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Title: YAMA  •  Size: 55086  •  Last Modified: Thu, 31 Jan 2002 12:48:44 GMT

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 AL-‘AQÎDA AL-WÂSITÍA

 Exposición de los Fundamentos del Islam

 de Ibn Taimía

   TERCERA PARTE

 

        31- Y sus palabras: “¿Qué te impide llevar la frente ante lo que he creado con mi Mano?”, “Los judíos han dicho: ‘La Mano de Allah está cerrada’ ¡Han sido cerradas sus manos y han sido maldecidos por lo que han dicho!... Al contrario, Sus Manos están abiertas y derrama lo que quiere”.

 

            Allah creó a Adam, e impuso a las criaturas más nobles (los Malâika, los seres de luz) que se le sometieran; y lo mismo ordenó al mal, pero se negó, tal como debía hacer en consonancia con su naturaleza. Shaitân (o Iblîs) personifica la rebelión, es el ego que se afirma a sí mismo excluyendo; es, en definitiva, la soberbia, la arrogancia, el orgullo, y sus concomitantes y derivados, la envidia, el rencor, el remordimiento, la vileza,... y sus consecuencias que son la frustración y el dolor. Los Malâika y Shaitân (que es muchos, tal como dice el Evangelio, y por ello se puede hablar de él en plural y decir shayâtîn o abâlisa, que son los demonios) son los componentes y los habitantes objetivos del mundo interior del ser humano (pero son también objetivos, tienen su propia existencia). Shaitân -que fluye por las venas del hombre- es una criatura de Allah, pues su Rahma da el ser incluso a lo que juzgamos como malo.

            Y, puesto que la Rahma es su fuente, hasta en el mal hay un bien supremo, y es la de ofrecer al hombre la posibilidad de una victoria sobre sus demonios. Shaitân, al negarse a postrarse ante Adam cumplió con su ser, pero su realidad no es por ello buena, sino puro mal. Es una naturaleza ígnea -querida por Allah- pero que se retuerce en su propia esencia, que es fuego, y ése es su Destino, y el de quienes se rinden a él dándole preeminecia en sí mismos y se inclinan en esa dirección maldita, es decir, alejada de la bondad de Allah y hundida en la escasez, la ignorancia y la privación.

            Shaitân es el enemigo del hombre, pero también es lo que lo estimula a un confrontamiento que alza al ser humano hasta Allah mismo. En esto radica el fundamento del Islam, que es el Yihâd, la Lucha. Todo se ejecuta y tiene cumplimiento en lo que Allah quiere, pero el esfuerzo que emprende el hombre es lo que lo hace meritorio, es lo que el hombre ‘adquiere’ en la vida, lo que lo adorna ante Allah.

            ¿Qué es lo que impidió a Shaitân prosternarse ante Adam?: su soberbia. ¿Qué es lo que impide al ser humano prosternarse ante Allah?: Shaitân. He aquí los elementos que incitan a una lucha y generan nuestro mundo y sus contradicciones. Pero lo que interesa a Ibn Taimía al citar ese versículo del Corán en el que Allah pregunta a Iblîs por la razón de su desobediencia -desatando en él la conciencia de sí mismo- no es el célebre relato de la creación del hombre que aparece en varias ocasiones a lo largo del Corán, sino el detalle de la Mano de Allah (yadullâh).

            Ya hemos visto que los mu‘taçilíes negaban toda antropomorfización (Tashbîh) limitándose al Tançîh (la absoluta trascendencia de Allah) lo que les hacía pasar por alto las expresiones coránicas en las que se alude a la Faz de Allah, sus Manos, etc. Se les llamó por ello Nufât as-Sifât, Negadores de las Cualidades. Por su parte, los ash‘aríes tendían a considerar las Cualidades aparentemente más en contradicción con la trascendencia de Allah como metáforas; y, así, la Faz es su Ser, las Manos son su Poder (o su Generosidad),... Los literalistas (sobre todo los hanbalíes, de los que Ibn Taimía es, sin duda, una de las figuras más representativas) criticaron severamente esas posturas considerándolas una negación de lo revelado (en el caso de los mu‘taçilíes) y una desviación (en el caso de los ash‘aríes).

            El conjunto de los musulmanes decidió que el pensamiento ash‘arí es una aproximación aceptable (el pensamiento ash‘ari es un terreno seguro al que debe limitarse el que sea incapaz de comprender las afirmaciones de los hanbalíes). Pero el rigor de los hanbalíes no es admisión de ninguna forma de antropomorfismo, pues ellos afirman, al igual que los mu‘taçilíes y los ash‘aríes, la clave del Tançîh, la Trascendencia absoluta de Allah.

            Si nos fijamos bien, lo que hicieron los hanbalíes fue precisamente permitir una espiritualidad que no se detiene en las abstracciones, sino que invita a ‘saborear’ a Allah más plenamente, con todo el ser, llegando a vislumbrar la ‘Forma de Allah’ que es el Modelo Trascendente sobre el que se dió imagen al hombre. De ahí que, de la escuela hanbali, surgieran algunos de los más poderosos maestros de espiritualidad musulmana.

            Lo que nos puede parecer en principio una contradicción con el principio del Tançîh es, sin embargo, una clave importante y es también su plenitud. Efectivamente, sería absurdo pretender que la insistencia de los hanbalíes en las Cualidades Positivas de Allah invita a una figuración antropomórfica, precisamente ellos que han sido siempre los más iconoclastas dentro del Islam. Al contrario, lanzan un reto a una vivencia de Allah que no sea meramente especulativa o intelectual.

            Si el Tançîh radical de los hanbalíes nos invita -como en el caso de los mu‘taçilíes y los ash‘aríes- a desidolatrizar por completo a Allah, a hacérnoslo del todo incomprensible, inalcanzable, insondable, indelimitable, después lo convierten -eso que es Inmenso- en objeto de contemplación. Una vez deslimitado Allah, los hanbalíes ‘lo bajan de las nubes de lo irreal y de la nada, de la mera especulación’ para situarlo en la Qibla de los musulmanes, y entonces éstos están habilitados para contemplar la Belleza inmediata de lo absolutamente inconcebible. En realidad se trata de la segunda parte de la Shahâda, el Testimonio al que está obligado todo musulmán: lâ ilâha illa llâh, no hay más verdad ¡que Allah! Con ello, la espiritualidad islámica alcanzó sus cotas recuperando su esencia. Dejó de ser una abstracción estéril sobre la Unidad y Trascendencia de Allah para convertirse en una Vía en la que lo indecible ‘tomaba cuerpo sin tomarlo’, kamâ yanbagî li-ÿalâhih, tal como convenga a su Majestad.... Esto entraña, por supuesto, un enorme desafío. Es así como dejaron abierta la puerta hacia la Visión.

 

            32- Y sus palabras: “Ten paciencia ante la Decisión de tu Señor, pues estás ante nuestros Ojos”, “Y lo trasportamos sobre una embarcación hecha de tablas y clavos, que navegó ante nuestros Ojos: fue la retribución para el que había sido rechazado”, “Deposité en ti mi Amor, para que te criaras ante mi Ojo”.

 

            Se trata en este caso de tres textos coránicos, en el primero de los cuales Allah se dirige a Sidnâ Muhammad (s.a.s.) ordenándole tener paciencia y perseverar, en el segundo se alude al Arca que sirvió de salvación a Noé, y en el tercero se relata la crianza de Moisés en la corte de su enemigo, el Faraón. Todo sucedió ante la mirada atenta de Allah, ante su Ojo (‘Áin), que es lo que aquí interesa a Ibn Taimía.

            Para los mu‘taçilíes, Allah ve por Sí Mismo (Dzât), no siendo su Ojo más que una expresión que se refiere simplemente a su Esencia Insondable capaz de abarcarlo todo. Para los ash‘aríes, el Ojo de Allah tiene el sentido figurado de Visión, Atención, Protección, con las que Allah salvaguarda lo que quiere y a quien quiere. Para los hanbalíes, el Ojo es algo más.

            De nuevo debemos recordar que la postura de los hanbalíes no es, ni mucho menos, antropomorfista, sino progreso hacia Allah en Sí. Por ello, a todas las afirmaciones de las Cualidades ‘físicas’ de Allah las hacen seguir de expresiones que las reconducen al Tançîh: todo es ‘en conformidad con la Majestad de Allah’, que trasciende lo que la mente interpreta en su ingenuidad. Tras negar la semejanza de Allah y declarar su Unidad y Singularidad Radicales, los hanbalíes afirman las Cualidades de Allah tal como Él las ha revelado, aunque choquen con todo lo anterior, pero es que todo lo anterior debiera haber sido superado. Si no es así, si aún las palabras son confusas, lo mejor es limitarse a los sentidos figurados de los ash‘aríes. Será en ese puesto avanzado de la literalidad donde los sufíes y los visionaros comprenderán el verdadero significado de palabras escandalosas al oído de quienes se detiene en sus propias conclusiones.

            Tanto los mu‘taçilíes, los ash‘aríes como los literalistas son musulmanes, esto es innegable. La exposición de la ‘Aqîda de cada grupo está en función de un entendimiento y de acuerdo a una sensibilidad que al final y al cabo coincide en lo esencial. En realidad, se trata de ‘tres momentos’ en el proceso hacia Allah. En primer lugar está la negación de la idolatría, el estímulo a la peregrinación: el dualismo de los mu‘taçilíes es apropiado para los que se inician, para los que se proponen a Allah como meta. Más tarde, la abstracción de los ash‘aríes sumerge al buscador en lo inconcebible y lo aniquila en la contemplación de la inefalibilidad del Único. Por último, el literalismo permite encontrarse con Allah ‘cara a cara’ sin ponerle tan siquiera las condiciones de la reflexión con la que antes se ha desmontado toda posibilidad de limitar a Allah. Y éste es el detonante de la sabiduría y la eternidad del hombre.

            En cualquier caso, en lo que atañe a este punto de la ‘Aqîda de Ibn Taimía, lo que debe quedar claro es que se nos enseña que Allah lo ve todo, que su Ojo recoge todo lo que existe y todo lo que sucede, y que la palabra Ojo (‘Áin) hace de la Visión de Allah algo efectivo y real, y no una abstracción difícil de comprender, si bien la expresión en sí entraña un reto. Lo mismo debe decirse de todo lo afirmado con anterioridad así como de lo que aún queda por decir.

 

            33- Y sus palabras: “Allah ha oído las palabras de la que discutía contigo a propósito de su esposo quejándose a Allah. Allah escuchaba vuestra conversación. Ciertamente, Allah oye y ve”. Y sus palabras: “Allah ha oído las palabras de quienes han dicho: ‘Allah es pobre y nosotros somos ricos’...”. Y sus palabras: “¿Es que piensan que no oímos su secreto y su asamblea. Sí lo hacemos, y nuestros mensajeros están a su lado, anotando (las palabras)”, “Yo estoy con vosotros, y oigo y veo”, “¿Es que (el kâfir) no sabe que Allah ve?”, “Él es quien te ve cuando te yergues y cuando te pliegas con los que se prosternan. Ciertamente, Él oye y sabe”, “Y diles: ‘¡Actuad! Allah verá vuestra acción, y su Profeta, y los que se han abierto a su Señor’...”.

 

            Lo que hizo grandes a los profetas (rúsul) fue que se encontraron con el Verdadero (al-Haqq). El ser humano común, haciendo uso de sus facultades naturales, ejercitando su entendimiento, llega a la conclusión de una Verdad Absoluta, Creadora de cuanto existe, que debe ser Amorfa, Insondable, Impenenetrable, Inusitada. Esta fase es ampliamente superada por los profetas, que tienen una vivencia intensa de su proximidad a esa Verdad Remota. Los profetas describen a Allah, no como lo haría el especulador que se detiene ante la Nada. El profeta descubre en ese vacío al Uno-Único, absolutamente pleno y perfecto, sin mengua alguna. La Nada en la que concluye el pensador es estéril, espacio para la muerte y la aniquilación, mientras que el Señor de los Profetas es Presente, dador de vida sobreabundante. Es por ello por lo que en el Mensaje (Risâla) de los rúsul hay siempre ‘algo más’, que desafía a la razón y exige el concurso de otras facultades del hombre, y para comprenderlo hay que situarse en el lugar de los profetas, ‘que han visto y oído lo que no es dado al ojo y al oído del común de los hombres’. La inconveniencia aparente de las palabras es superada por la intuición que debemos tener del alcance de su experiencia.

            En los versículos citados por Ibn Taimía se subraya la capacidad absoluta de Allah para oír y ver. Se alude con ello a su inmediatez y presencia. Él escucha las conversaciones y asiste a las reuniones, oye lo que el corazón susurra a cada hombre en la intimidad del silencio. Él ve los actos privados y los públicos, y nada escapa a su Oído (Sam‘) y a su Visión (sar). Y el corolario de todo esto es su Intervención y su Juicio sobre el ser humano, y, a la vez, señala la posibilidad de una interrelación con Él, que es el espacio en el que se desarrolló la experiencia de los profetas, que no nos hablan de la Nada sino del Uno-Único, del Señor de los Mundos, que está en esa Nebulosa pero en la que es Absoluto y Pleno, y en la que oye y ve lo que acontece en el universo en una proximidad que el Corán describe -con una paradoja magistral- como más cercana a cada ser que ese ser de sí. Es aquí donde se desata el nudo, y el musulmán es sobrecogido en la Inmensidad de Allah Real.

 

            34- Y sus palabras: “Allah es terrible al castigar”. Y sus palabras: “Han tramado y Allah ha tramado, pero Allah es el mejor tramador”. Y sus palabras: “Urdieron un ardid y nosotros urdimos un ardid, y no se daban cuenta”. Y sus palabras: “Ellos tramaban y Yo tramaba”.

 

            Allah está presente, y Él no es una vaguedad. En la nebulosa del misterio de su Ser, Él es integrador. Por ello gravita sobre el ser humano una terrible amenaza. Allah es el vórtice de una violencia infinita. Lo que nos hace ser, lo que estructura cada uno de nuestros instantes, lo que nos vertebra y nos hace erguirnos tiene una Eficacia plena, una Capacidad absoluta, y además nos acecha. Esto es lo que eriza la piel a los musulmanes. En la medida de sus posibilidades, el ser humano debe buscar en esa Realidad su propia plenitud, alejándose de la Ira que configura aquello que no desea para sí.

            En el Corán se afirma que Allah es hábil en urdir trampas, confundiendo y arruinando a los hombres (en puridad, a sus enemigos), todo ello sobre la base de la Alianza con sus Íntimos. Los ‘ulamâ -los expertos- han dicho que el Makr (la astucia) y el Káid (la estratagema) de Allah consiste en hacer seguir al mal de triunfo, placer, prestigio o poder. Es así como aquello que Allah detesta aleja al hombre de su Señor, porque el confundido se satisface en sus resultados si bien su destino último es la frustración y el dolor infinito en la violencia de Allah. Es así como todo lo perverso y todos los perversos quedan relegados y conducidos a su Destino. Se trata de un ardid, en el que no debe caer el que busca sinceramente a Allah.

            En el fondo, queda así todo relativizado. El mûmin, el que se ha abierto hacia Allah, ya lo tiene todo claro. Debe seguir hacia adelante el camino que lo conduce a su Señor, sin dejarse engañar por nada, ni por el éxito ni por el fracaso, depositando su vida en Manos del Señor de la Vida hasta alcanzar el Ridâ, la Satisfacción en la que descubrirá su Jardín. Y esto es el Islâm, la Rendición a Allah, que sintoniza al hombre con la Verdad y desbarata sus angustias.

 

            35- Y sus palabras: “Si hacéis un bien en público o lo reserváis para la intimidad, o disculpáis un mal, Allah es Indulgente y Poderoso”, “¡Que disculpen y pasen por alto! ¿Es que no os gustaría que Allah os disculpara? Allah es Perdonador y Compasivo”.

 

            Y puesto que Allah es hábil en urdir trampas en las que confunde a quienes contravienen su Querer y escogen lo que detesta para acabar en el Fuego de la privación, la única manera de procurarse a uno mismo cierta seguridad es la de, por un lado, seguir la Revelación escrupulosamente, y, por otro, ya que ello es insuficiente, provocar el perdón de Allah siendo tolerantes, tal como el Corán enseña. Y, así, en el primero de los dos versículos traidos a colación por Ibn Taimía, el Nombre de Allah ‘Afuw, Indulgente, aparece acompañado por el de Qadîr, Poderoso, y esto quiere decir que el Poder de Allah (Qudra) no tiene límites, y si Él lo desea perdona los dzunûb, las contravenciones de su siervo (‘abd, siervo, ser humano). En el segundo caso, se emplea el término Gafûr, que también significa Indulgente, Perdonador, que aquí aparece acompañado de Rahîm, Compasivo. Esto significa que no hay nunca nada definitivo, que todo está a merced de la Voluntad Libre de Allah, dejando así una puerta abierta por la que hasta el más perverso puede aspirar a la Rahma de su Señor, del mismo modo que hasta el más recto y cumplidor con la Ley con ello no tiene garantizado nada, siendo esto el generador de una tensión que nos obliga a lo esencial, a rendirnos a Allah, a realizar plenamente el acto de Islam.

            En el Corán, las descripciones que nos hablan de Allah en su violencia (como los citados en el párrafo comentado anteriormente), siempre son matizadas por otras en las que aparece su benevolencia, y es que ambos extremos son los configuradores de la realidad. Y en al-Ajira, en la vida que sigue a la muerte, habrá gentes destinadas a la Ira (dab) de Allah así como habrá gentes destinadas a su Misericordia (Rahma); unos serán pasto para su Fuego (Nâr) y otros para su Jardín (Yanna); los hay que serán doblegados por el poder reductor de su Majestad (Yalâl ) mientras otros contemplarán y disfrutarán de su Belleza (Yamâl). No hay para ello más razón que su Querer, por mucho que esto contravenga nuestras ilusiones y nuestros deseos de controlarlo todo, y supera con mucho nuestros criterios, esfuerzos y deseos de seguridad. Se trata de la gran incertidumbre, en la que, por lo demás, existimos ya y que buscamos relajar con sucedáneos de la Verdad. Nuestro mundo es un signo en el que se alternan esos opuestos, pero toda su magnitud sólo será descubierta en la desmesura del universo en el que nos sumergirá la muerte.

 

            36- Y sus palabras: “A Allah pertenece el Amor propio, y a su Mensajero, y a los que se han abierto a Él”, y sus palabras en las que relata las de Iblîs: “Lo juro por tu Amor Propio: los tentaré a todos ellos”.

 

            Otra de las características de Allah es la ‘Íçça, el Amor Propio. Traducimos ‘Içça por Amor Propio y no por Poder porque no se trata de la simple Qudra. En la palabra ‘Içça hay más matices: significa, efectivamente, poder, fuerza, pero también incluye las nociones de singularidad, ser único, vencer y derrotar a un oponente, sentido y valoración de sí mismo. Allah es ‘Açîç, Poderoso, Singular, Valioso... Y ello es reconocido hasta por Iblîs (Shaitân). Y lo traducimos por Amor Propio porque el término ‘Içça con frecuencia aparece asociado a la idea de Kibriyâ, la Arrogancia de Allah.

            Allah es Grande (Kabîr), y es Inmenso (‘Azîm), y reconoce su propia Majestad y le da riendas. Es más, la creación no es más que exhibición de su Grandeza. Y ser invisible para sus criaturas, ocultarse tras un Velo (Hiÿâb), no es un ejercicio de humildad, sino de todo lo contrario, es altanería y soberbia. Es así como Allah se hace justicia a sí mismo y hace participar de su Amor Propio al Rasûl, es decir, a su Profeta (s.a.s.), y también a los mûminîn, los que se han abierto a Él, sus íntimos (awliyâ). Por ello, los alza por encima del Kufr, el rechazo y la negación, los saca de la ignorancia y los hace triunfar en la inmensidad de los horizontes infinitos del Islam.

            La Arrogancia -que en Allah es justicia y verdad- en el ser humano, como no sea fruto espontáneo de su adhesión incondicional a Allah, es mentira y engaño, fingimiento y presunción. En sí, el hombre es nada, y únicamente en Allah saborea la Grandeza, y sólo entonces puede traducirla.

 

            37- Y sus palabras: “Bendito es el Nombre de tu Señor, Dueño de la Majestad y la Generosidad”. Y sus palabras: “Sírvele y persevera en su servicio, ¿es que conoces a otro con el mismo Nombre?”, “Él no tiene equivalente”.

 

            Allah es fuente de Báraka (Bendición), que significa crecimiento, prosperidad, fertilidad,... Es más, su Nombre (Ism) es un vórtice de Báraka, es decir, su pronunciación tiene la virtualidad de despertar en el ser humano una lucidez que lo enriquece, que lo hace crecer, que desata nudos y abre ante él puertas insospechadas. Y es porque Allah es Majestuoso y Generoso, es el Dueño de la Majestad y la Generosidad (Dzû l-Yalâli wa l-Ikrâm), es Grande y derrama sobre su siervo sus dones incensables. La creación (jalq) es signo de ello, e indicio para el dotado de inteligencia, que debe buscar más en su Señor al saber que es Inagotable.

            El Corán nos ordena servir a Allah. Ese Servicio (‘Ibâda) consiste en reconocerle y reconocernos, es decir, ser conscientes de nuestra ‘Ubûdía, de nuestra absoluta sujeción a Él en la raíz misma de nuestro ser. Somos sus ‘ibâd, sus servidores, sus esclavos, es decir, traductores y ejecutores de su Voluntad, como todas las criaturas. En cada instante, sin darnos cuenta, realizamos lo que Él quiere; y sólo el Nafs, la conciencia de nosotros mismos que Él ha creado en nosotros nos impide sentir esa sujección absoluta, independizándonos sólo en apariencia. El musulmán supera ese escollo y descubre su verdad ejercitándose en la ‘Ibâda, en la realización de Prácticas que son la forma que adopta el Servicio y en las que nos abandonamos por completo a Allah, pronunciando su Nombre, desencadenando su Bendición, y proclamándolo nuestro Señor (Rabb), es decir, nuestro Motor. El Corán nos ordena perseverar en ellas hasta que nos sea retirado el velo del Nafs que nos impide conocer realmente a Allah y nos despista por sendas lejanas.

            Con la ‘Ibâda, es decir, con las Prácticas islámicas (el Recogimiento espiritual -el Salât-, el Ayuno, el Çakât, la Peregrinación, el Dzikr,...) incidimos en la raíz de nuestro ser, trabajamos sobre ese nervio, y la insistencia -si Allah lo quiere- retira el ego con el que nos apartamos de la Verdad. Y si esto no sucede en vida -si Allah lo quiere- tendrá su recompensa junto a Allah, ante el que tendrá lugar la Visión.

            Todo esto es destacado por Ibn Taimía en el contexto de la Majestad de Allah, que es el espacio en el que estas disposiciones adquieren su plenitud así como muchos otros significados que se entrelazan para dar consistencia y grandeza a los gestos de los musulmanes.

 

            38- Y sus palabras: “No inventéis iguales a Allah, siendo así como sabéis (que Allah no tiene iguales)”, “Hay entre las gentes quienes adoptan ídolos al margen de Allah, y los aman como debiera a amarse a Allah”.

 

            Hemos hablado -al comentar los pasajes anteriores- del Yalâl de Allah, su Majestad Absoluta, y de su ‘Içça, su Amor Propio, con el que da fe de su Grandeza. En ello radica su Gáira, el Celo. Además, el Celo es complemento de su Unidad-Unicidad: no hay Gáir, no hay Otro, sólo Allah. Es así como en la palabra Gáira coinciden dos complementos, el de su Singularidad y el de su Amor Propio.

            Cuando el ser humano ‘asocia’ otros (agyâr) a Allah, cuando inventa y adora dioses, cuando acepta ídolos, cuando se rinde a las circunstancias, cuando considera que algo ‘comparte’ el Poder Creador y es eficaz, cuando imagina que algo a parte de Allah tiene entidad y consistencia, entonces ataca esos dos principios. El Shirk, el acto de asociar algo a Allah es, por un lado, ignorancia espiritual que nada sabe de la Unidad, y es, por otro lado, desencadenante de la Ira de Allah, que es la reacción de su Amor Propio.

            En el primer versículo coránico citado por Ibn Taimía está la prohibición expresa de imaginar o considerar algo igual a Allah, pero además hay un matiz especial: el ser humano ya sabe que Allah es Uno-Único, sin par. Ese saber íntimo e inarticulado es el de la Fitra, el de la naturaleza primordial del hombre. En su raíz, donde el ser humano áun ‘está cerca’ de Allah, de lo original, de la vida en su fuerza primitiva, ahí el hombre sabe de Allah, intuye lo Absoluto, lo siente en la inmediatez y palpita inmerso en esa Verdad. Sólo el distanciamiento fruto del devenir, del vértigo de la existencia y de la perversidad, disimula la fuerza de esa vivencia en la esencia de las cosas. En cierta ocasión, el Profeta (s.a.s.) enseñó que todo recién nacido está en estado de Fitra, pero sus padres lo hacen judío, cristiano o zoroastriano. El Islam -la rendición a Allah- es recuperación de la Fitra. Por eso, en el Islam es tan importante el Recuerdo (Dzikr), que consiste en el empeño por volver a saborear la existencia en su Fuente, en la energía en eclosión donde el hombre está en los aledaños de la Verdad Creadora, recién emergido de Ella.

            El segundo versículo nos habla del amor (hubb o mahabba) que el hombre siente por sus dioses e ídolos. Ese amor es la inclinación hacia aquello que genera esperanzas y es causa también de miedos. Pues bien: el hombre, al desviarse hacia sus fantasmas, enfonca sus emociones hacia lo que carece de realidad, y acaba frustrado al no encontrar nada. Si conociera a Allah, si supiera de la verdadera magnitud de su Realidad y la insustancialidad de sus quimeras, entonces dirigiría en exclusiva hacia Él sus miedos y sus esperanzas, centraría en Él los componentes de su pasión.

CONTINUACIÓN