), con las
fuentes árabes sobre Sicilia (Biblioteca arabosícula).
Leone Caetani di Sermonetta (1869-1935) haría lo propio en
Annali dell’islam y en la Chronographia islamica
(1905-1922). Su compatriota Celestino Schiaparelli
(1841-1919), mientras tanto, realizaba importantes
traducciones de sabios musulmanes.
La escuela italiana de
este siglo tuvo dignos representantes en Giovanni Teresio
Rivoira (1849-1919), Aldo Mieli (1879-1950), A. Nallino,
Giuseppe Gabrieli (1872-1942), Francesco Gabrieli (Roma,
1904), Alessandro Bausani (1921-1991) y Roberto
Rubinacci (actual profesor a cargo del departamento de
estudios árabes e islámicos del Istituto Universitario
Orientale de Nápoles).
LA ESCUELA HOLANDESA:
En Holanda .—donde Leiden
llegó a ser y es el principal centro de estudios islámicos y
orientales (la editorial E. J. Brill de Leiden, fundada en
1683, con sedes en Köln y Nueva York, dispone hoy día de la
bibliografía islámica más completa e importante del mundo
occidental)—, Thomas van Erpe, llamado Erpenius (1584-1624)
tuvo acceso a importantes fuentes en árabe y en turco sobre
la historia de los comienzos del Islam. Y su discípulo,
Jacob Golius (1596-1667), redactó un diccionario latín-árabe
que fue insuperable durante dos siglos.
Reinhart Anne Marie Dozy
(1820-1883), fue el primer gran historiador del Occidente
musulmán, mientras que su compatriota Michael Jan de Goeje
(1836-1909), notable traductor del árabe, realizó en Leiden,
en colaboración con un equipo internacional, la edición de
las obras de at-Tabarí, primordial para el conocimiento de
los tres primeros siglos del Islam.
Snouck Christian
Hurgronje (1857-1936), islamólogo y funcionario holandés en
Indonesia, estudió por primera vez científicamente la
sociedad y la historia de esta región musulmana; fue también
un especialista en la historia de La Meca y en el nacimiento
del Islam; Hurgronge se hizo musulmán.
La necesidad de reunir y
difundir la abundancia de opiniones y conocimientos
diseminados en los textos y en las más diversas
investigaciones promovió la Encyclopédie de l’Islam,
un proyecto internacional impulsado por Goldziher y de Goeje
en Leiden, y que se publicó en fascículos (1908-1938) en
inglés, francés y alemán (la editorial Brill está editando
en inglés la segunda edición de la obra que hasta ahora
consta de ocho voluminosos tomos —van por la letra m).
DANESES, SUECOS,
RUSOS,HÚNGAROS, FINESES Y SUIZOS:
El sabio y explorador
danés Carsten Niehbur (1733-1815) publicó valiosas
informaciones sobre las sociedades de Oriente Medio. El
sueco Carl J. Tornberg (1807-1877) editó la obra del
historiador Ibn al-Atir. Otros importantes islamólogos de
este período fueron el filósofo y antropólogo finés Edward
Alexander Westermarck (1862-1939) y el sueco Samuel H.
Nyberg (1889-1974). El ginebrino Max Van Berchem (m. 1921),
por su parte, fundó la epigrafía árabe.
Los estudios sobre el
Islam deben mucho al húngaro de origen judío Ignaz Goldziher
(1850-1921), que aplicó en sus investigaciones los métodos
del historicismo crítico, considerando al Islam en su
totalidad como un fenómeno de la historia cultural (cfr. R.
Simon: Ignác Goldziher. His Life and Scholarship as
Reflected in his Works and Correspondence, Brill,
Leiden, 1986).
El ruso Vasily
Vladimirovich Bartold (1869-1930) investigó a fondo el Islam
en el Asia central.
Los suizos Titus
Burckhardt (1908-1984) y Frithjof Schuon (Basilea 1907),
estudiarán la mística y se convertirán al Islam, y algunos
morirán en tierras musulmanas, como es el caso del místico
francés René Guénon (1886-1951).
El ruso Oleg Grabar
(Princeton University), y el suizo Henri Stierlin
(Alejandría, 1928), son los principales especialistas en
arquitectura del Islam hoy día.
LA ESCUELA BRITÁNICA:
El estudio científico del
Islam, de sus lenguas y literaturas, se incorporó a la
universidad, por lo general dentro del marco de los estudios
semíticos y bíblicos. En Inglaterra, William Bedwell
(1561-1632) fue «el padre de los estudios árabes e
islámicos», y además uno de los traductores de la Biblia del
rey Jacobo I (1566-1625).
La primera cátedra de
árabe fue fundada por Sir Thomas Adams en la Universidad de
Cambridge en 1633. Edward Pococke (1604-1691) inauguró la
cátedra de estudios árabes en Oxford. Su discípulo, Simon
Ockley (1678-1720), en 1708 exaltó al Oriente musulmán por
encima de Occidente.
William Jones (1746-1794)
fundó en 1784 la Asiatic Society de Calcuta, consagrada a la
vez a la indología y a los estudios islámicos. Esta sociedad
editó en particular numerosos textos en árabe y en persa, y
en ella se formaron numerosos islamólogos británicos y
europeos.
El barón irlandés William
McGuckin de Slane (m. 1875) fue el gran traductor de los
sabios musulmanes durante el siglo XIX.
Burton: un musulmán en
el Foreign Office.
El viajero, erudito,
militar, diplomático y agente secreto británico Sir Richard
Francis Burton (1821-1890), políglota que hablaba
fluídamente el árabe, el persa y otras treinta lenguas y
dialectos, se hizo musulmán hacia 1849 y escribió varias
obras especializadas como Mi peregrinación a Medina y La
Meca, 3 Vols., Laertes, Barcelona, 1989, en la que da
cuenta de su peregrinación a las ciudades sagradas del Islam
en 1853.
«La vida adulta de
Burton transcurrió en una incesante búsqueda en pos del
conocimiento secreto que él mismo calificó genéricamente de
"gnosis", mediante el cual aspiraba a desvelar la auténtica
fuente de la existencia y el sentido del papel que había de
desempeñar en la tierra. Esta búsqueda le condujo a
investigar la cábala, la alquimia, el catolicismo romano...
tras lo cual sondeó en las profundidades de las creencias
sijs y probó diversas variantes del islamismo antes de optar
definitivamente por el sufismo...El Islam preside los
escritos que salieron de su pluma durante los últimos quince
años de su vida; hizo además varias afirmaciones en tono
elegíaco acerca de lo que él llamaba "la Fe Salvadora", que
hoy día ya no pueden pasarse por alto...Lo que sí tiene
importancia es que Burton fue uno de los primeros
occidentales que se convirtió al Islam y que llegó a seguir
la nueva fe hasta involucrarse a fondo en una hermandad
religiosa. No cabe duda de que fue el primer europeo que
escribió sobre el sufismo, y no como simple académico, sino
como sufí practicante... Asimismo, realizó buena parte de de
una de las prácticas más honrosas del Islam, aprenderse de
memoria el Corán» (Edward Rice: El Capitán Richard F.
Burton, Siruela, Madrid, 1990, págs. 25 y 196). Las
inclinaciones de Burton por el Islam, sus vinculaciones con
los musulmanes, especialmente con el líder argelino Abd
al-Qadir al-Ÿaza'iri (1808-1883) exilado en Damasco, donde
Burton se desempeñaba como cónsul británico (1869-1871),
hizo que sus enemigos en el Foreign Office (Ministerio de
RR.EE.) convencieran a Lord Granville, el embajador
británico ante el Imperio otomano, para que lo removiera de
la ciudad siria. Así, a pesar de sus grandes méritos, fue
prácticamente confinado de por vida a la ciudad adriática de
Trieste, con un bajo salario, y sin honores de ninguna
clase. Su riquísima biblioteca, que contenía importantes
manuscritos islámicos y documentos invalorables, fue
misteriosamente quemada por su mujer tras su deceso (cfr.
Byron Farwell: Burton. A Biography of Sir Richard
Francis Burton, Penguin Books, Londres, 1990.
Los investigadores
contemporáneos:
El numismático Stanley
Lane-Poole (1854-1931), sobrino nieto del arabista Edward
William Lane (1801-1876), efectuó las investigaciones más
incisivas sobre las dinastías musulmanas. Asimismo, Wilfrid
Scawen Blunt (1840-1922) y su esposa, Lady Anne Isabella
Blunt (1837-1917), gran viajera, se interesaron por el
fenómeno del panislamismo.
Reynold Alleyne Nicholson
(1868-1945) fue un especialista en lengua persa, profesor de
Cambridge en literatura y mística islámicas, y traductor del
Mathnaví de Yalaluddín ar-Rumí. David Samuel
Margoliuth (1858-1940), de origen judío, y Sir Hamilton A.R.
Gibb (1895-1971) abordaron diversas disciplinas del Islam y
realizaron estudios sociológicos e investigaciones
interesantes, luego continuados por George Richard Potter y
Arthur John Arberry (1905-1969).
A lo largo del Siglo XX
se han destacado los escoceses William Montgomery Watt
(1909) y Norman Alexander Daniel (1919), y los ingleses
Peter Malcolm Holt (1918), Bernard Lewis, Richard William
Southern (Newcastle upon Tyne, 1912) y Ernest Gellner.
El irlandés Henry George
Farmer (1882-1965), publicó Clues for the Arabian
Influence on European Musical Theory (JRAS, Londres,
1929), A History of the Arabian Music to the XIII Century
(Luzac, Londres, 1929).y sendos capítulos sobre la
música en el Islam en The Encyclopedia of Islam
(Leiden, 1936, vol.3) y en la obra de Sir Thomas Walker
Arnold (1864-1930) y Alfred Guillaume: El Legado del
Islam (Ediciones Pegaso, Madrid, 1944, págs. 465-489).
LA ESCUELA
NORTEAMERICANA:
El primer representante
de los estudios árabe-musulmanes en Estados Unidos fue el
escocés Duncan Black MacDonald (1863-1943), quien exploró
nuevos horizontes al aplicar los métodos de la psicología de
las religiones al estudio de la teología islámica. Uno de
sus más importantes continuadores fue Marshall G.S. Hodgson
(The Venture of Islam, University of Chicago Press,
Chicago, 1974). William C. Chi |