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Revista
Anaquel de Estudios Árabes: Vol. 13 (2002): 131-150.
Editada por la Universidad Complutense de Madrid
Los
últimos estudios realizados sobre el Ajbâr Maŷmû´a
nos obligan a rectificar ciertas teorías que, expuestas en dos artículos previos
[1], afectan a la parte denominada por Sánchez Albornoz
"Historia de la invasión y de los valíes" [2], fragmento cuyo análisis
nunca nos dejó plenamente satisfechos.
La
irregularidad de su estilo y lenguaje nos llevaba a deducir la intervención de
varias manos, pero no nos sentíamos capaces de precisar qué párrafos pertenecían
a cada autor en particular o si determinadas frases, calificadas por Sánchez
Albornoz de eruditas, correspondían a interpolaciones del cronista del siglo IX
o formaban parte intrínseca de su propia redacción. Ante la imposibilidad de
encontrar respuesta a las muchas interrogantes que se nos planteaban, en el
articulo "Los autores del Ajbâr: ¿Los Tammâm b. 'Alqama?" optamos por dos
hipótesis: la de considerarlos apuntes de Tammâm b. `Alqama que más tarde fueron
ordenados y retocados por Tammâm b. 'Âmir, o la de atribuir a este segundo su
autoría, aunque sugiriendo la posibilidad de que a las noticias recogidas por él
agregara otras tomadas de notas de su antepasado.
Dado
que dichas suposiciones no terminaban de convencernos, cuando ya habíamos
prácticamente concluido un segundo artículo, "El Ajbâr Maŷmû´a
: una obra polémica" , decidimos efectuar una nueva y minuciosa lectura
de la primera parte con la esperanza de clarificar alguna de las muchas dudas
que seguían martilleando nuestra mente. Al prestar atención a sus contenidos y
tratar de captar en qué momentos el estilo de la redacción variaba
sensiblemente, creímos percibir que la historia de la conquista y la
correspondiente a los valíes habían sido concebidas por dos autores con una
mentalidad y cultura muy distinta y que dichas páginas contenían, además,
interpolaciones de una tercera mano.
El
deseo de comprobar hasta qué punto dicha tesis no era fruto de nuestra
imaginación nos llevó a examinar los datos ofrecidos en ambos trabajos sobre las
voces y expresiones localizadas en las treinta primeras páginas y pronto
descubrimos que permitían corroborar la nueva hipótesis, además de sacar a la
luz el grave error cometido en los anteriores análisis. Al haber partido de una
premisa falsa, la de dar por sentado, siguiendo la opinión de los estudiosos del
Ajbâr , que los
relatos de la conquista y de los valíes formaban un sólo cuerpo, comparamos su
lenguaje y estilo con el de otros fragmentos para después sacar conclusiones
relativas a todo él y achacar su irregularidad al hecho de estar ante
tradiciones orales tomadas de narradores que hablaban un lenguaje distinto.
Al
comprobar que los últimos estudios obligaban a distinguir dos crónicas y,
consecuentemente, a rectificar afirmaciones previas, decidimos, tras ampliar
nuestra investigación, preparar el presente artículo, que se dividirá en tres
partes. La primera la dedicamos a la
"historia de los
valíes", atribuida por nosotros al autor del siglo VIII;
la segunda al
"relato de la conquista"
, fragmento que, pensamos, fue redactado por el historiador y poeta del
IX; en la tercera y última damos a conocer, a modo de conclusión, nuestro
parecer de cómo se fue creando y reconstruyendo la hasta ahora llamada
"historia de la
invasión y de
los valíes" y
complementamos dicha visión con la correspondiente al resto de la obra.
1. LA HISTORIA DE LOS
VALIES DE AL-ANDALUS
En
nuestra opinión, el texto árabe que abarca desde el inicio de esta crónica hasta
la página 4.8 [3] y desde la 20.15 [4] hasta la 30.10 debe atribuirse al autor
de la llamada "historia de las guerras
civiles" [5], es decir, al guerrero y tradicionista del VIII que
venimos identificando con Tammâm b. `Alqama. He aquí los motivos que nos mueven
en la actualidad a formular dicha afirmación:
1.1. Contenidos y modo de expresarlos
Lo
primero que llama la atención es lo inapropiado del título asignado a este
fragmento, "historia de los valíes de
al-Andalus" , cuando su lectura pone de manifiesto que la
intención de su compositor no es la de informar sobre los sucesivos personajes
que gobernaron dicha región, sino la de transmitir noticias en torno a dos
puntos muy concretos: los problemas internos que tuvieron que afrontar los
califas omeyas de Damasco, los cuales ocasionaron la pérdida temporal de
territorios en la zona oriental y el cese de expediciones a Ifrîqiya; y la
preocupación de éstos por conquistar nuevos territorios en Occidente y
consolidar su dominio sobre ellos, política que en un principio se centra en el
Norte de África, para más tarde extenderse a al-Andalus.
El
libro se inicia (p. 2.6-4.8) con alusiones a las guerras intestinas que tuvieron
lugar en Oriente, debidas por un lado al alzamiento de Ibn Zubayr que, apoyado
por los habitantes de la Meca y Medina, trató de arrebatar el trono a los
Omeyas; por otro, a las sublevaciones dirigidas por Ibn al-Aš'at en Jurasán y
por los Azraqíes de Iraq, ocupándose su autor de destacar cómo dichos conflictos
permitieron a bizantinos, kurdos y persas recuperar antiguos territorios,
"expulsando de ellos a los sirios"
. Después, y dando importancia capital al periodo de `Abd al-Malik y de
al-Walîd,
explica que el primero "los combate
enérgicamente y los arroja de algunas comarcas"
, siendo su sucesor
"el que penetre hasta los últimos confines
del territorio, y consiga reconquistar las ciudades tomadas por bizantinos y
persas" , aunque no así las que estaban en poder de los kurdos.
En lo
que atañe a la política exterior de los Omeyas ofrece una exposición muy
desordenada y, en su deseo de ligar los avances en el Norte de África con los
desórdenes surgidos en Oriente, va y viene sobre determinados califas incluyendo
al antepasado del fundador de la dinastía omeya. Cuenta que las sublevaciones
contra `Utmân provocaron la interrupción de expediciones a lfrîqiya y
permitieron a los berberiscos recuperarse pero que,
"sosegada aquella perturbación bajo Mu'âwiya, se reanudan las conquistas".
Asimismo, da a conocer que en el periodo de su sucesor, Yazîd b.
Mu'âwiya (680-3), `Uqba b. al-Nafî fortifica Qayrawân, combate Tánger y es
derrotado y muerto por los beréberes de la tribu Awraba. Por dos veces se
detiene para destacar que "de todo los
países fronterizos ninguno le preocupaba tanto a al-Walîd como Ifrîqiya"
y, tras informar que encargó el gobierno de dicha región y de zonas
ulteriores a Mûsá b. Nusayr, hablará de los componentes de su ejército y de los
logros que consigue. Los datos que en este caso está interesado en transmitir
son los siguientes: Mûsà salió de Oriente con un grupo de voluntarios
"del que no formaban parte tropas de los ŷ und-s de Siria" ; en Egipto se sumaron contingentes de la colonia
militar allí establecida; continuó su marcha y, llevando como jefe de la
vanguardia a Tarîq b. Ziyâd, conquistó comarcas y ciudades beréberes hasta
llegar a Tánger, de la cual se apoderó por primera vez
"aunque algunos opinan que ya
había sido conquistada y perdida" ,
dato que "solo Dios sabe si es
cierto" (Allahu a'lam) . Finalmente, cierra esta breve
introducción o primera parte del fragmento, en la que en ningún momento se
menciona al-Andalus, con la frase: "Mûsá escribió al califa al-Walîd
informándole de todo lo sucedido" (4.8).
Aunque
estamos convencidos de que los papeles originales contendrían alguna noticia
sobre la conquista de la Península el cambio radical de estilo y lenguaje, que
se constata a partir del siguiente párrafo [6] y hasta la página 20.11,
nos
lleva a apoyar la
existencia de un segundo cronista el cual, tras copiar al pie de la letra las
primeras páginas, decide redactar las correspondientes a “la historia de la
invasión”, para después, una vez descrita la muerte de ´Abd al-Azîd b.
Mûsa,
volver a reproducir los viejos apuntes relativos al gobierno de los primeros
valíes, quizá porque la historia de lo sucedido en Oriente ni la de los
gobernadores de Al-Andalus anteriores a ´Uqba eran objeto de su interés.
La
considerada por nosotros segunda parte del texto tradicionalista del siglo VIII
se inicia con “el califa que viene
después [de al-Walîd] es Sulaymân b. `Abd al-Malik, bajo cuyo gobierno se
conquistaron muchas ciudades” , y semeja compartir con la primera un
enfoque similar; el de visualizar los acaeceres desde Oriente. El objetivo de su
compositor es el de informar de manera muy superficial de los principales
acontecimientos que tienen lugar en Occidente “bajo los sucesivos Califas de
Damasco” y el de dar a conocer el nombre de los más destacados gobernadores que
eligieron para Ifrîqiya y de los que a su vez estos últimos o bien soberanos
omeyas nombraron para Al-Andalus.
Si
centramos la opinión en las noticias referentes a la Península Ibérica vemos que
, a pesar de intercalar algunas anécdotas, ofrece algún relato llenos de lagunas
y errores, además de ser escueto, impersonal y confuso [7]. A las palabras de S.
Albornoz (ob.cit, p. 204) de que “el
autor del primer fragmento ignora todo o casi todo de la historia de los valíes”
hemos de añadir que no se preocupa de presentar la lista completa de
los gobernadores [8]; comete incorrecciones al reproducir sus nombres o de la
tribu a la que pertenecen [9]; no siempre los cita en el orden adecuado [10] y
con respecto a algunos bien da noticias contradictorias [11], bien silencia o
expone de manera ambigua los sucesos acaecidos bajo su mandato [12].
Significativo es también que frente a la breve y árida información de lo
sucedido en al-Andalus guste narrar anécdotas o detenerse para explicar con
detalle hechos ocurridos en Oriente o en el Norte de África. Así vemos, por
ejemplo, que primero mostrará su interés en reproducir el episodio relativo al
nombramiento de Ibrâhîm y al Samh, recaudadores de impuestos, y cuya honradez
impulsará al califa 'Umar a encargarlos respectivamente del gobierno de lfrîqiya
y al-Andalus; después contará las circunstancias que rodearon la nominación de
'Uqba
por parte 'Ubayd Allâh b. al-Habhâb, walí de Egipto, anécdota que no dudamos fue
manipulada por el tercer cronista. Más tarde se detendrá a explicar la auténtica
razón que movió a los beréberes africanos a unirse y rebelarse al mando de
Maysara, no olvidando mencionar a qué secta pertenecían y resaltar que dicha
revuelta no fue motivada por lo que el vulgo contaba sino que tuvo carácter
religioso-político. Finalmente, dedicará un amplio espacio a describir el
encuentro de Mûsá con el califa Sulaymân.
En
suma, del análisis de sus contenidos hemos extraído las siguientes conclusiones:
a) La
exposición que ofrece no es la propia de un andalusí interesado por los
personajes que han gobernado su país y por transmitir noticias puntuales y
pormenorizadas, sino la de un tradicionista que vive lejos de al-Andalus y que
trata de recoger, para después transmitir, alguna información sobre la última
región conquistada por los Omeyas. Es más, podemos incluso precisar que estamos
ante un sirio porque sólo alguien oriundo de dichas tierras daría ese especial
enfoque a la que se supone es una
"historia de los valíes de al-Andalus" .
b) El
interés que muestra en las primeras páginas por los asuntos de Ifrîqiya, y el
que se preocupe de indicar cuándo en una expedición a dicha zona participaron
tropas de los ŷ und-s sirios, parece revelar que estamos asimismo ante un
guerrero que espera la ocasión de partir junto con sus hermanos a luchar contra
los beréberes del Norte de África.
c)
Todas esas vaguedades y errores tienen fácil explicación cuando se piensa que
está basada en tradiciones orales que ha escuchado en un país alejado de aquél
donde ocurrían los hechos y que son apuntes tomados en una época en la que, por
no existir textos escritos, no resulta posible compulsar datos. Asimismo, ese ir
y venir sobre un suceso o el ofrecer de manera desordenada, y a veces
repetitiva, determinadas informaciones sugiere que, además, nos encontramos ante
simples notas, recogidas para uso personal y perteneciente a alguien que no
puede recibir aún el calificativo de
ajbârî
, aunque su interés por la historia le lleve a reunir noticias.
1.2. Observaciones sobre
su estilo y lenguaje
Al
volver sobre las notas que presentamos en previos artículos relativas al
lenguaje, estilo y estructura de la
"Historia de la invasión y de los valíes" , y que nos movieron a
defender la existencia de una cierta unidad entre los dos primeros fragmentos,
nos vemos obligados a rectificar y a precisar que sólo la parte que acabamos de
analizar guarda relación con la llamada "crónica siria".
Característica de ambas, y no de la correspondiente a la conquista, es la de
haber sido estructuradas de manera similar, mediante el uso, a modo de
titulillo, de la fórmula
ra ŷ a'a al hadît
para anunciar que tras dar por concluido un jabar va a enlazar
con otro del que habló previamente; y el detenerse con el propósito de adelantar
que más tarde volverá sobre el tema ahora aludido o bien para recordar que antes
ha hecho referencia al mismo personaje o evento. Así vemos que la citada fórmula
sólo la encontramos en estas páginas y en las que hemos atribuido al autor del
siglo VIII [13]; que de los cuatro incisos cuya función es avisar que
"en su lugar oportuno" retomará
la historia de la que acaba de tratar, dos, referidos respectivamente al
alzamiento de Pelayo (28.11)
[14] y a la entrada de Bal ŷ
(29.78) [15] ,
se ubican en esta parte y dos en la historia de las guerras civiles [16].
Asimismo, en las páginas de la crónica siria por dos veces recuerda que está
haciendo referencia a sucesos tratados en la historia de los valíes, Primero, al
iniciar el relato de la sublevación de los beréberes precisa:
"ya hemos explicado la causa que les había
unido e impulsado a rebelarse" (31.14), lo que ha hecho en 28.12-15;
después, al aludir de nuevo a Pelayo añadirá:
"del que hicimos mención al comienzo de
nuestro libro" [17]. En nuestra opinión, el que las mencionadas
expresiones se localicen en el fragmento que aquí analizamos y en la crónica
siria es prueba de que ambos cuerpos salieron de la pluma de un mismo autor,
mientras que su ausencia en las páginas relativas a la invasión, estructurada de
forma diferente, impulsa a atribuirlas a un cronista distinto.
En la
misma línea, si se fija la mirada en otras expresiones y vocablos también se
constata que se identifica con la crónica siria y se aparta de la relativa a la
conquista. La expresión
"no sé" (lâ adrî)
[18], propia de un escritor sencillo que no teme confesar su
ignorancia de un dato o hecho determinado, sólo se registra en los dos
fragmentos que ahora asignamos al mismo autor; e igual sucede con el uso del
término hadît, que antes suponíamos característico de los dos primeros cuerpos.
Los últimos estudios han permitido comprobar que la distribución de sus doce
ocurrencias es la siguiente: dos en las páginas de los valíes (29.8,9) y las
diez restantes en las de las guerras civiles (37.11, 50.10; 51.1; 54.6 (2 v.),
56.3, 67.1,15; 85.14; 100.15). En contraposición, el término ajbar, utilizado
frente a hadît por el segundo cronista, se consigna en el relato de la invasión
(7.12).
También es posible señalar equivalencias con otros vocablos si no fuera porque
el uso de algunos no resulta especialmente significativo al encontrarse ligado
al contexto. Como ejemplo sólo citaremos ŷ und, la voz más utilizada en la
crónica siria como definitoria de tropas. Dicho término hace acto de presencia
en la primera parte (4.1 (2.v.), 4.2) y en la alusiva a los gobernadores
andalusíes (22.13; 23.3; 24.6) pero no así en los relatos de la conquista",
donde únicamente se habla de ejércitos concebidos como
`iskar (9.9) y sobre todo
ŷ ay š (8.6; 10.2,3,7; 12.7,9; 13.1,7,8,14; 18.12).
Finalmente, particularidad propia del compositor de la
"historia de los valíes" es la
de expresarse en un lenguaje que a veces resulta confuso y el de emplear de
manera exclusiva determinadas voces [20] y expresiones. Un ejemplo lo tenemos en
wa-dâlika anna-hu
“y eso es que” (21.7, 22.11, 23.2; 24.1; 30.5), a la que acude
cuando desea explicar o ampliar un dato; locución no utilizada por el redactor
de la conquista, a pesar de su inclinación por los añadidos. El motivo de ello
es, a nuestro entender, el haber sido escrita por un hombre joven, por un
principiante que ama la historia y ha empezado a tomar apuntes de lo que oye,
pero que todavía no los transforma para darles un estilo propio.
En
suma, si hacemos una recopilación de nuestras observaciones sobre esta parte,
vemos que encajan perfectamente con el personaje al que consideramos autor de la
crónica siria y de los anales de `Abd al-Rahmân, es decir, con Tammâm b. `Alqama,
guerrero que abandonó su país para luchar contra los beréberes norteafricanos,
entró en al-Andalus con la tropas de Bal ŷ , apoyó la causa de lbn
Mu'awiya, se
convirtió más tarde en su hâ ŷ ib y qa'id, y es narrador al que cronistas
posteriores citan como transmisor de sucesos acaecidos en al Andalus y de los
que él ha sido protagonista [21]. Ahora bien, las claras diferencias que se dan
entre los otros dos fragmentos que le hemos atribuido en anteriores artículos y
el que aquí examinamos, caracterizado por su desordenada exposición y por sus
vaguedades y errores, nos llevan a añadir algunas observaciones: Estamos ante
viejos apuntes que tomó en Oriente cuando era muy joven y aún no tenía intención
de fijar su residencia en tierras andalusíes. Dichas notas no fueron retocadas
ni reelaboradas porque en el momento en que puso su pie en la Península dejo de
valorar las noticias del pasado para interesarse únicamente por los
acontecimientos que afectaron a él y a sus compañeros sirios en la nueva región
donde se había establecido y en la que concluiría sus días. Es natural que la
crónica creada en la segunda fase de su existencia se distinguiera claramente de
la anterior; primero, por recoger hechos vividos por su autor o tomados de
labios de contemporáneos suyos; segundo, porque en esa época ya se ha había
convertido en un auténtico tradicionista.
2. LA HISTORIA DE LA INVASION
Cuando
se examinan con detenimiento las páginas relativas a la invasión árabe y se
contrasta su lenguaje, estilo y contenidos con los propios del fragmento al que
acabamos de aludir, enseguida se percibe que han tenido que ser redactadas por
un personaje distinto. He aquí algunas de sus características.
En
primer lugar su autor ofrece una descripción bastante amplia y pormenorizada de
la conquista de al-Andalus, aunque, como bien se ha señalado, no sea completa y
contenga algunos errores. Imperfecciones que no sorprenden si se tiene en cuenta
que estas páginas recogen tradiciones orales de sucesos acaecidos a comienzos
del siglo octavo y han sido redactadas en el noveno, quizá en tiempos de
Muhammad (852-886), cuando
aún no era posible consultar documentos oficiales o crónicas escritas para
compulsar y ampliar los datos que, salidos de labios de historiadores o de
narradores de oficio, se habían reunido.
Comienza centrándose en Julián y en los motivos que le llevaron a someterse a
Mûsa y a incitarle para que, con su ayuda, se apoderara de al-Andalus; a
continuación habla del envío de una expedición al mando de Tarîf y de cómo sus
informes y el botín conseguido traen el paso de tropas dirigidas por Târiq b.
Ziyâd, que ahora entran con la finalidad de iniciar la conquista. Después de
detenerse a describir con todo tipo de pormenores el enfrentamiento del ejército
árabe y del comandado por Rodrigo, pasa a la exposición de la toma de sucesivas
ciudades por parte del ejército de Târiq así como de los tres destacamentos que
envía, al mando de otros generales, cuando en Écija decide dividir sus tropas y
dirigirse con una parte de ellas, la más numerosa, a Toledo. Una vez que ha
concluido con las "noticias" relativas a los logros conseguidos por
Târiq,
introduce las correspondientes a Mûsá. Comienza con información sobre su entrada
y el número de gentes que le acompañan; sigue con sus conquistas: Medina
Sidonia, Carmona, Sevilla, Mérida, y con el encuentro de ambos dirigentes en
Toledo, y termina con la exposición de las circunstancias que rodearon la salida
de Mûsá hacia Oriente, acompañado de Târiq y Mugît, añadiendo como epílogo el
relato de la muerte de `Abd al Azîz b. Músá.
A
nuestro entender, frente al autor de la historia de los valles, presenta los
hechos de manera ordenada, pues sólo en una ocasión vuelve sobre un mismo relato
[22], distinguiéndose también por ofrecer una descripción bastante detallada en
la que abundan las anécdotas y las continuas interrupciones, cuya finalidad
semeja ser el hacer gala de los conocimientos adquiridos sobre la conquista del
país donde vive y de la historia de su pasado.
Este
segundo compositor trasluce una clara inclinación por las leyendas de sabor
popular que responden o pueden responder a una realidad histórica y su rechazo
por todas esas fábulas y hechos maravillosos que, inventados por los
historiadores egipcios, hallaron eco en crónicas como la de `Abd al-Malik b.
Habîb, Ibn `Abd al-Hakam e incluso en las de Ahmad al-Râzî y de Ibn al
Qûtiyya.
Él no concibe a Mûsá leyendo en las estrellas el anuncio de la conquista, ni
habla de fortalezas de cobre defendidas por genios o de cofres con demonios
encerrados por Salomón, ni tampoco menciona ese palacio de Toledo, al que alude
Ibn al-Qûtiyya, y donde Rodrigo, una vez violada su entrada, halló un dibujo de
los árabes, acompañado de una inscripción donde se predecía la caída en sus
manos del imperio godo. Como auténtico historiador no admite en su obra relatos
que desprendan un fuerte olor a prodigio pero, de la misma forma, su vena
literaria le mueve a prestar una especial atención a narraciones que, por
encerrar matices épicos y legendarios, resultarían más atractivas a la
audiencia. Esto le lleva a describir con todo detalle las estratagemas que los
árabes utilizan para la toma de Córdoba [23], Catmonaz [24]y Mérida [25], así
como las que a su vez emplean los cristianos de Tudmir para obtener una paz
honrosa, relatándose en este caso el mismo ardid que usaron en Oriente los
defensores de Ha ŷ r al ser sitiados por Jâlid ochenta años antes [26].
De la
lectura de este fragmento se deduce también el afán de su autor por ofrecer
información lo más completa posible sobre las tropas invasoras y las
circunstancias que rodean su entrada. Precisa el número de los que forman los
sucesivos ejércitos de la conquista, así como el de las naves que los
transportan, y continuamente se detiene para agregar explicaciones sobre los
datos que acaba de aportar. Según su versión, Tarîf pasó en cuatro barcos con
400 hombres de los que 100 eran jinetes (6.4-5); Târiq, que también utilizó las
mencionadas naves, "por ser las únicas que tenían", llegó con 7.000 peones y
jinetes, la mayor parte de los cuales eran beréberes y mawâlî (6.11-71) y, al
comprender que dichas fuerzas no podrían contrarrestar al poderoso ejército de
Rodrigo, de unos 100.000 hombres y no más,
"por haber sufrido tres años seguidos de
sequía y hambre" , escribió a Mûsa quien le mandó otros 5.000, ahora
en nuevos barcos recién construidos, por lo que sus tropas alcanzaron la cifra
de 12.000 (7.9-10). Más tarde y, tras haber señalado que Mugît realiza la
conquista de Córdoba con 700 jinetes, sin peón alguno, debido a que las
victorias anteriores le han proporcionado suficientes caballos para todos
(10.5-6), informará del paso de Mûsá con 18.000 hombres, paso que atribuye a la
envidia sentida al enterarse de las hazañas de Târiq (15.6-7).
Son
muy abundantes también los incisos reveladores de que el redactor de la
conquista es una persona con amplios conocimientos geográficos e históricos.
Como tal indica el momento en que una fuente o un desfiladero han tomado el
nombre de Târiq (9.13, 14.14), o Algeciras el de Tarîf (6.7); explica el porqué
una torre es denominada "la de los Mártires" (17.10) o a Orihuela se la llama
Tudmir (15.1) y, en general, acompaña la mención de una ciudad de alusiones a
sus construcciones e incluso a su historia. Datos que proporciona entre otros
son los siguientes: Algeciras era arsenal (dâr al-sinâ'a) y punto del que
zarpaban las naves (6.6); Almeida fue llamada así porque en ella se encontraba
la mesa de Salomón, que describe con todo lujo de pormenores; Carmona era una de
las ciudades más fuertes de al-Andalus (15.1516) y tenía una puerta con el
nombre de Córdoba (16.5); Mérida, donde residían grandes señores, era notable
por sus edificios y monumentos (16.6-10), y lo mismo sucedía con Sevilla,
situada ala orilla de un río que no podía pasarse a nado (17.10) y ciudad que
fue capital del reino en tiempos de los romanos hasta que los godos la
conquistaron y trasladaron su sede a Toledo (16.6-9).
Ahora
bien, si como hombre culto gusta detenerse a hablar de aquellos lugares cuyas
características e historia conoce, el análisis de la información que ofrece
sobre Córdoba hace sospechar que ha residido en dicha capital, pues propio de
los oriundos de una villa es el no limitarse a señalar el nombre, función o
emplazamiento de un edificio sino el aprovechar su mención para explicar la
suerte que ha corrido hasta llegar a sus días, lo que a menudo hace mediante la
introducción de un "hoy". Así vemos que, además de indicar que "Córdoba, fue una
de las ciudades más importantes" y añadir: "y es hoy alcazaba de al-Andalus, su
Qayrawân y el lugar donde reside su rey" (10.4-5), cuenta que la llamada
antiguamente, cuando no había puente por estar destruido, puerta de Algeciras
(11.12-3; 21.1 1), situada frente a un río que distaba del muro 30 codos
(11.3-4), es la que en su tiempo se denominaba puerta de la Estatua o del Puente
(10.15; 11,11). Asimismo, sabe que la puerta occidental era la de Sevilla
(12.3-4); que en la parte oeste de dicha ciudad existía una iglesia dedicada a
San Acisclo (12.45), que recibió el nombre de iglesia de los prisioneros (14.10:
kanîsa I-asrá ) después de que Mugît tomara cautivos a los cristianos que se
habían refugiado en ella, o que junto a la capital, entre la alquería de Secunda
y Tarsay, había un bosque de cedros (10.9-10).
Finalmente, el examen de todas esas frases cuya función es actualizar datos, y
entre las que se encuentran las que incluyen un "hoy", hace suponer que el autor
de la historia de la conquista realizó interpolaciones en la crónica siria y en
los anales de `Abd al-Rahmân I, aunque no siempre es posible distinguir qué
incisos explicativos forman parte intrínseca del relato y cuales han sido
incrustados en textos escritos con anterioridad. El hecho de encontramos ante
dos autores que han residido en Córdoba y son propensos a detenerse para dar
explicaciones sobre personas o lugares mencionados [27] y el que el primero
viviera en al-Andalus setenta años (741-811) [28], tiempo suficiente para
remontarse del pasado al presente, dificulta la labor de análisis, que sólo
alcanza resultados satisfactorios cuando el contexto o lenguaje proporcionan
datos complementarios.
Así
vemos, por ejemplo, que de las seis ocurrencias que contienen un "hoy"
únicamente tres se pueden atribuir con seguridad al cronista del siglo IX y una
al tradicionista del S. VIII [29]. Al primero pertenecen las dos
correspondientes al relato de la invasión, es decir, la ya mencionada alusiva a
Córdoba (10.4-5) y la referente a la torre de los Mártires, incrustada en uno de
esos párrafos que, según Sánchez Albornoz, tienen carácter erudito y sobre el
que volveremos más adelante; la tercera, ubicada en los Anales de `Abd al-Rahmân
I, es un claro añadido, motivado por el deseo de aprovechar la noticia de que
al-Bazî fue nombrado oficial de la guardia negra para informar de que entonces
"no se conocía la que hoy existe y que la estableció al-Hakam" (109.6), así como
de los cambios experimentados en la organización del ejército desde aquella
época. Del cronista del VIII es sin lugar a dudas la que reza (99.8): "al -Marwânî
y su hijo (`Abd Allâh) no han dejado de disfrutar de un alto rango hasta el día
de hoy”, locución de gran interés, por ser prueba indiscutible de que la crónica
siria tuvo que escribirse lo más tarde a comienzos del reinado de al-Hakam I
(796-821) [30], cuando el autor hace un alto para describir a `Abbâs b. `Abd
Allâh b. al Marwânî, nieto del primero, como personaje que forma parte de la
jâssa o corte al-Hakam y disfruta junto a él de una posición social a la que
nadie antes había llegado (127.16-128.2) [31], y no alude a sus antepasados, lo
que cabría esperar si no hubieran muerto.
Un
último punto atañe al examen de los mencionados incisos como medio de fechar
este fragmento. Si fuera cierto, como supone Sánchez Albornoz, que el compilador
y autor de la crónica de `Abd al-Rahmân III compuso en el siglo XI "la historia
de la invasión", podemos preguntarnos
¿por qué un escritor
con clara inclinación a interrumpir relatos referentes al siglo octavo, para dar
explicaciones y actualizar noticias, no se comporta de la misma forma al
historiar el décimo? De haber vivido en el XI o en el XII-XIII,
como algunos sugieren, lo lógico sería que, ateniéndose a su costumbre, al
redactar el reinado del primer califa omeya, hiciera referencia a los
descendientes de los muchos personajes que menciona, hablase de la suerte
corrida por algunos monumentos durante las revoluciones cordobesas y, sobre
todo, no guardara absoluto silencio en torno a sucesos de importancia capital
que tuvieron lugar tras la caída del califato. A nuestro entender, la ausencia
en la última parte -la relativa a an-Nâsir- de cortes que trasladen al lector a
una etapa posterior a aquella en la que se ubican los hechos narrados sólo tiene
una explicación; no se trata de un cambio de actitud sino de que nadie puede
hablar de tiempos que no ha vivido. En la misma línea, el que en la primera, la
centrada en el siglo octavo, su autor nunca aluda a personajes o hechos que
vayan más allá del siglo noveno, hace pensar que el límite de su vida no
sobrepasó dicha centuria. Tesis acorde con la atribución de este fragmento a
Tammâm b. `Âmir (803-896) que muy bien podría hacer aquí incisos para remontarse
a su tiempo, resultando también lógico que no actúe de igual forma en sus
"estampas de los emires" donde narra anécdotas o sucesos cuyos protagonistas son
o han sido contemporáneos suyos.
Lenguaje y terminología
El
análisis contrastado de los dos fragmentos que configuran la historia de la
conquista y la de los valles pone de manifiesto que en el primero se da una
clara unidad de estilo a la vez que se distingue del segundo por ser su
redacción fluida y elegante y por contener un vocabulario mucho más rico y
variado, características todas ellas acordes a la naturaleza de un literato que
cuida sus modos de expresión y no se conforma con reproducir al pie de la letra
las tradiciones orales que escucha sino que las reelabora y las transforma en
exposiciones con carácter y colorido propios.
En lo
que atañe a la terminología su examen revela que el autor de estas páginas,
además de utilizar un número mayor de términos que el cronista del VIII, a
menudo se preocupa de elegir aquellos que dentro de un determinado contexto
considera más adecuados. Por ejemplo, si nos centramos en los nombres utilizados
para definir a los habitantes de al-Andalus antes de la invasión se captan
claras diferencias. El compositor de la historia de los valles gusta concebirlos
como ahl
o
nâs 'gente' [32], y sólo en una ocasión, al aludir a los compañeros
de Pelayo, elige
il ŷ (28, 10), término que, por cierto, no se localiza en la obra de
Ibn al-Qûtiyya. Por su parte, el que aquí nos ocupa agrega a dichas
denominaciones otras muchas e incluso a veces acude a las que, piensa, se
acoplan mejor a los hechos históricos narrados como sucede con `godo' y
`romano'. Así vemos que los dos testimonios de
qûtîyûn
`godos' aparecen al hablar del pasado de Sevilla e indicar que
"fue la capital del reino antes de que
los godos se apoderaran de al-Andalus" (16.8) y al señalar que
"una vez concluida su conquista éstos
trasladaron la capital a Toledo" (16.9). En cuando a
rûmanî
`romanos [33] la única ocurrencia forma parte del mismo relato y, en
concreto, de una frase cuya finalidad es informar que en el siglo VIII "seguían
viviendo en Sevilla gentes de la nobleza romana (16.9:
šarif al rûmanî
) así como jurisconsultos y sabios en letras sagradas y profanas
de la misma procedencia que los anteriores [34]. Un tercer término es
yahûd `judío', cuyas apariciones se ubican en textos donde se señala
la costumbre de los musulmanes de dejar tropas a cargo de judíos en aquellas
ciudades donde los había (Granada, Córdoba y Béjar: 12.10 (2.v.); 14.11; 16.12)
y el hecho de que no pudieron hacer lo mismo en Málaga (12.13) por no existir en
ella habitantes de dicha etnia. Otros vocablos son
`a ŷ am `no árabe', del que
ofrecen dos ocurrencias [35], y la expresión
ahlu-l-balad (7.12) designando a gentes que acompañan a Julián y proporcionan
a Târiq información. Finalmente, en lo que afecta a voces de carácter religioso,
se ha de resaltar la ausencia de
nasrânî o de su plural
nasâra , usados por Ibn ´Ídarî [36] e ibn al-Qûtiyya [37], y de
expresiones definitorias de cristianos que han capitulado, empleadas por el
último [38]. Por su parte, en una ocasión, al hablar de la conquista de Écija,
emplea mušrik
“politeísta (9.11) como contrapuesto a musulmán", y por dos
veces pone en boca de un cristiano la exclamación ¡Por el Mesías! (5.10;
20.10-11: wa-l-Masîh
).
Significativo es también que sea en este fragmento donde se localizan voces cuyo
uso corresponde a una época tardía y que nunca salen de labios del autor del
VIII y expresiones que vienen siendo calificadas de eruditas. Dentro de las
primeras tenemos Granada y Málaga, topónimos citados aquí como capitales
respectivas de Elvira y de Rayya (12.12) y estudiados por Gómez Moreno [40] y
Sánchez Albornoz [41]. Una tercera voz es al-mawâlî que, según nuestras
investigaciones [42], no comenzó a utilizarse hasta el reinado de Muhammad y
vino a definir a un grupo social específico, el de aquellos que se consideraban
"parientes" de los soberanos omeyas.
Finalmente, y en lo que respecta al segundo tipo, creemos de interés detenemos
para resaltar la presencia en la historia de la invasión, y en dos claras
interpolaciones ubicadas en la crónica siria, de una curiosa frase que Sánchez
Albornoz califica de "pretenciosa" y "propia de un erudito satisfecho de su
ciencia", frase reveladora para nosotros de que el relato de la conquista y el
de los valies proceden de dos manos distintas. Frente a ese escritor sencillo
que no teme confesar mediante un "no sé" su ignorancia de un determinado dato,
el que aquí nos ocupa gusta resaltar que proporciona información conocida por
muy pocos. Esto lo hace primero al hablar del sitio de Mérida y, en concreto,
del ataque de Mûsá a una de las torres de la muralla junto a la cual perecen
muchos musulmanes. Después de indicar que por ello se llamó "torre de los
mártires" (17.11: bur ŷ al- Š uhâdâ), añade: "nombre que aún hoy día conserva
aunque son pocos los que conocen eso". Una expresión similar volvemos a
encontrar en el relato de la muerte de `Abd al-Malik b. Qatân, formando parte de
un breve párrafo, incrustado en un pasaje de estilo radicalmente distinto que,
en opinión de Sánchez Albornoz, "el compilador" ha interpolado para dar muestras
de su erudición". Después de leer el relato de la crucifixión del gobernador y
del robo de su cadáver por parte sus mawâlî beréberes nos encontramos, como
colofón, con la siguiente explicación (42.8-14): "Dicho pasaje se denominó
Maslab (lugar de la crucifixión de) `Abd al-Malik b. Qatân, nombre que conservó
hasta que Yûsuf -tiempo después- fue nombrado wáli y [su hijo] Umayya b. `Abd
al-Malik construyó en aquel lugar una mezquita a la que llamaron mezquita de
Umayya, lo que provocó la pérdida de la anterior denominación. La dicha mezquita
fue derruida mas tarde, el día de la sublevación de los cordobeses contra al-Hakam
b. Hi šâ m, quedando el lugar desierto por lo que ambos nombres, el de la
crucifixión y el de la mezquita, cayeron en el olvido, excepto para quienes
conocen eso. El tercer testimonio, juzgado por Sánchez Albornoz de
"interpolación desdichada y pretenciosa" [44], aparece en el pasaje donde se
describe la muerte de Yûsuf y la de Sâbiq al Fârisî, mawlá de los Banú Tamîm,
que en ese momento le acompañaba. En este caso también resulta patente que a la
frase alusiva a los lazos de clientela que unen al segundo con los Banü Tamîm,
una mano distinta, la de alguien informado de la familia de SÂbiq, ha añadido
(100.12): "los que carecen de conocimientos sobre él dicen que era mawlá de
Yúsuf, personaje de cuya descendencia únicamente queda en Zaragoza un paje o
servidor (wasîf)", para enlazar de nuevo con el antiguo relato: "Iban
desfallecidos por el rápido galopar y no llevaban consigo protección ni medios
para defenderse...".
En
suma, la lectura de este fragmento, con la atención puesta en su lenguaje,
estilo y forma de exponer los contenidos, afianza nuestra tesis de que la
historia de la invasión se redactó en época posterior a la de los valles y fue
obra de un personaje con cultura, inclinaciones y gustos muy distintos. Frente a
ese joven guerrero y tradicionista sencillo que, como autodidacta o aprendiz de
ajbârî, se expresa de forma desordenada y confusa, se alza ante nuestra vista
alguien que ha recibido una educación esmerada y gusta hacer gala de sus
conocimientos. Perfil que encaja perfectamente con el de Tammâm b. `Âmir,
cortesano y amigo de 'Abd al-Rahmân II, ministro de los tres últimos emires
omeyas y, ante todo, como le describe Ibn Hayyân, "literato, poeta, hombre
elocuente e historiador que gustaba transmitir antiguas tradiciones relativas a
al-Andalus"[45]. A ello podemos añadir que el poeta `Abd AllÂh b. Husayn b. 'Âsim
le tacha de engreído, vanidoso y petulante [46], es decir, le aplica el mismo
tipo de calificativos que Sánchez Albornoz adscribe al autor de estas páginas.
3. ULTIMAS OBSERVACIONES A MODO DE
CONCLUSIÓN
Queremos aprovechar este último epígrafe para ofrecer nuestra opinión sobre la
manera en que pudo irse estructurando el primer fragmento y, en general, el
conjunto de la obra denominada
Ajbâr Maŷmu`a
, aunque lo hacemos conscientes de que únicamente exponemos
razonamientos que hemos creído deducir de su estudio y que, por responder a una
visión muy personal, sólo pueden aceptarse en el terreno de las hipótesis.
La
composición del
Ajbâr Maŷmu`a
la inició en Siria un guerrero que, deseoso de conocer y
transmitir noticias sobre la historia de los Omeyas, empezó a tomar nota de lo
que oía a otros narradores aunque prestando una atención especial a los
conflictos internos que impedían a los soberanos de dicha dinastía ampliar sus
dominios en el Norte de África, región que acaparaba su interés, posiblemente
porque estaba ansioso de formar parte, junto con otros compañeros del ŷ und, de
una de las expediciones que salían hacia lfrîqiya para combatir a los beréberes
y realizar nuevas conquistas.
Este
primer autor, que identificamos con Abû Gâlib Tammân b. `Alqama (m. 811),
abandonó su país en el año 740, formando parte del ejército de Kultûm; entró en
al-Andalus con Bal ŷ , b. Bi š r; participó en las llamadas "guerras civiles";
ayudó a `Abd al-Rahmân a convertirse en el primer emir omeya andalusí y fue
durante su gobierno ha ŷ îb y jefe de sus ejércitos. Ahora bien, si como militar
desempeñó un papel importante en los acontecimientos que tuvieron lugar desde su
entrada en la Península hasta la muerte de Hi š âm, cuyas tropas también
dirigió, corto tradicionista se dedicó a narrar (techos vividos por él o que
conoció a través de compañeros suyos; actividad documentada por historiadores
que reproducen relatos de esta época introducidos por "me contó /contó Tammâm b.
`Alqama [47]. Es natural que en dicha etapa fuera poniendo por escrito, para que
le sirvieran de memorando, esos ajbâr que solía transmitir; apuntes que en este
caso se distinguirían de los tomados en su juventud por lo detallado y preciso
de la narración, así como por el estilo.
En los
últimos días de su vida, cuando formaba parte de la corte de al-Hakam I, debió
tomar la decisión de ordenar cronológicamente sus notas y reunirlas en ese libro
que, dice, está escribiendo" [48]. De ser así, éste correspondería a la primera
redacción del
Ajbâr Maŷmu`a que,
lógicamente, no realizaría con el propósito de sacarla a la luz, dada su
posición social y la presencia en ella de párrafos y frases que podían ofender a
los Omeyas. Su intención tuvo que ser la de legarla a sus descendientes para que
éstos conocieran su propia versión de un periodo vivido por él y para que se
sirvieran de ella aquellos que heredaran su afición por la recogida y
transmisión de noticias.
Dicho
libro, ideado como una historia de la primera etapa de al-Andalus, se iniciaba
con los viejos apuntes redactados en Siria, que no corrigió ni completó por
juzgar su contenido de escaso valor e interés; después le seguirían, como núcleo
principal, la crónica siria y los anales de `Abd al-Rahmân I, no desechando la
posibilidad de que concluyera con alguna anécdota del príncipe Hi š âm. Esta
última sugerencia la deducimos al sospechar que a él se debe el segundo título
que consta en el manuscrito conservado y que semeja encajar perfectamente con su
estilo de ir y venir según las ideas surgían en su mente. Es decir, primero
encabezó su obra con "Colección de tradiciones sobre la conquista de al-Andalus,
mención de los emires que la gobernaron hasta la entrada de `Abd al-Rahmân b.
Mu'âwiya, y de cómo [dicho príncipe] se hizo con el poder; su reinado y el de su
hijo". Después añadió ese extraño parrafillo, indicativo de que también incluía
una parte que consideró de interés resaltar: "y las guerras que tuvieron lugar
entre ellos por tal motivo", frase que, a nuestro entender, alude a las que
enfrentaron a los andalusíes desde la entrada de `Abd al-Rahmân hasta su muerte,
como resultado de la instauración de la dinastía Omeya y de los esfuerzos de Ibn
Mu'âwiya por eliminar a aquellos que podían estorbar sus planes.
Los
papeles del "archivo familiar", como son llamados por Ribera y Sánchez Albornoz,
fueron heredados por uno de sus descendientes, Abû Gâlib Tammâm b. `Amir, poeta,
literato e historiador, que decidió ampliarlos y hacer diversos retoques, para
lo cual pudo muy bien proceder de la forma siguiente:
Tras
encabezarlos con un segundo título más breve copió al pie de la letra las dos
primeras páginas y, al no satisfacerle las noticias que leía sobre la conquista,
quizá por considerarlas demasiado incompletas y desordenadas, redactó una nueva
historia de la invasión basándose prioritariamente en relatos recogidos por si
mismo, aunque pudo aprovechar algún ajbar de su antepasado, como el relativo a
la muerte de `Abd al-Azîz, que semeja ser algo adherido, a modo de apéndice, al
final de la parte que a él atribuimos. Después reprodujo las notas de su
tatarabuelo sobre los primeros walies, cuya redacción en este caso respetó,
probablemente por tratar un tema que no le atraía y prefería dejar de lado. Su
siguiente paso fue la copia de la crónica siria y de los anales de `Abd al-Rahmân
I que, sospechamos, suscitarían en él sorpresa e interés, por contener una
versión de las guerras civiles y del periodo de Ibn Mu'âwiya muy diferente de la
que había escuchado de historiadores de su tiempo. La importancia que dio a esta
parte le motivaría a examinarla con detenimiento y, consecuentemente, a tratar
de mejorarla mediante el añadido de frases y breves párrafos que completaran y
actualizaran datos e, incluso, de alguna anécdota como es la relativa al Sadfûrî.
A él pertenecería, por lo tanto, ese alto número de interpolaciones que se
ubican en ella y que suelen atribuirse a un contemporáneo de `Abd al-Rahmân II.
Finalmente, tomó la determinación de continuar la obra de su antepasado
agregándole la historia de los emires posteriores a Ibn Mu'âwiya.
En
nuestra opinión, la segunda redacción del Ajbâr terminaba con la muerte de `Abd
alRahmân lI, y la debió de realizar en el periodo de su sucesor Muhammad, o sea,
poco después de haber dado a luz su
urŷûza , cuya difusión le hizo célebre; crónica en verso de una
historia de al-Andalus que también abarcaba desde la conquista hasta la muerte
del mencionado príncipe, y que terminó de redactar en el año 229 (=843-4) cuando
dicho soberano aún seguía con vida, dato que proporciona lbn Hayyân [49], y no
después de su fallecimiento, como sugería Dozy.
Ahora
bien, una vez que incorporó al Ajbâr la primera parte de las "Estampas de los
emires" [50] siguió tomando nota de anécdotas y sucesos acaecidos a lo largo del
reinado de Muhammad, al-Mundir y `Abd Allâh, de los cuales fue ministro, apuntes
que quizá reunió con el propósito de reelaborarlos más tarde, cuando encontrase
el momento oportuno, y agregarlos al Ajbâr, proyecto que nunca llevó a cabo.
Los
papeles del "archivo familiar" cayeron de nuevo en manos de un tercer personaje
cuya identificación resulta más difícil. Tal y como hemos señalado en anteriores
artículos [51] el análisis de su personalidad y estilo nos ha llevado a sugerir
que parece tratarse de un alfaquí, y a proponer la posibilidad de que fuera Abû
Gâlib Tammâm b. `Abd Allâh (917-987), tataranieto del primer tradicionista, que
vivió en la corte de al-Hakam II [52], aunque la escasez de datos reunidos sobre
este último deja libre el camino para la búsqueda de otro descendiente o amigo
de la familia. En cualquier caso, este tercer compositor redactó la crónica de `Abd
al-Rahmân III y efectuó en la obra que tenía en su poder algunos retoques y
añadidos. En nuestra opinión, copió los borradores de Tammâm b. `Ámir relativos
a los tres últimos emires, completando el de `Abd Allâh [53], y fue el
responsable de una serie de interpolaciones de carácter muy particular [54].
Asimismo creemos que manipuló la anécdota de la recepción de `Uqba con el
propósito de atacar comportamientos de los Omeyas y de sus mawâlî, pasaje en el
que aquí no podemos detenemos, dada su complejidad y la necesidad de dedicarle
un alto número de páginas [55]. Él fue también el que, en tiempos de al-Hakam II,
decidió dar a conocer esta historia singular aunque, la necesidad de no
involucrarse y de no implicar a una familia muy respetada y que había
desempeñado un papel importante junto a los sucesivos soberanos, desde Ibn
Mu'âwiya hasta `Abd al-Rahmân III, le llevaría a presentarla como obra anónima y
a tomar las medidas oportunas para que nadie sospechara su procedencia.
No hay
duda de que consiguió su propósito porque los que acudieron al Ajbâr para
apropiarse de datos o para manipular noticias cuyo enfoque histórico no
compartían silenciaron su existencia, como si se tratara de una obra de lectura
prohibida. Ahora bien, si el comportamiento del "compilador" y de los
historiadores que la utilizaron ha permitido a sus autores permanecer muchos
siglos en la oscuridad, creemos que su estudio proporciona datos suficientes
para afirmar que ha sido compuesta por miembros de una familia de prestigio, que
han gozado del favor y de la amistad de diversos soberanos y que, además, gustan
hablar de hechos y personajes de su propio tiempo. El convencimiento de que el
rico e interesante material contenido en ella podía permitir la localización de
sus autores nos impulsó a dar unos primeros pasos en ese camino que se abría
ante nuestros ojos y que venimos recorriendo con la esperanza de que la
colaboración de otros investigadores haga posible en el futuro aceptar y
confirmar que el Anónimo de París tiene nombres y apellidos, quizá el de esos
tres personajes que, curiosamente, comparten la denominación de
Abû Gâlib Tammâm
.

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